Capitulo II la cura de todos los males
Estacionó la camioneta en la cera del templo Higurashi, subió las escaleras y al pasar por el portal del templo dio un rápido vistazo al Goshimboku.
Se veía que aquel árbol no había cambiado ni una rama entre el sengoku y su época. El mismo tronco robusto con la cicatriz en el centro, donde se estaba depositado Inuyasha hace tiempo atrás. Contempló las inmensas ramas que se arqueaban sobre la copa, mientras danzaban por la fuerza del viento que soplaba desde el Este.
Se acerca más al madero y descansa su mano en su corteza, cierra sus ojos y esboza una sonrisa.
Si los árboles pudieran hablar, las historias que contarían.
Millones debieron haber sido las veces en las que Inuyasha y Kikyou se encontraron en el tiempo en que ella era todavía la guardiana de la perla de Shikon; también Inuyasha fue sellado en ese árbol los últimos 50 años hasta que ella llegó a la época de las guerras civiles por el pozo y lo liberó, allí lo conoció y en miles de ocasiones lo encontró recostado en alguno de los brazos de aquel árbol; allí lo encontró con Kikyou una vez, solo para que su corazón se rompiera en mil pedazos; en su época su padre se le declaró a su madre y allí ella aclaró sus dudas para darle el sí. Frente a su tronco se dio cuenta que se había enamorado del Hanyou.
Bajo su sombra conoció al amor de su vida y por eso estaba eternamente agradecida con él.
Se separa de él y grita con voz fuerte.
— ¡Dōkō! —en segundos llega un pequeño perro que rondaba por los alrededores.
Dōkō era un perro lazarillo que le perteneció a uno de los soldados de Kouga cuando cayó en la desgracia de la ceguera, morir él comandante se lo obsequió y ella encantada lo acogió en su casa. Al principio hubo problemas con Buyo pero después se hicieron amigos el gato regordete y el canino.
Era melenudo con pelaje grisáceo y blanco, de ojos pequeños y ladridos cortos con tonos bajos. Su nariz era grande pero muy sensible. Tenía las orejas dobladas y un poco dañadas, producto de un accidente en un campo minado.
A causa de eso perdió su agudeza auditiva.
Podía escuchar, pero solo unos pocos metros. Aunque eso no importaba, era el perro más dulce y juguetón del mundo y le ayudaba mucho en la casa.
Con su arco en mano y su valor sale de la a la calle con su perro ― Vamos Dōkō, tenemos trabajo que hacer.
El perro comenzó a gruñir más de la cuenta y su tamaño aumentó de manera descomunal. Era un mononoke, como Kirara. Se montó en su lomo y se elevaron por los cielos en dirección al centro de acopio.
Ya en el galpón observó las camillas llenas de heridos y enfermos. Parecía que había nuevos y entre ellos había más Youkais, por al menos cete Hibiki estaba ayudando para esta ocasión.
—Señorita Kagome— dice el soldado Taro que llegó a su encuentro— ¿Pudo conseguir el antídoto?
Kagome niega con la cabeza algo deprimida— Aún no, voy a hablar con el Doctor para ver el pronóstico de sus camaradas— hace una pausa y luego agrega— ¿cómo se ha comportado el cadete?
—Como verá— señala con el pulgar a su espalda con una sonrisa burlona— allí tiene el "Señor de Elite" cuidando de los nuevos Youkais envenenados
— ¿Hay más?— se exalta con preocupación, esto se está convirtiendo en un problema
—7 u 8 nuevos, más o menos— responde Taro— Hay uno que no se sabe qué tipo de veneno tiene pero parece estar respondiendo a las hierbas que trajo esta semana.
—Entiendo… bueno me voy.
El Doctor le mostró los informes de los dos primeros soldados que llegaron en la mañana y la de los nuevos que llegaron en la tarde, con los signos, síntomas y las respuestas a los tratamientos. Aún tenía tiempo, les quedaba una semana de vida, por lo que podría salir en la mañana y volver en la noche con las yerbas.
Cuando salió del galpón estaba a punto de caer el sol, suficiente tiempo como para cazar una presa y llevarla a casa para cenar.
Se montó de nuevo en Dōkō y partió hacia el bosque que estaba por su casa.
Con el desastre natural que hubo en Japón, las calles se volvieron poco transitables, solo pocas personas podían movilizarse por las carreteras casi inútiles por la vegetación que lo rodeaba. Algunas personas hicieron movimiento de asfalto y tierra donde no hubiera tuberías de aguas negras y crearon pozos para siembras de arroz y otros de algunas hortalizas de poco tiempo de cultivo.
El bosque que rodeaba el recinto sagrado de su familia se amplió y se llenó de una amplia fauna.
En esos tres años muchas cosas cambiaron en su época.
También cambiaron muchas cosas en ella, sus cabellos ahora eran muy cortos, sus facciones eran más maduras y era más delgada que en su adolescencia. Pero también era más ágil para esquivar ataques y hábil con el arco.
Se adentraron en el bosque y con pasos sigilosos se pusieron a buscar algo que comer.
Mientras ella estaba vigilante entre la flora, su lanudo amigo ponía a trabajar su sentido del olfato. Lo que pudieran conseguir sería suficiente.
Un jabalí o un cervatillo servirían como para una semana, pero si encontraban unos pichones también bastarían para esa noche.
El perro se acercó sin hacer el menor ruido posible a su dueña y le indicó el lugar de la presa.
El bosque estaba oscureciendo pero aún era visible, en medio del silencio pudo ver unos ojos azul brillante, perfecto. Con delicadeza tensa su arco apuntando en dirección al animal, libera la flecha y en cuanto se escucha el sonido del proyectil atravesar la carne envía a Dōkō a buscar el animal.
Era un cervatillo, era su día de suerte.
La azabache se montó en su lomo y partieron juntos hasta el templo.
Todos los días era lo mismo: Su hermano le regañaba por querer salir, no le hacía caso y partía a auxiliar a las personas en los refugios y demás centros de acopio para defenderlos y curar sus heridas; luego cazaba y llegaba exhausta al templo, lo suficiente como para crear un campo de energía anti monstruos.
Ya en la noche comían en silencio, sentía la tensión de sus familiares: Souta triste y lleno de impotencia por no ser más fuerte para ayudarle en su labor; su mamá preocupada por la incertidumbre de lo que les depararía la vida a partir de ahora y sin las posibilidades económicas para escapar de aquel infierno en el que se encontraban y su abuelo decidido como siempre a encontrar de entre sus artefactos inútiles una solución para salvar al país de la miseria.
Se hartó de la misma monotonía, siempre encontró la alegría entre sus viajes con sus amigos y no iba a permitir que sus familiares se amargaran por esto, por lo que se levantó de su puesto y lanza hacia el patio un pedazo de animal disecado, de los que el abuelo siempre le da ― ¡Vamos Dōkō, ve por él! ― el perro obedeció y se da cuenta como el pequeño animal se movía de un lado a otro para recoger aquel objeto.
Ante este hecho, todos estallaron a carcajadas por la cara de tragedia del abuelo, relajando a todos los habitantes de aquella casona. Se fue a bañar y luego a dormir, ya mañana las cosas cambiarían un poco aunque tuviera que volver a ver a su amado sellado de nuevo.
Los rayos del sol tocaron sus ojos por la ventana y estos se arrugaron para protegerse. Su reloj marcaba la 06:00 am, ya era hora de partir.
A los pocos minutos ya estaba lista con unos pantalones largos color verde beige, con una camisa de cuadros gris y verde, una chaqueta grande y unas botas de montaña marrones oscuras.
Tomó su arco y flechas y se montó una vez más en Dōkō para ir en vuelo al valle Nishizawa.
Era simplemente hermoso, los arboles cubriendo todo sendero y cerca un río que no terminaba precisamente en Tokyo. El silencio era muy común y el cantar del agua contra las rocas también, pero rápidamente recuperó la compostura.
No vino a disfrutar sino a salvar a los soldados.
Caminaba con Dōkō a su lado, como protector y camarada. Por el sendero daba pasos pesados y grandes por el suelo, pedregoso y húmedo del valle; mientras caminaba respiraba despacio y con calma, para no cansarse rápido. A veces, se detenía en un riachuelo y llenaba su cantimplora de agua, daba un sorbo directo de la corriente y continuaba el camino.
Al final del camino había un templo, el templo jidai-ju (en honor al árbol del tiempo que mantenía encerrado a Inuyasha), y al traspasar el portal se encontraba de inmediato el árbol con el hanyou nuevamente sellado.
Estaba tal cual, como la última vez que lo vio hace 5 años. Vestido con el aori que le obsequió su madre y su Hakama rojo, pero a diferencia de la vez que lo conoció, está ocasión llevaba el rosario de kotodama.
Su cara era serena y llena de paz, igual que la primera vez que lo conoció hace 6 años. En su pecho estaba clavada la flecha directamente en el corazón. Volverlo a encontrar en aquellas circunstancias era demasiado doloroso por lo que cerró los ojos y dio la vuelta y se agachó hasta su perro.
— Quédate aquí— le ordenó Kagome a Dōkō, el perro inseguro se mostró reacio ladrándole— no te preocupes, estaré bien— acaricia el lomo del mononoke y camina sola hacia el acantilado.
En la cima del acantilado se agacha hacia su morral y de entre sus cosas saca una cuerda y un arnés, hace un nudo, bulín simple y con la soga rodea la roca más grande y resistente del lugar. Se coloca en posición en el borde y comienza a bajar con cautela, dando saltos pequeños en el muro de piedra.
Mientras más bajaba, sus brazos se tensaban más del miedo a caerse, por lo que se relajó y redujo la fuerza de agarre de la cuerda por el riesgo que estaba corriendo. Cuando llegó a una altura prudente comenzó a divisar el muro en busca del algún indicio sobre aquella planta de flores pequeña y violácea con hojas grandes, pero nada, solo rocas.
Continuó bajando hasta que se escuchó un estruendo que produjo un pequeño sismo en el aquel lugar. La sacudida intentó hacerla caer pero esta se mantuvo firme entre el muro y la cuerda.
Suelta un suspiro intentando aminorar sus nervios cuando detuvo la mirada en una pequeña pendiente.
Allí estaba.
Un arbusto completo, a tan solo dos metros de ella.
Si tan solo pudiera acercarse un poco, tendría suficiente como para 15 youkais y por más de 3 meses.
Elevó la mirada a la cuerda y luego la dirigió hacia abajo y a ambos lados, solo para calcular la distancia. Coloca las suelas de sus botas en la superficie rocosa y comienza a caminar a su derecha y se suelta, balanceándose en el aire un poco; volvió a hacer los mismo, empleando más impulso hasta alcanzar una distancia bastante prolongada.
Pero no era suficiente, aún no llegaba a la siguiente pendiente donde estaba el arbusto.
—Solo un poco más— se animaba así misma
Al llegar de nuevo al muro corrió hasta alcanzar un buen impulso hasta balancearse por los cielos.
Creía morir cuando no encontraba ningún apoyo para sostenerse pero al tocar nuevamente la pendiente, donde estaba el arbusto una sonrisa se asomó por su rostro. Arrancó de raíz la planta y con cuidado volvió hasta donde estaba ubicada antes para subir.
— ¡Un momento!— Grita una voz desde el fondo del acantilado, la azabache voltea inmediatamente hasta encontrar su mirada con la de un ogro.
Un ogro horripilantemente grande y rojo, con cabellos blanquecinos y largos.
Coloca la planta entre sus ropas—Era demasiada felicidad junta— se lamentaba entre dientes
— ¿Qué quieres?
— ¿Crees que vivirás para contarlo, frágil humana? ¡Te comeremos viva!— un momento ¿Por qué dijo "comeremos"? pensaba en sus adentros
Al instante, el ogro muestra sus otras cabezas. Por instinto de defensa propia, busca en su espalda el carcaj con el arco pero se le olvido en la cima del acantilado.
Con sus manos sostenidas en el peñasco creo un campo de fuerza que por unos momentos repelió al Youkai, pero este volvió tomándola desprevenida, rompiendo la barrera.
Ahora si estaba asustada.
Más que asustada, aterrada.
Su poder espiritual no sería suficiente, necesitaba su arco y sus flechas ¡Qué tonta!
Ve como el ogro de cabezas aproxima una de sus garras hasta la cuerda de su arnés y lo corta. Ya estaba suspendida en los aires, cayendo por el abismo sin darle la oportunidad al monstruo de tomarla y comérsela.
Gritaba ante la caída pero era inútil, Dōkō tenía un excelente olfato pero su oído era un total desastre y se quedó en el árbol sagrado donde estaba Inuyasha. Ya nada la salvaría… en estos momentos era cuando anhelaba volver a ver a su amado de ojos dorados…
En la caída recordó a su familia y los momentos que pasó con ella. A su mamá y sus atenciones constantes en todo momento de su vida, Souta siempre preocupado por ayudarla cuando estaba en dificultades entre sus estudios y sus responsabilidades en el Sengoku y su abuelo con sus ocurrencias ¡Cómo los extrañaría!
Se lamentaba porque las noches que llorarían por ella y lo que les depararía a ellos de ahora en adelante.
Recordó cada uno de los momentos de su vida, desde su infancia y hasta los momentos que pasó en todo ese año en la época antigua.
Recordó también a los militares que necesitaban de las plantas medicinales.
"Perdónenme, muchachos" se decía así misma porque no podría ayudar a los soldados. Después cerró los ojos y esperó una muerte asegurada.
Creyó sentir unos brazos la sostenían y que la llevaban por los cielos, pero sabía que era mentira, estaba muerta y todo ya estaba perdido.
Escuchó murmullos, pisadas y las gotas de agua como si cayeran de unas estalactitas. Sabía que eran juegos de su mente, dentro de poco estaría en el otro mundo.
Creyó escuchar una voz diciendo despierta, pero no le hizo caso. La misma voz le insistía pronunciando su nombre pero ¿Con que propósito? Ya estaba muerta, ya no había nada que hacer.
Soñó que estaba en la época antigua con sus amigos, junto a Inuyasha, viviendo en total armonía. Sin ninguna perla de las desgracias, sin Kikyou que los separara.
En total paz.
Una vez más rogó esa voz, suplicándole despertar. Era un hombre, luego sus suplicas se hacían más distinguibles, era idéntica a la de…. Inuyasha….
Se levantó de golpe pero ante el mareo se inclinó sosteniendo su cabeza con sus manos para aguantar la presión que parecía destrozarle el cuerpo. Al mismo tiempo una persona la sostuvo para evitar que se cayese.
—déjame ayudarte
No pudo evitar elevar la mirada y encontrar sus pupilas con las de aquel hombre.
Eran sus orbes doradas.
Era él, era Inuyasha.
—Estás vivo…— musita asombrada
Continuará…
Hola ¿cómo están?
Muajajajajajajajaja aquí les envió un capítulo nuevo y lleno de mucha maldad y creado especialmente para que la gente quede totalmente picada, pero no se preocupen que dentro de poco actualizaré.
Aquí les dejo un pequeño glosario
Bueno, eso es todo.
Bye.
Valle Nishizawa: Considerada uno de los más bellos valles de Japón, se encuentra en la prefectura de Yamanashi y forma parte del Parque Nacional Chichibu Tama-kai que abarca más de 1250 km² entre las prefecturas de Yamanashi, Saitama, Nagano y Tokio.
Bulín simple: tipo de nudo para escalar
Dōkō: Significa pupila del ojo.
