Capítulo 2: Huída

La magnífica vista ante él le dibujaba una media sonrisa en la cara. La luz del amanecer que se filtraba por la ventana le daba a su rostro relajado un brillo que Magnus pensó que podría incluso salir de él. Ver a Alec dormir era una de las cosas que más le gustaba. "Esto es incluso mejor que comer con las manos", pensó, sintiendo como el calor le llegaba al rostro y agradeciendo que Alec no pudiese verle para tener algo con lo que poder burlarse de él.

Él estaba boca abajo en la cama, apoyado sobre los codos para elevar a cabeza y poder ver mejor a Alec, quien dormía aún a pierna suelta. Magnus veía cómo le subía y le bajaba el pecho con cada respiración, deseoso de pasar sus manos sobre él, pero aún estaba a penas amaneciendo y no quería despertarlo tan pronto. Le miraba paciente, esperando a que abriese sus preciosos ojos azules y fuese él lo primero que viese al despertar. Habían pasado muchas noches juntos, pero el verle despertar era algo que siempre fascinaba a Magnus.

"Ya no puedo esperar más", se dijo a sí mismo mientras bajaba la cabeza, acercando sus labios al cuello de Alec, despacio. Primero le dio un suave beso, sintiendo la piel fresa contra su boca ardiendo. Aspiró su aroma a metal y sudor y sintió que se le erizaba el bello de la nuca. Pero Alec no se movió. Continuaba relajado, ni se había inmutado ante el roce de Magnus, cosa que no le hizo desistir. Se acercó aún más a él, tocando su brazo con el suyo. Bajó de nuevo la cabeza, pero esta vez le profirió un mordisco en la oreja.

Alec se removió mientras Magnus seguía jugando con su lengua en la oreja de él. De la garganta de Alec pudo escuchar un leve sonido, parecido a un gemido, pero aún no había abierto los ojos. Vio cómo la piel del chico se erizaba en su pecho y sus brazos y una sonrisa vino a los labios de Magnus. De nuevo bajó la cabeza, apoyándola en la almohada, y hundió su boca en el cuello de Alec para besarlo, suave y pausadamente. Quería provocarlo.

Alec volvió a moverse y esta vez se puso de lado, quedando su rostro a unos centímetros del de Magnus. Y entonces abrió los ojos. Y ahí estaba de nuevo, el profundo azul oscuro que atrapaba a Magnus de tal manera que no podía más que sonreír como un estúpido cuando lo veía. Creía poder ver en ellos toda la paz y el amor que necesitaba, todo lo que quería. Le veía a él. A Alec. Éste, al ver la sonrisa del brujo, le contestó con otra, la mejor que pudo aún con el sueño llamándole.

"Hola" – le dijo en un susurro.

"Buenos días cariño"

"¿Qué hora es?" – dijo Alec mirando hacia la ventana que quedaba detrás de la figura de Magnus.

"No lo sé. Creo que cerca de las seis"

"¡¿Las seis?!" – dijo Alec agitado – "¿Y por qué me despiertas? ¿Ha pasado algo?"

"No, no, tranquilo" – el brujo le puso una mano en el pecho para evitar que se levantase de la cama.

"¿Entonces?" – le miraba confuso, aún aturdido por el sueño.

"Sólo quería ver tus ojos. No podía esperar más" – le dijo acercándole el rostro.

"Magnus… ¿a las seis de la mañana? ¿En serio?" – le dijo en tono irritado.

"Muy en serio" – Magnus le miraba con satisfacción mientras paseaba su mano sobre el pecho del chico en una suave caricia que provocó que se le volviese a erizar la piel.

"Tú no tienes límites, ¿verdad?"

"¿Límites?" – continuaba con el roce de su mano, descendiendo ahora por los duros músculos de su abdomen.

"Sí. ¿Por qué tiene que ser todo cuando y como a ti te apetezca?" – preguntó Alec con un filo de impaciencia mientras su ojos no se apartaban de los de Magnus.

"Perdona, pero no fui yo quien anoche te arrastró hasta la cama. Creo recordar que más bien fue al revés" – le dijo con suficiencia dibujando una media sonrisa y viendo cómo Alec se sonrojaba de manera adorable.

"Eso tiene una explicación" – dijo apartándole la mirada.

"Me encantaría escucharla" – Magnus se acercó más, sorprendido por la contestación del chico.

"No" – dijo Alec tajante.

"¿No? ¿Acaso no me piensas decir por qué anoche fue una de las mejores de mi vida?"

Alec le miró de nuevo, aún colorado como un tomate y debatiéndose entre hablar o salir corriendo de allí. Magnus llegó a pensar alguna vez que Alec no confiaba en él y por eso no le decía nunca las cosas, pero cuando le pudo conocer mejor supo que era un chico al que le costaba mucho abrirse a las personas y hablar sobre sus sentimientos. Tendía a encerrarlos todos dentro de sí mismo hasta que explotaba y todo se convertía en caos. Por eso siempre intentaba presionarle un poco para que hablase, para que soltase lo que llevaba dentro por mínimo que fuera. Quería ayudarle a confiar en él mismo.

"¿Una de las mejores?" – dijo tímido.

"Ahá"

Magnus esperó callado, mirando cómo Alec tomaba aire y se armaba de valor para contarle lo que fuese que había pasado la noche anterior. Magnus estaba ansioso por oírlo.

"Verás… Magnus." – Alec bajó la mirada – "Anoche, cuando estábamos hablando en la cocina… bueno…" – Magnus se dio cuenta que al chico le costaba encontrar las palabras – "no sólo eso, sino todo lo de ayer. Primero te comportas como un estúpido por tener celos de Clary y, bueno, yo sentí que no confiabas en mí. Pero después vienes y me dices que te importo más de lo creías y que tenías miedo a perderme. ¡Tú, miedo! Eso era algo grande y… yo de nuevo no sabía qué decir. Pero yo ya sentía todo eso por ti desde hace tiempo, pero nunca supe cómo expresarlo… por eso lo de anoche" – ahora volvió sus ojos brillantes hacia los de Magnus después de soltar todo aquello sin apenas parar para coger aire – "Era la única manera que tenía de decirte sin palabras que yo sentía lo mismo por ti"

Magnus se quedó de piedra. Nunca imaginó escuchar a Alec decir todo lo que sentía o pensaba delante de él. Procesaba las palabras poco a poco, pero Alec se había encargado de aplastar su ingenio con todo aquello. En verdad estaba sorprendido. Le miraba a los ojos y ya no veía al chico de diecisiete años confundido y frustrado que conoció en una de sus fiestas, aquel chico del que se enganchó sin remedio y que le escondía de su familia y sus amigos. Ahora veía al hombre que se abría paso a través de él, un hombre sensato, fuerte y atractivo, aunque eso ya lo era antes. Pero en definitiva, un hombre del que sin duda se podría enamorar.

"¿No me dices nada?" – le preguntó, notando Magnus cómo empezaba a sentirse incómodo por su silencio.

"Es que ahora soy yo el que no sabe qué decir" – le dijo con una sonrisa.

"No me lo creo"

"Créetelo Alec. Nunca pensé que oiría de ti algo así"

"Pues ya somos dos. Yo nunca pensé que lo podría decir"

Ambos sonrieron a la vez y se miraban a los ojos perdiéndose el uno en el otro con una facilidad increíble. Magnus continuaba con su mano sobre el pecho del chico, sintiendo su acelerado corazón latir con furia. Alec levantó su mano y la puso sobre la mejilla de Magnus, deslizándola despacio sobre ella, bajando hasta su cuello para atraerlo hasta él. Entonces le besó. Un beso suave, cálido y tierno. Un beso de los que se disfrutan poco a poco, sin prisas, peso sin pausa. Un beso acompañado de lentas caricias, de leves gemidos y del roce de sus cuerpos desnudos bajo la sábana.

Hasta que se transforma en algo feroz y la ternura se convierte en mordiscos, la pausa en impaciencia y las caricias en agarres desesperados, hundiéndose los dedos en la piel. Los gemidos leves se renuevan como jadeos y los roces como movimientos acompasados y constantes, provocando a ambos a degustar el sabor de sus cuerpos a sudor y sal y a perderse bajo la colcha explorando sus cuerpos con sus manos, sus bocas y su piel. Hasta llegar al final.

Los pasillos del instituto estaban desiertos a aquellas horas de la mañana. Levantarse de la cama e irse del cuarto sin que Isabelle se despertase había sido más fácil de lo que Clary había esperado. Imaginó que siendo una cazadora de sombras experta tendría un tipo de sexto sentido nocturno que se mantenía activado por si las moscas. Pero nada de eso. Cuando se fue, seguía durmiendo como un bebé.

La bandeja que llevaba en las manos tintineaba cada vez que giraba una de las miles de esquinas que había en el edificio. Nunca supo cómo había logrado aprenderse el camino a cada sala del edificio y llegar sin perderse. Llegó ante las puertas de doble hoja de la enfermería y las miró durante unos segundos, unos segundos en los que miles de dudas le sobrevinieron. ¿Debería realmente entrar ahí? ¿Y si Jace estaba despierto y le daba otro de sus arrebatos y le acababa tirando la bandeja por la cabeza? ¿O y si simplemente se hacía el dormido para no tener que enfrentarse a ella? Pero si así fuese, ella lo sabría. Jace no podía engañarla así como así, le conocía demasiado bien. Pero ¿qué haría ella al entrar y verle de nuevo ahí, sin poder hacer nada, sin poder tocarlo?

La frustración que le recorría la mente era tan grande que no pudo pensar en nada más. Decidida, Clary adelantó su hombro derecho para empujar despacio la puerta y abrirla con el empuje de su cuerpo. Vio cómo por la ventana entraban las primeras luces del amanecer, aún demasiado débiles como para iluminar la habitación del todo. Avanzó despacio, temerosa de hacer algún ruido que pudiese despertar a Jace. Llegó hasta su cama y vio que dormía tranquilamente, arropado con la manta. Clary sabía que no fingía porque podía ver que su rostro era relajado, no había ni un músculo en tensión. Y sabía que si Jace sabía que ella estaba allí, se le tensaría cada parte de su cuerpo.

Dejó la bandeja con un par de tostadas con mermelada y un zumo de naranja sobre la mesilla. No había podido dormir en toda la noche y pensó que era una buena manera de despedirse de él antes de marcharse a su casa. Aunque no pudiese hablarle, aunque no pudiese tocarle, aunque no pudiese besarle. El pasar la noche en vela le había dado la oportunidad de pensar en un montón de cosas y una de ellas era que, por mucho que Isabelle la convenciese de quedarse la noche anterior, ella ya no pintaba nada allí. Si Jace no la podía ni ver, era mucho mejor que desapareciese del Instituto antes de que él pudiese salir de la enfermería y así no se tendría que encontrar con ella jamás.

Pensó también que volver a su casa la ayudaría a alejarse un poco de él, si evitaba tener que ver a cada paso cosas que podía relacionar con Jace. Sabía que iba a ser difícil, pero tenía que intentarlo. También sabía que el volver a Brooklyn, sola, no era precisamente una buena idea, pero podría hablar con Simón para que se mudase con ella y viviesen juntos hasta que sus padres regresasen de Idris. Aunque por otra parte, sabía que eso era ser egoísta con Simón. Él ahora vivía muy a gusto con Jordan, es su mejor amigo y se protegen mutuamente, así que pedirle que se separase de él le hacía sentir como la peor amiga del mundo, porque sabía que Simón lo dejaría todo por ella.

Seguía divagando cuando vio que Jace se revolvió bajo la manta, dejando su dorado pelo sobre su cara. Clary sintió unas tremendas ganas de alargar la mano y apartárselo de los ojos, de acariciarle el rostro y despertarle con un beso. Pero mantuvo al margen sus sentimientos. Levantó sus brazos y sacó de su propio cuello la cadena de la que colgaba el anillo de los Morgenstern. La sostuvo unos segundos, admirando la M tallada sobre la plata, el brillo que reflejaba. Pero nada de eso le importaba. Ella sólo pensaba en lo que Jace le dijo cuando le entregó el anillo antes de irse a acabar con Valentine:

"A pesar de todo, la idea de que este anillo se pierda siempre me resulta tan insoportable como la de dejarte. Y como no tengo alternativa acerca de lo segundo, al menos quiero poder decidir lo primero: te dejo el anillo de nuestra familia porque tienes tanto derecho a conservarlo como yo".

El significado que aquel sello pudiese tener para el resto del mundo era muy distinto al que tenía para ellos dos.

Despacio y, notando cómo una lágrima le picaba en la mejilla y le llegaba a los labios haciéndole degustar la sal, dejó el anillo con la cadena sobre la bandeja con comida que había dejado en la mesilla. Miró por última vez el rostro aún sereno de Jace. Le parecía agradable el poder tener al menos una última imagen así de él, estando tranquilo y relajado, durmiendo y… quizás también soñando. ¿Con qué?, no quiso imaginárselo.

Se limpió la cara con la manga de su chaqueta y giró sobre sus talones. Comenzó a caminar con la cabeza gacha y con un nudo en el estómago que no hacía más que subir a su garganta. Creía que iba a vomitar. Se sentía realmente mal y el dolor en su pecho no menguaba. Empujó con fuerza la puerta y salió corriendo por el pasillo, antes de poder arrepentirse y volver llorando hacia la enfermería, junto a Jace, junto a aquel que ya no la quería a su lado, pero que sabía que la amaba tanto o más que ella. Absurdo, pero real.

Isabelle caminaba en dirección a la biblioteca en busca de Clary. Cuando se había despertado ella ya no estaba en su cuarto y había dejado el pijama que Isabelle le había prestado perfectamente doblado sobre la silla frente a la cómoda de su habitación. Se imaginó que estaría desayunando en la cocina, pero allí no estaba, aunque podía oler un ligero aroma a tostadas. Pensó que quizás la podría encontrar en la biblioteca, pues a Clary siempre le había gustado sentarse en el enorme y mullido sillón de terciopelo rojo junto a la ventana y leer hasta quedarse sin luz. Pero cuando entró no vio a Clary por ningún lado. Quien estaba sentado en el sofá era Alec, tan centrado un libro de tapas rojas que no se dio cuenta cuando su hermana se situó detrás de él.

"¿Qué lees?"

Alec dio un salto del sillón poniéndose de pie y en una postura defensiva al escuchar la voz de su hermana, la cual estalló en carcajadas al verlo tan nervioso.

"¡Isabelle!" – gritó.

"Tranquilo hombre…" – le dijo ella levantando las manos y con una sonrisa de lado– "…te noto un poco tenso"

"Es que me asustaste" – dijo Alec sentándose de nuevo en el sillón. Isabelle caminó hasta quedar frente a él.

"Deberías decirle a ese brujo tuyo que no hace un buen trabajo intentando relajarte…" – dijo con un filo de diversión en sus oscuros ojos.

"¿Pero qué dices?" – contestó él mientras sus mejillas se teñían de un rojo intenso y apartaba la mirada - "Déjame tranquilo"

"De acuerdo… sólo era una broma. Sé de sobra que Magnus te cuida muy bien" – y dijo esto metiendo la palabra cuida entre comillas con sus manos y con una amplia sonrisa.

"¿Querías algo Isabelle?" – le preguntó Alec con el ceño fruncido. – "¿O sólo te aburres y te apetece molestar?"

"Ambas" – contestó divertida, a lo que Alec rodó los ojos – "¿Sabes dónde está Clary?"

"¿Clary? Quizás esté durmiendo en su cuarto" – dijo con tono monótono, sin darle importancia.

"No lo creo. Anoche durmió conmigo, pero cuando me he despertado ya no estaba. La he buscado por todos lados, pero no la encuentro"

"¿Has mirado en la enfermería?"

"La verdad es que no se me había ocurrido… ¿pero crees que estará allí? Jace no quiere verla…"

"Lo sé, pero ya sabes lo tozuda que es Clary"

"Entonces iré a ver si está allí" – se puso en pie y caminó unos pasos para después darse la vuelta y mirar a su hermano aún perdido en aquel libro – "¿Vienes conmigo?"

Alec alzó la mirada algo extrañado.

"¿Por qué?"

"Si Clary está allí y las cosas se desmadran… con ella podré, pero con Jace… no lo creo"

"Está bien" – dijo él dejando el libro sobre el sillón y poniéndose en pie para seguir a su hermana.

Las frías sabanas estaban enredadas en sus piernas y le molestaban para girarse en la cama, por lo que el esfuerzo para deshacerse de ellas le sacó de su sueño y le dejó sentado sobre la cama mirando hacia los rayos de sol que ya entraban por la ventana. Las magulladuras de su cuerpo iban desapareciendo poco a poco, pero aún se sentía entumecido y como si miles de hormigas recorriesen su cuerpo cada vez que se estiraba o movía alguna parte de su cuerpo. Se miró las manos y vio que aún tenía restos de sangre seca en sus nudillos. Pasó una mano por su pelo y los nudos le tiraban haciéndole desistir en desenredarlos en ese momento. Un solo gesto le hacía sentirse extrañamente cansado. Y definitivamente necesitaba una ducha.

Tenía la boca seca y le picaban ligeramente los ojos. Se giró dejando caer las piernas por el borde de la cama dejándolas colgando con la intención de levantarse a por un poco de agua para beber, pero entonces se percató de que alguien se había acordado de llevarle el desayuno y un zumo del color naranja más apetecible que jamás creía haber visto hacía que le doliesen las papilas gustativas de las ganas de probarlo. Cogió el vaso y se lo llevó hacia los labios. Se lo bebió en menos de cinco segundos. Pero al dejar el vaso de nuevo sobre la bandeja no pudo evitar que sus ojos viajasen a aquel objeto colocado en el centro, entre las tostadas y donde estaba el vaso. La punzada de dolor que sintió en su pecho fue más grande de lo que jamás pudo imaginar.

El anillo Morgenstern, sujeto aún por la cadena que él le puso una vez que supo que aquel sello no significaba lo que él siempre creyó. Pero no debería de estar allí. Ese anillo ya tenía su dueño. Su dueña. La verdadera descendiente Morgenstern. Clary. De nuevo otra punzada de dolor al pensar su nombre. Claro, que no era del todo absurdo que Clary ya no quisiese llevar ese anillo consigo, él sabía que para ella no era un anillo de familia, si no que simbolizaba todo lo que ellos dos habían tenido que pasar para estar juntos. Significaba todo el amor que se profesaban…

Con mano temblorosa alcanzó el anillo y lo sostuvo frente a su rostro, con las lágrimas luchando por salir de nuevo. Lo apretó fuerte en su puño notando cómo después le iba a dejar marca. En ese instante las puertas de la enfermería se abrieron y una animada Isabelle entró como una exhalación hasta donde estaba Jace, seguida por Alec.

"Jace, estás despierto…" - le sonrió la chica.

"Si" – le dijo sin levantar la vista de su puño.

"¿Qué tienes ahí?" – le preguntó al ver una cadena saliendo de entre sus manos.

"No es nada" – se apresuró a decir el rubio mientras apartaba la mano con el anillo de su vista.

"¿Cómo te encuentras Jace?" – Alec se acercó.

"Mejor. Las heridas ya no me duelen, pero me sigo sintiendo cansado" – se recostó de nuevo sobre la almohada.

"Es normal Jace… has pasado por mucho. Lo que tienes que hacer es descansar" – le dijo Alec mientras le ponía una mano sobre su hombro.

"Pero no puedo estar más tiempo encerrado y postrado en esta cama… necesito salir… salir a por Sebastian" – le dijo a Alec con dureza en sus ojos.

"Jace, la Clave ya se está encargando de buscar a Sebastian. El consejo lleva reunido desde que te rescatamos y tratan de buscar alguna solución. Pero tú no vas a poder hacer mucho en el estado en el que estás. Ya te he dicho que necesitas descansar"

"Y la Clave tampoco es que vaya a hacer mucho estando reunidos. Hay que salir a buscarle, no hay otra opción" – decía Jace mientras notaba cómo se agitaba.

"¿Crees que no lo sé? Claro que sí Jace, sabes que yo te apoyo, pero no podemos seguir haciendo las cosas a nuestra manera… bueno, a tu manera. Tenemos que esperar a ver que dice la Clave… y por supuesto a que tú te recuperes del todo" – le decía Alec con seriedad.

"Entonces será tarde…"

Hubo un silencio un tanto incómodo mientras los muchachos se dirigían miradas que se mezclaban entre la pena y la rabia. Por fin Isabelle, decidida a romper el hielo, se sentó sobre la cama junto a las piernas de Jace y se dio cuenta de algo.

"¿Quién te ha traído ese desayuno?"

"Creo que fue Clary" – dijo Jace con voz entrecortada, mirando de nuevo su puño cerrado.

"¿Clary? ¿Ha estado aquí?"

"Creo que ha venido mientras estaba dormido. Me ha dejado esto" – abrió la mano para enseñarles a sus hermanos el anillo Morgenstern que hace apenas un día colgaba del cuello de Clary.

"Oh" – fue lo único que pudo decir Isabelle.

"Quiero que se lo devolváis… es suyo" – les dijo mientras le daba el anillo a Isabelle.

"Verás Jace…" – empezó Alec – "es que no la encontramos. Durmió aquí anoche, pero ahora no sabemos dónde está"

"¡¿Qué?!" – Jace se incorporó de un salto – "¿Pero estáis locos? ¿Cómo se os ocurre dejar que se marche? Sebastian está ahí fuera y si la encuentra…"

"Tranquilo Jace" – le decía Alec – "La vamos a encontrar. Seguramente se haya marchado a su casa"

"Ve ahora Alec." – le dijo señalando la puerta – "¡Tiene que estar en el instituto! ¡Tiene que estar protegida!"

"Espera, voy a llamar a Magnus. Está en Brooklin y le diré que se acerque a ver si Clary está en casa de Luke. No quiero que te quedes tú solo" – dijo Alec mientras sacaba su teléfono móvil del bolsillo.

"Jace" – intervino Isabelle – "¿Por qué demonios te pones así? Creía que estarías contento de que se hubiese marchado. Al fin y al cabo ha sido tu culpa."

"¡Isabelle!" – le grito Alec mientras Jace la miraba con rabia y dolor.

"¿Qué? ¿Acaso estoy diciendo algo que no sea cierto? Él ha sido quien la ha apartado de aquí, de él… así que no entiendo por qué se pone tan histérico por que la muchacha se haya marchado a su casa"

"¡Porque quiero que esté a salvo, y eso sólo puede suceder si se queda dentro del instituto Isabelle, y tú lo sabes! Y si la he apartado de mí es precisamente por ese mismo motivo. Siempre le estoy haciendo daño, si no es de una manera es de otra. Y no puedo soportar verla sufrir más… por mi culpa. La quiero tanto que renuncio a ella para que esté bien… ¡¿Lo entiendes?!" – le dijo mientras mantenía sus manos agarradas fuertemente a ambos lados del colchón y con las lágrimas a punto de salir de sus ojos.

Isabelle lo miraba consternada. Se había quedado sin palabras y no sabía cómo reaccionar. De pronto se levantó de la cama, se giró y salió a toda velocidad de la enfermería. Jace se sentía culpable, pero necesitaba desahogarse e Isabelle le dijo las palabras apropiadas para que estallara.

"¿Magnus?" – la voz de Alec sacó a Jace de sus pensamientos y puso atención – "Soy yo... Verás, no encontramos a Clary, no sabemos dónde está… Creemos que se ha podido escapar a la casa de Luke, ¿te importaría acercarte a echar un vistazo?... Es que no quiero dejar solo a Jace… no, Izzy no puede quedarse con él ahora… ¿Me llamas en cuanto sepas algo?... Gracias Mag… Y yo." – Alec colgó y miró a Jace – "En unos minutos va para allá y me llama"

"Bien. Gracias" – dijo Jace afligido.

"Ey, y no te preocupes por Isabelle. Se le pasará"

El aburrimiento se apoderaba de Simón por minutos. Tenía el mando del televisor en la mano y no hacía más que cambiar de canal buscando algo que no fuese un concurso, donde la gente ilusa va a intentar ganar dinero, o un programa de cotilleos. Al no encontrar nada que le gustase en los más de cien canales que Jordan tenía en su televisor, decidió apagar la tele y se levantó del sofá para estirar las piernas. En verdad ese fue su pensamiento, por él ya no necesitaba estirar las piernas. Podía pasarse horas y horas… días, si se lo proponía, en la misma posición y sin mover ni un músculo, que no se sentiría cansado. Pero si aburrido, como ahora.

Mientras ojeaba una revista de coches que había encontrado entre los cojines del sillón, Jordan salió de su cuarto con tan sólo unos vaqueros puertos y con cara de dormido.

"Buenos días" – dijo entre bostezo y bostezo.

"Hola" – saludó Simón.

"¿Fuiste ayer al instituto?" – le preguntó Jordan mientras se preparaba un vaso con zumo de naranja.

"Si"

"¿Y bien? ¿Cómo están Jace y Clary?" – preguntó al ver que Simón no seguía hablando.

"Clary está bien, pero Jace seguía inconsciente. Llamaré hoy para saber si ha despertado"

"Joder… vaya mierda. Espero que despierte pronto."

"Si. Clary lo debe de estar pasando fatal"

"No me lo imagino la verdad. Yo no sé qué haría en una situación así"

"No puedes hacer nada… sólo esperar"

"Ya… y bueno, cambiando de tema, ¿hablaste con ella?"

"¿Con Clary? Que va, estaba descansando".

"No, me refiero a Isabelle" – Simón alzó la cabeza cuando pronunció el nombre de ella.

"¿Con Isabelle? Esto… pues sí, hablé con ella. Fue quien me abrió la puerta y me contó cómo estaban Jace y Clary"

"¿Y qué tal? ¿Le dijiste algo?" – preguntó Jordan intrigado.

"Pues más o menos"

"¿Cómo que más o menos? ¿Le dijiste que la quieres?"

"¿Qué? ¡No!"

"Pues mal hecho… tendrías que habérselo dicho. Tiene derecho a saberlo"

"Ella ya lo sabe, pero prefiere ignorarlo. Me lo dijo bien claro"

"Oh, vaya, lo siento. Soy un bocazas"

"No te preocupes. Me lo merezco. No la traté bien y ahora me toca sufrir las consecuencias"

El timbre de la puerta interrumpió a Jordan cuando estaba a punto de decir algo. Simón se adelantó para abrir mientras Jordan se iba de nuevo a su cuarto. Al abrir, simón se encontró con la cara de Clary cubierta de lágrimas y una expresión de lo más desoladora.

"Clary… ¿qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?" – preguntaba Simón temiéndose lo peor.

"Necesitaba a un amigo" – y se abalanzó sobre su pecho llorando desconsoladamente.