Capítulo 1: Decisiones divididas.
Ilumíname,
Revela mi destino.
Sólo corta estas cuerdas
que me mantienen seguro.
Benjamín Burnley.
Salem, Oregón, EEUU, febrero de 2013. A las 6:00 de la mañana, el pequeño reloj de cuerda de encima de la mesa de noche hace cantar sus campanillas en anuncio de una nueva jornada. Una sutil silueta femenina revuelve las sábanas heladas y las hace crujir como la escarcha matutina bajo el peso de un par de zapatos. Un brazo de piel tan azul como el profundo hielo de los mares del ártico se extiende desde debajo de las telas y se posa sobre el reloj para hacerlo callar su metálica canción. Un par de ojos morados como las flores del rododendro se abren a la gélida luz de la mañana y contemplan los carámbanos que cuelgan del techo de la habitación: árboles de vidrio creciendo en un bosque invertido. La joven se levanta y se mira en el espejo del sanitario. Su tez brilla con la glacial humedad de la atmósfera y sus suaves mejillas se tiñen de un fulgor violeta al paso de la esponja. Un par de colmillos blancos como la nieve se asoman desde el labio inferior y completan la singular belleza de una boca congelada. Tras asearse, la muchacha sale del habitáculo y se pone el mismo vestido que el día anterior: un conglomerado de figuras geométricas de colores azules, rosas, negros y blancos que bien podría haber sido obra de la mente cubista de Picasso. Las mallas y los brazales de piel abrazan sus extremidades buscando mantener el calor dentro, mientras que el cristal de fulgurante brillo azulado lucha por enfriar el ambiente. Una banda de piel con pelo blanco y grueso remata su nívea cabellera, que refleja tonos azules y violetas como la aurora boreal.
Ya lista para el nuevo día, la chica baja las escaleras en medio de la oscuridad de la madrugada guiada por el olor de la comida recién preparada que sube por el pasillo. Abajo, una mujer con una capa morada y cabello corto, con cierto aire de superioridad militar, espera en el comedor. Junto a ella está un hombre que lee el periódico, cuyo atuendo es muy similar al de su acompañante de mesa.
—Buenos días Abbey — dice la mujer al ver a la muchacha bajar por las escaleras.
— Buenos días Sr. y Sra. Bloodgood — contesta la chica con un marcado acento ruso, haciendo vibrar las erres.
— ¿Lista para tu último semestre? — pregunta el hombre dejando el periódico en la mesa.
— Sí — contesta fríamente la muchacha al tiempo que toma su lugar en el comedor.
— ¿Y ya sabes que estudiarás en la universidad? — le pregunta la Sra. Bloodgood.
— Yo aún no decidir — responde Abbey — Mi padre dice que él apoyarme en cualquier cosa, menos en fuerzas armadas.
— ¿Y por qué no? — pregunta el Sr Bloodgood.
— Él ser de los Cuerpos de Seguridad Montañeses, pero no querer que yo siga carrera en armas. Dice que ser muy peligroso y mal pagado. Sé que ser peligroso, pero no estar tan mal pagado como él decir.
— Pues al final es tu decisión, tu vida y tu camino, no los de él. — Dijo la Sra. — Si tu padre no tuvo buena suerte en lo que eligió, no significa que vaya a pasarte lo mismo a ti.
— Las preinscripciones terminan en un mes. — Dijo el Sr Bloodgood — Aún tienes tiempo.
— Solo espero que sea suficiente. — dijo Abbey al fin.
Afuera, las calles parecían no haber despertado del todo; aún estaban cubiertas con su nívea frazada. La chica caminaba por encima del hielo de la banqueta y se detenía de cuando en cuando a mirar la escarcha de los árboles. El cielo parecía haber sido forjado en hierro durante la noche: el sol de la mañana reflejaba su incandescencia en las nubes bajas y lo hacía parecer recién salido del crisol. Pero la luz sólo duró unos instantes. Las nubes cubrieron al astro rey y dejaron todo con el aspecto frío y gris que a ella le encantaba.
Abbey caminaba por las calles disfrutando de aquella helada mañana, tratando de encontrar un indicio del destino que le dijera por dónde llevar su vida durante los siguientes cinco años. La preparatoria terminaría en no menos de seis meses, pero para las preinscripciones a la universidad apenas quedaba ya uno, y éste era precisamente el más corto del año. Tenía que decidirse ahora si no quería quedarse sin un lugar, pero por ahora la vida universitaria no le llamaba la atención. Absorta en sus pensamientos, no notó en qué momento la conocida silueta de la escuela apareció tras una esquina.
Era demasiado temprano, o al menos eso parecía, ya que no había ni un alma en todo el lugar. Decidió no retrasar más las cosas y entrar de una vez. Dentro en el salón de clases no había nadie, y acaso uno que otro estudiante deambulaba por los pasillos, aún embotado en el sopor de la noche. Se detuvo un momento a contemplar las bancas, los escritorios, los mapas, los viejos libros y el polvoriento pizarrón que tantos problemas le habían dado en ciertas ocasiones. En el pasado hubo momentos en que, presa del estrés escolar, deseó con gran fuerza que todo aquello terminara ya; y ahora que el momento por fin se acercaba, lo único que quería era que ese tren desacelerara en su marcha hacia la última estación del recorrido.
— ¡Abbey! — Dijo una chica de cabello en luces blancas y negras y pálida piel del color de los líquenes de los bosques que llevaba un corto vestido escolar a cuadros — Hoy llegaste temprano, ¿Cómo estás? ¿Lista para el último semestre?
— Si — contestó la chica.
Su amiga, notando un semblante un tanto nostálgico, se aventuró a preguntar:
— ¿Pasa algo?
— Yo aún no decidir qué hacer, Frankie — dijo — Haber revisado una vez y otra las opciones de carreras, pero ninguna gustarme lo suficiente.
— Ah, no te preocupes, — dijo Frankie mientras la tomaba del hombro — aún tienes un mes para decidir.
En eso estaban cuando comenzaron a llegar los demás estudiantes. Las preguntas acerca de las vacaciones y los planes futuros llenaron el salón hasta el arribo del profesor. Las horas siguientes transcurrieron entre clases y saludos de bienvenida luego de las vacaciones de invierno, e incluso algunas felicitaciones de navidad atrasadas. Otro de los temas que inundaban los pasillos eran las festividades del día de San Valentín, pero todo aquello le tenía sin cuidado a Abbey luego del desastre en que acabara su relación con Heath. Fue de mutuo acuerdo que siguieran con la amistad aún después de la ruptura, pero por algo las cosas ya no eran como antes, e incluso de un tiempo acá él se había tornado algo distante. Si acaso había decidido por fin rendirse y ya no molestarla con el regreso; o estaba simplemente esperando la oportunidad que, según él, se le presentaría en San Valentín; era algo que a Abbey ya no le importaba.
La discusión de la hora del almuerzo en la cafetería comenzó de manera habitual, con preguntas acerca de las vacaciones. Abbey había atajado bien todas las interrogaciones que le lanzaron sus amigas, pero no pudo evitar que el tema de la universidad finalmente saliera a flote.
— ¿Y tú a qué carrera vas a entrar Frankie? — preguntó la chica lobo de piel morena, cabello ondulado y ojos dorados como un par de ópalos brillantes.
— Haré trámites a Ingeniería Eléctrica. — Contestó la muchacha — Mí padre insiste en mantener la tradición familiar y yo no le llevaré la contraria. Además, ¡siempre he sido alguien con chispa!
— Ya lo creo — dijo Clawdeen — ¿Y tú, Lagoona?
La chica de cabello rubio con reflejos azules, piel turquesa como las aguas de la Gran Barrera y ojos verdes como los sargazos dejó un momento las algas de su desayuno y respondió:
— Ya lo decidí: tomaré Biología Marina y tal vez después haga un diplomado en Criptozoología Oceánica o un posgrado en Biología de la Conservación. La Universidad de Costas del Cráneo[1] tiene buques de investigación, y si no logro embarcarme con ellos, la OTT[2] también tiene barcos oceanográficos.
— Vaya, se ve que ya lo tienes bien planeado. — Dijo Frankie — Creo que te quedará perfecto. ¿Y tú, Clawdeen?
— Draculaura, Cleo y yo estaremos juntas en Diseño.
— Nos especializaremos en Moda y Alta Costura — agregó la chica egipcia de piel color bronce, cabello negro con mechas doradas y ojos tan azules como el eterno fluir de las aguas del Nilo.
— ¿Y tú Ghoulia? — continuó Frankie, a lo que la chica de piel grisácea, articulaciones atoradas y ojos índigo le contestó con un alarido gutural.
— Sí, creo que Ingeniería Química te sentaría de maravilla — agregó Cleo.
— ¿Y tú Abbey? — preguntó la chica vampiro.
— Yo aún no decidirlo.
— Pero tienes al menos una idea, ¿no? — aventuró Lagoona.
— En realidad no. O bueno, tal vez, no sé. Cuando era niña yo querer enlistarme en el ejército o la marina, pero mi padre oponerse. Dice que debo estudiar una carrera civil, cualquiera.
— ¿Y tú qué quieres hacer? — pregunto Frankie.
— Antes yo estar segura de entrar a la Marina, pero ahora ya no tanto.
En eso estaban cuando el estridente sonido de la campanilla inundó el lugar: era hora de ir a las últimas clases. Al parecer todas sus amigas tenían más que claro el futuro que querían tener, y eso la dejaba un poco atrás. Abbey, la chica ruda y segura de sí misma estaba ahora en aprietos por no saber qué rumbo tomar luego de la preparatoria. Tal vez era cierto y era quizá solo cuestión de tiempo para que su decisión se aclarara; pero también era verdad que éste se le estaba acabando.
Notas del autor:
1.-La Universidad de Costas del Cráneo es una institución educativa creada en la nación del mismo nombre con el propósito de proporcionar instrucción universitaria de calidad a los monstruos del mundo, en campos relacionados con su sociedad. No obstante, también tiene diversos programas de intercambio y cooperación con otras casas de estudios del orbe y además permite el ingreso de humanos a sus programas. La Universidad Monstruo Americana (AMU por sus siglas en inglés) es su sede en los EUA.
2.-OTT son las siglas de la Organización del Tratado de Transilvania. Su existencia y propósitos se definirán más adelante.
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Este es mi primer fic, así que por favor no sean tan duros. Cualquier tipo de crítica CONSTRUCTIVA se acepta. Ah, y por favor especifiquen el numero de capítulo en los comentarios. Gracias!
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