Capítulo 1
—¿De todas formas, dónde está Jasper? —preguntó Isabella Swan mientras se abrochaba la cremallera de un traje de noche de chifón melocotón salpicado de brillantes lentejuelas.
La delicada tela caía sobre sus estilizadas curvas y la envolvía graciosamente como una llama flotante mientras se movía por la suite del hotel. El vestido era, con diferencia, el más lujoso de su guardarropa. Había sido un regalo de su padre, Charlie, para uno de sus recitales, al cual no había podido acudir, como siempre, por estar demasiado ocupado.
Se detuvo frente al ornamentado espejo y deslizó el cepillo una vez más por las doradas ondas de la melena de color miel que le llegaba casi hasta la cintura. Posó el cepillo y giró el reloj de muñeca ligeramente para que se viera mejor la tira de oro y brillantes.
Ya se retrasaba diez minutos. Si no llegaba pronto, el autobús emprendería la ruta turística sin él.
Dejó escapar un suspiro de impaciencia. Viajar por Europa con su hermano adolescente, Jasper, estaba resultando ser una prueba más dura de lo que ella había pensado.
¿Es que todos los chicos de dieciséis años eran tan descuidados? La indolencia y buen humor de Jasper eran constantes, sin ninguna preocupación por la puntualidad. Le estaba volviendo loco al director del viaje y estaba acabando con su propia paciencia.
Cuando había recogido a Jasper en su internado suizo, le había bastado un minuto para comprender que el desgarbado muchacho de pelo largo y sonrisa familiar era su hermano Jasper. Tanto su melena como él parecían haber crecido quince centímetros desde la última vez que lo había visto en Navidad. Por suerte, había conseguido convencerle de que ya necesitaba un corte de pelo.
Pero ¿dónde estaba?
Se acercó a las puertas francesas que daban al balcón, desde donde se veían los cielos de color lavanda de Paris. Estaba a mitad de camino de la enorme habitación cuando sonó un golpe en la puerta. Se volvió con rapidez y cruzó la suite para contestar.
—¿Jasper? —Pronunció su nombre con sobresalto mientras fruncía el ceño—. ¿No pensarás ir al ballet vestido… así?
Su hermano llevaba una camiseta y unos vaqueros llenos de manchas de grasa.
—Voy a cambiarme —accedió él con tranquilidad.
Entró a la habitación como si tuviera todo el tiempo del mundo. Casi consiguió desarmarla con su afectuosa sonrisa.
—Jasper, ¿te das cuenta de la hora que es?
—Cálmate. Estuve ayudando a Poros a cambiar una llanta de nuestro autobús. Si no le hubiera echado una mano, no podríamos haber ido a ningún sitio.
El enfado de Bella se desvaneció al instante. La habilidad de Jasper en cuanto a la mecánica los había salvado varias veces cuando atravesaron los Alpes Suizos. Jasper tenía buenas intenciones; era imposible permanecer enfadada con él demasiado tiempo.
Jasper se quedó contemplando la habitación con asombro.
—¡Esto es precioso! ¿Cómo has conseguido que te den algo tan lujoso cuando todos los demás estamos en habitaciones como cajas de cerillas en el sexto piso? ¿Y esto que es?
Deslizó despacio los largos dedos sobre el extraño diseño repetido en todos los objetos de la habitación. Era una figura abstracta que parecía un pájaro con alas de fuego. Estaba bordada en la colcha, incrustada en la cabecera de la cama y en los tiradores de las puertas.
—No lo sé —replicó ella echando un vistazo a la lujosa decoración de su suite—, pero supongo que será bastante habitual. Este es uno de los hoteles más famosos de Europa.
Bella todavía no había tenido tiempo de contemplar mucho su alojamiento, pues apenas llevaba quince minutos dentro. Se había pasado el día recorriendo el Louvre, la Opera, Notre-Dame, el Barrio Latino y los Campos Elíseos. Cuando regresó al hotel, se bañó, deshizo las maletas y empezó a vestirse para el ballet.
Del techo colgaban unos candelabros barrocamente labrados. Las cortinas eran como cascadas de seda finísima y los suelos de mármol estaban cubiertos de alfombras orientales. Ella nunca había visto nada tan lujoso. Se recordó de nuevo que aquel era uno de los más antiguos y mejores hoteles de París. A veces, cuando los hoteles estaban casi llenos, se veían obligados a instalar a sus clientes en algunas de sus mejores suites.
Jasper se había acercado a un enorme cuadro al óleo. Representaba un brillante y llamativo pájaro y tenía el título en el marco labrado: L'Oiseau de Feu, leía la inscripción.
—El Pájaro de Fuego —tradujo su hermano—. ¿No es el nombre del ballet al que quieres que te acompañe esta noche?
—Pues sí —respondió ella sin dar importancia a la coincidencia—, lo que nos lleva de nuevo a ti y a tu aspecto.
—No consigo acostumbrarme a este sitio —estaba diciendo Jasper sin hacer caso a su hermana— Parece una habitación real.
—Bueno, eso no importa —dijo con firmeza su hermana—. Lo que importa eres tú y tu aspecto.
—Vale, vale.
Bella acompañó a su hermano a su habitación del piso de abajo y lo esperó mientras se duchaba y se ponía unos pantalones de pinzas y una americana.
Cuando llegaron abajo, el autobús estaba lleno y aunque Poros, el conductor y mecánico, lo recibió muy alegre, el director estaba ya moviéndose con impaciencia sin dejar de mirar el reloj.
—Los Swan, por fin —comentó con sarcasmo subiendo tras ellos y cerrando las puertas.
El gesto adusto desapareció de la cara del pequeño griego mientras seguía la figura de Bella, caminando con gracia en busca de un asiento. Cuando encontró uno y desapareció de su vista, el director la imitó y se sentó también. El potente motor rugió cuando Poros se sumergió en el tráfico y se dirigió hacia la plaza de la Vendome para tomar después la rue de la Paix. La voz del director les indicó por megafonía que observaran las luces del elegante restaurante donde iban a cenar aquella noche.
Era muy tarde, por lo menos las tres de la mañana cuando Bella, con los tacones brillantes en una mano recorrió el enmoquetado corredor que conducía a su habitación. El vestido de chifón ondeaba como un velo a su alrededor.
El ballet había sido maravilloso y la bailarina que interpretaba al Pájaro de Fuego lo hacía con una pasión desbordante. Recordó soñadora la primera escena del ballet; la inquieta danza del pájaro de fuego; su captura por el príncipe Iván; la salvaje lucha por librarse de él y sus estremecedoras súplicas para que le concediera la gracia. Por fin, el príncipe Iván, movido por la pena hacia su fiera cautiva, la había liberado con delicadeza y el pájaro había recompensado su bondad con una pluma mágica.
A Bella le había impresionado mucho la actuación, pero su hermano se había aburrido enormemente. Jasper sólo había sentido interés cuando una de las antorchas que llevaba el pájaro prendió fuego en una esquina del escenario y habían tenido que ir los empleados a sofocarlo.
Ahora, a Bella le dolían los pies del baile y del largo camino hasta el hotel. Además tenía dolor de cabeza. Los Mortimer habían insistido en volver andando para poder ver los escaparates de la calle Faubourg St. Honoré y el boulevad de los Capucines.
Bella, con las sienes martilleando, estaba casi coja de agotamiento cuando llegó por fin a la puerta de su suite. Hurgó en su bolso en busca de la llave.
En cuanto atravesó la puerta notó algo diferente en la habitación. Sintió un escalofrío de aprensión recorrerle la espina dorsal. Tenía la extraña sensación de que no se encontraba sola.
Había un fuerte aroma a flores recién cortadas. Alguien había entrado mientras ella estaba fuera. La doncella… sin duda. No podía haber nadie dentro.
Encendió la luz para asegurarse y la volvió a apagar al instante sintiéndose mucho más tranquila. Era demasiado luminosa. Se frotó las sienes donde le dolían y poco a poco sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Recorrió despacio el recibidor y la salita hasta la habitación. Se detuvo delante de la inmensa cama dudando si ir primero al baño y quitarse el maquillaje. Rechazó la idea de inmediato; estaba demasiado cansada. La luz de la luna entraba por las cortinas parcialmente abiertas bañándola con su brillo plateado. Las lentejuelas del vestido brillaron como fuego. Sólo estaba iluminada la parte de la habitación donde ella se encontraba; el resto, incluyendo la cama, estaba bañado en sombras. Sin ningún motivo aparente, volvió a sentir un nuevo escalofrío.
Muy despacio, se desabrochó el vestido de chifón. Se deslizó por sus senos y su estrecha cintura como una ducha de fuego hasta caer sobre las caderas. Lo recogió en el aire y lo posó con cuidado sobre la silla del lado de la cama. Entonces se fue bajando las medias con calma despegándolas de las delicadas curvas de sus largas piernas para posarlas sobre la silla. No se le ocurrió que cada movimiento podía parecer seductor pues se encontraba sola.
Entonces se desplomó en la cama. Sólo llevaba puesta la ropa interior de encaje de color melocotón casi transparente. Se metió dentro y se tapó con las sábanas de satén. La cama era increíblemente suave. Se estiró con languidez y enroscó el cuerpo en una postura cómoda. Se hubiera quedado dormida al instante si un movimiento a su lado no la hubiera sobresaltado.
Las sábanas se corrieron y sintió los pesados movimientos de alguien al otro extremo de la cama.
¡No estaba sola! El miedo le tensó el cuerpo como si le hubiera pasado una corriente de alto voltaje. Entonces se encendió una lamparita de noche deslumbrándola. Se frotó los ojos en un acto reflejo y tuvo que luchar contra el impulso de soltar un grito.
¡Aquello no le podía estar sucediendo! ¡Tenía que estar soñando! Cuando abriera los ojos y se encontrara completamente despierta, estaría de nuevo sola.
Abrió los párpados muy despacio y contempló con un borroso sentido de irrealidad al hombre que tenía al lado.
Volvió a parpadear una y otra vez y cuando la imagen no desapareció, comprendió que aquello era tan real como ella misma. Dejó escapar un ronco gemido.
Los negros ojos del nombre se posaron sobre ella, bajaron por el cuello y se detuvieron en sus senos cubiertos a medias por la transparente tela. Su mirada era demasiado penetrante y a Bella se le aceleró el pulso como a un potro desbocado.
Había un salvaje brillo de asombro de aquellos ojos azules, un miedo interrogador en su preciosa cara. Tenía el cabello largo en bucles de fuego cayendo sobre los femeninos hombros.
Los labios de él, masculinos y sensuales se abrieron en una cínica sonrisa como si aquella aparición, al menos no le desagradara. Sin embargo había algo en ella que le desagradaba, porque la sonrisa se desvaneció al instante y frunció el ceño.
Durante un larguísimo instante, ninguno de los dos dijo una palabra. Cada uno parecía estar sopesando al otro.
Bella lo miró asustada, resuelta a memorizar sus facciones en caso de que resultara ser algún criminal.
Su atractivo viril era una mezcla de curiosos rasgos. Tenía el pelo negro y ligeramente ondulado y la piel tan morena como la de un pirata. La parte superior de su cuerpo, estremecedoramente desnuda, era musculosa y atlética. Sus ojos eran tan oscuros que parecían casi negros y estaban enmarcados por unas lujuriosas pestañas. La nariz era larga y ligeramente curvada y tenía una fuerte y marcada mandíbula.
Curiosamente, si se lo hubiera encontrado en la calle, nunca hubiera pensado que podía tratarse de un criminal. Siempre había creído que los criminales tenían alguna debilidad interna en su carácter que los empujaba a cometer tales actos. Sin embargo, todo en aquel hombre parecía fuerte y duro. De alguna manera, no le pegaba ser del tipo que se desliza en la habitación de una mujer por la noche para molestarla. Bella no podía imaginárselo…
Bueno, quizá después de aquella noche tendría que revisar sus nociones sobre los delincuentes.
El tenso silencio llegó a su fin. El hombre la miró con una posesiva arrogancia que a ella le pareció denigrante y empezó a acercarse a su lado. El grito de Bella quedó sofocado por la mano de él que le tapó la boca. De repente, la atrajo con fuerza contra su pecho duro como el acero.
—Esta noche sin chillidos, pequeña —dijo en un tono vibrante agradable a los oídos.
Hablaba francés, que Bella comprendía de los muchos años de internado en colegios suizos.
Estaba atrapada en sus fuertes brazos. Sintió la larga caricia de su cuerpo contra el de ella y sus fuertes latidos contra su oreja apoyada contra el cálido torso.
Sabía que debía luchar contra él, pero con aquella fuerza la reduciría al instante. Encontró la perspectiva humillante, así que permaneció inmóvil bajo él. Era mejor una resistencia pasiva que una pelea salvaje para ser vencida al fin. Sin embargo, él continuaba mirándola como si fuera una posesión suya. Bella pensó que con aquella mirada la estaba despojando de las prendas de encaje como haría con sus manos en breve.
—Veo que tienes miedo de mí, como te mereces —dijo.
Su acento era cerrado y no era francés. Bella intentó mover los labios para responder, pero como él no había soltado la mano, sólo le salió un sordo murmullo.
—¿Así que sabes hablar? —continuó. Ella hizo un gesto de asentimiento—. Si intentas gritar, te…
Bella se estremeció ante el salvaje brillo de sus ojos y la dureza de su tono de voz.
Le quitó la mano de la boca y ella permaneció inmóvil bajo su cuerpo intentando hacer acopio de valor para que no le temblara la voz.
—¿Có… cómo entró aquí? ¿Qué está pensando hacer?
La voz se le quebró. Era difícil intentar hablar en francés estando tan aterrorizada.
—¡Ah, eres americana! —exclamó él en un inglés casi perfecto.
Tenía un leve acento extranjero, pero Bella no conseguía situarlo.
—Sí, pero ¿quién… quién es usted?, ¿qué está haciendo aquí?
—Me estás haciendo las preguntas que tu misma deberías responder.
—¿Que qué?
—¿Qué estás haciendo en mi suite? ¿Cómo conseguiste entrar aquí?
—Yo… yo…
—¿Cual es la excusa barata que vas a darme? —preguntó él sin conseguir otra cosa que ella lo mirara con mayor asombro—. ¿Es que buscas algún reportaje escandaloso?
—¡No! ¡Por supuesto que no!
La voz no le salió más fuerte que un débil susurro.
—Entonces te ha contratado alguno de mis enemigos —declaró él convencido—. ¿Está tú amigo esperando fuera para dar tiempo a encontrarnos en… circunstancias comprometedoras? —los ojos le brillaron de furia—. ¿O piensan entrar con las cámaras listas para empezar a disparar? ¿Es que intentas sobornarme? —como ella siguió sin responder, aquel hombre deslizó una mano sobre su cuello en lo que pareció casi una caricia—. ¿O es este tu sucio truco?
La piel se le erizó donde la habían rozado sus dedos. Aquel hombre tenía una sobrecogedora capacidad; algo muy visceral y vital; intrínsecamente masculino.
—No, no sé de que está hablando.
—Debes haber robado la llave en recepción. ¿Qué es lo que quieres, dinero? ¿Pensaste que si te deslizabas en mi habitación y me seducías con ese delicioso striptease, caería presa de tus encantos?
¡Así que la había visto desvestirse! ¡Y lo llamaba "delicioso striptease"! ¡Y hablaba con ella como si fuera una mujer contratada para darle placer! Bella sintió una oleada de rabia mezclada con una intensa vergüenza. Aquel hombre se había colado en su habitación y tenía el valor de acusarla a ella, ¿estaría loco? Recordó sus humillantes acusaciones y volvió a sentirse furiosa. Los ojos le despidieron chispas.
—¡Yo no he hecho nada parecido! ¡Esta es mi habitación, no la suya! ¡Y lo sabe muy bien!
—¿Tu habitación? —soltó una profunda carcajada llena de sarcasmo—. Así que esa va a ser tu historia.
—¡Es la verdad! Y lo sabe muy bien.
Él la estaba mirando con dureza. Y de hecho, cada parte de su cuerpo parecía muy fuerte. De repente, volvió a sentir miedo.
—O sea que crees que puedes usar cualquier truco, por bajo que sea y salirte con la tuya —dijo él después de un largo momento—. Y todo porque tienes una cara angelical y esos enormes ojos de inocencia. Si hubieras llamado a mi puerta y me hubieras pedido lo que fuera, te lo hubiera dado. Pero no, tenías que engañar a algún pobre recepcionista para que te diera la llave y como resultado, probablemente lo despedirán. Y ahora… creo que ya es hora de que alguien te enseñe una lección. Ésta es la noche en que vas a recibir exactamente lo que mereces. Has venido aquí pretendiendo utilizarme, pero voy a ser yo el que te utilice a ti.
Dejó de hablar y el silencio que siguió fue más amenazador que sus palabras. Deslizó su oscura mirada despacio sobre ella con una extraña urgencia, devorándola. La mano morena descendió sobre su cuello hasta el fino tirante de encaje del sujetador. Lo tomó entre los dedos. Su caricia era extrañamente delicada, profundamente sensual y experta.
Bella abrió los ojos horrorizada.
—No, no. No lo haga.
Hubiera gritado, pero él bajó los labios y selló los de ella en un lento beso que le quitó la respiración. Bella abrió ligeramente la boca como obedeciendo a la orden de sus labios y sintió que su lengua empezaba a explorarla.
Se sintió presa de pánico. Aunque no creyera que luchar sirviera de nada, intentó empujarlo. Pero él aprovechó sus sacudidas para amoldar más su cuerpo al de ella. Mientras su boca completaba su posesión de la de ella, la rabia de él se desvaneció. Aunque la siguió sujetando con firmeza, suavizó el roce sobre sus labios.
Muy despacio, apartó los labios de ella y la soltó. Frunció el ceño mientras la estudiaba con gesto interrogante.
De repente, bajo su mirada, Bella rompió a llorar con lágrimas de miedo y vergüenza a la vez. Nadie… nunca… la había considerado como una mujer del tipo que él obviamente creía. Ni nadie la había tratado de aquella manera en toda su vida.
Bella sabía que él seguía mirándola, pero la expresión de sorpresa de la cara de aquel hombre sólo le llegaba borrosa entre el velo de lágrimas.
—Deja de llorar —le pidió con suavidad.
—No… no puedo.
Le temblaba todo el cuerpo con estremecimientos histéricos y tuvo que jadear para que le llegara la respiración.
—Te merecías que te tratara así, después de…
—No, no me lo merecía —fue todo lo que pudo pronunciar.
Hubo un largo y tenso silencio roto sólo por sus gemidos. Entonces, muy despacio, él deslizó el brazo bajo el cuerpo de ella y la atrajo para que apoyara la cara sobre su hombro. Sin dejar de llorar, tembló contra su pecho.
Él murmuró algún juramento entre dientes.
—¿Qué me ha hecho…? —apretó el abrazo.
—Vamos, vamos, pequeña —la atrajo más con un tono melodioso—. No voy a hacerte daño. Te lo prometo.
Le retiró el pelo de la cara con delicadeza. Permanecieron allí echados juntos sin dejar él de abrazarla. Poco a poco, el miedo desapareció y las lágrimas se secaron. Curiosamente, Bella encontró la presencia de aquel hombre tan reconfortante como intimidadora le había parecido antes.
—¿Te sientes mejor? —preguntó por fin él.
—Sí.
Bella apartó la cara de su hombro y se hundió en las profundidades de la almohada. Seguía sin apartar los ojos y él apenas notó que se había separado un poco. Parecía perdido en sus pensamientos con los ojos fijos en las sombras que producía la lámpara en el suelo. Bella agradeció aquella oportunidad que le permitió estudiar sus rasgos sin ser observada.
El oscuro pelo le caía sobre la frente y tenía una nariz larga y ligeramente curvada. Los labios eran jugosos y sensuales y la mandíbula firme. Por primera vez, vio la cicatriz de color púrpura que le atravesaba el cuello desde el lóbulo de la oreja hasta el hombro. Del cuello le colgaba un pesado medallón de oro que enseguida le llamó la atención por su extraño diseño. Era el pájaro de alas de fuego. Y el diseño era el mismo que se repetía por toda la habitación.
¡Aquella era su suite!
Cuando se volvió hacia ella, Bella no pudo dejar de contemplar su terrible atractivo viril. Sus ojos se encontraron en una intensa mirada que la dejó sin respiración y se sonrojó al instante. Aquel hombre era un extraño y ella estaba en la cama con él como si tuvieran alguna intimidad. Mientras él siguió mirándola con aquella expresión que la hacía sentirse desnuda, el color le subió aún más y tuvo que apartar la mirada. Él le sujetó la barbilla entre sus manos con una mirada de intriga.
—No apartes la vista. Quiero verte los ojos.
—De acuerdo —replicó ella con debilidad sin atreverse a contrariarlo.
—Nunca te había pasado algo así ¿verdad?
—No.
—¿Habías estado alguna vez con un hombre como conmigo? ¿Así… en la cama?
Ella se puso de color escarlata e intentó apartar los ojos, pero él la mantuvo con firmeza. Bella no tenía ni idea de lo embrujadoramente inocente que le parecía a aquel hombre con sus inmensos ojos, las mejillas húmedas y el cabello flotando como una nube a su alrededor.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto.
—Veintidós.
—Para ser americana, eres bastante mayor para ser virgen.
El color escarlata de sus mejillas se acentuó aún más. Ningún hombre, y mucho menos un extraño, le había hablado nunca de aquella manera.
—Está claro que no sabes nada de la naturaleza de los hombres, o nunca hubieras cometido una estupidez semejante —continuó él—. Ya me doy cuenta de que has sufrido un buen susto. Lo único que espero es que hayas aprendido la lección. Si eres lista, no intentarás repetir lo de esta noche. Puede que otro hombre no tenga un carácter tan galante como el mío.
—¿Carácter galante?
—Lo único que he hecho ha sido besarte y ahora te voy a dejar irte sin acusarte de nada. Pero sólo si me dices la verdad. ¿Qué esperabas ganar con tu pequeña treta?
—Te prometo que… que no te he intentado engañar. Creo que el hotel ha cometido una equivocación y nos ha dado a los dos la misma habitación.
—Eso es difícil de creer, pequeña. Tengo esta habitación desde hace cinco años. Se supone que no pueden alquilar este apartamento a nadie más y esto nunca había sucedido en el pasado.
—Por favor… Tienes que creerme. No soy del tipo de mujer que haría nada de lo que me has acusado. ¡Si yo pensaba que eras un criminal que intentaba asaltarme! —él la miró con incredulidad—. ¡De verdad que lo creía! Estoy haciendo un viaje de turismo por Europa con mi hermano, pero por algún motivo me asignaron esta suite, en el noveno piso.
—¿Y no pensaste que era un poco lujosa para ser la suite normal de un hotel?
—Sí lo pensé, especialmente cuando Jasper me lo comentó.
—¿Quién es Jasper?
Su voz volvió a sonar enfadada de nuevo y fijó su negra mirada en ella.
—Mi hermano… Verás, no he pasado mucho tiempo aquí. Hoy pasé el día en un recorrido turístico en autobús… Por favor, debes creerme.
Su voz tenía un tono de desesperación.
—Te creo —dijo él por fin soltándole la barbilla—. Ahora, quiero que te vistas mientras llamo al conserje.
—Por favor, no hagas que lo despidan al pobre hombre. Puede que tenga familia y responsabilidades.
—¡No deberían dejar trabajar a un imbécil de ese calibre! —exclamó él con tono áspero mientras descolgaba el teléfono.
—Le concierge, s'il vous plait —pidió con un tono profundo y frío—. No me importa que esté en la cama ahora. ¡Búsquelo! Soy Edward Anthony Cullen Masen y quiero hablar con él… inmediatamente.
Bella se escabulló de la cama, consciente de que la seguía con la oscura mirada como hipnotizado por su adorable figura, mientras ella recogía el vestido de chifón para entrar al baño a toda prisa. Cuando volvió, sus finas curvas estaban enfundadas en el brillante traje de nuevo, él también estaba vestido y sentado en el borde de la inmensa cama que ya había estirado con pulcritud.
Edward llevaba una americana de color escarlata sobre un jersey de cuello cisne color hueso y unos pantalones de pinzas. El tejido tan fino y la impecable hechura eran obra de un sastre particular, por lo que Bella podía apreciar. El llamativo color de la americana contrastaba con su moreno y resaltaba su pelo hasta parecer casi negro azulado bajo la débil iluminación.
La imagen de aquel hombre era devastadoramente atractiva, y tan masculina, que el corazón le latió con fuerza.
—Acabo de tener una larga conversación con el conserje. Siéntate y te contaré lo que ha ocurrido —dijo con un gesto hacia la silla en que ella había posado su ropa antes—. Parece que a una señorita llamada Isabella Marie Swan, de un grupo de americanos, le asignaron la habitación 609. Supongo que ese es tu nombre, ¿me equivoco? —ella asintió—. Como me esperaban, mi llave estaba sobre el mostrador. Habitación 906. La chica de recepción te pasó inadvertidamente la llave equivocada. Cuando vieron que mi llave no aparecía, me dieron un duplicado, pero a nadie se le ocurrió pensar que tú la tenías.
—Y yo tampoco me di cuenta del error —terminó ella—, porque es el director del grupo el que nos registra. Yo simplemente le indiqué al mozo el número que venía en la llave para que me subiera las maletas.
—¿Dónde las tienes ahora? Yo no las vi cuando entré esta noche.
—Las dejé en la otra habitación…
—Que yo no uso nunca a menos que tenga invitados.
—Ahora que todo queda explicado, recogeré mis maletas y las bajaré a mi habitación. Supongo que tú estarás tan cansado como yo.
—Nunca me he sentido menos cansado —la contradijo él—. Y no puedes entrar hasta que el conserje te traiga la llave. Yo te acompañaré personalmente.
—No es necesario.
—Insisto.
Bella no respondió. Se sentía incómoda conversando con él como si no hubiera ocurrido nada anormal entre ellos. Nerviosa, se retorció el borde del vestido, ¿por qué tardaba tanto aquel conserje?
—¿Cuánto tiempo te quedarás en París, Bella?
"Bella". ¡Qué extraño sonaba su nombre en boca de aquel hombre! Y cómo se le aceleró el pulso ante aquel sonido.
—Mañana salimos para Grecia.
Por suerte, en cuanto apareciera el conserje, no habría más oportunidades de volver a tropezarse con aquel arrogante extraño en su vida.
—¿Y cuánto tiempo estaréis en Grecia?
Era evidente que él estaba disfrutando de una conversación que ella apenas podía mantener.
—Una semana.
Dio la respuesta más breve posible esperando desanimarlo a que hiciera más preguntas.
—¿En qué parte de Grecia? —insistió él—. ¿Las islas o la tierra grande?
—No sé por qué está tan interesado en mi tour por Europa —dijo ella impaciente.
—Pues lo estoy —afirmó él imperturbable—. Muy interesado. ¿A que parte de Grecia?
—Atenas.
De nuevo, el ignoró su cortante respuesta.
—Ah, después de todo, tendré una oportunidad de enmendar el error que he cometido esta noche. Verás. Soy griego y Atenas es mi casa. Sólo estaré en París este fin de semana. Tanya Chernitky, una amiga mía, está representando El Pájaro de Fuego y he venido para darle una fiesta aquí mañana por la noche.
—Señor… no entendí su nombre.
—Edward Anthony Cullen Masen. Pero me puedes llamar Edward, que es como me llaman mis amigos ingleses.
Ella evitó usar su nombre para no darle más confianza, pero se le quedó grabado en la mente.
—Señor Cullen, no tiene nada que enmendar. Lo que ha pasado ha sido un desafortunado error y no hay ningún motivo para que nos volvamos a ver.
—Está claro que no tienes ningún deseo de volver a verme —el prolongado silencio de ella fue como una afirmación—. Bella, estás exagerando lo que ha pasado. Nadie ha salido dañado.
¿Daño? De nuevo, su nombre pronunciado por él le produjo la misma extraña sacudida por todo el cuerpo. Aquella involuntaria reacción le tensó todos los nervios, pero mantuvo la compostura.
—Deberías intentar comprenderlo bajo mi punto de vista. Soy un hombre extremadamente rico y hay gente, sobre todo mujeres, que darían lo que fuera por acercarse a un hombre como yo. Han publicado ciertos artículos en revistas en los que cualquiera pensaría que soy muy susceptible a las mujeres bonitas. Cuando entraste a mi habitación y te desvestiste a la luz de la luna…
Sus ojos se deslizaron sobre su figura con conocimiento y Bella sintió que se sofocaba. ¿Cómo podía siquiera contarle que la había estado observando mientras se desvestía? ¿No se daba cuenta de la vergüenza que le estaba haciendo pasar?
—Pues yo no soy de ese tipo de mujeres —afirmó ella violentamente sonrojada y odiándose por no poder controlarlo.
—Ya lo sé… ahora lo sé —dijo él muy despacio—. Y quiero volver a verte. Es muy importante para mí.
—Pero yo no quiero volver a verle —anunció ella sin rodeos. Desesperada por escapar de él, se acercó a la puerta—. Por favor, dígale al conserje que estaré esperando en la puerta de mi habitación —terminó con voz tensa y sin aliento.
Edward se acercó a ella haciéndola sentir diminuta con su estatura. Le tomó una mano entre las suyas y aquel roce fue como un roce de fuego. Bella intentó retirarla, pero él la mantuvo con firmeza.
—Bella, lo único que hice fue besarte —aseguró él con una calma envidiable—. Seguramente ya te habrán besado antes.
—N… no.
Le retumbaban las sienes. ¿Por qué no la soltaba? ¿Es que no se daba cuenta de que lo único que ella deseaba con desesperación era la seguridad de su habitación?
Sin embargo, seguía mirándola con fijeza y arqueó una ceja con gesto de extrañeza. Sabía que le estaba diciendo la verdad.
—Eres muy bonita. Seguramente habrás tenido algún novio.
Ella sacudió la cabeza en señal de negativa y tiró de la mano que él se negaba a soltar.
—Por favor señor Cullen, no me haga esas preguntas.
De repente, Edward comprendió que de alguna manera la había hecho daño en lo más profundo de sí misma. Le soltó la mano y se retiró hacia atrás. Le abrió la puerta muy despacio y ella salió volando al pasillo, con el vestido de chifón ondeando a su alrededor como alas de fuego.
El foulard le cayó de los hombros sin que se diera cuenta. Cuando él la llamó, sólo aceleró la carrera. Edward salió al corredor y recogió el pedazo de tela brillante. Estaba impregnado de su perfume, suave y delicado, como ella misma.
—Así que esta noche —murmuró mientras se guardaba el pañuelo en el bolso—, como el príncipe Iván en el ballet de Tanya, yo también he capturado a mi propio pájaro de fuego y lo he dejado escapar… de momento.
