(Los personajes y el universo de VA pertenecen a Richelle Mead)
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HUMANIDAD
— Despierta, Rosemarie— me susurró una voz de mujer. Yo ya había oído esa voz, pero era incapaz de reconocerla. El dolor era tan fuerte que todo lo que podía hacer era intentar canalizarlo en mi mente, bloquearlo. Sentía cada extremidad de mi cuerpo latiendo, como si mil cuchillos estuvieran tratando de emerger del exterior de mi vientre a tejazos, abriéndose paso a través de mi carne. Mi piel escocía, y estaba tan cansada que todo mi cuerpo se sentía pesado. — Despierta, por favor, despierta.
No sabía si quería hacer lo que pedía. Me di cuenta que aquella se convertiría en la decisión más importante de mi vida. Elegir o no seguir viviendo. No era la primera vez que rozaba el mundo de los muertos, pero era la única en que alguien me empujaba con violencia despiadada hacia él. — Despierta, despierta— seguía susurrando. Sonaba como un cantico de locura, era alarmante. Si no hubiese estado en esa posición, posiblemente su voz me hubiese perturbado. Quería que se callara, porque todos los sonidos llegaban a mí como susurros lejanos, como zumbidos, y siempre provocaban un dolor agudo cerca de mis oídos, como si mi cráneo estuviera siendo aplastado.
— No dejes que la oscuridad te arrastre. No dejes de que te lleve— me rogó. Seguía siendo espeluznante, pero sabía con certeza que no debía temerle. Mi cuerpo acunado entre sus brazos estaba a salvo de los monstruos. — Debes aferrarte a la vida. Debes resistir, por ti, por Vasilisa.
Lissa. Me sorprendió, de repente, darme cuenta de que no había pensado en ella por horas. Mi vida estaba tan sujeta a la suya que casi toda mi existencia se resumía en pensar en ella. Pero aquel día mi mente la había eliminado, como si nunca hubiese existido. Me sentía mu culpable, pese a las justificadas escusas que tenía, así que abrí los ojos. La decisión más importante de mi vida, y la tomé en función de otra persona. Elegí seguir luchando, en aquel segundo de agonía, a pesar del dolor, sólo por ella. No podía dejarla sola.
— Tanta oscuridad... Tanta, tanta oscuridad— siguió murmurando, deslizando una de sus manos por mi cabello. Quería decir algo, pero no sabía qué, no recordaba cómo. De todas formas mi garganta estaba reseca, dolía mucho. — Eso fue lo que me atrajo. Debí haber respondido a ella antes. Pero... te advertí, te lo advertí. Tantas cosas malas. Muchas cosas malas, mucha oscuridad.
Ciertamente lo había hecho. Podía recordar su advertencia. Resonaba como ecos en mi mente. Me miraba y me culpaba, se reía de mí, me arañaba con fuerza. Si tan sólo la hubiese oído. Si tan sólo no hubiese sido tan tonta.
— Rondan muchas cosas malas por aquí afuera. Nunca sabes qué es lo que puede estar detrás de ti— me había dicho
— Pobre, pobre Rosemarie— susurró. No vi lágrimas en sus ojos, aunque no podía ver casi nada, sin importar cuán cerca estuviera de mí. Pero oí con claridad una clase distorsionada de sollozo. — Pobre niña. Ahora tendrá que vivir, sufrir. Toda la vida acarreando este dolor.
Quería decirle que me ayudara, pero ella seguía divagando, hablando de cosas oscuras y siniestras. Pero nada podía asustarme. Después de haber sobrevivido a las últimas horas, nada volvería a impresionarme. No podía haber en el mundo monstruos más peligrosos que ellos. No podría existir fuerza más maligna. Volví a cerrar los ojos. Lo último que sentí fue una extraña sensación de cosquilleo sobre mi pecho, y de repente, volví a respirar.
xxXxx
Cada año, cuando la fecha se acercaba me ponía un poco melancólica. El año anterior a ese Lissa me había dicho que parecía estar más apagada que de costumbre; pero el siguiente estuvo demasiado ocupada con otras cosas como para notar algo. Desafortunadamente, no para todos pasé desapercibida.
— No puedes estar aquí— preguntó una voz acentuada. Sonreí, no queriendo que mi ceño fruncido le hiciera averiguar cuánto estaba luchando contra mis pensamientos. — Pero eso ya lo sabes.
— Necesito algo de vitamina d, camarada— farfulle, señalando el sol y mirando con atención cuando se sentó a mi lado, sobre la cerámica de la escalinata. — Creí que podría tomar algo de ella, ya sabes, sin que nadie se diera cuenta. El plan fracasó.
— Estoy de guardia. Ya sabes— me imitó, pero tenía una sonrisa pequeña adornando sus facciones. —, asegurándome que nadie se escabulla. Pero aparentemente, también fracasé.
Pensé que diría algo más, que me exigiría decirle la verdad, pero no fue así. Dimitri continuaba caminando con cuidado a mí alrededor, como si fuera a romperme en cualquier segundo. Era así desde que la cosa de los espíritus había salido a la luz.
No quedamos en silencio, admirando el esplendor del día. Eran escasos esos momentos de sol, silencio cómodo y compañía agradable. Me gustaban, más que cualquier otra cosa en el mundo. Pero entonces lo miré; él miraba al frente, y me di cuenta que Dimitri era la única persona en el mundo que podría responder a mi duda eterna con nada más que sinceridad.
Me había despertado después de una pesadilla, y una cuestión había quedado punzando en mi mente. Yo no era una persona fiable para solucionar aquel problema, pero él sí.
— ¿Camarada?— susurré, llamando su atención. Sabía que estaba frunciendo el ceño con curiosidad, casi como si eso fuera lo único que me movía a cuestionar mi humanidad. — ¿Puedo preguntar algo?
— Por supuesto, Roza— dijo, sin un segundo de dilatación. Probablemente esperaba alguna de aquellas locas teorías sobre los espíritus. Fantasmas, locura, Anna suicidándose. La temática de nuestras conversaciones casi nunca era típica. Y sin embargo, también estaba allí mirándome con intensidad, como si supiera cuánto valía aquella pregunta, como si supiera cuán importante era para mí su respuesta.
— ¿Crees...? ¿Cómo sabes cuándo estás haciendo las cosas como se supone que debes? ¿Cómo te das cuenta si te estás... desviando del camino correcto? — pregunté. En ese momento me di cuenta de que ni siquiera tenía muy claro en mi cabeza lo que quería preguntarle. Sabía la respuesta que deseaba, pero mis incógnitas seguían siendo demasiado ambiguas.
— No estoy seguro de entender lo que me estás preguntando. ¿Es una charla sobre tomar decisiones? ¿O es esto algo sobre el bien y el mal?— preguntó. Se recuperó rápido de su breve momento de sorpresa, como si nuestra conversación fuera de lo más natural. Sabía por qué lo hacía; no quería que me espantara y me cerrara, quería que confiara en él. — ¿Cuál de los dos te inquieta?
— Es un poco de ambos. ¿Cómo lo haces tú? Tomar decisiones y seguir el camino correcto— insistí en un susurro, no queriendo parecer que estaba desesperada.
— Bueno, eso depende. Lo "correcto" es algo bastante relativo. No creo que haya tal cosa como un camino ideal. Hay decisiones más o menos mejores que otras y viceversa. Puedes tomar una decisión "correcta" ahora, que no necesariamente es la mejor para después.
— Pero... ¿una persona no debería saber cuándo una decisión es mala o buena? Hay acciones convencionalmente consideradas como correctas, y otras que no. ¿No debería ser eso lo importante?
— A la hora de tomar una decisión hay que tener en cuenta muchas cosas. Cosas que van más allá de lo que la mayoría de la gente cree es correcto. La mayoría no siempre tiene la respuesta; sin duda no la verdad. — Debía esperar eso. Las lecciones de vida zen. Dimitri era único. Cuando creía que una cuestión era más o menos sencilla, él me hacía ver todos los entremeses de complejidad ocultos tras la inofensiva apariencia de algo trivial. Habrá visto mi expresión descontenta, porque continuó. — No digo que debas tomar decisiones a la ligera, pero tampoco creo que debas sobreanalizar mucho las cosas. Sabes cuándo una decisión es correcta. No hay ninguna explicación racional al respecto. Sólo lo sabes. Lo único que puedo decirte es que si una decisión te hace infeliz, entonces no es la mejor en la lista de las posibilidades.
— Por lo tanto, si soy feliz con una elección, ¿esa elección es la correcta? ¿Incluso si esa decisión hace infelices a otros?
— No siempre puedes tener en cuenta al resto del mundo. Sé que preferirías que te dijera que sí, que hay decisiones que resultan bien para ti y para los que te rodean. Para todos. Pero siempre va a haber alguien inconforme.
— ¿Y eso es lo que haces tú? ¿Tú tomas decisiones considerando tu felicidad?— pregunté, a sabiendas de la respuesta. Dimitri nunca se tenía en cuenta a sí mismo. En el esquema de las cosas, desde su punto de vista, él no era importante. — ¿No es eso algo contradictorio, camarada? No importa lo que sintamos, ¿recuerdas?
— No todos tienen la libertad y la capacidad de elegir correctamente, Roza— respondió después de algún tiempo.
— ¿Qué se hace entonces? Cuando no puedes tomar la decisión correcta, ¿qué es lo que haces?
— Tomas la mejor decisión que eres capaz de tomar— me dijo.
Después de un tiempo, se hizo el silencio. Dimitri parecía enojado consigo mismo, como si realmente le hubiese gustado poder darme alguna otra respuesta. Una más optimista. Pero tenía razón. Aunque a todos nos gustaría poder tomar decisiones en función de nuestros sentimientos, no todos éramos libres de hacerlo. No nosotros, ciertamente. Para los dhampir las elecciones deberían ser fáciles. Lo único verdaderamente correcto era defender a nuestros Moroi. Eso es lo que nos habían enseñado, eso es lo que él estaba diciéndome. Pero también, en sus ojos, podía leer la verdad. Él ya no creía que eso fuese justo.
Pero eso no importaba. Lo que realmente quería saber es en qué tipo de persona me convertían las decisiones que tomaba. No le pregunté eso, porque ya podía imaginarme su respuesta. Casi siempre parecían ensayadas, pero en el fondo de mi sabía que no lo eran. Él tenía una destreza bastante fascinante, para convencerme de acatar las normas, pero no sin dejarme conocer cuáles eran sus verdaderos sentimientos con respecto a ello, no sin antes hacerme saber las alternativas. No necesitaba que me dijera lo que ya sabía. Que a veces, pensar en los demás no se ajustaba a nuestra felicidad, pero que la abnegación muchas veces era el único camino viable. ¿Era una mejor persona al sacrificarme por los demás? ¿Era una mala persona al pensar en mí? Si yo hacía cualquiera de esas preguntas, me haría con más incógnitas de las que había llevado a la charla.
Yo necesitaba saber algo más concreto. Algo que me había estado atormentado día y noche por casi tres años.
— ¿Crees que soy una mala persona, Camarada?— Por un momento pensé que no me había escuchado. Lo susurré tan suave que no era de sorprender que apenas me hubiera oído a mí misma. Pero cuando lo miré, cautelosa, pero sin dejar que las dudas y la fragilidad se filtrara en mi rostro, él estaba callado, pensando, y algo sorprendido. Me miró como si intentara descubrir los secretos que se ocultaban detrás de mi inesperada pregunta. Yo, algo arrepentida pero aún necesitando una respuesta, me preguntaba silenciosamente cuáles creían que eran los motivos de mi necesidad para reflexionar sobre todo aquello: ¿Creía que se trataba de Mason? ¿O creía que me sentía culpable por ese "nosotros" que nunca había ocurrido? ¿Por descuidar mis deberes para con los Moroi al pensar en mi vida amorosa? Podría haber imaginado cientos de cosas, y nunca habría alcanzado la verdad por su cuenta.
— No estoy seguro de muchas cosas en la vida, Rose, pero ciertamente sé que tú no eres una mala persona— susurró después de algún tiempo. Aún parecía confundido, pero el tono de su voz era certero.
— Incluso si... ¿incluso si mis acciones no siempre son buenas?
— Todo el mundo comete errores, Roza. Yo lo hago, mucho, demasiado seguido a veces. No pretendo que tú no lo hagas. Sobre todo porque eres joven, tienes diecisiete años; cometer errores es natural a tú edad. No puedes condenarte por eso.
— Pero hay errores que simplemente no son perdonables, ¿cierto? Puedes hablarme de elecciones buenas y malas, o mejores y peores, y de cómo no siempre somos libres para elegir, y cómo a veces sólo elegimos mal, y que a veces lo que es bueno para uno es malo para el otro y viceversa, pero... pero estoy seguro de que crees que hay cosas que no se pueden, que no se deben perdonar, ¿verdad? ¿Si hay un tipo de maldad que no tiene nada que ver con lo que hacemos, sino con lo que somos?— Aquello estaba destinado a ser más una afirmación, pero no fue así como se lo transmití a Dimitri.
— Bueno, Roza, aquella es una pregunta muy compleja. ¿Si uno es malvado por naturaleza o se construye la maldad en virtud de ciertos factores externos? Me parece que darte una respuesta a eso definitivamente sería un error. Cualquier cosa tan determinante de mi parte sería reduccionista. Prefiero pensar que ambas son aceptables, o que al menos, ninguna es tan precisa para ser la correcta. Creo que hay personas buenas que toman malas decisiones, y no creo que esas malas decisiones afecten su humanidad bajo ningún aspecto. No mientras estén conscientes de eso. Ninguna persona mala se cuestionaría jamás su humanidad, porque no podría reconocerse a sí mismo como cualquier cosa menos que benevolente. En cambio, una persona buena está constantemente consciente de su ser defectuoso, aunque a veces inconscientemente. — Me dijo, — La culpa es parte de nuestra naturaleza, Roza. Si haces cosas que te hacen sentir mal, no puedes ser una mala persona. Los monstruos son incapaces de sentir remordimiento.
— ¿Y quiénes son los monstruos? ¿Cómo sabes que no eres uno?
— Lo sabes porque te lo preguntas. Un monstruo no lo haría— insistió. — Y si. Si creo que hay cosas que son imperdonables. Me gustaría ser una persona más misericordiosa, tener más fe en nuestras especies, en las otras, tanta o suficiente como para creer que al concederle el perdón serán merecedores de ese y harán con eso un cambio. Pero no es lo que soy. No creo que todas las personas merezcan redimirse. Si la mayoría, pero no todas. No los monstruos, lo que si tienen opciones y son incapaces de elegir cualquier cosa más allá de su propios beneficios, ya sea por poder, placer, por la simple satisfacción de herir a otros. Podemos elegir nuestra felicidad, por supuesto, incluso si eso no es para el contento de todo. Pero cuando no es la felicidad el móvil, cuando es sólo la necesidad de causar dolor, eso es maldad Roza. Eso es lo que es imperdonable.
» Pero incluso eso es demasiado definitivo para ser lo correcto. Y cuándo... ¿cuándos las personas hacen cosas malas porque les han hecho cosas malas? ¿Cuándo ser bueno atenta contra el bienestar de uno mismo? ¿Cuándo al tener una buena intención terminas hiriendo a otro de una manera irreparable? ¿Cuándo no es tu voluntad el hacer mal? Me parece que hay mucho más de lo que vemos a simple vista. Cada ser en el mundo es diferente, y no podemos ponerle la etiqueta de bueno o malo de una forma tan genérica. Ese sería, de entre muchos, un error fatal.
— ¿Y qué crees de eso? ¿Cuándo alguien hace cosas malas porque ha sido herido?— susurré, algo esperanzada. — ¿Es diferente en algún aspecto?
Esperaba que Dimitri creyera que mi interés por todo aquello fuese sólo curiosidad, pero lo dudaba. Yo no era del tipo de persona que iniciaba una conversación de ese tipo por el mero placer de hablar. Sin embargo, su expresión pensativa no cambió cuando volvió a responder mi pregunta. — No lo sé, Roza— suspiró. Parecía que quería esforzarse por saber la respuesta a eso. Asentí, aunque no me estaba mirando, escondiendo la decepción que estaba latente en mi interior. Eventualmente mi silencio pareció perturbarlo y me miró. — Pero si hay algo que sé. Sé que eres la persona más desinteresada y bondadosa del mundo. Proteges a la gente. Piensas en el bienestar de todos, antes que en el tuyo propio. Cuando alguien se encuentra en apuros corres a su auxilio, incluso si eso te pone en riesgo. Sacrificas tu vida y tu felicidad a diario. No hay una sola célula de maldad en ti, es imposible. No siempre, aún cuando piensas que una persona no es mala, puedes afirmar que es buena. Pero contigo puedo hacerlo. Sé que eres una buena persona, Roza. Lo sé. ¡Por qué dudas de eso? ¿Qué es lo que te molesta? ¿Qué pasa?
Su confianza en mí era abrumadora. Me conmovía, y quería, más que nada, aferrarme a ella. Pero algo me lo impedía. Era esa molesta voz que por tres años no había dejado de gritarme ni por un segundo. Le encantaba recordarme quién era, lo qué había hecho. No me dejaba sentirme inocente, y estaba bien, porque no lo era.
Cuando uno hace cosas malas porque le han hecho daño, había dicho él. ¿Todos quienes hieren están heridos? ¿Y eso sirve como justificación a sus acciones, a las mías? Los motivos no siempre racionalizan los hechos. A veces, el dolor no puede ser utilizado como escusa. Yo lo sabía. Pero también sentía que los sucesos ocurridos tres años antes me daban cierto derecho a una retribución, a una venganza. Necesitaba creer eso, para asimilar mi dolor, para compartirlo a la fuerza con quién me lo había causado, para poder recuperarme. Entonces, ¿por qué no podía sacar de mi cabeza los ojos acusadores de la enfermera de Oregón? ¿Por qué me seguía persiguiendo aquel fantasma sin rostro? ¿Por qué seguía escuchando el llanto de odio y dolor de una vida que nunca llegó a ser, si yo tenía todo el derecho a seguir con mi vida?
— Roza— susurró una vez más, volviéndome a la realidad. — ¿Vas a decirme qué está pasando?
— No pasa nada— respondí, empujando todo una vez más. Rápidamente me puse de pie, dándole una sonrisa descarada. — ¡Es hora de dormir! ¿Me ayudas a pasar la frontera?
Parecía que se debatía entre dejarme ser y sacar a fuerza la información de mí. Eventualmente se decantó por lo primero, aunque no estaba muy feliz con eso. — ¿De qué otra manera vas a evadir a los guardianes que vigilan la zona?
— ¿De la misma forma que lo hice cuando escapé de mi habitación?— me burlé.
— Y entonces, ¿por qué quieres mi ayuda?
— Pensé que podría hacerte sentir mejor, digo, después de que fallaras manteniéndome dentro...
— Mejor camina— gruñó, pero pude ver las esquinas de sus labios elevándose un poco. — Eres irritante a veces.
— Lo sé— Sabía lo que estaba haciendo, y sabía que él sabía lo que estaba haciendo. Había bajado la guardia antes, y esperaba que la nueva pared que estaba construyendo resistiera más tiempo antes de caer. No era justo para Dimitri. No merecía tanta mentira, tanta ambigüedad. Pero no podía llenarlo con mi verdad. — Pero te encanta.
— Tienes tanta facilidad para los problemas— murmuró con frustración.
— Oye, es tu culpa. Si no estuvieras acosándome todo el tiempo, ni siquiera te enterarías de las cosas que hago.
— Es algo difícil de hacer— susurró cuando llegamos a la puerta de mi habitación. — Sólo intento velar por tu seguridad. Yo me distraigo por un rato, y tú ya estás metida en una pelea o a cinco minutos de ser expulsada. No puedo dejar que eso pase.
Mi pecho se oprimió de anhelo. Su amor, su preocupación. Lo quería tanto, tanto. Pero él no sabía todo el tiempo que perdía conmigo. Yo era una causa perdida.
— Gracias por tu ayuda, camarada— le dije, antes de volverme para abrir la puerta, sin voltearme a lidiar con su compasión.
Unos minutos después estuve acurrucada entre mis sábanas, sintiéndome acorralada por las paredes a mi alrededor. La luz del sol siguió brillando al otro lado de la ventana, mientras la oscuridad se escondía en mi habitación, en mi propio corazón. Y segundos antes de cerrar los ojos, mi mente me envió la misma revelación que tuve la noche de los acontecimientos: Hemos estado equivocados desde el comienzo, porque en contra de todo lo que los demás pensaban, no todo ser sin alma se convierte en un Strigoi. Yo sabía de eso.
