Disclaimer: Los personajes de Kuroshitsuji no me pertenecen a mí, sino a Yana Toboso
CAPÍTULO 1
Un vals para morirse
Con la vista fijada sobre el reloj que colgaba de la pared, Ciel contaba los segundos a falta de algo mejor con lo que entretenerse. Aunque era cierto que el paso del tiempo debería haber dejado de tener significado para él, deshacerse de las viejas costumbres era difícil.
Si sus cálculos eran correctos, y él nunca se equivocaba —modestia aparte, había llevado durante tres años la contabilidad de la compañía de juguetes más exitosa de Inglaterra—, ya había transcurrido un mes y diecisiete días desde su muerte y resurrección. Claro que, quizás había utilizado el término "resurrección" muy a la ligera, porque, aunque había vuelto a nacer, estaba lejos de haberse convertido en una criatura divina…
Ciel se removió incómodo en la silla. De todos los estúpidos lugares donde podría haberse sentado a esperar, había escogido el más incómodo... Y por si fuese poco, la habitación apestaba a muerte, miedo y sangre. Si Sebastian no se daba prisa, uno de esos molestos shinigamis podría adelantársele y desperdiciar todo su trabajo.
Aunque era cierto que Basilio seguía respirando, no se había movido de la cama en todo lo que llevaban de noche, y de haberlo intentado, Ciel dudaba que en su estado hubiese sido capaz. En fin, de una forma o de otra, en un par de horas habría un cerdo menos en el mundo.
Súbitamente, la respiración del niño se cortó, sus músculos entraron en tensión y la puerta de la habitación del motel se abrió de golpe. La figura imponente y oscura de Sebastian se materializó en la entrada, y Ciel tamborileó los dedos contra el reposabrazos de su silla, impaciente. Ya era hora…
Los pasos de Sebastian resonaron contra el suelo de madera. Sus ojos, inexpresivos y afilados, escanearon la habitación y repararon en el bulto que reposaba sobre la cama. No obstante, el demonio mantuvo la boca cerrada y el rostro impasible.
—Has tardado mucho en venir —comentó Ciel, rompiendo el silencio. Por algún motivo, últimamente siempre sentía la necesidad de romperlo, aunque fuese con el sonido de su propia voz—. Una hora, veinte minutos y doce segundos.
Tal y como Ciel había anticipado, Sebastian no respondió. No era sorprendente, la verdad; de hecho, al niño le habría extrañado bastante más que Sebastian le hubiese contestado.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que el demonio replicó a alguno de sus comentarios o preguntas por voluntad propia. Ciel se atrevería a decir que incluso añoraba la voz de su, ahora eterno, mayordomo. Sus comentarios —siempre cínicos e innecesarios— brillaban por su ausencia, y el niño habría regalado gustosamente su otro ojo con tal de oírle criticar tan solo una vez más alguna costumbre humana.
Sin embargo, el demonio lo sabía tan bien como su contratista; en cuanto Ciel abrió los ojos aquel día en las aguas del acantilado, Sebastian supo que su vida se había terminado. No más juegos, no más rodeos y no más sazonar la cena. Sebastian se había quedado sin su alma y había ganado en su lugar un castigo para el resto de su inmortal vida.
—Aunque supongo que ya has reparado en él, te he preparado un regalo —dijo Ciel. A pesar de no delatar ninguna emoción, sus palabras habían sido calculadas y memorizadas. El pequeño no podía permitirse cometer más errores—. El olor de su alma me pareció distinto al de las demás, y pensé que quizás te gustaría probarla.
Los ojos de Sebastian se clavaron en los suyos, y la mirada que el mayordomo le dirigió, tan vacía e indiferente a la vez, hizo que Ciel se replantease si esto había sido en verdad una buena idea.
—Ahora la vida de este… hombre te pertenece. Siéntete libre de hacer con él lo que te plazca. —De repente, Ciel sentía la boca seca—. Si te incomoda, puedo apartar la mirada y…
El niño no pudo continuar la frase. Con un rápido movimiento, Sebastian cruzó la habitación y se situó en frente de la cama. Basilio debió de presentir el peligro que se avecinaba, porque su boca se abrió y de ella escaparon una serie de palabras incoherentes, seguidas por un reguero de sangre que resbaló por su barbilla hasta perderse en los pliegues de su papada.
Sebastian actuó rápido. Ante la mirada atónita de Ciel, el demonio presionó su mano contra la cara del hombre y la espachurró como quién aplasta una mosca. Un crujido desagradable y húmedo resonó por la habitación y el estómago de Ciel se revolvió.
—Ya veo que no era de tu agrado. —dijo él, carraspeando para enmascarar su impresión.
—Joven amo —le llamó entonces Sebastian. Su voz fría y cortante tentaba a Ciel a encogerse y temblar en el sitio, pero por supuesto, el pequeño no lo hizo—, le pido encarecidamente que desista en su intento por buscar un alma que se ajuste a mis expectativas. Con todo el respeto del mundo, carece de la capacidad necesaria para encontrarla. Por otra parte, sus incursiones nocturnas están empezando a convertirse en un problema que, francamente, solo nos hace perder el tiempo a ambos.
Ciel no respondió. No se atrevió a hacerlo. En su lugar, su mirada se mantuvo inamovible sobre los tablones de la pared, contemplando las manchas de moho que allí residían. Se sentía humillado y frustrado.
—Ahora, si no le importa, le llevaré de vuelta al hotel.
Ciel se levantó de la silla y permitió que Sebastian arreglase los botones de su camisa chorreante de sangre. A esas alturas, el niño todavía era incapaz de vestirse por sí mismo.
A continuación, Sebastian le tomó en brazos, salió del motel dejando la puerta entornada y ambos se perdieron en la inmensidad de la noche. Nunca nadie conocería el paradero de los asesinos que tan brutalmente habían acabado con la vida de Basilio.
OoOoO
Mientras Sebastian atravesaba las calles de Londres a toda velocidad, Ciel enterraba la cara en el hombro de su mayordomo. Ahora que el niño se había convertido en una criatura del inframundo, un demonio, esos eran los únicos momentos de cercanía que Sebastian le permitía.
Cuando llegaron al hotel, Sebastian trepó hasta la terraza del cuarto que ambos compartían y forzó la cerradura de la ventana con el chasquido de sus dedos. Una vez en el interior de la habitación, el demonio se agachó frente a él y procedió a desvestirle. Ciel necesitaba un baño urgentemente.
Incluso en la tina, mientras Sebastian frotaba su cuerpo con un trapo enjabonado, Ciel sentía que la distancia que les separaba era abismal e intrazable. Sebastian ya no le hablaba, ya no le miraba, y cada vez que se veía obligado a tocarle, el niño deseaba que no lo hiciese. Sebastian ya no lavaba su cuerpo con mimo y veneración, tampoco le secaba con cuidado, y sus bromas sobre su altura habían cesado al igual que todas las miradas cómplices. Sebastian nunca se separaba de él, y a pesar de ello, el pequeño nunca antes se había sentido tan solo.
Hasta ese momento, Ciel no creía posible que algo tan falaz como la solitud pudiese afectarle de semejante manera, pero lo cierto es que se estaba ahogando; se asfixiaba con cada silencio, con cada mirada vacía y cada "Sí, mi señor" lleno de resentimiento. Sebastian le odiaba y Ciel se sentía miserable.
Al principio todo marchaba bien. Ciel nunca había necesitado la compañía de nadie. Desde un punto de vista emocional, siempre había sido una persona muy desapegada. Sin embargo, las cosas habían cambiado. El niño se sentía perdido. Desde que era pequeño, toda su vida había estado planeada, incluso cuando hizo el contrato con Sebastian, Ciel sabía que lo único a lo que podía aspirar era a la muerte, pero ahora su destino era incierto y eso le asustaba. Además, Sebastian no le estaba poniendo las cosas nada fáciles…
Por eso mismo, Ciel había pensado que encontrar un alma para remplazar la que Sebastian había perdido solucionaría las cosas. Quizás de ese modo, Sebastian le perdonaría y todo volvería a ser como antes. El demonio podría seguir fingiendo que le apreciaba y Ciel podría seguir viviendo esa mentira idealizada que tanto echaba de menos.
Así que, durante las últimas noches, el niño había salido en busca de un alma que mereciese la pena, tratando de encontrar una exquisitez, una delicadeza, algo que consiguiese embriagar a Sebastian y proporcionarle el placer que tanto parecía anhelar. No obstante, Ciel no era un demonio de verdad. Solo se encontraba atrapado en el cuerpo de uno. Ni siquiera era capaz de controlar su nuevo oído y olfato. No sabía lo que un demonio consideraba delicioso y asqueroso. Se había guiado por instinto y había fallado.
Aunque esa era otra. Desde su transformación en demonio, Sebastian no le había enseñado absolutamente nada. Ciel no sabía cómo hacer contratos, cómo controlar sus sentidos o lo que significaba ser una criatura de la noche, un monstruo, una bestia. Acostumbrarse a su nueva fuerza no había sido difícil, pero todavía le quedaban muchas cosas por aprender, y aunque no estaba seguro de porqué, Ciel no quería ordenar a Sebastian que se las enseñase. Lo que el pequeño realmente quería era que su mayordomo dejase de comportarse como un crío con una rabieta y que le volviese a prestar atención.
Cuando Sebastian le sacó de la tina y le envolvió en una toalla, Ciel le dio permiso para retirarse. Necesitaba unos momentos a solas para meditar. Las cosas no podían seguir así. De lo contrario, se volvería loco.
Fue entonces cuando se le ocurrió que quizás había llegado la hora de pasar al plan B. Dicho plan era arriesgado, pero el niño se estaba quedando sin opciones. Por supuesto, si Ciel quería que Sebastian jugase a su juego, tendría que plantearle bien las reglas…
Decidido por fin, Ciel se enfundó el camisón —esta vez sin botones— que Sebastian le había dejado preparado y salió del baño. En la habitación, Sebastian le esperaba desde su lugar de siempre, de pie junto a la cama, pegado a la pared y mirando al frente. Casi parecía un ser inerte, una bella estatua de mármol melodramática. La verdad es que Ciel no comprendía porque Sebastian actuaba de esa manera. El niño llevaba semanas sin darle una orden, y aún así el demonio insistía en tratarse a sí mismo como a un esclavo.
—Sebastian, tenemos que hablar —dijo él, deteniéndose justo en frente del aludido—. Y por hablar, me refiero a los dos. Ya sabes, quiero mantener un diálogo.
—Sí, mi señor.
Ciel entrecerró los ojos. Estaba comenzando a odiar el significado de aquellas tres palabras. Más que una muestra de respeto y cooperación, ahora parecían una burla.
—Quiero… quiero proponerte algo —empezó a decir el niño—. He pensado que podríamos llegar a un acuerdo del que ambos saliésemos beneficiados.
Durante un instante, a Ciel le pareció vislumbrar una chispa de interés en los ojos indolentes de su demonio.
—¿Qué clase de acuerdo sería ese, joven amo?
—Algo así como un juego de resistencia. —Esta vez, Ciel estaba seguro de no se lo ha imaginado. Con la mirada fija sobre su persona, para bien o para mal, había captado la atención de Sebastian—. Verás, yo necesito aprender a ser un demonio y tú quieres ser libre. De modo que, si me enseñas todo lo que necesito saber en el transcurso de un año, y si no he logrado convencerte de que te quedes junto a mí antes de que la fecha límite termine, yo mismo romperé el contrato y serás libre de irte.
—Mi señor, siento informarle de que lo que propone es algo imposible de realizar —replicó Sebastian, y Ciel se sorprendió al descubrir el inicio de una sonrisa oculta y perversa en los labios de la criatura.
—¿Y eso por qué? —inquirió él, resistiendo las ganas de cruzar los brazos sobre el pecho.
—Porque para llevar a cabo lo que propone, estaría poniendo en riesgo su propia vida. Un contrato con un demonio no puede romperse tan a la ligera, para ello, una de las dos partes debe morir.
—Bien. Así será más interesante —señaló Ciel. Nunca le había temido a la muerte. Desde el día en que nació, su vida había sido como una Ruleta Rusa en constante movimiento.
Era la primera vez en mucho tiempo que Ciel veía a Sebastian sonreír tan abiertamente. El mayordomo incluso le dedicó una pequeña reverencia, tal y como solía hacer antaño.
—Si así lo desea mi joven amo, ¿quién soy yo para negarme?
Cuando Ciel estaba a punto de responder, sin embargo, Sebastian se le adelantó:
—No obstante, las condiciones del juego me parecen un poco injustas, y con su permiso, me gustaría modificarlas ligeramente.
Los parpados de Ciel se entornaron, pero, aunque era cierto que no se fiaba de Sebastian, el niño debía estar abierto a negociaciones.
—Habla pues, tienes un minuto para exponer tus condiciones. Después, yo mismo juzgaré su validez.
—Sé que puedo confiar plenamente en usted y su palabra, pero me temo que mientras esté por encima de mí, el juego no tendrá validez —argumentó Sebastian con tranquilidad y fluidez, como quien discute el tiempo—. En cualquier momento, podría inclinar la balanza a su favor con el peso de una orden.
Ciel no era imbécil, sabía perfectamente que Sebastian le estaba tendiendo una trampa. En realidad, lo que el demonio buscaba era deshacerse del poco control que tenía sobre él. Nada más y nada menos.
—Por lo tanto, si vamos a jugar a este juego, creo que sería conveniente hacerlo desde un punto de vista más… ¿igualitario? —continuó Sebastian.
—Habla sin rodeos, demonio —gruñó Ciel.
La sonrisa de Sebastian se ensanchó hasta convertirse en una mueca retorcida.
—Entonces, joven amo, déjeme proponerle una única norma: En el caso de que ambos aceptemos, usted dejará de ser mi amo y pasará a ser mi aprendiz. Por supuesto, yo haré el papel de mentor y le guiaré por este mundo hasta convertirle en un demonio hecho y derecho. Sin embargo, como todo buen aprendiz, tendrá que acatar mis exigencias sin rechistar. Y en cuanto una sola orden escape de su boca, entenderé que el juego ha terminado y yo seré el ganador.
—Para ser una sola norma, abarca bastante —observó Ciel, exhalando un suspiro resignado—. De acuerdo, me has convencido. Acepto.
Que Ciel debería haber pensado todo esto con mucho más detenimiento antes de aceptar era un hecho. El niño había conocido el mal a muy temprana edad. En ese culto de fanáticos había experimentado por primera vez el dolor, el terror y la pérdida. Sebastian le salvó; eso era indiscutible. Sin embargo, eso tampoco quitaba que las intenciones del demonio fuesen cuestionables. Ciel se había visto obligado a elegir entre el malo y el más malo, y a su juicio, había elegido bien.
Claro que, Ciel estaba tan acostumbrado al Sebastian mayordomo y a recibir sus cuidados, que ni siquiera se planteó lo que podría ocurrir, lo que Sebastian podría hacer, si Ciel le concedía ese poder, si aflojaba su correa y le retiraba el bozal. Y no comprendió la gravedad de su error hasta que el demonio le sonrió como nunca antes lo había hecho y sus ojos centellearon con un brillo antinatural.
Ciel estaba atrapado.
Si paraba el juego ahora, moriría, y si se mantenía firme, estaba seguro de que Sebastian encontraría la forma de hacer que lo lamentase.
—Muy bien entonces, Ciel —Su nombre fue pronunciado con sorna—, ¿comenzamos la primera lección?
No obstante, Sebastian había olvidado algo importante: a Ciel le encantaban los juegos, y resignarse a perder no formaba parte de su naturaleza.
—Estoy esperando.
En realidad, todo esto se me ocurrió por la cara de cabreo que tenía Sebastian al final del anime.
Creo que Ciel lo tiene un poco difícil. Resumiendo, para ganar tendría que aguantar como un campeón todo lo que Sebastian quiera hacerle, no volver a dar una orden, y para colmo convencer a nuestro "mayordomo" favorito de quedarse junto a él por propia voluntad antes de que la fecha límite expire. Pero sin presión.
Por cierto, he asumido que como Claude murió en el anime, matar a un demonio sí es posible. Además, Undertaker estuvo a punto de matar a Sebastian una vez en el manga, así que... También quiero resaltar que Ciel no es estúpido, y si aceptó llevar a cabo el juego, es solo porque estaba desesperado y harto.
Dicho todo esto, muchas gracias por los reviews y espero que os haya gustado el capítulo. Me gustaría mucho que me dejaseis un comentario con vuestra opinión, sea buena o mala, para que la inspiración no me abandone y la historia pueda continuar su curso (por cierto, si veis algún error, no dudéis en avisarme).
