Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.

Nota: fanfic escrito en conjunto con Morgaine la Chistera.

Advertencias: lenguaje vulgar, referencia a temas adultos y sexuales.


Naraku y Kikyou

Pues bien, que la grandiosa carta de amor para Kagura no había funcionado una mierda, sin embargo él era el Gran Naraku, y el Gran Naraku tiene paciencia y nunca se da por vencido. Por eso había llegado hasta donde estaba: por tenaz, sagaz y astuto, por no decir terco y necio como mula.

Al menos podía decirse eso todos los días al despertar, y todas las noches antes de dormir para agarrar coraje y empezar con la nueva batalla del día: amargarse sólo en su habitación, urdir planes malvados y trollearle la vida a medio mundo. ¡A por ellos, tigre!

Claramente, no utilizaba los espejos para cepillar su cabello. Su cabello era perfecto así, por mucho que hablara pestes la loca de Kagura. Ni Sesshoumaru se le comparaba.

Y con no rendirse, no se refería a intentar escribirle otra carta a Kagura para convencerá de que la amaba y lograr que ella se enamorara de él. No había funcionado y había resultado peor de lo que esperaba. Kagura se le puso como una histérica, más de lo usual, aunque su enojo le hubiese llegado plasmado en simples palabras sobre una hoja vieja de papel y roída por las ratas. ¡Incluso le soltó la puteada de su vida!

Luego de tanto insulto, sinceramente pensó en matarla, pero al final se recordó que aún no era hora de hacerlo, y él nunca obedecía a impulsos irracionales como ella, así que le terminó perdonando la vida, aunque hubiese sido un muy buen castigo eso de pasar una agitada noche en las mazmorras, con sus tentáculos como protagonistas. ¡Ah, y ella que lo tachaba de patán! Total, Kagura no tenía ni idea del placer que se perdía.

¡Pero eso no era importante! No quedaría como un híbrido débil que cae ante la tentación de unas apetecibles curvas femeninas, claro que no. Además, la manipuladora del viento ya no era importante en el asunto, seguiría castigándola de mala manera cada vez que se pusiera difícil. Si eso era lo que quería, pues él se lo daría. Luego que no le vinieran con el asunto de que era un desgraciado, si cuando se portaba como todo un caballero lo mandaba a la mierda. ¡Al diablo con Kagura!

Se centraría en lo importante, en su peor pesadilla y en su más funesta obsesión: Kikyou.

Kikyou era aún más insufrible que Kagura. Representaba un problema, el más grande en su vida, mucho más que sus enemigos tratando inútilmente de arruinar sus planes. Tenía ya mucho tiempo tratando de resolver el problema y conflicto que le causaba aquella sacerdotisa que se negaba a desaparecer y lo desafiaba con su sola presencia deambulando por el mundo, siempre esperando el momento indicado para atacarlo o tenderle una trampa.

A Kagura, dentro de toda la exasperación que le causaba, podía ser controlada hasta cierto punto, pero Kikyou salía de todo su radar e intrincadas telarañas. Debía encontrar la manera de, por lo menos, neutralizarla.

Y eso lo llevó a la misma mística solución que intentó con la hechicera de los vientos: enviarle cartas de amor a Kikyou.

¿Por qué no? Ya había pasado un largo tiempo espiándola entre los árboles y los arbustos como el más escalofriante de los acosadores, qué más daba si le enviaba una estúpida carta llena de falsas cursilerías.

Naraku llegó a la conclusión de que el error con Kagura, había sido el hecho de que ella no era una mujer que deseara la compañía de un hombre (aunque desde siempre había tenido sus dudas con respecto a Sesshoumaru, y últimamente con Bankotsu), pero en sí le parecía una desalmada que sólo quería utilizar a los hombres para su propio placer (menos a él) pero cuyo verdadero objetivo era, básicamente, matarlo a él y conseguir su libertad. Haberle mandado una carta de amor perfumada con veneno no fue una buena estrategia porque Kagura no era una romántica empedernida.

Sin embargo, Kikyou si lo era, por mucho que aparentara lo contrario. Naraku lo sabía mejor que nadie. Cincuenta años atrás había estado decidida a utilizar todo el poder infinito de la Perla de Shikon para convertir a Inuyasha en un humano y que, a su vez, la joya desapareciera del mundo ante tanta pureza y buenos deseos y todas esas cosas que a Naraku lo hacían vomitar. Así ambos serían libres de los estigmas y responsabilidades que los ataban a prejuicios u obligaciones que les impedían estar juntos.

¡¿Quién rayos pretendía usar semejante poder para un propósito tan estúpido y ridículo?! Sólo los románticos, desde luego.

Incluso ahora resucitada y luego de pasar cincuenta años en el infierno, Naraku estaba consciente de que Kikyou seguía enamorada de Inuyasha, a pesar de haber aceptado que lo suyo con él se había marchitado y ya no tenía arreglo, incluso ayudándolo a él y su maldito grupo de manera discreta, como quien no quiere la cosa, con el único objetivo de acabar con aquel que acabó con sus románticos sueños de jovenzuela anhelante de inocencia.

En ese caso, Naraku sólo podía verla como una romántica sin remedio que, tras toda esa impenetrable máscara de frialdad y astucia, escondía a una jovencita que alguna vez tuvo sueños y que ahora añoraba aquellos ayeres, dándose el lujo, de vez en cuando, de pensar que los había alcanzado a vivir por lo menos un instante.

¡Bah, patrañas! Sí, lo eran, se dijo el híbrido, pero esas mismas patrañas ridículas las podía usar a su favor. ¡¿Cómo no lo había visto antes?! Últimamente ya hasta creía que debía ser más oportunista.

Cabe mencionar que también se había percatado de la nula consistencia de sus pésimos métodos de seducción (sobre todo luego de que Kagura se lo dijera a la cara, por así decirlo, en la respuesta a su carta). Matando a Kikyou no lograría deshacerse de ella, así acabara con su "vida física".

No, más allá de matarla, debía quebrarla. Corromperla, hacerla suya en el sentido de provocar que estuviera tan vulnerable que no le quedara en el mundo más que el desprecio de él disfrazado de hipócritas palabras dulces.

Y la forma de conseguirlo y finalmente deshacerse de ella, era sencilla, y tenía que funcionar con la sacerdotisa. Le escribiría la carta de amor.

Si la convencía de que había asesinado a tanta gente, que le había tendido aquella trampa a ella e Inuyasha y que ahora urdía planes contra todo aquel en su contra, que todo aquello lo hacía únicamente por amor a ella, seguramente Kikyou terminaría cayendo a sus pies.

Porque, después de todo, ¿quién no ama las tragedias? ¿No sería acaso el mejor de los villanos si se quedaba con la chica en discordia?

Claro, sólo debía convencerla de que estaba enamorado de ella (quitando de lado al maldito de Onigumo), hacer que se enamorara de él, y cuando Kikyou tuviera la guardia baja, vulnerable ante las mieles del amor nuevamente encendidas en su cuerpo de barro y huesos y su alma doliente, él le dará el tiro de gracia de la forma más cruel y ruin de todas.

Es decir, como un buen hombre.

—Creo que le doy mala fama a los hombres… —reflexionó Naraku alzando una ceja mientras movía entre sus manos el pedazo de papel, pero enseguida recordó el caso de monje Miroku y su tendencia a la infidelidad, la bruta y terca personalidad de Inuyasha, la confianza descarada de Kouga para con una mujer que claramente no le correspondía, la demencia asesina de Bankotsu y sus mercenarios e incluso la frialdad y arrogancia exacerbada de Sesshoumaru, y llegó a la conclusión de que entre todos los hombres, él era el mejor.

—¡Bah, Kagura y Kikyou no saben de lo que se pierden! Ahí van detrás de puro imbécil y patán que no les dan bola cuando estoy yo disponible. Y sobre todo cuando tengo tentáculos, ¿quién necesita una orgía cuando me tienen a mí? —masculló con amargura, dejando de lado su asquerosamente grande narcisismo al concebirse como el "mejor" de los hombres, mientras planeaba en su cabeza las palabras que plasmaría sobre la carta.

No le costaría tanto trabajo, ni tantas arcadas, como le había pasado con la carta de Kagura. Si sacaba un poco su "lado Onigumo" y rememoraba el molesto cariño enfermizo de aquel bandido por Kikyou, tergiversando un poco las palabras y adornándolas con algo de galantería, tendría una carta mil veces mejor que la de Kagura, e increíblemente, ligeramente más sincera.

"Mi querida Kikyou,

He decidido escribir esta carta sólo para ti, molestándome en gastar mi precioso tiempo que vale oro, sólo y únicamente para ti.

Seguramente debes estar con más ganas de matarme de las que usualmente tienes, pero termina de leer la carta antes de romperla, si es que te quedan ganas de romperla luego. Y es una órden.

Como te decía, he decidido hacerlo porque tengo ya mucho tiempo espiándote entre los árboles, mientras tú te finges una santa ayudando a los desvalidos, y ya va siendo hora de que salga a la luz. Te confieso que me resulta repugnante tener que salir de la comodidad de mi palacio para ir a verte y peor aún, ver cómo te ensucias las manos con la sangre sucia de gente que no merece ni contemplar tu hermoso rostro.

Seguramente te preguntarás qué clase de bicho me ha picado, o si tal vez ya estoy enfermo o he perdido el juicio por completo. No, nada de eso, ninguna abeja del infierno me ha picado en la cabeza derritiéndome el cerebro, ni mucho menos esnifo veneno en los rincones de mi palacio.

En serio, estoy rehabilitado y reinsertado.

Pero eso no es lo importante. Lo importante en esto es que he decido aceptar como mío el cariño que Onigumo tenía por ti; ya no puedo luchar más contra eso. Sí, mi querida Kikyou, aunque no lo creas ya no tengo esos deseos irrefrenables de matarte, o secuestrarte, o torturarte y luego matarte. O secuestrarte, usarte de rastreadora de fragmentos, torturarte y luego matarte. Nada de eso o cualquier variante. Ahora, sinceramente, sólo quiero estar a tu lado por el resto de la eternidad.

No entiendas esto como que me quiero ir al infierno contigo, sé muy bien que tienes un tema con eso de llevarte a la gente al infierno, pero bueno, si tomas en cuenta que soy el mismo demonio encarnado en la tierra y que hasta me llamo Naraku, pues preciosa, ¡tienes todas tus fantasías en mí!

¿Lo ves? ¿Cuántos puntos a favor tengo ya?

No tienes que buscar en ningún otro lugar, mucho menos en ese híbrido de pacotilla que se deja las uñas de los pies largas (por favor, ¡es que es bien repugnante! ¡Y no digas que no!) y se muere de amor por una chiquilla en poca ropa (y sí, me refiero a Kagome).

Está claro que juntarse con el tal Miroku lo ha vuelto peor de lo que ya era. ¡Inuyasha no vale nada! Si lo quieres, incluso puedo pedirle a cada una de mis extensiones que realicen una campaña para dejarlo bien en claro, y que todo el mundo se entere. Imagínatelo, "Inuyasha no vale nada" estampado en cada camisa y kimono que veas desde ahora hasta tu muerte. ¡Soy capaz de todo por ti! ¡Lo soy!

¡Y aún con todo eso, tú detrás de ese desgraciado! ¿Acaso te has puesto a pensar por un segundo que yo me he cargado tantísima gente SÓLO por ti? Y me devano los sesos para quitar de en medio todos esos obstáculos estúpidos que nos impiden estar juntos. ¿Sabes lo que puede llegar a sentir mi frágil corazón? Todo lo hice por amor a ti, ¡y tú detrás del otro imbécil aliento de perro!

¡Incluso me he dejado el cabello largo! ¿Lo has visto? ¡¿Te has detenido a verme?! El cabello largo, sedoso y sensual, con todo y el verano infernal que hace. ¿Qué pretendes? ¡¿También quieres que me lo tiña de plateado y corra a los gatos?!

¡¿Qué más deseas, Kikyou?! ¡¿Qué más?!

¡Y te lo ordeno, ya sácame de la puta "friendzone"!

(Y sé lo es, escuché a Kagome decirlo. No preguntes, pero si me vienes a visitar y decides estar conmigo, te lo puedo decir; eso y muchas cosas más… sí sabes a lo que me refiero).

En fin… ¡eso no es lo importante! Lo importante es que puedo dejar toda esta guerra atrás sólo por ti, si tú me lo pides y me corresponder de la forma que yo quiero. ¿Acaso algún hombre te prometería eso en estos tiempos? Aunque ni creas que no iré tras la Perla de Shikon, un hombre necesita sus pasatiempos. No sé por qué todo el mundo hace tanto drama sólo por el hecho de que me gusta coleccionar trozos de una Perla que puede darme todo el poder para destruir el mundo… ¡no es la gran cosa, por favor!

Como te decía, puedo dejar todo eso atrás sólo por ti. En serio, Kikyou, no estoy mintiendo. Si decides quedarte conmigo y únicamente conmigo, sólo para mí, dejaré toda esta guerra atrás.

Figúrate esta linda escena: tú como mi esposa, cuidando de los críos chillones (dudo que con ese cuerpo de barro puedas tener hijos, ¿o sí? En todo caso podemos hacer el procedimiento pata tenerlos cuantas veces quieras…), mientras tú me preparas un rico almuerzo esperando mi regreso, y yo dominando al mundo sólo para ti.

¡Te juro que eres la única a la cual le he dicho esto!

Además, Kagura es una jodida adolescente sin control, necesita una madre y también toda la maldita pandilla de albinos que tengo; necesitan disciplina. A que serías una madre cojonuda.

Y de hecho, si te pones a pensarlo cinco segundos, yo sólo pude crear mis extensiones gracias a que tú me diste aquellos fragmentos de la Perla de Shikon; es decir, prácticamente son nuestros críos. ¡Soy de esos hombres de antes que quieren formar una familia!

Dime, Kikyou, ¿alguna vez el tarado de Inuyasha se comprometió tanto contigo? ¡Y por favor, no me digas nada de que prometió convertirse en humano! Eso ni siquiera vale como compromiso, más hubiera valido prometerte conquistar el mundo. Y volvemos a mí, nuevamente. ¿No lo ves? Es claro que soy el hombre perfecto.

Ni siquiera tengo que mencionar lo que serían nuestras noches, ¿cierto? Sería capaz de caldear tanto el ambiente como para recrear el horno de barro del cual saliste, mujer.

Vale, no tienes que recordarme que soy un genio. Sé que te mueres por mí (literalmente, y sabes que no miento. Es decir, te asesiné. Mueres por mí, y morirías de nuevo por mí si lo quisiera).

Espero tu respuesta, mi querida Kikyou.

PD: tengo tentáculos. Muchos tentáculos de todos los tamaños y texturas.

PD: y un castillo.

PD: en serio me tiño el cabello si quieres.

PD: hasta me dejo creer las uñas de los pies (asco).

Siempre tuy…

Siempre mía, para ti, Kikyou,

Naraku."

Naraku releyó la carta con una sonrisa en los labios. Le había quedado mucho mejor que la carta que le había escrito a Kagura y, a pesar de la mentirilla blanca de que jamás le había dicho algo parecido a otra mujer, según él era mucho más sincera. Incluso había perdido un poco el control en ciertas partes, pero en fin, un poco de dramatismo y teatro barato la hacía ver más sincera, ¿no?

Finalmente, estaba mintiendo, ¿verdad? ¡¿Verdad?! El objetivo de ella era hacer que Kikyou cayera a sus pies, luego traicionarla cuando más vulnerable se encontrara, ¡y adiós a mi querida Kikyou! ¡Santo remedio a su obsesión! Con la sacerdotisa fuera del ruedo, podría concentrarse en matar a todos aquellos que odiaba. Incluso, si lograba que ella muriera por él (esta vez no tan literalmente) podría convencerla de conseguir por él todos los fragmentos de la Perla que le faltaban, y ya no tendría que preocuparse por esclavizar a Kagome y su habilidad para detectar los fragmentos.

¡Kikyou era su mujer perfecta! No tan perfecta como él, claro, y la terminaría matando, pero era una buena mujer para un desgraciado como él; Naraku amaba las tragedias griegas, pero nunca estaba de más sacar el mayor provecho de cualquier situación que se le presentara, incluso si esta no parecía tener remedio.

Además, se sentía mucho más seguro de enviar esta carta. La sacerdotisa no era tan impulsiva ni grosera como Kagura, y según Naraku, hasta Kikyou se entretenía creyendo que podía controlarlo a él. ¡Tonterías! Mientras más la hiciera creer que él estaba loco por ella, que lo traía de un ala y babeando con su sola imagen, a la vez que provocaba que el frío ego de la mujer subiera hasta el cielo entre carta y carta, haciéndole creer tener control sobre él, justo en ese instante pretendía aprovechar para poco a poco ir conquistando a Kikyou.

Era un plan de puta madre. Sin contar un golpe muy bajo a Inuyasha. Primero le mata a la novia y luego se casa con ella (con todo y las cosas que hacen un esposo y su mujer).

¡Já, se quedaría con algo más que la Perla de Shikon!


Kikyou pareció estremecerse, pero la realidad fue que levantó la cabeza al frente y de golpe, como si se tratase de una muñeca manejada a cuerda una vez que sus ojos se posaron sobre las primeras líneas de cierta carta que recién había recibido.

No quiso seguir leyendo; la sacerdotisa miró de un lado a otro, sólo moviendo sus hipnóticas pupilas marrones, ahora conferidas con la frialdad calculadora de la desconfianza mientras entrecerraba los ojos como si quisiera agudizar sus sentidos y detectar cualquier peligro.

Cuando vio que no había nadie a su alrededor y escuchó a lo lejos el cotidiano sonido de los ancianos, los enfermos y los soldados heridos charlar entre si y haciendo las tareas que podían, Kikyou volvió a bajar la vista a la carta.

Bueno, no tenía que dárselas de detective para saber de parte de quién era la misiva. Sobre todo por la forma en la que se la llevaron.

Una de sus serpientes cazadoras simplemente había aparecido de la nada con algo atado a su larguirucho y flexible cuerpo. Kikyou enseguida supo que había sido la serpiente que ella tomó por "perdida" cuando notó que le faltaba una. Y la realidad es que no se había perdido ni había confundido el rumbo que ella tomaba: la realidad es que había sido secuestrada. Secuestrada por Naraku.

¿Cómo supo eso? Porque la pobre llegó toda tambaleante sobre el aire, como si no tuviera suficiente control sobre su cuerpo, y tenía una rara expresión de trauma que sólo su dueña podía notar. En sus enormes ojos de abismal negro podía verse un escalofriante brillo de locura que decía claramente "he visto cosas horribles. ¡Horribles!"

No es que las serpientes caza-almas tuvieran una enorme gama de sentimientos y emociones; aparecían sin que nadie las llamara cuando un alma necesitaba de sus servicios y eran fieles hasta la muerte, pero eran capaces de reconocer las almas tristes.

El causante de todo eso no podía ser otro más que Naraku, sobre todo cuando le quitó de encima el sobre que venía amarrado en su cuello. Una carta firmada por su némesis y dirigida únicamente a ella.

Kikyou creyó que se trataba de una nueva trampa de lo más extraña e incluso se puso en guardia, pero cuando la abrió y leyó las primeras líneas, bueno, sólo fue capaz de quedarse parada en su sitio como tonta y desconfiando hasta de la brisa que soplaba a su alrededor, creyendo en súbita paranoia que era espiada por Kagura.

A diferencia de aquella extensión, no tuvo ganas de vomitar ni putear al aire una vez que se atrevió a leer con cuidado cada palabra plasmada sobre el papel. Kikyou era más de comentarios afilados. Lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos unos instantes y negar con la cabeza con delicadeza.

De igual forma, tampoco podía hacer gala de sus malos modales y dejar la carta sin respuesta alguna, sin contar que Naraku solito se había puesto pecho contra el suelo para ser humillado, nuevamente, por ella, en aras de pensar, siempre en el eterno narcisismo de ese híbrido, que todo lo que pensaba y hacía serviría y que el mundo debía acatar sus ordenes como si fuesen marionetas sin voluntad.

De esta forma, se dispuso a escribir la contestación sin demora y sin pelos en la lengua.

"Naraku,

Ya que te tomaste la molestia de escribir y enviarme esta carta (secuestrando una de mis serpientes caza-almas, por cierto. ¿Nunca oíste el método de la paloma mensajera? Es más romántico), creo que estoy en la obligación moral de respondértela. Después de todo, sé muy bien que debes estar arrancándote los pelos esperando mi contestación, ¿cierto?

Soy demasiado importante para ti, aunque lo niegues, y aunque trates de engañarme con semejante treta idiota como esto de la bendita carta de amor. Sólo te advierto que lo siguiente que leerás no es nada de lo que esperas.

No soy estúpida, Naraku. Y sí, creo que ya se te derritió lo poco de seso que te quedaba, si es que alguna vez tuviste algo de eso.

¿Sabes? Este ridículo método de falso e hipócrita amor te hubiera servido, en algún tiempo, en otra vida y en otras circunstancias, sino hubieras sido aquel sucio bandido que, para empezar, tuvo pretensiones de matarme para quedarse con la Perla, y encima, querer secuéstrame y quedarse conmigo y la Perla luego de todo lo que hice por él, para finalmente vender su alma por mí.

Sí, cierto, es un clásico eso de vender tu alma al demonio por tu amada, no cualquiera lo hace, pero me mataste.

¡Y aún tratas de matarme!

Créeme, Naraku, no importa cuántas cartas de amor, según tú, envíes, así me envíes también toneladas de flores de todas las clases y colores. Ya perdiste oportunidad conmigo o con cualquier mujer que te conozca un mínimo. Toda esa apariencia que te has formado de príncipe acaudalado queda eclipsada por tu repugnante personalidad.

Por cierto, debo aclararte que lo mío con Inuyasha no es algo de tu incumbencia, deja de intentar meter discordia en ese asunto, no te va a funcionar. Hace tiempo que no me interesa lo que Inuyasha o Kagome hagan o dejen de hacer, mi única misión y propósito es matarte. Y no importa lo que te hagas en el cabello, ni las benditas uñas de Inuyasha.

Por lo tanto, sigue, sigue con esta guerra todo lo que quieras, porque a mí nunca, jamás, me tendrás. Sólo síguela, me encargaré de acabar contigo para siempre y de una vez por todas, no importa que tenga que irme al infierno. Bueno, ¡pero qué digo! Tú hace mucho que estás ahí, y créeme que no tengo intenciones de regresar a menos que sea para matarte.

Sinceramente, prefiero mandarte al infierno aunque me cueste la vida que ser tu esposa. ¿Qué es esa ridícula propuesta de matrimonio? Es la propuesta más tonta que he escuchado en mi vida. Te hacen falta unas clasecitas de cómo ligar, o la opinión de una chica, para que por lo menos tengas una mínima, aunque sea diminuta idea, de lo que buscamos y queremos las mujeres, porque como galán eres un fracaso. Ni hablar de tu papel de padre con esas extensiones tuyas.

Deberías pedirle una opinión femenina a tu rebelde extensión, Kagura. Seguro tiene mucha más sabiduría que tú si todo este tiempo se las ha arreglado para darte tus buenos dolores de cabeza y sobrevivir a ti. Pero no creo que te ayude mucho, seguro a ella también le has propuesto algo muy similar a lo que me dices a mí con la peor de las intenciones.

Y seguro te mandó al diablo. Lo cual me da mucho gusto. Apuesto a que creíste que las mujeres somos dóciles, bueno, ¡sorpresa!

Hombres… creen saberlo todo pero no saben ver más allá de sus propias partes privadas y frágiles egos, sobre todo cuando tienen tentáculos bloqueándoles la vista.

Y no, no quiero ser la madre de tus extensiones ni ser su figura materna, ¡y mucho menos son como nuestros hijos! ¿Qué te crees que soy, una bizarra donadora de esperma? Ya bastante me ve todo el mundo como la mala del cuento como para encima convertirme en la madrastra malvada. Lo único que espero es que Kagura siga jodiéndote la existencia y también esos críos que tienes a tu cargo para que te hagan más intolerable lo poco de miserable vida que te queda. Bueno, control, por decirlo de alguna manera, porque claramente no puedes ni con tu propia alma.

Espero también que esta carta te ayude a comprender que cuando una mujer dice no, es NO. No importa a cuántas personas te cargues en tu camino, cuánto poder consigas, seguirás siendo un miserable híbrido.

Un hibrido rechazado y además, en la "friendzone" (sí, sé que es. También escuché a Kagome decirlo; así que no necesito visitarte). Jamás superarás a Inuyasha, quien alguna vez me tuvo, no importa lo que esté sucediendo en el presente. El tuvo lo que tú jamás tendrás.

Ahora puedes ponerte a llorar, híbrido de pacotilla.

PD: no me hables de tus repugnantes tentáculos. No me interesan. Por todos los cielos, en serio ya no soporto los complejos de inferioridad de ustedes los hombres y sus complejos de machos de pecho peludo. Inuyasha con eso de conseguir la enorme espada y tú con tus tentáculos. No tienen remedio, ¡tengan tantita autoestima y amor propio, por piedad!

PD: Por cierto, han pasado cincuenta años desde que todo este embrollo empezó. ¡Ya supéralo, hombre!

PD: vete al infierno, Naraku.

Jamás tuya,

Kikyou"

La sacerdotisa se vio forzada a usar la misma serpiente que le había traído la carta de Naraku para atarle al cuello la suya y regresársela. La pobre la miró con cara de "¿por qué eres tan cruel conmigo?", pero Kikyou sólo pudo decirle que lo sentía, que era la única que conocía el camino y que fuera con cuidado, que ya luego la recompensaría.

Sólo esperaba que, por una vez, Naraku entendiera las cosas en lugar de creer que lo que él pensaba era la verdad absoluta del mundo y que el universo debía acatarse a sus preceptos.

A lo mejor debía adjuntar una nota para dejarle en claro que su serpiente caza almas debía volver en óptimas condiciones, o se encargaría, y era palabra de honor, de arrancarle cada cabello de su cuerpo con una pinza de mano.

Ya vería si luego le quedaban ganas de adorar su asquerosa cabellera.

Jodido bastardo narcisista.

Por otro lado, Naraku apenas se pudo creer todo aquello cuando recibió la respuesta de Kikyou, y en un estado de sublime desesperación, la leyó en un dos por tres, apenas dándose el tiempo de analizar las palabras, pero no tuvo que leerla más de cinco veces (solamente lo hizo cuatro veces), para entender el mensaje.

Otra chica que lo mandaba a la mierda.

¡¿Qué tenía que hacer un hombre para conquistar a una maldita mujer?! ¡¿Tocarles el trasero como Miroku, o gritarles como Inuyasha?! Bah, las mujeres eran demasiado complicadas y no las entendía, se dijo Naraku. Por eso prefería matarlas.

Dejando de lado todo el asunto de ser mandado al diablo por Kagura y Kikyou, Naraku se preguntó cuándo demonios una chica se daría cuenta de cuánto valía él y las cosas que podía llegar a hacer, porque claramente Kagura y Kikyou sólo tenían ojos para bastardos que no les hacían caso.

—Claro, soy demasiado perfecto para ellas —masculló Naraku haciendo a un lado la carta de un manotazo—. Quedan demasiado anonadas e intimidadas por mi magnánima presencia. Ellas se lo pierden.

De todas formas, se preguntó cuánto le tocaría a él que le mandaran una tonta carta de amor. ¡Un poquito de aprecio no hacía daño, por todos los cielos!


Lo que me costó este capítulo o.ó no en sí que me haya costado escribirlo, lo hice casi de un sentón, pero esta semana estuve tan atascada de tareas, encima enferma y con dolores de cabeza, que no tuve tiempo de ponerme bien sobre el fic a terminar este capítulo. Y además Morgaine también tuvo que estudiar para exámenes y bueno, ya se imaginarán.

No tengo mucho que aclarar, espero el capítulo les haya gustado y aviso que el siguiente será de Bankotsu/Kagura (:

[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido

Agatha Romaniev