Pasillos.
Capítulo primero
Caminé detrás del mayordomo, quién agachó la cabeza y me pidió que entrara al carro. La limusina comenzó a correr. Me mudaba a una mansión lejos de la ciudad, mi padre ya no se podría encargar de mí y otra familia asumiría su autoría. El trabajo absorbía su vida, aunque después de la muerte de mi madre compartíamos un tiempo efímero, por lo que la lejanía no significaba nada en absoluto.
La última casa había desaparecido horas atrás. Siempre viví en ciudades, pensé, por lo que me sentiría extraña sin el sonido de la gente. Teniendo en cuenta la frialdad de la burguesía, comencé a odiar la vida que aguardaba.
El carro se detuvo en una ostentosa mansión. Bajaron las maletas y llamamos al timbre. Un hombre con cara de pocos amigos nos atendió. Me despedí del chofer y su copiloto. El señor sujetó las maletas y prosiguió a guiarme a mi habitación, se parecía a mi antigua recamara, fue reconfortante.
Me quedé en mi habitación hasta que llamaron para cenar.
—Enseguida bajo —dije mirándome frente al espejo. Me coloqué los pendientes que usaba mi madre y abrí la puerta de mi recamara. Tardé pocos segundos en recordar que no sabía como llegar al salón.
Los segundos corrían y seguía perdida en los pasillos del segundo piso. Comenzaba a perder la calma por lo que entré en la primera habitación que vi con las luces encendidas, con la esperanza de que aguardara a alguien en su interior. Por la cama matrimonial y el guardarropa supuse que era una recamara.
En el momento que llamaría por alguien sentí un gélido aliento en mi cuello que me heló la sangre. Por alguna razón, presentí que el sujeto a mis espaldas estaba sonriendo.
—¿Qué haces en mi habitación?
Me alejé por instinto y me volteé hacia él, mirando a un chico que parecía haber heredado la belleza de Narciso: cabello dorado, ojos azul claro y piel pálida como las nubes en un día soleado. Me hizo sentir como una intrusa, y supuse que la situación le hacía gracia.
—Estoy buscando el salón, es hora de cenar —le respondí lo más clara que pude.
—No la encontrarás aquí, las escaleras se encuentran al otro lado de la mansión.
—Enséñamelas.
—¿Discúlpame?
—Enséñamelas... o sino... —levantó una de sus finas cejas—, ¿quieres saber para que son estas manos? —rió desvergonzadamente, su risa era como música para mis oídos.
—¿Y si me das algo cambio?
—Algo como... ¿mi colección de piedras silvestres?
—Algo mejor que eso.
Apenas alcancé a parpadear cuando sus manos se moldearon a mi cintura, atrayéndome a su cuerpo. Sus ojos inyectaron en mí una emoción que desconocía, era una mezcla de miedo y deseo. No quería que un extraño me robase mi primer beso, ¿entonces por qué cerraba los ojos? ¿por qué seguía acercándome a su rostro?
Fue frío, delicado, dulce. Un roce.
Me separé de él, mis mejillas se colorearon de rojo, no fui capaz de mirarlo a los ojos.
—Bajemos.
Asentí ligeramente y desvié la mirada hacia la pared. Sujetó mi mano y me guió hacia el salón.
