El talento de zarina - Segunda parte
[Peri]
Abrí los ojos sintiendo una casi molesta caricia en mi cuello, relajada.
—¿Buenos días?— preguntó, maquillando un 'cómo estás'.
—Hm… buenos…— entonces empecé a identificar letras en sus caricias, me estaba escribiendo algo en mi piel. Sólo logré captar las últimas letras. —¿Qué escribes?
—Te quiero. No me cabe mucho más…— era toda una dulzura.
—Y… yo a ti…— le dije, con una boca empequeñecida, sintiéndome culpable por no habérselo dicho antes.
—¿Quieres que te traiga el desayuno en la cama~? te lo has ganado— no respondí. —Lo tomaré como un sí— me dio un rápido beso en el hombro y se fue. Me tomé un tiempo para retozar en la cama, e hice un esfuerzo por desnudarme, por acostumbrarme a estar sin ropa, para poder complacer a mi novia de alguna forma.
Me alegré al recordar sus palabras, me dijo preciosa, por fuera y por dentro.
Hice un doloroso esfuerzo por tocarme los pechos, lentamente, queriendo creer que si me acostumbraba a hacerlo, dejaría de ser molesto. No aguanté mucho, ni siquiera me atreví a ir más lejos. Apareció, y di un respingo por pillarme por sorpresa.
—Vaya, ¿tienes calor?— dijo con una sonrisa, algo extrañada, con sus ojos repasándome de arriba a abajo.
—Quería… darte ¿una alegría mañanera?— la hice reír.
—Pues lo has conseguido— se sentó a mi lado, con una bandeja que escarché para improvisar una mesa en la cama. —Estaba pensando y… me gustaría encontrar una forma de poder… intimar contigo, ¿tienes alguna idea?
—Bueno… en principio… mientras no me excite yo, podemos hacer lo que quieras, iremos probando cosas.
—Vale… bueno, iré pensando. Estás muy guapa así, por cierto— me peiné un poco el pelo instintivamente.
—¿Sí?— recibí un inesperado beso en la nariz. No pude sentirme más querida.
Desayunamos con amor, ella se fue al laboratorio animada, y yo aproveché para darme una ducha reflexiva. Tenía que encontrar alguna forma de poder hacer el amor con Zeta, tenía que haber alguna que no me implicara directamente.
Al salir de la ducha, refrescada, me quedé mirando al espejo, desnuda. Cerré los ojos y me acaricié el cuerpo, lentamente, tratando de mantener a raya mis emociones. Cuando lo hacía ella, todo era más intenso. Traté de no pensar en nada, y acaricié mis pezones.
Era molesto, mucho, no había forma de que consiguiera llegar a ningún sitio.
—¡Os he pillado!— pegué un aleteo que por poco choco contra el techo, menudo susto me dio.
—¡Joder! ¡Sal de aquí!— era Gliss, casi la dejo sorda. Me tapé rápidamente con la toalla, alterada.
—Ups, lo siento, pensé que no había nadie. ¿Zeta ya se ha ido?— al salir del baño vi que estaba con Spike.
—Sí, se va temprano, ¿qué queréis?— me metí en la habitación para vestirme, hablando a distancia.
—Pues no sé, que nos cuentes qué tal va con tu rollito de primavera~ tenemos mucha curiosidad~
—Habla por ti Gliss, a mí me da un poco igual lo que hagáis… mientras estés contenta— suspiré, más calmada. Les conté un poco lo que habíamos hecho, lo genial que era y lo mucho que me cuidaba. No me merecía a alguien como ella.
Les dije también que le había contado lo mío, y que se lo había tomado muy bien, que iba a encontrar unos polvos que me curaran y todo. Soltaron un 'ojalá' que me llenó de envidia.
Pensamos en pasar por la frontera, y mis alas no tardaron mucho en brillar, casi nos encontramos a la vez. Tink se alegró infinitamente por mí, le dije que probamos a besarnos en los labios, pero que no había manera, y entonces nos pusimos a pensar en formas de poder intimar.
No lo planteé como un gran problema, pero de repente todas se pusieran a pensar como si les fuera la vida. Surgieron ideas de lo más locas y extrañas, pero una de ellas, de Tink, me gustó hasta el punto de querer ponerla en práctica.
La mañana se esfumó, y como ninguna de las tres quería irse, nos plantamos todas en mi casa para comer juntas.
Sorprendimos a Zeta, comimos las cinco la mar de contentas y después se sumergió en sus libros. Me apetecía quedarme a solas con ella, así que las eché disimuladamente. Fui a por un libro del lado cálido para sentarme a su lado, apoyándome en ella.
Pocos minutos tardé en romper ese agradable silencio, al ver lo que estaba leyendo.
—Luna te pone unos deberes un poco extraños— sonreí, era un libro que ya me leí, sobre la sensibilidad del cuerpo y los puntos erógenos.
—¿De verdad te sientes bien cuando te acaricio?— su seriedad me deprimió un poco.
—Depende de la zona...
—Según esto no puedo acariciar tus pies, ni tus piernas, ni tu barriga ni tus pechos, ni tu cuello, ni tu espalda, ni siquiera tus orejas. Eres intocable— suspiré, me dolió que usara esa palabra.
—Lo siento...— cerró el libro de golpe, casi lo lanzó.
—No lo sientas— me rodeó entre sus brazos, llevándome a su pecho. —Tú no tienes la culpa.
—¿Sabes? Se me ha ocurrido una idea para jugar… las dos juntas.
—¿Ah sí?
—¿Te apetece una ducha?— entrecerró los ojos, esperando algo más concreto. —He pensado que podrías… masturbarte en la ducha mientras… me ducho y eso… con tapones en los oídos.
—Bueno, no es mala idea. ¿Ahora?— me levanté, asintiendo decidida. No sabía si iba a funcionar, pero tenía que hacerlo por ella, para que al menos ella pudiera disfrutar.
[Zarina]
La seguí hacia el baño, se estaba desnudando por el camino, y se metió rápidamente en la bañera. Me tomé mi tiempo para prepararme, no estaba segura de cómo podría ir pero por intentarlo, no perderíamos nada. Entré, y vi sus ojos recorriéndome rápidamente, como si lo hiciera sin querer.
—Vale… vamos allá— se tapó los oídos con unos tapones, encendió el agua y cerró los ojos. Así, empezó a ducharse, así, me permitió disfrutar de ella. Me dolía que ella no pudiera sentir ese tipo de placer, y la amé un poco más si es posible por acceder a hacer algo así, por mí, por nosotras.
Empecé a masturbarme, manteniendo la distancia, saboreando cada centímetro que recorría el agua en su piel. Me volvía loca su cuerpo, sus pechos, su uve, y ansiaba poseerla con infinitas ganas. Me puse tremendamente cachonda mirándola con deseo.
Traté de no hacer mucho ruido, aunque no iba a ser fácil. En el momento en que apagó el agua y fue a por el jabón, me miró un instante, apartando la vista rápidamente con dolor.
—¿Estás bien?— no me escuchó —¿¡Estás bien!?
—¡Sí!— siguió, con los ojos bien cerrados, enjabonándose.
Continué dándome placer, imaginando que eran mis manos las que acariciaban su piel, las que se paseaban por su suave cuerpo y rozaban sus partes más íntimas. Me desorientaba su entrepierna, necesitaba que se agachara.
Le puse lentamente mi mano en su hombro, haciéndole parar en seco.
—Agáchate— lo hizo, sin perder mis ojos de vista. —Eso es.
Descendí yo también, sentándome, ahora con plena visión de su intimidad, viendo como el jabón se deslizaba por su cuerpo. Fue imposible no gemir.
Volvió a encender el agua para aclararse, quizás estaba haciendo mucho ruido. Me mordí los labios viendo su más íntima intocable, estaba llegando al orgasmo, imaginando que hacía volar su cuerpo y lo llevaba a las nubes de la excitación. Nunca me sentí más impotente, terminé desahogándome por ella, mi cuerpo también lo necesitaba.
Respiré satisfecha, alargando el brazo y cerrando el agua. Le di un gran beso en el hombro, nada más abrir los ojos se dio la vuelta y se quitó los tapones.
—¿Estás bien?
—Sí… ¿y-y tú?
—Ha estado genial, me encanta tu cuerpo Peri, ¿puedo abrazarte?
—No… después.
—Vale. Voy a salir— la esperé, secándome. Unos segundos después, salió.
La rodeé con la toalla al momento, haciéndome con su cuerpo.
—Gracias, me moría de ganas de algo así.
—Estás muy cálida…— me separé un poco, —n-no me molesta— le sonreí, uniéndonos en ese ambiente tan rosado. Los abrazos eran una de las pocas muestras de amor que podía darle, y me encargué de que esta vez fuera lo más tierno posible, diciéndole lo mucho que la quería sin palabras.
Inesperadamente, me lanzó un beso a los labios, pero en seguida me di cuenta de que se arrepintió.
—No hagas eso si no puedes. Voy a solucionarlo ¿me oyes? le he comentado a Luna tu problema, y dice que es difícil, pero no imposible— asintió.
—Entonces… ¿te ha gustado… esto?
—Me ha encantado, me gustaría repetirlo, si no te molesta claro— sonrió, con un rostro felizmente iluminado.
—Vale.
[Peri]
Me alegré enormemente, nada me asustaba más que no poder satisfacerla. Aquella misma noche, hicimos algo parecido en mi cama, ella bajo la manta y yo desnuda por encima. Me daba mucha envidia, no podía ni imaginar lo maravilloso que tenía que ser aquello.
Los siguientes días pasaron igual o más rápidos que los anteriores, todo era casi perfecto, casi de ensueño. Zeta seguía insistiendo que encontraría la forma de que fuera como las demás, mientras que yo intentaba forzarme a soportar mis zonas erógenas, sin llegar a ninguna parte.
Pasada una semana, a media mañana, Zeta y Luna irrumpieron en casa con unos polvos que tenía que probar. Me dejé llevar por su ilusión, los probé y me sentí tremendamente mejor, pero mi problema seguía estando allí, y me deprimí. Pasó exactamente lo mismo días después, y Zeta seguía diciéndome que estaba muy cerca, que le faltaba un ingrediente clave.
En el fondo sabía que no habría nada que hacer, y una parte de mí quiso que dejara de intentarlo, no sacaríamos nada bueno.
Entre una cosa y la otra, llegó el tan esperado día de transformarme en una tintineadora e ir al lado cálido. Diez días para disfrutar con Tink y las chicas mientras Zeta aprendía con la reina. Fue tremendamente divertido, mi novia dijo que Clarion cambiaba de personalidad en su laboratorio secreto, era divertida y enérgica, parecida a Luna, parecida a ella. No pude imaginármela sin su habitual tranquilidad.
Fueron días mágicos, cada uno mejor que el anterior, pero al quinto, Zeta volvió a casa derrotada, desanimada, y muy, muy triste.
—Hey… ¿a qué viene esa cara?— me preocupó, y mucho, su dolor se volvía rápidamente el mío.
—Es... sobre Luna, Clarion me ha dicho que no se lo contara a nadie pero…— me lo contó. Por lo visto, Luna tenía una hermana, Sara, y sólo con estas palabras se me quebró el corazón. Me imaginé yo, perdiendo a Tink, para siempre, aguándome los ojos, y continuó.
Dijo que eran como la noche y el día, Sara tan responsable y Luna tan alocada, pero las dos juntas hacían una combinación perfecta como alquimistas, se complementaban perfectamente la una con la otra. Al cabo de tres años de experimentos, hace ya diez, Luna combinó dos polvos que no debía y cuando Sara intentó ayudarla, quedó completamente congelada con un hielo irrompible.
Después de aquello, Luna se fue a vivir a Invierno, se encerró en su laboratorio y pasó años tratando de descongelarla sin ningún resultado, con la esperanza de que algún día podría al menos ofrecerle un entierro decente, y despedirse de ella debidamente.
Lloré, no pude imaginarme el desgarrador dolor que debió sentir Luna, se sentiría culpable de su muerte.
—Es muy triste… joder…
—Lo sé, y quiero ayudarla pero… dudo que pueda hacer nada, si en diez años no lo ha conseguido...
—Ya… p-pero oye, depende de cómo, hay alguna posibilidad de que siga viva, al igual que la escarcha mantiene el calor, el hielo congela la vida, hay registros de animales que después de siglos congelados, vuelven a vivir.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, lo que no sé si con un hada…
—No hay nada imposible, ¿no? Cuando volvamos a Invierno intentaré hablar con Luna.
—Sí… dedícate a eso cuando volvamos…— murmuré, diciéndole indirectamente que se diera por vencida con mi problema, no tenía solución.
Apretó su mandíbula, sin responder. Esa noche se la pasó entera leyendo en el comedor.
Al día siguiente, Zeta tardó en volver, pero cuando lo hizo, me sorprendió.
Venía con la reina y Tink, y me puse histérica cuando descubrí que a ella le faltaba una punta del ala izquierda.
—¿¡Qué le ha pasado!? ¿¡Por qué estáis tan contentas!?— me apresuré en unir nuestras alas para curársela. Respiré no mucho más aliviada, seguían sin aclararme nada.
—Vale Peri, necesito que cierres los ojos y confíes en mí ¿de acuerdo?— asentí, asustada, sintiendo algo parecido al brillo de mis alas en sus manos. —Encontré el ingrediente que me faltaba.
—¿¡L-le has cortado el ala a Tink para-
—Sh… cálmate.
—¿Cómo le has dejado que hiciera algo así…?— le pregunté a Clarion…
—Querida, si me lo hubieran preguntado antes de hacerlo no lo habrían conseguido.
Zeta me los echó por encima con cautela, y sentí el calor en todo mi cuerpo, me sentí mareada un momento, hasta el punto de creer que estaba levitando en el aire. Cuando volví a tocar de pies en el suelo, supe dentro de mí que había funcionado.
—¿Cómo te encuentras?— preguntó Tink rápidamente. Me miré las manos, sintiendo hasta un tacto diferente, un tacto de un azul muy claro, un tacto muy suave, delicioso.
—Algo… ha cambiado.
Zeta se acerqué a mí lentamente, tragando saliva y me acarició la oreja con mucho cuidado. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y paró de golpe, pero le cogió la mano para seguir notando aquella maravillosa sensación de placer.
—C-cielos… lo has conseguido— me abrazó con fuerza, y lloré, incluso sus dedos adentrándose en mi pelo me derretía.
Cerré los ojos para deleitarme, y sentí sus labios rozándome la oreja como si se derritiera el mejor chocolate del mundo en el paladar.
—No sabes cuánto me alegro— me hizo volar por un paraíso inexplorado, y yo seguí sin poder frenar las lágrimas de mi felicidad. Era una sensación tremendamente hermosa, como la de quedarse dormida en una nube de algodón.
Entonces la besé, abrazándola, deleitándome en mi primer beso verdadero. No tuve palabras para describir ese placer tan intenso. —E-es… ¡ah!— conseguí decir entre besos que no podía dejar de dar, haciendo reír a mi alrededor.
—Entonces ¿no tienes molestias?
—Ninguna, y ahora— la besé —los besos— y otra vez —son mucho mejores— la abracé con fuerza sin poder contener mi emoción.
—Bueno~ nosotras ya nos íbamos ¿verdad Clarion?— nos reímos y me sequé el rostro como pude. Tink se alegró inmensamente por mí, lo sentí en el brillo de su mirada.
Realmente se fueron entonces, dejándonos solas en su casa. Miré a mi amor con unas gigantescas ganas de probarlo todo, lo consiguió, cumplió mi deseo más profundo y seguía sin podérmelo creer.
—¿Quieres que-
—Sí. Sí sí sí, vamos.
La arrastré rápidamente a la cama entre risas, me desnudé en un momento y me toqué la vagina con algo de miedo. Ya no había de qué preocuparse, me dejé caer hacia atrás con un relajante suspiro que se convirtió en risa.
—¡No tiene nada que ver!— me estrujé los pechos, abrazándome a mí misma. Me reí a carcajadas sintiéndome dueña de mi cuerpo, al fin.
—Entonces… ¿qué te parece si… hacemos el amor juntas?— asentí unas diez veces, me moría de ganas. —Pero antes…— sonrió con picardía.
No la vi a venir, me atacó a cosquillas, descubriendo que realmente tenía un montón, abrumándome por esa disparatada e irracional sensación que me hacía reír a carcajadas sin control. Terminé con lágrimas en los ojos, acalorada y estúpidamente divertida.
—¡Es increíble, otra vez otra vez!— hicimos mucho, mucho, mucho el tonto, me quedé tumbada en la cama con los brazos perdidos, desahogada, como si me hubiera pasado toda la vida sin respirar.
Se desnudó, y la miré con todo el deseo que tenía reprimido, ansiando aflorar en mí con excitación.
—¿Preparada…?
—Dame un minuto…— acarició mi torso con la yema de sus dedos subiendo desde mi ombligo, pasando por mis pechos lentamente, dándome una muy angelical sensación. Ese minuto no duró más de unos segundos. —Vale, hagamos el amor.
Se echó encima de mí, con sus codos al lado de mis orejas, besándome en caricias al principio, creciendo en intensidad y profundidad, adentrando su lengua en mi boca provocándome una mágica sensación de mariposas en mi barriga.
—Dios mío…— no pude tomármelo con calma, la abracé con brazos y piernas y devoré su boca con impaciencia, haciéndonos sonreír. Me entraron muchísimas ganas de poseerla, de derretirme con ella, de llegar al desconocido orgamos.
—Espera, dame un poco de espacio— eso era lo contrario a lo que quería, pero le dejé hacer, su boca se fue hacia mi cuello, esta vez no para darme un inocente beso ni acariciarme, sino para comérmelo, lamérmelo y mordérmelo con unas lujuriosas ganas que me hicieron suspirar de placer.
Casi no me lo podía creer, siguió revolviéndome por dentro, descendiendo entre besos hacia mis pechos. Inspiré de sopetón cuando se hizo con ellos, y empezó a succionarme los pezones, agarrándome con fuerza, poseyéndome. Clavé mis uñas en su espalda, mi cuerpo entero estaba celebrando un festival de emociones de todos los colores.
Mis piernas temblaron de ganas, se retorcían inquietas esperando a que llegara su turno, y navegué mi mano instintivamente hacia mi entrepierna, sin control ni tiempo que desperdiciar. Gemí, amando el gozo que me provocaba el tacto en aquel sitio que era tan prohibido para mí, obligándome a arquearme entera.
—Oye, no te adelantes— me robó la mano para tocarme con sus dedos, volviendo a mis labios, ardiente. —No te imaginas las ganas que tenía de esto— siguió masajeándome, dándome un increíble placer que no supe gestionar.
Noté un hilo de fluidos corriendo por mi interior, me estaba mojando y todo lo que me contaron sobre el sexo empezó a tener sentido. Moví mi pelvis en busca de más, queriendo no parar nunca, y me quedé sin respiración cuando sentí uno de sus dedos entrando en mí.
—J-joder… Sí…— todas mis terminaciones nerviosas entraron en locura. Tenía mi alma envuelta en un incendio, me removía bajo su cuerpo como si me hubiera encarcelado, clavando las puntas de mis pies en la cama, ardía por dentro como si fuera un volcán entrando en erupción. —¡Más rápido!
Enfureció, se adueñó de mi vagina y me la revolvió en un placer que nunca logré imaginar, haciendo chasquear mi interior, desordenando mis paredes ahora con dos de sus dedos, contrayéndolas, despertando a la diosa que tenía durmiendo dentro de mí.
Perdí el control de mi voz, gemía sin ser dueña de mi respiración, haciendo esfuerzos por gestionar ese placer en forma de mariposas que revoloteaban feroces por cada centímetro de mi cuerpo. El mundo dejó de tener forma para mí.
—¡SÍ~!— en ese instante, aprendí lo que significaba tener un orgasmo. Mi yo entera se revolucionó en ese pequeño momento de pureza que amé con todo mi ser, tan precioso como caótico, tan intenso como indescriptible. Latigazos de electricidad navegaron por los mares que iban desde la punta de mis pies a la cabeza.
Quedé extasiada, más que satisfecha y con un ajetreo decreciente en mis neuronas. No quise volver a la realidad.
—Mierda, ¿me he pasado?— negué, tratando de encontrar el aliento. Me hice con su cuello a trompicones y la llevé a mi boca para seguir en esa nube de paraíso, con olas calmadas de placer que chocaban contra mí.
Y seguí tocándome, perpetuando mi propio tacto, maravillada por el cosquilleo que seguía inquieto en mi entrepierna.
—Quiero más…
—Por supuesto mi amor.
Se escabulló de mis brazos, descendiendo por mi cuerpo, acariciándome entera, besándome, hasta saltar por encima de mi ombligo.
—¿Vas a…?— dije ilusionada.
—¿Quieres?
—¡Pues claro que quiero!— sonrió, arrastrando sus labios por mi monte Venus, paseando su lengua por mis ahora sensibles fluidos. Recogí mis piernas para darle todo el espacio, y me estremecí. Sentir su lengua devorándome de aquella forma me volvió más loca de lo que ya estaba.
La oprimí contra mí, agarrándole de la cabeza, llevada por la mismísima lujuria, desatando mi entrepierna en su boca, rindiéndome ante los fuertes ataques que recibía mi clítoris. Volví a sentirme diosa, en ese lugar sin nombre en el que el gozo llegaba hasta el extremo, y otro orgasmo me dejó sin fuerzas.
No me había sentido más viva en mi vida.
La abracé, recomponiéndome, atándola a mí, clavando mis manos en sus nalgas con todo mi gusto.
—¿Cómo se encuentra señorita Winkle?
—L-lo siento, ahora mismo no está… vuelve más tarde…
—Eres una delicia— nos besamos, eternamente, compartiendo la calidez de nuestros cuerpos.
—Quiero jugar contigo— le dije, tratando de colar la mano entre nuestras barrigas.
—Soy toda tuya— nos separamos, y me senté frente a ella.
Descubrí el tacto de su intimidad, y se me ocurrió darnos placer a la vez, aún con todo tenía ganas de más, mucho más.
Pasé una pierna por encima de la suya, acercando mi fuente de emociones a su vagina, hasta dar con ella, abrazándonos con brazos y piernas. Empecé a mover mis caderas lentamente, mojándola, sintiéndola más cerca que nunca, con toda mi excitación.
—Grr…— nos sincronizamos al compás, subiendo poco a poco de velocidad. Era una sensación increíble, más por el hecho de sentir su vagina disfrutando junto a la mía que por el propio roce, y por supuesto, volví a ponerme a gemir.
Ya estaba sudando, con un fuego abrasador enrojecido, casi sintiendo que no podría más, pero quería llegar al clímax con ella, viéndola pensé que no tardaría.
Me mordió el cuello mientras movíamos la cama entera de delante hacia atrás. No pude evitar caer tumbada, le robé todas las fuerzas a mis brazos. Se abalanzó agarrándome la pierna, enfureciendo, preguntándome si podía seguir. Claro que podía seguir, no quería que dejara de hacerme el amor.
Y siguió, embistiéndome bruscamente, haciéndome perder la noción de mi entorno.
Al final pude aguantar, pues no tardó en terminar. Sentí correr sus fluidos encima de mí, y cayó derrotada en mi pecho.
—¿Estás bien? Creo me he pasado un poco al final.
—Estoy en el paraíso Zeta. Dime que haremos esto todos los días.
—Haré lo que quieras, cuando tú quieras, donde tú quieras.
Aquél inolvidable día, nos pasamos incontables horas en la cama. Recibí mi primer masaje de espaldas, de pies, y de cabeza. Nos duchamos más juntas que nunca, y nos quedamos dormidas por puro agotamiento, ni siquiera conseguimos cenar.
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