Es sorprendente lo fácil que la timidez puede confundirse con arrogancia. No es que exista la sensación de ser mejor o superior que los demás. Es simplemente no saber cómo interactuar con aquellos que están a tu alrededor; y esta paradójica situación le otorgó el título de "arrogante" a Near. Siempre fue un niño ignorado. Sus padres no estaban muertos (o por lo menos, es lo último que el niño de ojos grises supo), pero la indiferencia que sentían hacia Near era tanta, que para él es como haber vivido con fantasmas. Nunca se sentaron en la mesa con él, o se molestaron en ayudarlo con los deberes de la escuela. Lo único que le brindaban era un techo y comida.

Near siempre fue un niño solitario, y de allí aprendió a hacer todo por su cuenta, si jamás quejarse por nada ni pedir ayuda a nadie. Sin importar cuánto estuviera sufriendo, jamás se resignaría por pedir ayuda. Nada de eso. Él no necesitaba de nadie, y nadie necesitaba de él. A veces se cuestionaba si él mismo era real, si estaba soñando, o si realmente estaba loco e internado en un asilo psiquiátrico. Su existencia era tan efímera como la llama de un velón.

Ya resultaba imposible contar las veces que se había cuestionado el motivo de la vida, la razón de existir, y miles de preguntas que caracterizan tanto a la literatura nihilista; ¿Para qué estamos aquí?, ¿qué nos hace ser como somos?, ¿Por qué?... el pequeño albino se hallaba incapaz de conseguir respuestas a esas preguntas, y más aún, sentía un cierto alivio al pensar en la muerte. No encontraba sentido alguno a su vida y tampoco la de los demás. ¿para qué esforzarse tanto si al fin y al cabo todos morirían? Todos eran un conjunto de piel y huesos que acabarían podridos y olvidados bajo la tierra. Esos eran los pensamientos que rondaban su mente a diario y a cualquier hora, y ya comenzaba a ser insoportable para él. Lo único que quería era desaparecer del planeta como si jamás hubiese existido. Le calmaba aún más pensar que no había más allá de la vida (¿Por qué debería?) y que una vez que cesara su existencia, ese era el final definitivo.

Comenzó a buscar en las bibliotecas de la escuela libros sobre química. No estaba dispuesto a causar un espectáculo sangriento si pensaba poner fin a su vida. Nada de eso. Debía desaparecer de forma limpia y ordenada, como si el jamás hubiese nacido en primer lugar, y dejar alguna alfombra con trazos de sangre no ayudaría a su propósito. Entonces, ¿qué mejor forma de hacerlo que químicos venenosos? Esa era la mejor opción que tenía.

Y entonces, aquel día llegó. Se encontraba solo durante la hora del recreo, y el director anunció por el megáfono que había venido alguien a verlo. Con algo de curiosidad, salió del salón de clases y se dirigió a la dirección. Al pasar a la oficina del director, se encontró con un señor de avanzada edad, pero de una sonrisa excesivamente gentil y de ojos bondadosos. Su rostro tenía un dejo color rosa, seguramente producto del sol, y vestía como los clásicos caballeros ingleses. Se presentó como Watari.

Ese fue el último día que vio a sus padres, o aquella vieja casa en Cleveland donde vivía. Sin siquiera preguntar nada, se fue con Watari a su nuevo hogar: la Wammy's House. Estaba aliviado de no tener que lidiar con aquellos fantasmas que tenía por padres. Aliviado de dejar de ser un renegado en su propia casa y al mismo tiempo… ¿emocionado? De que alguien, de una forma u otra, había notado su existencia. No estaba loco y sin duda, él era real. Alguien se ha percatado y por tanto no es un sueño, ni la imaginación del cerebro de una mosca. "Yo, Nate River, soy real."