Capítulo I.-
Harry estaba frustrado. Habían tenido un atentado hace poco y las pistas eran pocas. A pesar de los años aún había locos ahí afuera que gastaban energías en recordar que la pureza de sangre era el ideal máximo de la comunidad mágica. Había llegado pocos minutos después de ocurrido el atentado, observando los daños y tratando de trasladar a los heridos con la mayor prontitud antes que se llamara la atención de más muggles. Gracias a Merlín no habían tenido muertos.
Mientras caminaba, sonrió al recordar que sus hijos volverían dentro de un par de semanas a casa por las fiestas, y aunque los había visto a principios de octubre en una visita a la directora por medidas de seguridad rutinarias, los echaba de menos todos los días. Sobre todo a su princesita, su pequeña Gryffindor que ese año había entrado a Hogwarts con la misma ilusión que una pequeña Ginny Weasley hubiera tenido a sus once años. Sin afán de ser irónico, esperaba que el primer año de su niña fuera más tranquilo que el que él había tenido, o el que su madre había tenido.
El ministerio no había cambiado mucho a pesar de las remodelaciones. Se había tratado de mantener el diseño que había sobrevivido a tanto, y así compenetrarse con la supervivencia que la sociedad mágica había adquirido. Harry paseó con su capa de viaje desde las chimeneas hasta su oficina, tranquilo a pesar de los nervios que todavía le causaba que le dieran señas de respeto. La sociedad mágica aún era muy cerrada, le costaba cambiar, y llevaban casi cuarenta años respetándolo a ojos cerrados.
Cerró la puerta de su oficina y se sentó en su cómodo sillón, uno de los pocos lujos que se había permitido en su lugar de trabajo. De ahí tenía vista directa a un retrato bastante grande de su esposa y sus tres hijos, y otro un poco más allá de las familias de Ron y la suya. Era feliz. Su familia era hermosa, sus hijos estaban sanos y bien, a veces demasiado bien se dijo recordando las numerosas cartas que había recibido gracias a James. Iban a pasar el día todos los domingos a la Madriguera, iban a cenar a la casa de Ron cada tantos días y ellos iban a la propia. Gracias a Merlín sus hijos se llevaban perfectamente entre ellos, habían crecido con una relación cercana de hermanos, a pesar de sus diferencias; sonrió al recordar la pelea del principio del verano entre James y Rosie, que eran esos hermanos que se llevaban pésimo pero que defendían al otro de todo… sino pregúntenle a los Slytherin que se burlaron de su ahijada cuando entró a Hogwarts.
Comenzó a trabajar, pero se dio cuenta que los mortífagos —a falta de una palabra mejor— habían hecho un buen trabajo, y al poco rato se vio más confundido que cuando había comenzado. De todas maneras, no era el primer caso que le tocaba así y sabía que lograría resolverlo. No era el mejor amigo de una de las mentes brillantes del mundo mágico por nada, se dijo sonriendo.
Por un asunto de orgullo, trató de resolver cuanto más pudo por su cuenta; pero cuando ya notó que estaba absolutamente perdido, decidió ir a la oficina de su amiga. Hermione Weasley trabajaba constantemente en colaboración con él, su jefe de departamento la tenía prácticamente como enlace frecuente dada su amistad, así es que no sería raro que la sacara cinco minutos de esa oficina donde se pasaba encerrada para que lo iluminara con alguna pista que aún no le golpeara la cara.
Por supuesto, cuando abrió la puerta, no esperaba que algo le golpeara directamente la cara.
—¡Hermione!
Pero al escuchar su frase antes de que la mujer comenzara a llorar, todavía en estado de shock, él mismo comenzó a sudar frío. No quería entender a lo que su amiga se refería, le daba miedo interpretar sus palabras porque pequeñas señales le dijeron lo peor.
Era su mejor amigo, le hubiera dicho… ¿O no?
Claro que no, ella es tu hermana.
Ignorando esa voz que era cada vez más fuerte, entró a su amiga y la sentó en el sillón que él había usado hasta hace dos minutos. Hermione era incapaz de hablar, sólo lloraba y suspiraba hasta que se quedó dormida después de quince minutos. La acomodó como pudo y, suspirando él también, se debatió entre confrontar a su mejor amigo y esperar a que Hermione despertara. Conocía a Ron como la palma de su mano, desde hace años, era un hombre de familia que adoraba a sus hijos por sobre todas las cosas, había amado a Hermione demasiado tiempo… no se lo imaginaba engañando al amor de su vida.
Pero, también conocía a Hermione. Era la menos propensa a dejarse llevar por rumores o estupideces. Por supuesto que habían tenido problemas antes: más de un par de peleas habían sido por los celos del pelirrojo, pero ella soportaba los rumores sin una palabra de queja. Lo tomaba como algo normal, era una de las consecuencias con que había tenido que lidiar desde un principio por ser la mejor amiga del Elegido. Habían hablado de eso un buen par de veces, cuando Hermione tomaba café con Ginny en casa después de una pelea y él llegaba cansado después del trabajo. Después de los primeros años de matrimonio la mujer, sin embargo, había dejado de acudir a los Potter con sus problemas. Harry sabía de inmediato cuando Ron había discutido con ella, por sus gestos, pero eso no era seguido. Eran un matrimonio feliz, tenían una familia preciosa con dos hijos que jamás habían dado un solo problema en el colegio ni en casa.
Qué hiciste, Ron.
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Entró a la mansión Malfoy con la arrogancia que acostumbraba. La nueva mansión Malfoy, ya que el castillo de Wiltshire había sido destruido por su orden expresa apenas se hizo cargo del muy bien guardado dinero de la familia Malfoy. Le había importado un reverendo pepino lo que dijeran sus antepasados, él no podía seguir viviendo en un lugar donde el orgullo Malfoy había sido pisoteado y ellos habían sido humillados. Le había costado demasiado recuperar el prestigio económico e ignorar los atentados a su casa y su patrimonio como para tratar de reconstruir todo en ese lugar.
No era una buena persona. No se llevaba bien con los sangresucia o con los mestizos. Se sentía orgulloso de su sangre. En el juicio en su contra los habían perdonado gracias a Narcissa y su preocupación de madre hacia él —aunque eso hubiera sido aceptar la ayuda de San Potter y que él testificara sobre lo que había pasado en sexto y séptimo—, y si Draco Malfoy en algún momento del juicio se sintió conmovido, no lo demostró. Ante todo era un Malfoy, se repetía el chico de casi diecinueve años casi como un mantra.
Y ya un Malfoy había caído.
En fin. Él sabía que no era una buena persona, pero al ver los ojos de su esposa mirándolo con dulzura al entrar a su casa, se dio cuenta que eso no importaba… mala persona y todo, la señora Malfoy lo amaba, y eso era impagable. Porque a pesar de todo tenía una familia, y, modestia aparte, había sido mucho mejor padre de lo que Lucius había sido con él. Cuando vio sus ojos grises mirándolo desde esa carita hace ya trece años, supo al fin por qué su madre se había arriesgado a perderlo todo para poder entrar al castillo y saber si él estaba vivo, por qué se había rehusado de tal manera a que participara… no lo subestimaba, era su hijo. Los Malfoy tenían que mantener una imagen pública, pero eran seres humanos como cualquier otro, y Draco no podía pensar en nada que fuera más importante que su madre, su esposa y su hijo. Su familia.
Habían sido años duros recuperar los negocios limpios que tenía su padre e inventar algunos nuevos para mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrado y, sobre todo, había sido duro recuperar el respeto luego de que su padre fuera encarcelado nuevamente por actividades delictivas, pero Draco Malfoy lo había logrado. Contra todo pronóstico, sobrellevando todos los prejuicios, sorteando todos los obstáculos consiguió mantener su estatus económico y el respeto entre la sociedad entre la cual se movía.
¿Qué te importa lo que piensen los mestizos esos? ¿Los impuros? Eres un sangrelimpia, Draco, no debes olvidar jamás eso. Los demás no son dignos de ti ni de mi nieto.
Porque Lucius Malfoy odiaba a todos, sobre todo tras los años de su encierro, pero estaba orgulloso del nieto al que jamás había conocido sino a través de fotografías. A pesar de que Astoria, llena de temor —y según creía siguiendo la súplica de Narcissa— lo había sugerido cuando su hijo había entrado a Hogwarts, Draco se había negado rotundamente a que Scorpius visitara a su abuelo. No quería a su hijo ni remotamente cerca de ese ambiente y, tenía que decirlo, tenía miedo de lo que su padre podría llegar a decirle.
Así habían superado el escándalo hace más de veinte años. Con mucha astucia, algunos montones de galeones y una evolución en su manera de pensar. Porque sí, a él todavía no le gustaban mucho las mezclas de sangre, pero no podía imponerle lo mismo a Scorpius, el pequeño Scorpius que se había hecho amigo de mestizos e impuros y, en base gracias a eso, había sobrevivido a los primeros años en Hogwarts. La intolerancia con él y su familia les había enseñado a ser un poco más tolerantes a ellos mismos, aunque el precio se hubiera cobrado en la infancia de su hijo.
—¿Querido? ¿Ordeno que sirvan la cena?
—Claro.
La tomó por la cintura y le dio un beso esquivo, con una sonrisa torcida. La amaba, lo sabía y ella lo sabía.
Se sentaron a la mesa, con la cena servida por su elfo casi invisible. Ese elfo había seguido a Astoria desde su casa, la había criado desde pequeña y Astoria lo adoraba. De hecho, la mujer se había interesado por las reformas de Hermione Granger para su elfo, pero el desmedido orgullo de éste por su raza la había detenido de siquiera mencionarlo, para tranquilidad de su esposo. Sería lo que le faltaba, se dijo con ofuscación en ese momento, una esposa progresista.
—¿Y cómo estuvo tu día?
—Bien.
La pregunta era inesperada, y el rubio miró a su esposa con la ceja alzada. No solían hablar en las cenas, la conversación tenía que esperar al café que se tomaba él y el té que ella prefería —dos terrones de azúcar y aromatizado con naranja—. El hombre se desconcentró de su cena un minuto mirando a su esposa, quien también comía bastante ausentemente.
—Astoria… ¿Pasa algo?
—Nada.
—¿Estás segura?
—Sí.
Siguieron comiendo en silencio hasta que llegó el momento de sentarse en el salón y tomar su té antes de ir a la cama. Draco tomó un libro que estaba leyendo hace poco y su mujer tomó un periódico que provocó su sonrisa; él sabía que ella había leído ese periódico esa misma mañana, y eso le demostraba lo distraída que estaba. Detestaba repetir la lectura.
Si su esposa tenía un defecto, y es que tenía pocos, era que tenía una especie de adicción por las noticias: siempre estaba con un diario o con una revista en la mano, fuera del índole que fuera. Podría ser el Profeta, el Quisquilloso o incluso Corazón de Bruja, también prensa extranjera, lo que fuera; Astoria Malfoy no discriminaba.
—¿Astoria?
—¿Sí?
—¿Te diste cuenta que ese periódico es de esta mañana, el cual probablemente ya leíste?
La castaña no respondió, sino que cambió el periódico frustrada y se sentó con ese pequeño rictus de enfado que ponía cuando la corregían. Esos detalles se dejaban ver sólo en la intimidad de su hogar, la Astoria infantil y cándida que lo había seducido en los primeros meses de conocerse.
De ella había aprendido a ser un poco más espontáneo, y que las cosas se solucionan conversando y no con silencios marca Malfoy, como les decía ella con cierto tono de burla.
—Dime qué te pasa.
—Draco… el amor no es para siempre, ¿Verdad?
A pesar de ser criada en una familia de sangre pura, donde los matrimonios arreglados aún eran la norma, Astoria creía ciegamente en el amor verdadero, eterno y puro de las novelas y cuentos que le leían cuando niña. En los matrimonios arreglados no hay amor, le dijo después del anuncio de su compromiso, y Draco le respondió que él había pedido su mano, que no había nada arreglado para él. De todas maneras, luego de enamorarse de su prometido, su propio cuento de hadas se había realizado y no había cuestionado jamás su manera de ver el mundo.
—Astoria… ¿A qué viene esto? —El rubio no era muy dado a este tipo de discusiones, por eso miró a su esposa con la ceja alzada—. No…
—Hoy me di cuenta que el amor no es para siempre.
—¿Por qué dices eso? —No quería cambiar su percepción, sino que sentía mera curiosidad.
—Yo siempre creí que la gente que se casaba por voluntad propia era por amor. El amor es eterno, Draco… eso es lo que siento por ti —El hombre desvió la mirada, aún incómodo por la sinceridad de su mujer—. Pero hoy me di cuenta que, o una persona que creí enamorada no lo está, o el amor no es eterno, y tengo miedo. ¿A nosotros nos pasará igual? ¿Nos vamos a aburrir? ¡No quiero que nos pase eso, Draco!
—Shh… Astoria, tranquila —El hombre abrazó a su menuda compañera, quien se refugió en sus brazos fuertes y soltó unos sollozos que lo sorprendieron aún más—. Tranquila, todo va a estar bien, te lo prometo.
La mujer se sentó y dio un sorbo más a su té, mientras Draco aún la miraba con cautela, esta vez dándole toda su atención. Astoria trataba de tranquilizarse, pero tenía que admitir que lo que había visto había desordenado su concepción de las cosas. No le importaba por los involucrados, le importaba por la manera en que se le presentaba algo que creía perfecto.
Algo que debía ser perfecto.
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Sintió ese cosquilleo en el estómago, el cual le indicaba que había llegado donde pretendía estar.
Un departamento. Sencillo, céntrico, completamente muggle excepto por sus ocupantes, quienes gracias a la magia habían hecho de él su refugio inviolable. Nadie jamás los buscaría ahí, a pesar de que el único que realmente tenía que dar razones de su comportamiento era él.
Sintió una voz saliendo del baño y se sonrió porque ella estaba cantando, como siempre cuando él llegaba.
Verla hacía que todo pasara a segundo plano. Estaba anocheciendo tenuemente gracias a la uniformidad del color del siempre sombrío Londres, pero él sabía que afuera el mundo seguía en movimiento con su aceleración normal; sólo dentro de ese departamento el reloj se detenía y el universo dejaba de tener sentido.
Ya nada era normal
No lo supo. No sintió el corazón romperse, no lo había sentido en más de un año. Tampoco se dio cuenta que su mundo acababa de cambiar para siempre. No se dio cuenta que el plan no era tan perfecto, o que la vida podía ser aún más maquiavélica.
N/A:
Hooola :D... dada la cantidad de visitas y los dos adorables RR que me llegaron, he decidido darme un break en mi estudio del Derecho Procesal y subir el primer capítulo el cual, como verán, no es muy largo xD... se dedica a introducir un poco el ambiente en el que están todos. Los Malfoy... ok, lo admito, desde que salió en el epílogo la Esposa de Malfoy senti curiosidad por ella, y cuando supe que era Astoria y un poco de su historia no pude más que adorarla *O*... es horrible, pero cierto. Como siempre, si es que han leído mis ficts antes, me encanta lo de HarryHermione hermanos y blabla xD, y... bueno, eso xD...
Muchísimas gracias a Tulipanpa y vickyk por sus comentarios! Los adoré descaradamente, y me obligaron a subir hoy... no esperen esta celeridad, porque... toy atascada en el capítulo IV xD... los capítulos no serán muy largos, espero, en realidad se alargan un poco o.O... este es el más corto xD...
En fin... eso... paz a toos y saludos! Nos vemos en breve! ^^
