Disclaimer: Hetalia no me pertenece. Es obra de Himaruya Hidekaz, y sus personajes también son de su propiedad. Lo único que me pertenece es mi OC de México [Andrea Hernández]

Enjoy it!


Independence

—Así que ahora eres Independiente.

Andrea alzó la mirada, parpadeando con su habitual curiosidad y observando a su vecino geográfico con una pequeña sonrisa en los labios. Alfred lucía completamente agotado, pero la euforia de la victoria estaba presente en todo su ser y también se podía contemplar una minúscula pizca de nostalgia en sus ojos.

El norteamericano asintió con la cabeza, sonriendo también.

—Así es, Andrea. Fue difícil, pero ya sabes ¡Nada es un desafío para mí! —La risa del ahora mayor inundó la habitación, provocando eco y una pequeña sonrisa por parte de Andrea.

— ¿En dónde quedó toda tu modestia, tonto? —Protestó la novohispana, llevándose ambas manos a la cintura y arqueando levemente una ceja. —Luces bien cansado. ¿Por qué no duermes un poco?

Alfred paró de reír después de unos segundos, y observó con un puchero a la mexicana. Se cruzó de brazos firmemente, sobre el pecho.

— ¡Los héroes como yo no tienen tiempo para dormir, Andy! Además, aún tengo tantas cosas que hacer…—Alfred suspiró y esbozó una pequeña sonrisa al notar que su vecina se decepcionaba y hacía un puchero con los labios, enfurruñada. —Pero te prometo que apenas atienda algunos asuntos tomaremos una siesta juntos, ¿Te parece?

Andrea se sonrojó levemente, y se mordió el labio inferior.

— No puedo más tarde. Antonio me llenó de trabajo por hoy, y creo que ya me metí en varios problemas viniendo aquí para visitarte. —Explicó, desviando la mirada y jugueteando nerviosamente con los dedos parte de la tela de su vestido. —Debe de estar muy enfadado.

La expresión de Alfred de pronto se endureció un poco, y Andrea se removió con incomodidad en su lugar. Sabía exactamente lo que estaba pensando.

— ¿Sigue utilizando tus recursos para saldar sus deudas? —No recibió respuesta, y el joven sólo exasperó más. — ¡Andrea! ¿No te das cuenta de lo injusto que está siendo contigo? ¡Tienes que hacer algo! ¡Te hace trabajar por tanto tiempo y aún así te mata de hambre!

— ¡No necesito que me lo recuerdes, carajo! Además, no es su culpa. ¡Él sólo está siguiendo órdenes! —Contestó la mexicana, frunciendo el ceño y tensándose de pronto. Era obvio que odiaba tocar ese tema, al igual que Alfred. El norteamericano le observaba desde su lugar con expresión enfadada y preocupada, apretando con fuerza los puños.

— ¡Deja de ser tan ingenua por un momento, Nueva España! Damn ¡No puedes vivir justificando todas sus acciones!

— Cállate, Alfred.

— ¡No me voy a quedar callado cuando una persona te está tratando así de mal y simplemente no te das cuenta! —Alfred se acercó a la mexicana a paso seguro y firme, con una expresión fiera. Pero Andrea no retrocedió ni mucho menos, sino que se quedó en su lugar. Una pequeña sonrisa se había dibujado en su rostro, y se limitaba a observar los ojos de su mejor amigo de la infancia. La preocupación que le devolvían era más evidente que el enfado, y por eso no opuso resistencia cuando Alfred la tomó por los hombros. —Andrea, I'm seriously. Tienes que hacer algo al respecto ya mismo.

—No puedo. —Ensanchó un poco más su sonrisa, aún sin apartar la mirada de la de Alfred. Sus cálidos ojos azules habían representado un agradable refugio desde que lo había conocido, y verlos la tranquilizaba. Luego, sin pedir ningún permiso, rodeó con sus brazos al norteamericano y apoyó la cabeza en uno de sus hombros, poniéndose de puntitas para poder hacerlo. Él se mostró un tanto confundido al principio, pero terminó sonriendo levemente también y correspondiéndole al abrazo.

—Sé que es difícil, Andrea. Yo tampoco quería hacerlo. —La mexicana se tensó, pero Alfred no paró de hablar. —Sabes que debes hacerlo, de nada te sirve retrasarlo por más tiempo.

Alfred tomó entre sus manos el rostro de Andrea, y ésta sintió como sus mejillas se ruborizaban un poco por aquel acto tan repentino. Se mordió levemente el labio inferior, y Alfred le besó la mejilla sin pedir consentimiento, como cuando eran niños. No opuso resistencia, sino que incluso se relajó entre sus brazos.

Everything will be okay. I promise it.

Y, por alguna razón, ella supo que debía creerle.

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16 de Septiembre del año 1810

« ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la América! ¡Y muera el mal gobierno! »

— ¡Que viva México!

Un coro de voces respondió con efusividad y potencia, ahogando los gritos y amenazas que los soldados españoles dedicaban a los rebeldes; completamente extasiados. No les interesaba lo en desventaja que se encontraban, no les importaba lo bien armados que estaban sus enemigos. Lo único que le interesaba al pueblo mexicano en ese momento era lograr su libertad.

La manera en la que Antonio la sujetaba le hacía daño. Mucho daño. Y lo único que ella podía hacer era observar a su gente desde el balcón en el que se encontraba, ahogando gemidos de dolor y soltando insultos por lo bajo de vez en cuando. Ardía, y ardía mucho. El espíritu mexicano de los insurgentes había encendido una llama que poco a poco se iba propagando por todos los estados del Sur de su país, provocando que cada vez más gente se les uniera.

Ya era muy tarde para tratar de detenerlos. La Real Audiencia era poderosa, pero se dudaba que lo fuera lo suficiente. La Independencia de México acababa de comenzar, y se alzaba poderosa en su primera etapa.

— ¿Qué mierda creéis que estáis haciendo, Nueva España? —España lo observaba todo, incrédulo y con una mirada fría y severa. Su tono de voz sonaba duro y autoritario, y México sabía que eso no podía significar nada bueno. La chica inhaló profundamente, y simplemente negó con la cabeza. Antonio aferró aún más el agarre a los brazos de su colonia, temblando levemente de la ira. — Detenlo. Ahora mismo. Hazlo, Andrea.

— ¡No puedo, carajo! ¿Qué esperas que haga? —Respondió finalmente la joven nación, sin poder evitarlo. Su conquistador le dedicó una mirada estricta y furiosa, pero ella decidió que las cosas ya no podrían empeorar. —Y aunque pudiera, no haría nada.

Hubo un silencio incómodo. Andrea sintió como Antonio la tomaba con brusquedad de una de sus muñecas, haciéndola girarse con nada de cuidado y haciéndole soltar un gemido de dolor. No pudo evitar ser arrastrada por él hasta la puerta del balcón de manera tosca, y supo que sus actos de rebeldía no tendrían la más mínima toleración.

—Sabía que no debía dejar que os llevarais con las colonias del imbécil de Inglaterra. ¡Sabía que eran una maldita mala influencia para tí! Pero mírame, ahí va el idiota de España a dejaros salir a tus anchas. Y ahora volvéis con esas…estúpidas ideas de Independencia. Os va a costar caro, Andrea Hernández. —México tragó saliva, pero no opuso demasiada resistencia al ser llevada. Sabía lo que se acercaba, y sabía que era inútil tratar de evitarlo. Lo único que podía hacer era mantenerse firme, y confiar en su gente. Sabía que sería duro lo que se avecinaba, pero también sabía que todo iría mejor si era capaz de soportarlo. — Vos sabéis que odio tener que hacer esto. Lo siento, pero es necesario. Tenéis que aprender a obedecerme, y yo debo aprender a dejar de ser tan estúpido.

Andrea no respondió, ni lo haría. Ella tenía sus propios ideales, y permanecería fiel a ellos. Sin importar la mano dura de su conquistador. Si Alfred podía, ella también.

Y pudo notar, mientras era arrastrada hacia las brutales represiones del gobierno Español, que su tutor temblaba ligeramente.

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27 de Septiembre de 1821

México estaba hecho un verdadero caos. Cualquiera que se atreviese a siquiera pensar que las calles de la ciudad eran aún seguras estaría demente. Era suficiente con ver lo destruidos que estaban los alrededores, y con escuchar los escasos disparos perdidos que aún se continuaban escuchando de vez en cuando entre los callejones, de pequeñas batallas que aún estaban teniendo lugar.

Pero no importaba el desastre. Al menos no en ese momento, cuando la euforia estaba a su máximo entre el pueblo mexicano. Enormes y radiantes sonrisas iluminaban los rostros de todos los mexicanos, que festejaban y brindaban orgullosos para celebrar el fruto de su gran esfuerzo y trabajo. Para celebrar a aquellos que se habían sacrificado por su nación, para celebrar aquello por lo cual habían luchado durante once años.

El Tratado de Córdoba estaba firmado.

México era independiente.

Iturbide y Guerrero habían entrado ya triunfantes a la Ciudad de México, ondeando con orgullo la bandera del Ejército Trigarante. Habían sido recibidos con vítores y aplausos, con toda la calidez y alivio de la población. Ahora todo iría mejor, eso era patente.

Andrea no cabía en sí de orgullo. Aquella quemazón que había comenzado a sentir al principio del movimiento insurgente ahora se había convertido en un agradable sentimiento de euforia instalado en su pecho. El pueblo mexicano se había unido por fin para luchar por su independencia, y la unificación era una de las cosas más agradables que México había sentido ocurrir dentro de ella.

Una parte de ella quería festejar. Ponerse a saltar, gritar, bailar y hacer cualquier cosa que le permitiese expresar lo bien que se sentía.

Pero no podía. No en ese momento.

España le observaba a unos metros de distancia con la expresión que más asustaba a Andrea de todas. Era una expresión muy extraña que le provocaba estremecerse. Pero no era una expresión de enfado, ni mucho menos de furia. Era una expresión de decepción. Profunda y gigantesca decepción, mezclada con la angustia y la tristeza.

Ella aún llevaba su uniforme militar, aunque destrozado y rasgado. Sostenía una bandera del ejército trigarante en las manos, y se limitaba a observar a su ex conquistador a los ojos. Estaba pálida como un fantasma, y su corazón latía a mil por minuto. No sabía que le estaba pasando, ni por qué. Lo único que sabía era que el sentimiento de orgullo había comenzado a sentirse opacado por uno más opresivo y fuerte de manera repentina al encontrarse con la mirada verde de Antonio.

Las manos comenzaron a temblarle, y tragó saliva. Antonio le miró con tristeza, quebrando los labios en una primera muestra de debilidad después de once años de lucha. Sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

— ¿Por qué, Nueva España? Se suponía que todo se arreglaría después de unos años. Se suponía que volveríais a obedecerme, nunca pensé que las cosas fallaran así…—Poco a poco su expresión fue flaqueando cada vez más, y gruesos lagrimones comenzaron a anegar de sus ojos. A México le dio un vuelco en el corazón, y sintió que de pronto ya no podía contener los temblores que invadían su cuerpo. Así que comenzó a temblar como una hoja, sintiendo como los ojos le ardían. —Se suponía que las cosas funcionarían. Se suponía que aquellos duros castigos te harían meditar. ¿De qué sirvió todo eso, entonces? ¿Mirarte sufrir de aquella manera fue todo en vano?

Un sollozo interrumpió la voz de su conquistador, y Andrea tuvo que morderse con fuerza el labio inferior para no imitarlo. No podía entender por qué le estaba pasando eso, cuando todo había estado yendo de maravilla. Se suponía que tratara a Antonio con suma indiferencia después de eso, pero…

La desesperación y el pánico le invadieron de pronto, y se sintió desprotegida y vulnerable. Sintió la asfixiante necesidad de encontrarse entre los fuertes brazos de Antonio, de hundir la cabeza en su pecho y de permitir que sus caricias la tranquilizaran. De sentir sus besos en la frente, de inhalar profundamente su aroma, de sentirse protegida. Sintió la necesidad de abrazarlo, de llorar sobre su hombro y de dejarse consolar. Comenzó a extrañar los cariños, los mimos y todos aquellas muestras de afecto que España solía darle día a día.

La nostalgia la invadió por completo, y lo único que ella pudo hacer fue darle la espalda a Antonio. Trató de ocultar sus temblores, de mostrarse firme.

—Mi nombre no es Nueva España.

Sus labios temblaron, y enseguida sintió el sabor salado de las lágrimas al recorrer a montones su rostro.

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Se desplomó contra los brazos de Alfred. Hizo exactamente todo lo que había estado anhelando hacer con Antonio, soltándose y permitiendo que los sollozos y temblores más violentos la invadieran ahora. Necesitaba desahogarse, necesitaba sentir aquella sensación de apoyo y protección. Se acurrucó entre los brazos de Estados Unidos de América y ocultó el rostro entre su cuello, llorando a todo pulmón y sin poder articular palabra alguna.

Alfred se sentó en el suelo y la estrechó con aún más fuerza, con una expresión seria y comprensiva, con una pequeña sonrisa en el rostro. Le acarició la espalda con afecto y le besó la frente y ambas mejillas, tratando de tranquilizarla. Poco a poco comenzó a surtir efecto, y Andrea logró tranquilizarse un poco.

It's okay, Mexico. Llora todo lo que quieras, sé que esto es duro. —Le habló al oído, susurrando. Arrullándola. —You're not alone. ¿Recuerdas? Me tienes a mí, y a todos tus hermanos.

Las mejillas de México se ruborizaron levemente, y ella sólo pudo asentir con la cabeza. Muchas emociones se encontraban jugueteando ahora en el pecho de la joven. Confusión, sobre todo, y…

¿Por qué sentía mariposas en el estómago?


LAMENTO LA TARDANZA. De verdad, tuve una pequeña crisis inspirativa ;A; pero creo que valió la pena, o eso espero. Este capitulo me hizo sentir tan adgdfsad al profundizar pensando en la relación España-México. Me parece que los países independizados también se deben de sentir un poco mal al separarse de sus conquistadores, pensando en que deben de estar apegados a quiénes los cuidaron por tanto tiempo.

A mi parecer, España era de mano dura con Latinoamérica. Las fuertes represiones, toda esa clase de cosas apuntan a que probablemente les pegara. Yo pienso que sí lo hacía, aunque en contra de su voluntad y con el gran dolor de su alma. Digo, miren a Antonio, ¡Es amor puro! Me da penita, al igual que los Latinoamericanos.

Espero que les haya gustado este drabble c:! El próximo tendrá que ver con la piratería en México.