SEGUNDO CAPITULO:

100 AÑOS MÁS TARDE

Lejos de los ojos de Cristabella ha nacido una criatura; la madre ha renegado de la fe al apartarse del camino del señor, por lo que fue expulsada de la seguridad de la Iglesia para sobrevivir por sus propios medios; se guarece en el viejo edificio del municipio, en una de las oficinas; a penas concilia el sueño cuidando el de su bebé, una niña.

Una vida en la oscuridad:

Sin importar la edad de la niña, la madre enseña a su hija sobre los monstruos que las asechan allá afuera. Lilith, como decidió nombrarla la madre (recordando a la mujer bíblica que se reveló contra los designios de "Dios", un Dios masculino y tiránico), crece con miedo, pero sospecha que el verdadero mal no yace realmente allí.

A la edad de 12 años comienza a acompañar a su madre más frecuentemente a recolectar algo de alimento, e incluso se le permite, cuando la luz es clara, jugar entre los viejos monumentos que adornan la fachada de la Intendencia. Su curiosidad crece con cada nuevo lugar que visitan, mas los peligros son grandes, y no es admisible que conozca más.

El cumpleaños de Lilith:

Cumplirá 18 años y nunca ha convivido con otros, salvo claro su propia madre, a la cual la vida ha envejecido rápidamente.

En una muy humilde celebración dentro de lo que fuere el salón del alcalde, acompañadas de un viejo vino y algunos frutos que con un poco de esfuerzo lograron atajar, celebran la llegada de la madurez.

Después de cantar un apagado "cumpleaños feliz" la desgastada mujer se acerca a su hija para entregarle algo,

-Hija, no es mucho lo que voy a dejarte, y seguramente no te proteja del mal, pero te dará fuerzas cuando yo no esté y tengas que sobrevivir sola-

Lilith confusa responde – madre aún nos queda tiempo juntas, y mi mejor regalo es tenerte aquí-

Abraza a su hija, luego se aleja y rompe a llorar, a lo que la joven le pregunta, - ¿qué te sucede, algo malo ha ocurrido? - , la mujer contesta, - no hija, es sólo que no estás lista para este mundo y yo…..estoy muriendo, pronto no podré cuidar más de ti-.

Lilith comienza a llorar y se abraza a su madre, - preferiría que te quedaras a tener que recordarte, te prometo que estaré bien, no quiero que tus últimos días sean de dolor, perdóname por mi debilidad-.

-No tengo nada que perdonarte, por mi causa estamos aquí, lejos de la Iglesia, fui yo quien conseguí que nos expulsaran…, nunca quise decírtelo…., yo estaba embarazada cuando tuve que marchar fuera, y ni siquiera pude conseguir que te acepten a ti porque eres hija del pecado-.

Atónita, Lilith rechaza el abrazo de su madre, y sin decir más sale corriendo de la habitación, y de ahí hasta la calle. La avejentada mujer intenta alcanzarla pero su enfermedad termina con ella, cayendo muerta en medio de uno de los pasillos. La chica no se percata de esto y simplemente sigue corriendo a ocultarse en uno de los lugares en los que solía jugar de pequeña, el cementerio; esta vez lo encuentra casi en penumbras, la puesta de sol se acerca; se interna en un mausoleo (familia Shepherd), se recuesta en un banquillo de mármol y cierra los ojos, por su cabeza cruzan infinidad de pensamientos, se sentía como si tuviera la mente en blanco, la confusión que tenía la hizo caer en un profundo sueño. Permaneció unas horas en la inconsciencia, hasta que un temblor y el sonido de grandes pisadas la hizo levantarse de un salto, no había escapatoria dentro de este lugar así que rápidamente se escondió detrás de uno de los sarcófagos, permaneció expectante pero nada entró buscándola, sin embargo las pisadas y ahora el chirrido de un metal deslizándose por el suelo le indicaban que algo había afuera. Aguardó en la oscuridad hasta que sintió que aquel ser se alejaba; en cuanto pudo se deslizó sigilosamente por la entrada del mausoleo, y guiándose nada más que por la luz de la luna retomó el camino a "casa", pensó en su madre.

Desde otros ojos:

Descansaba sentado cuando oyó el llamado de la sirena, la ejecución comenzaba. Partiría por su lugar preferido, el Hospital, siempre atestado de creyentes en búsqueda de medicinas o algún instrumento quirúrgico, y lo más importante, "las enfermeras", mujeres sin rostro pero de curvilíneas formas, perfectas para cumplir con sus deseos.

Se levantó ayudado por su arma cual bastón, y se encaminó por la calle principal de la ciudad, a su paso cada criatura, incluso las más temerarias, huían. La noche era clara, la neblina de ceniza ya no estaba, una noche que no veía desde antes del "suceso", pero los monstruos seguían existiendo, y el amo aun ordenaba. Respiró hondo y el olor a cenizas casi desaparecía, en su lugar el aroma como de un jardín inundaba el ambiente, decidió seguirlo. Después de unas cuadras llegó frente a los portones de fierro forjado del cementerio, un lugar que hace mucho no visitaba, tenía demasiados recuerdos y ninguno era bueno. No tenía sentido una fragancia emanando de aquellas tumbas, algo raro se ocultaba tras las lápidas, algo o "alguien", y lo iba a averiguar. Fuere lo que fuere se tendría que mostrar. Los pasillos del -patio de los callados- eran angostos, fue descubriendo cada uno mientras el perfume se hacía más intenso, iba formándose una dirección en su mente, la buscó hasta que se topó con un panteón bastante antiguo, de mármol, el efluvio provenía directamente de sus adentros, más no se oía movimiento alguno, ni sus ojos eran capaces de penetrar la negrura de esa cripta. Se detuvo unos segundos a observar, cinco minutos después decidió que estaba perdiendo el tiempo, había que cazar. Arrastrando el arma ejecutora se retiró, no sin decepción, era probable que nunca volviera a sentir aquella esencia otra vez, algo en ella le devolvía la perdida felicidad.

El encuentro con las enfermeras fue reconfortante, pero le dejó un vacío. Pudo atajar algunas presas ese día, un hombre viejo y su perro, la carne estaba seca y algo dura, el perro era el más digerible. De vuelta en su sitio se recostó en el piso, de lado, ya que su coraza no le permitía otra posición, se desvaneció rápidamente.

Cayó la noche y calló el universo: the night fell and universe silent.

Sus pies chocaron con algo blando y pesado, ello la sobresaltó y reaccionó rápidamente retrocediendo y sacando el cuchillo que tenía, en esa oscuridad no lograba ver a su enemigo pero al menos cuando estuviera encima podría apuñalarlo. En unos instantes pudo deducir que nada la atacaría, tomó las viejas cerillas del bolsillo de su vestido y encendió una, alzó la vista y pudo ver el cadáver azulado de su madre, abrió la boca como queriendo gritar pero el horror y el miedo le hicieron enmudecer, se arrodilló haciendo a un lado los mechones de cabello que tapaban la ahora opaca mirada de su madre, acarició sus mejillas, mientras por las propias corrían las lágrimas. Dio vuelta el cuerpo para que quedara como durmiendo, cerró los ojos, que estaban fijos, para dejarla descansar. Una de las manos frías estaba empuñada, con un poco de fuerza pudo extenderla sobre el pecho inanimado por encima de la otra, en cuanto hubo hecho esto un anillo rodó por un costado del cuerpo.

Lo tomó, era sencillo, de plata, y en forma intercalada, llevaba pequeños brillantes circulares en toda su extensión; dijo para sí misma – No le di tiempo de entregármelo.

Su rostro se ensombreció y dejó de llorar, ahora estaba sola en un abismo. Ya no importaba nada, no le interesaba su propia seguridad, recorrería tranquilamente por las calles de Silent Hill en cuanto amaneciera. No había tiempo para funerales, la enterraría en el patio de la Alcaldía.

Sobre la tumba puso una rosa de papel, sólo conocía flores en dibujos que la madre hacía para ella, o esculpidas sobre las tumbas.

La noche estaba fresca, la densa ceniza se había disipado, era como un regalo de su madre, no quería dormir, esperaría la salida del sol, mientras tanto tomó un libro que su madre solía leer en silencio, era de poesía, una de los poemas llamó particularmente su atención, se titulaba "El suicida" de Jorge Luis Borges, este rezaba:

No quedará en la noche una estrella.

No quedará la noche.

Moriré y conmigo la suma,

del intolerable universo.

Borraré las pirámides, las medallas,

Las corrientes y las caras.

Borraré la acumulación del pasado.

Haré polvo la historia, polvo el polvo.

Estoy mirando el último poniente.

Oigo el último pájaro.

Lego la nada a nadie.

Eran todas las circunstancias junto a su madre las que brotaban de esos versos, era la vida en el Averno, como sólo una mente humana podría haber concebido. No más miedo, no más seguridad, ahora viviría.