Disclaimer: Todo lo que reconozcáis pertenece a Suzanne Collins. El resto nos pertenece a mí y a mi gusto por el drama.
Aquí estoy con el segundo capítulo de esta historia. Originalmente éste y el siguiente iban a ser un único capítulo, pero la cosa se me fue un poco de las manos y llegué a las cinco mil y pico palabras (doce páginas de word) así que decidí dividirlo en dos. Espero que os guste y, como siempre, se aceptan críticas constructivas.
The poor mad girl I
Finnick no se lo podía creer. Annie había ganado. La joven y dulce Annie. No se le había pasado por la cabeza que aquello pudiera pasar. Al principio había tenido cierta esperanza, pero cuando le cortaron la cabeza a Sean, el tributo masculino del distrito, Annie pareció perder la razón. La comprendía, por supuesto, pero había sido casi imposible encontrar patrocinadores para mantenerla con vida. La historia que habían preparado se había desvanecido como el humo. Aún así, no culpaba a Annie. Finnick llevaba cinco años siendo mentor, había participado en los juegos y pensaba que esa decapitación era lo más brutal que había visto en toda su vida. No le sorprendía que alguien como Annie hubiera perdido la cordura. Lo que no esperaba era que una inundación acabara con todos los demás y que Annie, al ser del Distrito 4 y por tanto la que mejor nadaba de todos, lograra sobrevivir. Pero así había sido. Y ahora Annie era la ganadora de los septuagésimos Juegos del Hambre. «Hagan un brindis, señores del Capitolio, aquí tienen una ganadora de la que no podrán sacar ningún partido», pensó Finnick con ironía.
Tardaron todo un mes en conseguir que Annie estuviera lo suficientemente calmada como para llevar a cabo la entrevista con Caesar. Dado el estado en el que se encontraba, decidieron que lo mejor era que no viese las imágenes de los juegos para no arriesgarse a que tuviera un ataque. Cuando subió al escenario estaba prácticamente catatónica debido a la medicación que le habían administrado. La mayoría de las veces no contestaba a las preguntas de Caesar y éste, al ver la poca colaboración que tenía, acabó arreglándoselas para subir a Finnick al escenario y ambos hablaron entre ellos fingiendo que incluían a Annie. Después del programa les permitieron que se llevaran a Annie a casa, pero antes el presidente Snow quiso tener una charla con él.
Finnick no soportaba estar con el presidente. Había acabado por detestar el olor de las rosas y el olor a sangre que se percibía por debajo de éstas le provocaba náuseas.
−Es una lástima lo de esa chica. Qué desperdicio que un rostro tan bello ahora oculte semejante locura, ¿verdad? −el presidente jugueteó con una de sus rosas−. Esperemos que mejore para la Gira de la Victoria.
Finnick miró al presidente preguntándose si estaba jugando con él o si no entendía el verdadero estado en el que se encontraba Annie.
−Presidente Snow, no creo que Annie pueda soportar la gira.
El presidente sonrió con ironía y miró a Finnick a los ojos.
−Espero sinceramente que sí, porque sería una pena que, después de haber ganado, algo le impidiera mostrar a los distritos el orgullo de ser un vencedor. No queremos que le pasa nada a nuestra preciosa vencedora, ¿verdad?
Finnick no era idiota. El presidente quería una vencedora que exhibiera a los distritos por qué merecía la pena ganar los juegos. Si Annie no era capaz de hacerlo, se ocuparía de darle una buena excusa a los distritos para que no tuviera que estar presente y Finnick había aprendido a temer los métodos del Capitolio.
−Mags y yo nos ocuparemos de que esté preparada para la gira.
−Pero, Finnick. ¿Qué dirán tus admiradores si no estás aquí para brindarles tus favores?
Finnick sabía que estaba jugando con fuego, pero no pudo evitar intentar inclinar la situación a su favor.
−Estoy seguro de que entenderán que dedique mi atención a la preciosa y frágil vencedora de mi distrito.
Se miraron durante un largo momento. Finnick se dio cuenta de que el presidente Snow era consciente de que lo que había dicho era verdad. Al Capitolio le encantaría esa idea de un sacrificado Finnick cuidando a la dulce ganadora de los Juegos. Era una imagen demasiado buena para desperdiciarla.
−Por supuesto que sí. Nos veremos en la gira entonces. Espero que no haya ningún problema que haya que solucionar −dijo el presidente con tono siniestro.
Finnick pidió permiso para retirarse y volvió a las habitaciones en las que se alojaba el Distrito 4 donde se ocupó de organizar la vuelta a casa. En el camino de vuelta apenas habló con Annie. Ella parecía estar en su propio mundo y él se limitaba a hacer que comiera lo mínimo para mantenerla con vida. No tenía la menor idea de cómo iba a hacer de esta chiquilla destrozada la preciosa muñeca que quería el presidente Snow, pero tenía que hacerlo. Por el bien de todos ellos.
El primer mes Finnick no quiso acercarse a ella. Annie y sus padres se habían mudado a la Aldea de los Vencedores, pero ella apenas salía de la casa. Después del primer mes empezó a ir a visitarlos para preguntar qué tal se encontraba. Desde que estaba con sus padres parecía un poco mejor. De vez en cuando incluso hablaba con ellos.
Una tarde, cuando sólo quedaban dos meses para la Gira de la Victoria, Finnick fue a casa de Annie para hablar con sus padres y ver cómo iban las cosas. Los padres de Annie eran el prototipo del Distrito 4. Él era pescador y pasaba la mayor parte del día en el mar. Su madre tejía cestas y redes tanto para él como para otros pescadores. Tenía fama de ser una de las mejores tejedoras del distrito.
−¿Cómo está? −le preguntó Finnick a la madre de Annie.
Ella suspiró cansada.
−Tiene días mejores y días peores. Hoy parece que es uno de los buenos.
Finnick había intentado mantener la calma. No le había dicho a los padres de Annie nada sobre su conversación con el presidente porque no quería que se sintieran presionados. Para eso ya se bastaba y se sobraba él. Hasta ahora había permanecido alejado de Annie, pero si quería que estuviera lista para la gira iba a tener que empezar a trabajar con ella.
−Está en la playa −continuó la mujer−, si quieres hablar con ella.
Finnick se levantó y abandonó la casa. La parte trasera de las casas de la Aldea de los Vencedores daba a la playa. Annie estaba allí sentada jugueteando con algo que Finnick no podía ver. Finnick se sentó al lado de ella.
−Hola, Annie.
Al principio ella no le hizo caso. Después de un rato, se giró como si no se hubiese dado cuenta de que estaba allí.
−Finnick.
Él se sorprendió. Era la primera vez que le hablaba desde que había salido de la arena.
−Annie, dentro de unos meses vamos a hacer un viaje.
Los ojos verdes de Annie se oscurecieron.
−Los viajes son malos, Finnick. Pasan cosas malas cuando vas de viaje.
−En éste no, Annie. Te lo prometo. Yo estaré contigo todo el rato. Y Mags también.
Aunque Mags había optado por no ir a los juegos, cuando Finnick le contó la conversación que había tenido con el presidente Snow decidió que era mejor que ambos fueran a la gira. Por lo que pudiera pasar.
−¿Siempre? −preguntó ella.
Finnick la miró. Había deseado protegerla hacía cuatro meses, pero no había habido nada que hubiera podido hacer. Ahora era el único que podía hacerlo y había decidido no fallar. Cuando iba a responderle se dio cuenta de que ella parecía haberse abstraído en su propio mundo otra vez. Aún así, le acarició el pelo y le susurró:
−Siempre.
A partir de ese momento, entraron todos en un frenesí de intentos de hacer que Annie conectara con el mundo. Empezaron por hacerle hablar delante de pequeños grupos de gente. Al principio fue horrible pero, poco a poco, consiguieron que Annie dijera unas pocas frases, siempre que se las hubieran dado por escrito. Aunque la mayoría de las veces se detenía a mitad de frase hasta que Finnick le rozaba el hombro y ella continuaba como si nunca se hubiera detenido.
Finalmente, llegó el día en el que partían para la gira. Finnick, Annie y Mags se subieron juntos al tren donde estaba esperándolos Sarah. Mags y Annie se sentaron en una de las mesas y se sirvieron algo de chocolate. Mags estaba decidida a mantener a Annie de buen humor y, desde que lo probó en su primer viaje al Capitolio, había decidido que el chocolate era la cura para la mayoría de los males por lo que pasaba gran parte del tiempo intentando que los demás lo comieran. Sarah le hizo un gesto a Finnick para que la siguiera fuera del vagón comedor.
−¿Cómo está?
Finnick suspiró.
−Mejor. Creo que podrá conseguir terminar la gira.
−No es que tengamos otra opción, ¿no? −dijo Sarah con tristeza.
Finnick sentía que el estrés de la responsabilidad de que aquella gira funcionara empezaba a pasarle factura. Había perdido el apetito y cada vez dormía peor. Esa misma noche, cuando aún estaban de viaje hacia el Distrito 12, se levantó a las dos de la mañana al ver que no podía dormir. Se acercó al vagón comedor para ver si encontraba algo que lo ayudara a dormir. Tal vez tuviera un momento Haymitch y optara por el alcohol. En ese momento no parecía mala idea. Cuando entró al vagón vio que no estaba vacío. Annie estaba allí sentada en una de las mesas. Tarareaba una nana mientras trenzaba algo que Finnick no identificó.
−¿Qué haces despierta, Annie? −preguntó él mientras se sentaba enfrente de ella.
−Dormir mucho es peligroso −dijo ella un poco ausente−. Si duermes mucho la gente mala viene y te hace daño.
Finnick suspiró y le cogió una mano. Ella lo miró abriendo mucho los ojos.
−Annie, escucha. Aquí no hay gente mala. Puedes dormir todo lo que quieras.
Annie negó con la cabeza.
−Sí que hay, Finnick. Ellos están por todas partes.
A pesar de los meses que llevaba a su lado, siempre le sorprendía que parecía que, dentro de su locura, Annie tenía una certeza cercana a la clarividencia que la hacía pensar que estaban rodeados de enemigos. «No es como si estuviera equivocada», pensó Finnick.
−Vamos, Annie −dijo levantándose−. Te acompañaré a tu habitación.
Annie lo siguió mansamente. Caminaron juntos hasta la puerta de su habitación. Cuando ella fue a entrar él se giró para marcharse, pero antes de que pudiera dar un paso ella habló.
−¿No vas a arroparme?
Finnick se giró lentamente y, al mirar a Annie a la cara, se dio cuenta de que lo decía en serio. Le había hecho muchas cosas a muchas mujeres a lo largo de los años, pero ninguna de ellas había incluido arropar a alguien. Annie se metió en la cama y esperó a que Finnick la tapara.
−¿Me cuentas alguna historia? −le pidió ella.
Finnick suspiró.
−¿Qué quieres que te cuente?
−Alguna historia de casa.
Finnick empezó a contarle la historia de la primera vez que fue a pescar con su padre. Antes de que llegara a la parte en la que se cayó de la barca, ella ya se había quedado dormida. La observó un rato. Aquella chica era de lo más extraña y, aún así, nunca se había sentido tan cómodo con alguien como con ella. Tal vez porque la veía tan joven y desamparada que su relación no tenía ninguna connotación sexual. Le acarició el pelo y se quedó un rato con ella en la cama. Después de unos minutos empezaban a cerrársele los ojos así que, sin darse apenas cuenta, se tumbó a su lado y se durmió.
A la mañana siguiente Sarah entró a despertarlos. Finnick vio su cara de sorpresa rozando la indignación y se dio cuenta de la imagen que daban al exterior.
−No es lo que parece −dijo rápidamente, haciéndolo parecer aún más culpable.
Sarah le dirigió una mirada de incredulidad. Finnick la arrastró del brazo y la llevó al pasillo.
−No podemos permitirnos esto, Odair −le recordó ella.
−No hay ningún esto. Ayer no podía dormir y la metí en la cama. Me pidió que me quedara un rato y me quedé dormido. Punto y final.
Sarah le miró como si no terminara de creerle. Él sabía que lo que había dicho era verdad, pero no era toda la verdad. Lo cierto era que, por alguna extraña razón, había dormido esa noche como no dormía desde hacía mucho tiempo. Desde antes de sus Juegos del Hambre, si tuviera que concretar. Y eso hacía que se sintiera feliz pero, al mismo tiempo, le daba mucho miedo.
Ese día llegaron al Distrito 12. Era la primera aparición en público de Annie y todos estaban algo nerviosos. Sin embargo, todo fue bastante bien. Annie sólo se perdió en sus pensamientos un par de veces y parecía más tranquila que en otras ocasiones. Al parecer, dormir juntos no había tenido un efecto calmante sólo sobre él, sino también sobre ella. La fiesta posterior fue algo más difícil porque la cercanía de la gente hacía que Annie se sintiera más incómoda, pero dieron una excusa para retirarse pronto y todo fue bien.
Cuando volvieron al tren, Sarah dijo que tenía que hacer unas cosas y se marchó. Mags se fue a acostar y le dijo a Annie que si quería que la acompañara a su habitación. Annie respondió que aún no estaba cansada y que se quedaría un rato con Finnick en el vagón comedor si a éste no le importaba.
−Claro que no −dijo éste sonriendo.
Estuvieron un rato en silencio. Después, empezaron a hablar de cosas intrascendentes. Finnick le preguntó qué le había parecido el Distrito 12 y ella dijo que no estaba mal, pero que no había mar.
−Todo es mejor junto al mar −dijo ella mirándolo con aquellos grandes ojos verdes−. Junto al mar no pasan cosas malas
−Ellos no lo saben −respondió él−. No han conocido otra cosa.
−¿Y no te parece que eso es triste? −preguntó ella. Ahí estaba otra vez. Esa capacidad de Annie de decir algo que estaba en la mente de todos pero que nadie se atrevía a decir. A veces, Finnick tenía miedo de lo que podía pasar si Annie decía ciertas cosas delante de la persona equivocada. Ella no se daba cuenta, pero algunas de sus afirmaciones estaban muy cerca de considerarse rebelión. Decidió que el día había durado bastante y le dijo que la acompañaría a su habitación. Cuando entraron ella empezó a sacar un pijama de debajo de la almohada y al ver que él se marchaba le preguntó:
−¿No te quedas?
Finnick se detuvo. No debería quedarse. Ya había bastantes rumores y lo último que necesitaba es que el presidente Snow pensara que había algo entre ellos. Pero entonces se giró para mirarla y decirle que no se quedaba, y la vio tan frágil y tan hermosa que no tuvo otra opción que decir:
−De acuerdo −y al ver que ella empezaba a quitarse los pantalones delante de él añadió−: Pero ve al baño a cambiarte.
Después de que ella saliera ambos se tumbaron en la cama y Annie le pidió otra historia de casa. Él le contó una historia sobre una vez, cuando tenía cinco años, en la que encontró una caracola y le dijo que la había llevado encima durante años porque pensaba que traía suerte.
−¿Aún la llevas? −preguntó ella en un susurro.
−No, hace tiempo que dejé de pensar que daba suerte. −Había dejado de pensarlo el día que lo eligieron para los juegos, pero era un tema del que no quería hablar con ella.
−¿Cuando te eligieron para los juegos?
−Sí.
−No quiero hablar de ello −dijo ella rápidamente.
−Estoy de acuerdo contigo −dijo él tapándola bien con la manta−. Y ahora, a dormir.
El resto de la gira fue más o menos igual. Dormían juntos por las noches y en el estrado Finnick permanecía siempre cerca de Annie. A medida que avanzaba el viaje, ella cada vez parecía más normal aunque, probablemente, nunca volvería a ser la que había sido. Según pasaba el tiempo Annie cada vez parecía más cómoda. Lo que aún no sabían es que en el Distrito 2 tendrían que enfrentarse a algo de lo que nadie parecía haberse molestado en avisarles.
