CAPÍTULO 2

CONSECUENCIAS PARA EL DRAGÓN

Hermione estaba que no se lo creía. Se había librado por los pelos de sufrir una agonía terrible por deseos de la perra arrastrada que era Ginevra Weasley.

-Y la muy puta se llenaba la boca con palabras de amistad –rezongó lo suficientemente bajo para que nadie pudiese oirla.

Allí estaba, en un lateral del Gran Comedor, observando la monumental rabieta que estaba teniendo la pelirroja. Algo en su interior se inflamó por la satisfacción. A ver si en uno de esos arranques tenía la suerte de que le diera un jamacuco a la enana esa y se libraban de ella. Luna, a su lado, hacía unos esfuerzos terribles por no soltar la carcajada ante aquel lamentable espectáculo. Voldemort miraba a su prometida con desgana, como si dudara entre permitirle aquel arranque o lanzarla un Avada y terminar por fin con aquel suplicio de aullidos.

Hermione buscó a Malfoy hijo entre todos aquellos seres que tanta repulsa le causaban. Fue facil encontrarlo. Su cabellera platinada, junto a la de su padre, resaltaba como un faro en la noche. Por la expresión de su rostro, se le veía más que molesto por la pelirroja. Y el tener que estar hablando con los Weasley terminaba de rematarlo. Luna siguió su mirada y sonrió de lado.

-Me apuesto todo el oro de mi adorado prometido a que en estos momentos, el hurón ha ideado mil y una maneras de torturar de la forma más dolorosa a la tribu pelirroja.

-¿Tu qué? –se giró hacia su amiga. Luna continuaba con aquella sonrisa suya inamovible.

-Prometido. A pesar de ser una "rebelde" pro-Potter, como soy sangre pura, me tengo que casar con un mortífago asignado por Voldemort en persona. –Luna señaló con la cabeza el rincón opuesto al de Malfoy. Un chico de su edad, de piel morena e impresionantes ojos verdes charlaba animadamente con Pansy.- Blaise Zabinni, mejor amigo de Malfoy y uno de los más leales servidores a la causa mortífaga.

-Y lo dices así, tan tranquila.

-Le conozco desde el colegio. Era uno de los pocos Slytherin que me ayudó de vez en cuando. Siempre a escondidas. –Luna miro fijamente a su prometido- A veces pienso que casi todos los mortífagos de nuestra generación lo son porque les obligan.

-Nadie te puede obligar a convertirte en un asesino, Luna –Hermione intentó tranquilizarse. Si levantaba la voz siquiera una milésima, atraería la atención de todos los mortífagos allí reunidos. Y siendo ella quien era, y siendo lo que era, era de todo menos bueno.

-Piénsalo bien, Herms. Si naces en una familia de sangre pura cuyos ideales son mantener dicha pureza cueste lo que cueste. Si oyes día a día desde que naces esas palabras y ves esos actos… ¿Qué crees que harás tú cuando te den la oportunidad de continuar con aquello que empezaron tus ancestros?

-Seguiría sin dudarlo. Pero resulta tan atroz….

Draco mantuvo la boca cerrada toda la conversación. Su padre había insistido en entablar una animada charla con la familia pelirroja. Ahora que la menor era la futura esposa del Señor Tenebroso tendrían que estar a buenas con aquellos arribistas. Y el patriarca de los Weasley, a pesar de su odio legendario hacia los Malfoy, sabía que tendría que mantener las formas con el patriarca de la familia sangre pura más antigua de toda Europa. Solo por si las moscas. Por suerte para su salud mental, el imbécil retardado de Ronald estaba muy entretenido con la comida. ¡Por Merlín bendito! Vale que antes de su sonada traición no tenían ni dónde caerse muertos, pero ahora… joder, gozaban de la protección personal del mismísimo Señor Tenebroso. Por lo menos debería mantener las apariencias ante el resto de mortífagos.

-Se te ve muy tranquilo, joven Malfoy –Arthur Weasley le miró con algo parecido al asco.- ¿No temes perder el favor de nuestro señor a manos de alguno de mis vástagos?

-Ni viviendo mil vidas, señor Weasley –Draco le sonrió como un tiburón puede sonreirle a su presa.

-Demasiado orgullo, me parece a mí –Arthur sonrió también con malicia. No le había costado nada seguir a sus hijos menores tras la traición al Niño que Vivió. Como buen patriarca, supo ver todas las ventajas que aquello traería a su familia.

-El joven Draco puede sentirse orgulloso de ser quién es y de estar en la posición en la que está –Voldemort se situó junto al joven platinado- Desde que entró a mi servicio ha sido un éxito tras otro. Ni una sola decepción. Ante nosotros tenemos el prototipo de mortífago perfecto: capaz de bailar la más bella danza en un salón y matar sin piedad a su acompañante al segundo siguiente.

-Mi señor, desearía retirarme. Aún arrastro el cansancio de estos últimos días.

Voldemort asintió en silencio. Le encantaba la eficiencia de aquel chico de helada mirada y alma negra. Draco, aprovechando que tenía permiso de su señor, caminó hacia el rincón donde la sangre sucia y su amiga la lunática conversaban y la agarró de la muñeca con fuerza. Sin hablar, la sacó casi a rastras de allí. Cogió también a Luna del brazo y se la llevó con ellos.

Caminaron en silencio hacia las mazmorras. Una vez ante la pared que cubría el acceso a la antigua casa de Slytherin, escupió entre dientes la contraseña y cedió el paso a ambas brujas. Una vez en lo que fue la sala común de las serpientes, se giró y permaneció en silencio, observándolas fíjamente, esperando una explicación a lo ocurrido horas antes. Luna ignoró olímpicamente su cara de enfado y se dejó caer sobre un sillón, durmiéndose inmediatamente.

-La pobre está agotada. Llevábamos huyendo desde que la lucha….

-No te he dado permiso para hablar, sang… impura –por alguna razón, no podía llamarla sangre sucia, lo que hizo aumentar los niveles de ira que llevaba acumulando desde que se despertó en aquel cuartucho en compañía de aquellas dos- No sé que cojones me habéis hecho, pero no creas que te va a salir bien la cosa. Mientras estés conmigo harás todo lo que yo te ordene. No te quiero oir hablar, ni repirar….

-Te lo tienes muy creido, huroncito –Hermione se acercó al chico y pegó su pecho al del mortífago.

Malfoy la agarró del cuello demasiado rápido para que ella hubiese tenido tiempo de protegerse e intentó estrangularla. La chica intentaba zafarse de su agarre de hierro mientras comenzaba a perder el conocimiento. Malfoy estaba disfrutando de la sensación, pero un dolor lacerante le traspasó la cabeza de lado a lado. Soltó a Hermione y gritó con todas sus fuerzas, despertando a Luna. Hermione, boqueando, se arrastró hasta su amiga, mientras el mortífago se retorcía en el suelo.

-¿Qué está pasando, Luna?

-Si te ha intentado dañar, la maldición se habrá activado –ambas miraron al rubio, que se había aovillado en el sitio donde había caído. Mantenía la cara oculta entre los brazos y los alaridos habían dado paso a quedos gemidos.

-Esto no está bien. Puede que sea un desgraciado mortífago, pero no me gusta verlo asi.

Se acercó al rubio y lo giró hasta que quedó boca arriba. Ahogó un grito. Su rostro estaba cubierto por la sangre que manaba de su nariz. Cogió la varita del chico y transformó una de sus zapatillas en un cuenco. Lo llenó con un aguamenti y utilizando un trozo de su camisa milagrosamente limpio, comenzó a retirar la sangre de aquel rostro que, pese al sufrimiento, se mantenía hermoso.

-¿Qué voy a hacer contigo, Malfoy?

Hermione miró fijamente a Malfoy. Por lo menos ahora su rostro no parecía sacado de una mala película Gore. Soltó un suspiro de resignación y, haciendo uso de la varita del mortífago, lo levitó hasta uno de los sofás que estaban ante la chimenea. Sentía todos sus nervios de punta, estaba estresada, cansada, adolorida y no sabía cuántas cosas más. En cambio, Luna parecía la mar de relajada.

-Te van a salir canas antes de tiempo si sigues preocupándote de esa manera, Herms.

-¡Qué canas ni que niño muerto! ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

-No veo por qué preocuparme hasta el cansancio cuando no es necesario…

-Joder, Looney. Primero, somos prisioneras de esa panda de locos. Por si tu cabecita loca aún no lo ha procesado, ese que estaba en el Gran Comedor, el que tiene cara de reptil y da un miedo que acojona, es Lord Voldemort en persona, amo y señor del mundo mágico inglés. –Agitó los brazos, desesperada por ver algún tipo de reacción en la rubia, que se limitaba a mirarla fijamente.- Segundo. Te han prometido a la fuerza con uno de ellos. ¡Te han regalado como si fueses una vaca!

-Vaya, gracias por la comparación…

-Tercero. A mí me han convertido en una maldita esclava. No tengo varita y no podré defenderme de cualquiera que quiera retorcer mi adorado y amado pescuezo.

-A veces pienso que te encanta ponerte melodramática.

-Y para rematar –ahí había elevado tanto la voz que se extrañaba de no tener visitas indeseadas atraídas por sus gritos- ¿Te has percatado de lo que tu maldición le hace? Vale que sea el maldito hurón, joder, pero sigue siendo un ser humano. Creo.

-Tranquila, hasta donde yo leí, que no fue mucho, por cierto, sólo el maleficio y cómo había de pronunciarse, no lo va a matar. Esos accidentes son… correctivos. Si te ataca, es castigado. Su misión es cuidarte, no dañarte.

-¿Qué sólo leíste cómo lanzar la maldición y punto? ¿No sabes los efectos secundarios ni la repercusión que tendrá en él…? –Hermione se dejó caer, derrotada, junto al rubio- Me protege. Pero lo hace en contra de su voluntad. Es como si le sometiéramos a un imperios bestial, pero con la diferencia que aquí no puede resistirse.

Miró a Malfoy con verdadera lástima. Cuando se despertase en sus cinco sentidos, no iba a estar de muy buen humor. Mejor se quedaba calladita y no le contaba nada de lo que había descubierto sobre su… nueva condición.

-Déjalo, Herms –Luna se levantó- Tengo que irme. Me quedan siete plantas por subir. Viviré ahí, junto a Blaise. Por si puedes o te permiten visitarme.

-¿Cómo puedes estar tan tranquila cuando yo lo único que quiero es esconderme debajo de una piedra en el lago y no salir durante los próximos mil años?

-Porque así estoy viva. Y prefiero vivir una vida así que morir. La muerte es irreversible. La esclavitud no. Descansa. Aquí nadie te hará daño. Toda la mazmorra le pertenece a Malfoy.

Y sin más, la dejó allí sola. Hermione se sentía al borde del agotamiento mental. Se acurrucó en el sillón, procurando no rozar al chico y se quedó dormida.

Esperó a que la lunática se marchara y la sangre sucia cayera por fin dormida para abrir los ojos. Había escuchado toda la conversación que aquellas dos descerebradas habían mantenido. Lo habían sometido a una maldición que impedía que dañara a la mujer que ahora dormitaba tan tranquila a menos de treinta centímetros de él. Bufó de nuevo. Tenía que averiguar en qué consistía el puto hechizo y ver cómo se libraba de él.

-Malditas sean las dos –se levantó con cuidado. Le dolía la cabeza y se sentía sucio. Miró su camisa y encontró manchas de sangre. Por eso estaba tan preocupada la sangre sucia. Aquella imagen hizo que su enfado subiese de nivel. Se giró para quedar cara al sofá y lo pateó con todas sus fuerzas. La chica se levantó de un salto, momentáneamente desorientada. Cuando logró centrase, tuvo el coraje de fulminarlo con la mirada. Draco ignoró ese gesto y se dio la vuelta.

-Sígueme.

-¿Por qué debería? –Hermione lo miró desafiante, mientras se cruzaba de brazos y alzaba el mentón. Sabía que aquel gesto jodía a más no poder al rubio. El mortífago se giró hacia tan veloz que no pudo verlo hasta que lo tuvo casi encima.

-No me busques las cosquillas, maldita imbécil –la agarró con fuerza de la muñeca y apretó con fuerza hasta casi astillar los huesos. El alarido de ella sirvió de calmante para la agonía que se desató en su cabeza.- Eso es, sangre sucia, grita. Es música para mis oídos.

Hermione lo miró a través de las lágrimas. Podía ver el dolor que él estaba padeciendo y que soportaba sin venirse abajo, cuando ella estaba a punto de perder el conocimiento por su apretón. Le observó limpiarse la sangre de la nariz.

-¿Cómo puedes aguantar tanto dolor? ¿Qué te han hecho para ser como eres ahora?

-Siempre he sido así, Granger. –Malfoy caminaba por oscuros pasillos llenos de telarañas. Hacía tiempo que nadie vivía allí.

-No, antes eras insufrible, un niñato creído, hijito de papá que todo lo conseguía a base de amenazas y chanchullos. Pero ahora, eres… así…

-¿Así cómo, Granger? –Malfoy se detuvo y la miró de reojo, con aquella sonrisa de medio lado que la atraía y cabreaba a partes iguales- ¿Por qué soy un cabrón sin alma? Porque quizá me gusta serlo. Quizá porque, por culpa de seres como tú y tus jodidos amiguitos, no me dieron opción. Eso es algo que nunca sabrás.

Reanudó la marcha y la condujo hasta unas habitaciones casi minúsculas. Seguro que, en sus tiempos de estudiantes, fueron usadas para guardar escobas y equitación deportiva.

-Bienvenida a tus aposentos, sangre sucia. Quiero que empieces inmediatamente a adecentar todas las mazmorras. Y claro está, como eres muggle, lo harás todo sin magia. Si yo fuera tú, comenzaría rápido. Tienes dos días para dejarlo todo reluciente.

Hermione apretó los labios, frenando la sarta de insultos y maldiciones que pugnaban por brotar de ellos. Lo asesinó con la mirada mientras se marchaba, dejándola sola. En su interior, se prometió por su antiguo orgullo Gryffindor que averiguaría lo que había convertido a aquel chico de apariencia angelical en el monstruo que era ahora.