ANTES DE NADA: LO SIENTO, FANS DE MIKASA. Siento si Mikasa es muy Out of Character. De verdad, intento hacerla creíble, pero me cuesta, porque no es un personaje que esté acostumbrada a escribir ni a leer. Quiero decir, ella realmente me gusta, el perfil psicológico del personaje me es fascinante, pero es que no la leo tantos fanfics acerca de ella, y en los que leo es un personaje secundario y, pues... ahí SÍ QUE PARECE OOC, NO TENÉIS NI IDEA.
Por cierto, me he llevado una grata sorpresa al ver que la idea no ha tenido tan mala recepción. Creo que dije antes que no apoyo el Omegaverse, en serio, es un género que prácticamente traslada el machismo de la Edad Media a las relaciones entre hombres, más el celo, como si fueran perros. ¡En serio! Odio sobre todo cuando los omegas parecen tan luchadores al principio, y luego resultan ser unas princesas Disney: que sí, que mucha libertad y que eso, que yo no quiero ser como las demás, pero bien que acaban todas casaditas antes de los veinte, ¿eh? (Y eso que yo soy una gran amante de Disney, de verdad, soy muy fan de La Bella y la Bestia, Mulán y Aladdín.)
Pero bueno. Lo siento por la tardanza. Me había quedado atascada en la última escena (en el último salto del pasado al presente) y no pude escribir hasta esta noche. Supongo que quien seguía esta historia estará muy cabreado conmigo y tendrá que releerse la historia de nuevo, pero lo siento, y trataré de actualizar algo más rápido la próxima vez. Creo que ya sólo habrá un capítulo más y un epílogo, de todas formas. Depende de lo que me lleve el capítulo.
Recordad, por cierto, que esta historia está narrada en presente. Recuerdos y sucesos ocurridos anteriormente se cuentan en pasado (nada de cursivas, ni flashbacks, ni leches), así que estad al loro de los tiempos verbales para no perder el hilo de lo que está ocurriendo.
(Ah, y no me pertenece Shingeki no Kyojin.)
¡Disfrutad!
En qué radica el amor.
CAPÍTULO 2.
Las mantas lo envuelven con calidez y el colchón lo acoge con dulzura. Su mente anda en el limbo entre el sueño y la consciencia; sabe que es por la mañana, porque la luz que entra por la ventana traspasa las sábanas y cierta claridad inunda el espacio en el que tiene enterrada la cabeza, pero no se acuerda de qué día u hora es, ni tampoco es que desee conocerlo. Cierto hormigueo nada en su estómago y siente la necesidad de bajar a zamparse una napolitana, pero el sueño todavía le acaricia los párpados y su cuerpo aún está dormido. Bosteza contra la almohada y se tapa más con la sábana cuando escucha cómo alguien entra en su cuarto.
—Mamá, déjame dormir, es lo único bueno de no tener clase… —susurra con voz somnolienta.
—No soy tu madre, aunque me ha dicho que ya es hora de que te levantes —Un latigazo de realidad recorre la espalda de Eren cuando oye la voz de Mikasa. Se incorpora de un salto y mira a su amiga con sorpresa. Ella se acerca a él y le peina el cabello alborotado y erizado—. Venía a proponerte que salgamos a correr juntos. Hace algunas semanas que no vamos.
—¿Ahora? ¿Tan temprano? —pregunta el omega, bostezando y apartando con suavidad las manos de Mikasa de su cabeza—. Más tarde, me parece bien, pero ahora…
—Ya son las diez y media.
—Ah —Pone los pies sobre el suelo y se estira arqueando la espalda—. Qué rápido pasa el tiempo cuando estás dormido… La última vez que miré el reloj juraría que eran las cinco y tengo la impresión de que han transcurrido diez minutos desde entonces.
La joven alfa atrapa las mejillas de Eren con las manos e inspecciona su rostro mientras él la mira, confundido. El pinchazo de un clavo ardiente ataca el corazón del chico al sentir el contacto de ella y frunce el ceño y echa la cabeza para atrás, librándose del agarre.
—¿Qué pasa?
—Últimamente no duermes bien. Ya lo había notado antes, pero, ahora que te miro más de cerca, me parece claro —comenta Mikasa. Eren desvía la mirada con incomodidad y se revuelve el pelo de la coronilla—. Si tienes algún problema, puedes decírmelo.
—A parte de lo de la universidad, ninguna novedad —responde él—, y no creo que sea por culpa de eso. Será que empieza a hacer calor; me cuesta conciliar el sueño con el calor, ¿ya lo sabes, no?
La alfa inclina la cabeza y lo contempla con insistencia. El rostro de ella no cambia, no muta; parece la máscara de alguien que lo ha visto todo, que por eso lo sabe todo, pero que hace un uso maestral de la sutileza y el ocultismo dibujando una total inexpresividad. Eren traga saliva, nervioso.
—No me pasa nada —declara el omega.
—No te creo.
Eren se pone en pie, obligando a su amiga a retroceder un par de pasos, y se dirige con firmeza y rapidez hacia el armario. Tiene la sensación de que la presión arterial se ha elevado hasta las nubes y cree que los ojos de ella sólo lograrán que suba aún más.
—Mikasa, no te pongas pesada. No duermo bien por el calor, ¿de acuerdo? No creo que sea muy importante, de todos modos. Ya se me pasará.
—Tus orejas están rojas, Eren. Estás mintiendo.
El omega gira sobre sus talones con una camiseta de deporte y unos pantalones cortos en las manos. Tiene el ceño fruncido y parece que en cualquier momento va a pedirle más clara y bruscamente que lo deje en paz.
—Que no. Hazme el favor de salir, voy a cambiarme.
—Eren…
—Mikasa…
Ella suspira, derrotada, y camina con ligereza hacia la puerta del dormitorio de Eren. Él siempre ha admirado cómo sus pies apenas rozan el suelo, cómo se mueve en totales silencio y elegancia, y en otras circunstancias, cuando el enfado no empieza a hervir en sus entrañas, suele contemplar sus andares de princesa.
En verdad, Eren piensa que Mikasa es como una gacela que habita en una ciudad con el aire cargado de humo y del estruendo de los cláxones. Es un ser precioso, de ojos brillantes y claros como el agua de un arroyo, que no debería encontrarse en ese mundo, porque el mundo contamina su pureza. Eso era lo que se le ocurría de pequeño, cuando Mikasa era una niña mucho más dulce, cuando tenía la sonrisa fácil y la armónica belleza de sus rasgos todavía no parecía haberse apagado levemente. Todavía no había desplegado todos sus pétalos, todavía no era cuan bonita estaba destinada a ser, cuando sus ojos se mancharon con la visión de ver morir a sus padres. Se habían oscurecido, habían ocultado su hermosura de la suciedad del mundo. Sin embargo, esto fue considerado «normal» por los psicólogos, teniendo en cuenta por todo lo que ella había pasado. Ese día, Mikasa se quedó paralizada, clavada en el suelo como una espina, persiguiendo con la mirada desorbitada el reguero de gotas de sangre que coloreaban el asfalto. Su madre yacía boca arriba, con los ojos por siempre clavados en el cielo y el cuello doblado en una postura extraña. Su padre estaba abierto de piernas y brazos sobre el capó; un gigantesco y afilado fragmento de cristal le entraba por la sien y le salía por la nuca y su pelo ya no parecía rubio, sino pelirrojo. El claxon no cesaba de sonar: el conductor tenía la cabeza incrustada en el volante.
Nadie cree que puedas vivir un accidente de cerca, hasta que lo vives, hasta que miras de cara a la muerte y la realidad te golpea con toda su brutalidad en la médula espinal. Y, entonces, sólo quedan dos opciones: vivir en el estupor de la tristeza o cambiar radicalmente tu manera de ser, enfriar tu corazón, para que no vuelva a ser dañado. Esa pequeña alfa sólo tenía doce años cuando sus padres fueron atropellados, frente a ella. El nudo en el estómago, en la garganta, en la mente y en el corazón fue desgarrador, fue noches de lágrimas e insomnio, fue muerte en recuerdo y en presente y dolor, mucho dolor. Su amigo de ojos de gema se encontró junto a ella y le dio calor, le dio esperanza y le dio cariño de esa manera ruda, e inusual en un omega, que él tiene. Eren es una hoguera, la única, que derrite la nieve del paraje helado en el que su alma se ha convertido.
Eren odió a ese conductor borracho que acabó con la vida de los padres de su amiga; siempre pensó que fue su culpa, que gracias a él dos fantásticas personas ya no se encuentran en ese mundo, y le consuela saber que él también cruzó al otro barrio en aquel fatídico accidente. Lo odia porque, con aquellas muertes injustificadas, también tomó a Mikasa y le clavó mil agujas en el corazón, de las cuales algunas aún se tienen que extraer. Lo odia porque atentó contra el único alfa que le parece un ser bello y amable, contra su mejor amiga, contra alguien a quien quiere. Aunque, claro, muchos años después, todavía no entiende realmente por qué ese desprecio nació en su corazón infantil. Aún piensa que es porque agredieron a alguien a quien cree considerar una hermana.
El cabello de seda de Mikasa revolotea en torno a su rostro de luna cuando ella se vuelve un segundo antes de desaparecer tras la puerta:
—Si no me lo quieres contar, no me lo cuentes, pero te sentirás mejor si lo haces.
Y sale de su dormitorio.
Eren se masajea el cuello, tenso y endurecido, y clava la mirada en las tablas de madera del suelo. Mikasa tiene razón: sus orejas están rojas, está mintiendo. Sin embargo, él no quiere que ella se entere del tema que lo ataca por las noches y le impide un buen descanso. No porque no confíe en ella —de hecho, junto con Armin y sus padres, es una de las pocas personas en las que puede apoyarse sin temor—, sino porque ciertos miedo y necesidad han aflorado en sus entrañas y es un secreto que, de momento, prefiere guardar en un cofre encadenado.
En su mente nada un pensamiento que le preocupa; las aguas se agitan, lanzan olas las unas contra las otras, pero el barco en el que navega ese pensamiento nunca se hunde, sino que parece que incluso va a salir de la marejada y a colgarse en lo alto de la cúpula de su cráneo. Allí donde siempre pueda tenerlo presente. Allí donde no pueda permitirse olvidarlo. Y lo que Eren desea, desea profunda y visceralmente, es que se sumerja en la oscuridad y no salga a flote de nuevo.
Suspira y comienza a vestirse con rapidez, pues sabe que Mikasa aguarda por él y no quiere hacerla esperar demasiado. Las desavenencias de hace unos pocos instantes ya han tensado lo suficiente la cuerda y ésta ha de volver a relajarse. Para que todo vuelva a estar como siempre.
Cuando baja las escaleras, Carla lo intercepta y posa las manos en sus hombros para frenarlo. Se encuentran en la soledad del pasillo; dos puertas los separan del salón, donde la joven alfa se contempla las manos y trata de desentrañar reflexionando qué es lo que Eren oculta. El hijo mira a la madre y siente un nudo en la garganta. La delgadez comienza a marcársele en las mejillas y los ojos dorados se hunden cada vez más en su rostro. Se deshace bajo sus ropas, se convierte en un esqueleto ceniciento, se muere. Ya se le nota, ya se huele en el aire el tufo de la que va de negro, y sólo hace cinco días que Grisha, con la mirada ida y la voz empapada en un dolor profundo, confirmó que su esposa tiene cáncer de útero. La quimioterapia comenzó hace dos días. Todavía no lo sabe nadie fuera de casa, todavía es demasiado doloroso revelarlo.
Discuten en voz baja, con las voces a punto de romperse. Un millar de cristales les baja por la garganta; a una porque le duele marcharse y al otro porque le duele que se marche. La presión comienza a apretujar el corazón de Eren y siente durante unos instantes que ya no puede respirar. Cree que sus rodillas van a romperse en cualquier momento y caerá desplomado al suelo, como un muñeco de trapo. Las obligaciones, los problemas, la sociedad, los sueños extraños, el futuro y la enfermedad de su madre: todo le puede, todo comienza a vencerle. Carla lo abraza y se escuchan los latidos el uno al otro durante unos segundos. Luego, la mujer asciende las escaleras con las firmes serenidad y dignidad de una mujer enferma, de alguien que se niega a morir, de alguien que no está dispuesto a derrumbarse en la tristeza, pues sabe que la depresión no es más que un pozo de arenas movedizas.
Al entrar en el salón, de lo primero que se percata Mikasa es de que Eren parece a punto de estallar en lágrimas. Se lo pregunta, pero él la mira, extrañado, y niega cualquier gana de llorar que pueda sentir. Luego salen a correr.
Mayo se huele en el ambiente, todo el mundo lo sabe aunque carezca de un calendario para confirmarlo. El aroma a césped recién cortado flota dulcemente en el aire y las nubes, cuando no deciden retirarse, llueven y, junto con el Sol, pintan el cielo con un arco de siete colores. Los insectos se hallan inmersos en la búsqueda de flores que polinizar y la melodía de su aleteo se funde con los gritos y las risas de los niños en los parques. La luz es más dorada y más cálida, los días son más largos y más bonitos. La primavera ha florecido no sólo en los árboles, cuadros de colores vivos y fulgentes, sino en los ánimos de las personas. Y así, de manera muy certera, dice el refrán:
Marzo ventoso
y abril lluvioso
hacen a mayo florido y hermoso.
Es un día maravilloso y Mikasa y Eren, formando parte de ese cuadro de locus amoenus, parecen brincar como animalitos felices, recorriendo la acera a un ritmo regular con los auriculares incrustados en los oídos. Sin embargo, desentonando brutalmente, ella tiene el rostro congelado y él, fruncido; no porque estén enfadados, sino porque es su respectiva expresión habitual, la dibujan sin darse cuenta. El omega mira a la alfa de reojo durante un instante, su pelo negro saltando con ella y con el viento, la luz del Sol haciendo brillar el sudor que comienza a aparecer en sus sienes, el destello de vida que aparece temporalmente en sus ojos debido al ejercicio, y el sabor de la duda le muerde la lengua. No sabe por qué, tampoco es que se detenga a analizarlo o a preguntárselo a sí mismo, pero el razonamiento de su madre gana peso en su cabeza cuanto más mira a Mikasa. Cada vez está menos seguro de qué quiere hacer.
Llegado un momento, en el que el que los gemelos arden como incendiados y tragar saliva —si es posible formarla— resulta un millón de hojas de acero bajando por la garganta, dan por finalizada su sesión de running. Eren se pasa una mano por el pelo sudado, jadeando, y se vuelve hacia Mikasa, quien detiene el cronómetro de su reloj de pulsera. Dado que tiene la piel más pálida, a ella se le nota mucho más lo arrebolado de las mejillas que a él, pero lo cierto es que el corazón les late a una velocidad similar. Sus resistencias son muy parecidas, puesto que ambos pertenecieron al equipo de atletismo del instituto.
—¿Cuánto? —pregunta él, recuperando el aliento en seguida.
—Dos horas y cuarenta y tres minutos.
—¿Sólo?
—Sólo.
—Antes aguantábamos más.
—Tú no has desayunado. Te dije que desayunaras, pero insististe en que era tarde ya y que no querías hacerme esperar —apunta Mikasa, clavándole una mirada de reproche, y Eren sonríe con nerviosismo—. Te conviene comer algo. Vamos a la cafetería de Petra.
—Me parece bien —acepta el omega, subiéndose la manga del mitón al darse cuenta de que se le ha deslizado por el antebrazo, y añade—: Pero a lo mejor es también porque hacía meses que no salimos a correr. Entre que tú tienes las clases por la tarde y yo las tenía por la mañana, no nos quedaba tiempo.
—Habla por ti. Yo salgo todas las mañanas.
—Joder, pues sí que os dejan tiempo libre a los de Teleco… Yo incluso me planteé tomar anfetaminas en la época de exámenes.
—Es que Ingeniería no es tan difícil.
Eso deja helado al omega, parado en medio de la acerca, clavado como un poste. Mikasa se adelanta, caminando a paso ligero, casi sin darse cuenta de que Eren no le sigue el ritmo. Cuando él es capaz de reaccionar, ella ya lleva varios metros alejada.
—¡Anda y que te den! —exclama mientras la alcanza al trote—. ¡Una vez oí de un tío que se pasó dos semanas sin dormir por la caña que le metían en tu carrera! No me vengas con que a ti no te cuesta, que deprimes a medio mundo.
—Si llevas los estudios al día, no es complicado.
—Eso siempre lo dicen los profesores —rememora Eren con una sonrisa—. Es muy poca la gente que sigue el consejo a rajatabla.
—Es que la gente es bastante estúpida, la verdad. Se empeñan, por algún motivo, en dejar reposar las cosas hasta el último momento, que es cuando se ponen las pilas de verdad. Las personas aprenden a zurriagazos: hasta que no te estrellas contra el muro y te llevas un suspenso que te arruine tus objetivos, no reaccionas.
—Ya. La pereza es una plaga —concuerda el omega, y luego se echa a reír—: Por cierto, ¿de dónde te has sacado lo de «zurriagazos»?
Mikasa sonríe levemente.
—Del bolsillo de Doraemon —Y su tono monocorde hace aún más absurda la broma.
El reloj de la cafetería de Petra marca la una y cuarto y la clientela que infesta las mesas del establecimiento corresponde a la hora. El sábado y el domingo son los días en los que, si no bajas al bar cerca de tu casa a tomar unas aceitunas con anchoas y una cerveza, no puedes llamarte persona. La tradición del vermut justo antes de la comida, por supuesto, sólo es propia de alfas y betas varones de más de treinta y cinco años; los omegas y las mujeres betas están muy ocupados en casa y las generaciones de ahora tienen una potente atracción magnética con el mando de la PlayStation. Por eso, cuando Eren y Mikasa, omega y alfa de dieciocho años, entran en la cafetería y se dirigen directamente a la barra —pues a simple vista no parece haber mesas libres y no les apetece buscar una—, algunos clientes los señalan asombrados.
Petra vuela de un lado para otro detrás del mostrador. Toma un vaso, lo llena con el grifo de cerveza, hace que se deslice por la barra hasta la mano del que ha pedido la caña, coloca los torreznos, las croquetas o las rabas de calamar en un platillo de metal, les quita las chapas a los refrescos, sirve los vinos, limpia la barra con un trapo, recoge las monedas y los billetes con los que la clientela paga y todavía le quedan ánimos y fuerzas para ofrecerles una sonrisa sincera a Eren y Mikasa. Es impresionante.
—¿Qué os pongo, chicos? —pregunta ella, limpiando los cercos que los botellines de unas cervezas han dejado en la barra.
—Lo de siempre —responde Eren.
—Marchando un café cortado con leche, un capuchino y dos pinchos de tortilla —proclama la pelirroja, volviéndose hacia la máquina de café.
Los jóvenes la contemplan trajinar durante unos minutos, en silencio, hasta que tienen delante su pedido. El cortado para Eren y el capuchino para Mikasa. Cuando los acompaña, Armin suele pedir leche con cacao en polvo, pues el café le parece un tanto amargo, aunque sólo lo habrá probado un par de veces. Sin embargo, los tres coinciden en la predilección por la tortilla de patata. No muy cuajada, pero tampoco deshecha, y en su punto exacto de sal: es el cielo en la boca.
—Petra debería contratar a alguien más —le comenta el omega a su amiga, rasgando el sobre del azúcar y vertiéndolo en su café—. Con lo que debe de ganar en los fines de semana, yo creo que tiene suficiente para pagarle el sueldo a otro.
—Auruo trabaja en la cocina —le recuerda ella, partiendo un trozo de su tortilla con el tenedor y metiéndoselo en la boca.
—Sí, pero Auruo no atiende a toda esta gente. Da igual cuánto fuerce su amabilidad, se nota que Petra está agobiada en estos días.
—Supongo que tienes razón. El trabajo de las camareras es duro, y eso, sumado a la gestión del bar, debe de ser una buena dosis de estrés.
—Ya… —Eren se lleva la taza a los labios y reflexiona mientras el café, cálido y endulzado por el azúcar, le baja por la garganta. Se relame los labios y, de repente, suelta—: ¿Te parecería raro si le pido un empleo?
La alfa deja la taza del capuchino, que ya levantaba, sobre el platillo y vuelve la mirada hacia él con sorpresa. No se había figurado al joven Jeager con un uniforme de camarero; realmente, ni se le había pasado por la cabeza. Aunque, frívolamente, piensa que estaría guapo. Casi se ruboriza ante la idea. Casi.
—¿Por qué quieres trabajar aquí?
Eren se encoge de hombros.
—No sé. Como me expulsaron de la universidad, ya no tengo nada que hacer, ¿no? Y no me gusta hacer el vago. El tedio últimamente me puede: Armin y tú estáis ocupados y yo tengo demasiado tiempo libre, tanto que no sé qué hacer con él. Necesito estar atareado con algo; si no, creo que me volveré loco un día de éstos.
—Vaya —Mikasa suspira, mira al techo y sonríe. El omega la mira con curiosidad—, pues, si quieres ser camarero y prefieres ocupar tu tiempo con eso, ya no te lo digo.
—¿El qué?
—Ah, no, nada.
—Mikasa, tú no eres así, no juegues conmigo. Desembucha.
Ella extrae un papel doblado de la riñonera que cuelga de su cadera y lo desliza sobre la barra hasta la mano de Eren. Lo mira de reojo y lo insta con un movimiento de cabeza y una sonrisa leve a leer lo que ahí está escrito. Él lo desdobla con ansiedad y sus ojos corren una maratón por las líneas, mecanografiadas en un ordenador, de la carta. Cuando las retinas captan la firma del director de la Universidad de Stohess, Eren comprende que sacarlo de casa a hacer ejercicio ha sido una estratagema para darle la buena nueva cuando las endorfinas le estén atontando el cerebro. Las manos le tiemblan por un instante y el omega se vuelve con brusquedad hacia Mikasa.
Dicen que no hay nada más hermoso que un amanecer en África. El cielo rojo, separándose con suavidad de la tierra, y el enorme y amarillo orbe asomándose lentamente por la línea del horizonte. También, la voz de un babuino llamado Rafiki cantando la banda sonora de El Rey León, mientras los animales paulatinamente despiertan. Las jirafas alzando sus cuellos majestuosos, los hipopótamos adentrándose en las aguas anaranjadas de los estanques bordeados por juncos y los leones meneando su lustrosa melena rubia para desperezarse. Sin embargo, la alegría y la emoción haciéndose rápidamente con los ojos de gema de Eren y su boca abierta por la impresión convirtiéndose en una sonrisa, dejan a ras del suelo ese impresionante amanecer africano, reduciéndolo a algo nimio y común frente a lo extraordinario de la belleza del rostro de ese chico dominado por la felicidad. Eso es lo que ella piensa.
Mikasa no se lo espera. Eren, tampoco. Pero, súbitamente, el omega toma a la alfa por la nuca y le estampa los labios en la boca.
Para Jean Kirschtein, ya han acabado las clases por hoy y se dirige a paso ligero a la salida de la facultad. Tiene muchísimo que estudiar ese día —y todos los demás—, pero, siendo sincero, no le apetece lo más mínimo. La jornada estudiantil es pesada y él está muy cansado; no hay nada que le pueda satisfacer más que una buena cama en esos instantes. Está especialmente agobiado y harto de Derecho Romano, la última asignatura del día, porque el profesor que lo imparte es un cabronazo, aunque eso no es nada nuevo. El caso es que nadie es capaz de tomar todos los apuntes: explica demasiado rápido y borra la pizarra antes de que tengas tiempo de fijarte en ella, y acabas esa clase de dos horas con la mano acalambrada y la hoja llena con datos a medias. Sólo Armin Arlet consigue anotarlo todo, pero él es superdotado y no cuenta.
Cuando sale del edificio, Jean mira hacia arriba durante un instante y suspira. El cielo comienza a colorearse de un azul muy tenue y por el horizonte se acerca alarmantemente rápido un rebaño prominente de nubes que anuncia lluvias próximas. Es tarde, tiene que tomar el autobús para llegar a casa y no quiere empaparse. Bufa.
Sin embargo, su mal humor se disipa un poco cuando distingue una cara conocida entre el vaivén de estudiantes de Derecho que entran y salen —la mayoría salen— de la facultad. Eren Jeager camina ligeramente encorvado hacia el edificio, con las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera que lleva abierta, y a Jean no le es muy difícil adivinar adónde y a qué va. Se le dibuja una sonrisa socarrona de sólo pensarlo.
—¡Eh, bastardo! —exclama, provocando que algunos de los universitarios se giren, extrañados, y se rían. Jean corre hacia su antiguo compañero de instituto y Eren se detiene y lo mira con fastidio—. ¿Qué haces aquí?
—Venía a por Armin. Hemos quedado para ir a cenar —responde el omega, que se alegra de que Jean no sepa que su talón de Aquiles a la hora de mentir son sus orejas.
—Pues Armin hoy se ha tenido que ir antes, así que aquí no lo vas a encontrar. Cita con el dentista, creo —apunta el beta, sonriendo con infinita diversión al ver cómo Eren palidece.
—Ah… —es lo único que se le ocurre contestar. Está en una encrucijada—. Yo qué sé, entonces. Él me dijo que esperara aquí esta mañana. ¿Y qué te importa a ti, cara de caballo? Ni que fuera tu vida, joder.
—Ya, hombre, ya… —Jean levanta las manos en un falso gesto conciliador. Eren pone los ojos en blanco—. Por cierto, me dijeron que te expulsaron de la universidad hace dos meses y medio, ¿no? ¿Qué coño hiciste?, ¿prender fuego a uno de los laboratorios? No sería la primera vez.
Eren frunce el ceño y rechina los dientes.
—No. Descubrieron que soy un omega. Y ya me han readmitido, he vuelto a las clases esta semana.
—Por intervención de Mikasa, ¿a que sí? —bromea Jean. Sin embargo, se queda perplejo al ver cómo el omega mira al cielo con incomodidad—. ¡No! ¡No jodas que hasta ahí llega la influencia de un pura sangre!
—Su palabra parece ser la ley —indica Jeager, haciendo un ademán de fastidio con la mano.
Se le congelan un momento las venas al darse cuenta de que ha sacado la izquierda del bolsillo y de que la ausencia del mitón es demasiado notoria, y vuelve a ocultarla con rapidez. Pero Kirschtein ya lo ha visto. «¡Lo sabía!», piensa, victorioso.
—Entonces, ¿vas a esperar a Armin aquí? —dice, tras carraspear significativamente. Alza las dejas y disfruta cómo Eren traga saliva y parece no saber cómo salir del paso.
—Sí. Y mejor que me meta dentro. Esas nubes que se acercan no tienen buena pinta y empieza a refrescar —replica el omega, evasivo. Ya tiene un pie apuntando hacia la entrada de la facultad y alza la mano derecha en señal de despedida—. Ya nos veremos, cara de caballo.
Jean estalla en carcajadas mientras Eren se dirige a paso prieto hacia ese enorme y francamente feo edificio de ladrillo.
—¡Buena suerte, bastardo! —le desea, a punto de caerse al suelo de la risa—. ¡Me gustaría ver si sigues vivo después de una noche con ese tío!
Jeager se resiste, con todas sus fuerzas, de volverse hacia el beta y estamparle un puñetazo en su cara ecuestre. En el punto álgido de las carcajadas de su antiguo compañero, está a punto de hacerlo de verdad; pero consigue controlarse contando hasta diez e imaginando que Mikasa aparece de la nada y le hace sentir a ese sublime imbécil lo que es el dolor. El enfado y la vergüenza le hormiguean en la piel de la cara y Eren frunce el ceño con obstinación, negándose a permitir que sus mejillas se tiñan de rojo.
El joven omega entra en el edificio de la Facultad de Derecho y se dirige con firmeza hacia la clase que Armin le indicó hace varios días. Un sabor tremendamente amargo le anega la boca y un sentimiento extraño, una mezcla inestable de miedo y excitación, le araña el pecho y le molesta al respirar. Sin embargo, ha tomado una decisión y no piensa retractarse. Así se lo dijo a su amigo.
Fue hace algo más de una semana, el domingo, justo el día posterior a que Mikasa le diera la buena noticia. Aquel día se encontraban en la cafetería de Petra —como era común—, rodeados por el habitual barullo de conversaciones, monedas tintineantes y vasos siendo depositados en las mesas. Armin entrelazaba las manos, con tanta fuerza que las yemas de los dedos habían perdido el color, y clavaba la mirada en los posos marrones de su vaso de leche con Cola-Cao. Eren tabaleaba con los dedos sobre la mesa, impaciente; había sido Arlet quien le había convocado con un mensaje, supuestamente para contarle algo de extrema importancia, y, sin embargo, parecía que alguien le había cosido los labios.
—¿Me lo vas a decir o no? —presionó.
—He encontrado a tu alfa destinado —confesó Armin, suspirando como si hubiese dejado caer un costal de harina que hubiera llevado a cuestas durante muchas horas.
Eren parpadeó como si no comprendiera.
—¿Cómo dices?
—Es mi profesor de Derecho Romano —continuó el joven beta—. Este lunes, cuando llegó a clase, se quitó la chaqueta y… Te puedo jurar que su tatuaje era el mismo que el tuyo, Eren. Parecía una fotocopia —Alzó la mirada y la clavó en la de su amigo. Los ojos de gema del omega parecían haberse hundido y perdido en su mente y a Armin le fue imposible saber qué estaría pensando. Aunque percibió cierta turbación en su rostro—. ¿Qué vas a hacer?
Eren hincó los codos en la mesa y enterró las manos en su pelo castaño. Creyó por un momento que la tierra se abriría bajo sus pies y él se precipitaría hacia un fondo oscuro e invisible. Que no importaría cuánto intentase agarrarse a las paredes escarpadas que lo rodearían, pues la piel de sus dedos se desollaría y la sangre dibujaría arroyos por sus brazos. Que, de tanto gritar, sus cuerdas vocales se desgañitarían hasta que la voz se extinguiese y ya ni sollozar pudiera.
—Mi madre se va a morir, Armin —soltó el joven omega, restregándose los ojos con los dedos.
—¿Qué?
—Tiene cáncer… —confesó. Apretó los dientes y retuvo las lágrimas que se asomaron por sus pestañas—. Tiene cáncer de útero… y… Agh. Mierda. Ella siempre quiso que me casara, ella siempre quiso que tuviera una familia… y se va a morir sin poder ver eso.
Armin se quedó estático, contemplando a su amigo con incredulidad. Al comprender el sentido de sus palabras, un terror inconmensurable lo avasalló. No sólo por Eren, que parecía estar planteándose el ponerse un grillete en el cuello y renunciar a todo lo que él creía, sino por Mikasa. Sabía lo que sufriría ella y no creía que pudiera soportarlo: Eren era la única persona a la que amaba de verdad.
—Eren —dijo, empleando un tono suave—, no estarás insinuando que…
—¡No! —exclamó el joven omega, antes de que su amigo pudiera terminar la frase—. No… ¿Creo? Maldita sea, Armin, no lo sé. Si me lo hubieses dicho antes… Si me lo hubieses dicho antes, tal vez sí, pero…
—¿Pero?
—Me han readmitido en la Stohess, y para estudiar Medicina, no Enfermería. ¡Es lo que siempre quise, y ni siquiera necesito ocultar mi raza! Si lo hago, todo se irá a la mierda —Suspiró y se pasó una mano por el pelo—. ¿Pero tú sabes lo que le costó a mi madre asumir que quería estudiar y trabajar? ¿Sabes cuántas veces tuve que explicárselo para que me entendiera? Ahora sí lo hace, ahora comprende por qué quiero hacerlo, pero… Siempre conservó la esperanza de que tuviera una familia. Gran parte de su existencia se basa en querer ser abuela, Armin.
—¡Eren, no puedes hacerlo! —Sacudió la cabeza—. No es propio de ti. Si lo haces, estarás renunciando a toda tu ideología. Estarás dándole la razón al rector de la Universidad. Además, tu madre seguramente no muera. ¡Vamos, tu padre es uno de los mejores especialistas del mundo, no creo que permita que su esposa languidezca así como así! ¡Y Mikasa…! —Su lengua se congeló al darse cuenta de lo que estaba diciendo.
—A Mikasa la… decepcionaría, lo sé —dijo, aunque Eren sospechaba, y Armin sabía, que su decepción sería en otro sentido. Se llevó una mano a los labios y apretó la mandíbula—. ¿Y qué puedo hacer?
—En mi opinión… Deberías dejarlo estar. No sé por qué te lo he dicho —suspiró el joven beta, metiendo la cuchara en su vaso y removiendo la leche con Cola-Cao—. Quizás porque pensé que no ibas a dudar e ibas a rechazar la idea sin miramientos.
Eren se rascó la nuca y frunció los labios.
—No. No puedo dejarlo estar. Tengo que comprobar algo. Hay una posibilidad de que lo que yo quiero no se vaya al traste.
—¿A qué te refieres?
—Dime, Armin, ¿tu profesor es progresista?
Arlet parpadeó, comprendiendo lo que su amigo quería decir.
—No tengo ni idea. Me da clase, nada más: entra en el aula, suelta un par de groserías para que nos callemos, explica la lección y se va. Nunca ha dicho cuáles son sus ideas político-sociales.
—Vale —Eren frunció el ceño y asintió para sí—. Entonces lo descubriré por mi cuenta. Iré a hablar con él.
—Eso es una estupidez.
—Me da igual. Quiero saberlo, y en función de cómo piense… Ya veré yo qué hacer. Los omegas al menos tenemos el derecho de decidir si casarnos o no con nuestra pareja destinada, ¿verdad?
—Sí —suspiró Armin, cerrando los ojos. Había sido derrotado, se había dejado vencer. Pobre Mikasa—. Tras el referéndum del siete de julio de 1937, en el que los omegas votaron por primera vez, se derogó la ley matrimonial del compañero de alma.
—Genial. Dime dónde puedo encontrarlo.
—Eh… El viernes es el día en que lo tenemos a última hora, creo que es el momento más adecuado. La clase termina a las siete de la tarde. En el aula de Derecho Romano: segunda planta, sala 1E.
—No sé cómo agradecértelo, Armin —dijo el omega, sonriendo—. Cualquier favor que me pidas… Cualquier cosa que quieras que haga por ti… Lo haré. Aunque sea matar a un hombre, no importa.
—No hace falta que lo hagas… Sólo ten cuidado —El beta reflexionó durante un segundo antes de añadir—: Y no lo toques ni te aproximes mucho a él, o tu celo se disparará.
—Por favor. Lo dices como si no lo supiera.
—A veces actúas como si no tuvieras la más remota idea de lo que eres y lo que eso conlleva. Eso es lo que me preocupa.
Eren se lleva la mano al bolsillo de pantalón, donde nota el relieve de sus pastillas. En cuanto vea a Levi Ackerman empezará a exudar feromonas incontrolablemente, lo sabe, porque se trata de su alfa. No entrará en celo, no; no entrará en celo a menos que esté lo suficientemente cerca como para oler a Ackerman. Pero el cuerpo de Eren lo anhela profundamente y lo llamará, y el cuerpo de Ackerman responderá a la llamada. Seguramente se acerque, lo cual Eren no puede permitir, y para eso están las pastillas: para no convertirse en un sudoroso desastre de rodillas flojas y ano dilatado.
Eren se detiene frente a la puerta. Segunda planta, sala 1E. Y Eren es valiente, siempre lo ha sabido, porque nunca ha dudado cuando tenía que enfrentarse a todas las injusticias a las que someten a los omegas. Sin embargo, no está seguro de si se comportará como un cobarde cuando su intención es aceptar una de esas injusticias, y el puño le tiembla un poco cuando lo alza para llamar.
Va a enfrentarse a su miedo más grande, íntimo y negado, lo sabe. Nunca ha querido encontrar a su alfa, porque la historia dice siempre que el omega se arrodillará, rendido de amor y deseo, frente a su pareja destinada en cuanto la encuentre. Eren teme, muy secretamente, que su mente y su voluntad se derrumben en cuanto lo conozca, que las olas consigan llegar por fin a esa línea de playa a la que la marea alta nunca ha llegado y él sea arrastrado al mar. Ese mar del que tanto ha luchado por escapar.
La risa burlesca de Jean resuena en su cabeza. La preocupación de Armin. Los labios de Mikasa. La mirada enferma y llena de esperanza de su madre. Eren, entonces, siente fuerza y enfado hervirle en las venas, desgarrar todos sus temores y disolver los suspiros que tenía atragantados en la garganta. Frunce el ceño, el puño le deja de temblar y, cuando va a golpear la puerta con los nudillos, ésta se abre.
Básicamente, trataré de actualizar antes para no haceros sufrir tanto suspense. ¡Muchas gracias por leer, nos veremos a la próxima!
¡Besos, gentecita!
