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—Viejo, andando…

Gerald se le había unido de nuevo, después de que entre todos escoltaran a Jake Cabot a la salida. Él tuvo que parpadear un par de veces antes de caer en la cuenta de que efectivamente la puerta principal ya estaba libre de problemas. Las chicas se habían retirado, Lila ya no estaba a su lado, ni ella o los libros que dejó caer en su pequeño exabrupto.

—¿Gerald…?—el moreno rodó los ojos y comenzó a tirar de su brazo para obligarlo a caminar junto a él.

—Si, Tierra llamando a Arnold. Sé que no es un espectáculo de todos los días, pero ya no tenemos nueve años.

—¿Qué?

—Que defendiera a Helga no es para tanto, ¡No iba a estar enfadado con ella toda la vida! y Phoebe tiene clases avanzadas los viernes. Si la conozco, como creo que hago, Pataki no permitirá que arruine su historial académico por algo como "esto" —él asintió mecánicamente con el rostro. Aún no procesaba lo que era "esto" ni tampoco le llegaba la revelación de ¿En que momento de la vida Gerald aprendió a conocer a Helga? pero ya estaban llegando a los baños y había un montón de personas que cuando los vieron llegar discretamente se replegaron.

—¿Van a llevarla a su casa, cierto?—preguntó Rhonda como si fuera una orden, además de la cosa más obvia. Gerald le mostró las llaves de su auto. Desde los dieciséis años conducía un viejo mustang coupe rojo que perteneció a sus abuelos y normalmente era Phoebe la única chica que se subía, pero por hoy haría una excepción.

—De acuerdo, antes de irnos hagamos un pacto sobre esto, ¿Quieren?—sugirió Rhonda ante la atenta mirada de todos.

Eran los mismos chicos que se reunían para jugar en el callejón del Barrio y el patio de la escuela hace poco más de diez años, independientemente de sus relaciones personales o de que se agradaran entre sí, asintieron a la petición de Rhonda y esperaron a escuchar su propuesta.

Era algo simple, no iban a hablar sobre esto.

Nadie tenia derecho a preguntar a Helga sobre sus sentimientos, esencialmente porque apenas si se enteraban de que tenía sentimientos y que era una mujer, que como tal y como todas, era sensible y vulnerable. Ellos no la tenían propiamente en un pedestal de oro, pero no iban a mancillar la imagen de su bravucona por culpa de un idiota. Todos se mostraron de acuerdo y luego de estrechar manos y despedirse en pos de disfrutar con sus parejas del fin de semana se fueron.

Gerald llamó a la puerta del baño, tres veces seguidas, luego hizo una pausa y tocó dos veces más.

—Es un toquido secreto —explicó.

—¿Para que despiertes a todos en casa de Phoebe o para qué?

—¡¿Ehh?! Claro que no es para eso, es más…¡No te interesa! —la puerta se abrió luego de unos cinco minutos. Phoebe tenía el rostro un poco sucio debido al rímel. Se le había corrido el maquillaje del rostro, sus cabellos negros los llevaba atados en un sencillo moño, el color azul seguía siendo su preferido para vestir además de las camisas holgadas que por más que lo intentaba delineaban sus discretas curvas: la cintura breve, las caderas anchas, los pechos pequeños pero bien formados, completaba el atuendo con una falda tableada a la altura media de los muslos, medias transparentes, botas cortas de tacón cuadrado y gafas de montura gruesa, su mochila era de tirantes y de color negro, la llevaba a la espalda, como una extensión de sí pues los estudios, así como sus amigos eran de lo más importante en su vida. Saludó a Arnold con un movimiento de mano y después dejó que pasara Helga, la rubia había soltado sus cabellos y los había vuelto a atar con una liga en una coleta floja que le caía sobre el hombro diestro, al lado contrario le pasaba la correa de su mochila, un morral de color rosado con estampado de flores. Ella, aún estaba dudando sobre cómo actuar, cómo reaccionar, cómo comportarse y finalmente optó por gritar.

—¡Le tiraré los dientes al primero de ustedes que me mire con si quiera un poco de compasión! —declaró mirando con furia tanto al Cabeza de Balón como al Cepillo, Gerald levantó las manos en son de paz y respondió con el mismo tono elevado.

—¡Como si existiera un Universo en el que yo pudiera dedicarte algo como eso!

—Bien Geraldo, ¿Y tú? —sus ojos azules eran como centellas: coléricos y electrizados, él los sintió invadir su cabeza, penetrar sus defensas pero también, debajo de todo eso reconoció un poco de miedo. Negó con el rostro, guardando las apariencias. No le correspondía a él juzgarla o criticarla. A decir verdad, no entendía por qué Gerald lo había obligado a acompañarlo.

—Todo está igual entre nosotros, Helga…—comentó sin dejar de verla a la cara, advirtiendo el conjunto completo de sus mejillas pálidas y los labios rosados, húmedos, delineados por alguna clase de brillo o labial. Hasta ahora era consciente de que Helga usaba maquillaje, aunque no era tan elaborado como el de Phoebe, sus ojos no estaban delineados, ni sus pestañas rizadas. Solamente eran sus labios y curiosamente eran esos los que habían provocado.

—¡Más te vale, cabezón! —lo amenazó como antaño y él sintió nostalgia, aunada a un nuevo y desconcertante estremecimiento. el estómago vacío, la cabeza dando vueltas. Helga dio el asunto por terminado y giró el rostro en dirección de su amiga, la asiática estaba un poco más calmada pero visiblemente afectada.

Le dolía la agresión que sufrió la rubia, la fachada de mujer ruda que hoy día aún obligaba a sostener y le dolía de más que no pudiera ser honesta con sus sentimientos, que siempre debiera mantenerse de pie, cuando lo único que quería era derrumbarse en el piso y llorar.

Durante los breves minutos que se encerraron en el baño era eso lo que había hecho. La dejó caer en lo que revisaba que el baño estuviera vacío y colocaba el cerrojo en la puerta porque no quería las miradas indiscretas de Rhonda y su comitiva. Helga lloró como la antigua niña, porque seguía siendo esa mujer romántica y apasionada que guarda sus labios para la persona indicada. Ese beso, "el que te toma desprevenida y de manera forzada hasta desvanecer tus defensas y reclamar tu lengua" estaba destinado a Arnold. En su mente y su corazón, aún tenía sentimientos por Arnold y mentiría si dijera que en sus fantasías recurrentes, no era él quien tomaba la iniciativa y le dedicaba una carta, una sonrisa, una palabra.

Esa ilusión, del amante osado se terminó, ¡Ese maldito se la arrebató! y dolía, porque Arnold, aparentemente ni se inmutó.

"Phoebe, acabo de darme cuenta, de que le importo menos que nada…"

"No digas eso Helga, él es un pacifista y la situación…la verdad es que a todos nos tomó por sorpresa"

"No quiero que me canonicen, ni que me martiricen"

"¿Entonces qué es lo que quieres….?"

"No lo sé…"

Estaban discutiendo eso, cuando escucharon el llamado de Gerald a la puerta. Helga se incorporó de inmediato y lavó su cara además de tomar un poco de agua directo del grifo y escupirla en el lavabo. ¿Por estas cosas las niñas bien, llevaban pasta dental y cepillo en sus bolsos? A ella jamás se le habría ocurrido incluir eso como el contenido esencial de su bolso. Phoebe le ofreció una toalla facial que llevaba extra para las prácticas de voleibol y después le regaló su brillo labial.

"Es de cereza, lo compre hace unos días"

"No me trates como Princesa"

"Jamás lo haría pero ni tú ni yo queremos que la boca de ese pelmazo sea lo último que toque tus labios"

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—Llegarás tarde a tu clase, Phoebe ¿No necesitabas todas las asistencias para tener mas oportunidades de obtener el pase universitario?

—Sí, pero…

—Pero nada, Cabeza de cepillo te esperará en las canchas de Baloncesto para después llevarte a tu casa.

—E…espera, en realidad, yo…—Gerald tiró las llaves que olvidó sostenía en su mano. Helga sonrió socarronamente pero no lo miró, seguía concentrada en su mejor amiga, en el secreto que las dos compartían desde que decidió que amaba a Arnold, mucho más de lo que lo odiaba. Phoebe la abrazó con fuerza, Arnold anotó de manera mental que se estaba perdiendo de algo.

Helga parecía conocer los hábitos deportivos de Gerald así como el moreno parecía conocer la vulnerabilidad de ella, ¿Desde cuando eran tan íntimos? Y más importante que eso ¿Por qué le molestaba tanto? Phoebe rompió el abrazo, se limpió unas lágrimas traicioneras del rostro y después se inclinó para recoger las llaves y devolvérselas a su novio.

—¿Estás segura de que estarás bien?—preguntó por ultima vez, sin dejar de mirarlo a él. Gerald sonrió con la misma complicidad que compartían ellas.

La respuesta a sus preguntas le llegó de manera inmediata.

Era Phoebe quien los había unido de alguna extraña y misteriosa manera. Ella compartía cosas de su mejor amiga con su novio y viceversa. Ellos debieron terminar por aceptarlo porque la querían.

—Ya te dije que si, y no me lo tomes a mal melenudo pero lo último que quiero en este momento en encerrarme en algún sitio con cualquier clase de c-h-i-c-o, ¿Tú eres un chico, cierto?—Gerald rodó los ojos y replicó.

—Si, Helga, soy todo un hombre pero no tan varonil como tú. —Helga le levantó el puño cerrado, aunque tuvo que disimular el dolor, porque se le estaba inflamando. Gerald sonrió y se abrazó a su novia para llevarla al salón de cálculo avanzado.

—¿La acompañas tú, viejo? —inquirió sin pensarlo Johanssen. Él aún estaba estupefacto por la revelación. ¿Dónde tuvo la cabeza durante todo este tiempo? Ellos eran "amigos-amigos" del tipo que se hace bromas pesadas y se apoya en situaciones desesperadas. Él seguía siendo el chico de respaldo, a quien llamas cuando no tienes a nadie mejor que llamar.

Helga dejó que se fueran los enamorados, sacó una goma de mascar del interior de su bolso y la metió en su boca, "mango" pensó para sus adentros y de recordar la vez que estuvieron tan cerca el uno del otro, con unas palabras de amor no confesas, se le hizo agua a la boca. Ella giró sobre la suela de sus VANS desgastados y emprendió la huida con paso calmo, él se movió por inercia. No sólo por obligación o cortesía, sino porque quería estar dónde ella fuera.

—No tienes que acompañarme, Arnoldo puedo cuidarme sola.

—L…lo sé, —comentó de inmediato. Caminando un poco por detrás pero sin dejar de mirarla en su totalidad, resuelta, plena y a pesar de todo ello, frágil y fémina. —Pero vas a necesitar una venda y algo de hielo para eso…

—¿Cómo…?—Helga detuvo sus pasos y así él pudo señalar el puño que tenía ya bastante inflamado.

—Cuando se enfríe el músculo podría dolerte mucho. —ella resopló, porque ya le dolía demasiado, pero estaba tan enfocada en no ponerse a llorar delante de él que apenas si lo notaba.

—Tomaré analgésicos.

—Pero te puedo llevar...

—¡No voy a entrar a la enfermería…!—y eso lo dijo mas que nada porque si volvía a pasar por ese lugar, todas sus defensas se derrumbarían. Arnold suspiró cansado, ella se relajó, confiada de ganar esta batalla.

—¿Puedes venir entonces a la casa de huéspedes?

—¿Por qué…?

—Para que pueda curarte —y ella ya no dijo nada, pero accedió a que él la guiara. Arnold no tenía auto como Gerald, tomaba el autobús al igual que el resto pero en esta ocasión optaron por caminar. Uno junto al otro en ceremonioso silencio.

No se sentía incómodo, más bien un poco ansioso. Él hubiera querido tomar su mano sana, sentir su calor y decirle algo como que un beso no era tan importante, pero la verdad es que para él también lo era. Dejaron atrás la zona de la escuela, algunas tiendas departamentales, cafeterías y negocios. Ahora estaban por el parque y de pronto Helga sintió la necesidad de romper el momento.

—¿Entonces…así es como siempre te sientes…?—preguntó deteniéndose de frente a él porque si había alguien que conocía todas sus facetas ese era él.

—¿Perdón?

—Hablo de las veces en que te besé por la fuerza y por…sorpresa —Arnold se quedó de piedra, porque claro, él también había estado pensando en eso. En los besos que compartieron durante toda su historia y es que ni siquiera se trataba de uno, sino de cinco.

Tres en la tierna infancia, uno más a los doce años y el último antes de entrar en la preparatoria.

Helga lo miraba de manera intensa. Siempre era así, no tenía otra forma de describirla como no fuera "una mujer apasionada y directa" Estaba de cara a él, como en el momento en que confesó sus sentimientos y le dio un largo y profundo beso.

Al evocar el pasado, recuerda que se aterrorizó de inmediato, como es natural y como era de esperarse al tratarse él de una inocente víctima en las afiladas garras de su asesina. No movió un solo músculo y durante las primeras centésimas de segundo pensó que estaba perdido. Ella lo mataría, o después de besarlo, lo abusaría pero honestamente estaba exagerando y eso no fue lo que sucedió.

Aquel, no era su primer beso, ni el segundo entre ellos, era el tercero y mientras lo pensaba podía afirmar que los labios de Helga eran idénticos a los de la falsa Cecile, pensó en su figura, su ternura, creyó que por fin se había apoderado de él la locura heredada a su abuela, pero no era un invento. Era cierto, Helga y Cecile, eran la misma persona que decía quererlo.

Cuando terminó el beso y su mente llegó a la conclusión de que este podría ser el tercero de muchos o el último de pocos, Helga habló de "la locura del momento" No era verdad que sintiera por él, algo como eso.

¿Amor?

¿Era eso, lo que "no" estaban sintiendo?

Él no se lo preguntó por demasiado tiempo, acababa de encontrar a sus padres y de descubrir un nuevo mundo de posibilidades. Lo que lo llamaba a voz en grito era la aventura y lo que menos le interesaba era esta nueva clase de estremecimiento.

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El cuarto beso sucedió en otra obra de teatro.

Eso no estaba planeado así porque Helga ni siquiera participaba en la obra, era la guionista y asistente de dirección. Él se quedó una vez más con el papel protagónico porque en esta ocasión, sí sería Lila Sawyer a quien besaría, más en séptimo el ensayo, (media hora antes del estreno) cuando la pelirroja seguía sin poder besarlo, Helga perdió los estribos, arrojó sus papeles al suelo y se dirigió a él como una leona en cacería.

Lo tomó de las ropas que por cierto ya eran las de la obra: un traje color negro de corte inglés con chaleco y corbata grises a juego, tiró de las solapas de su saco, él cerró los ojos y levantó rostro por acto reflejo, tan acostumbrado a la diferencia de altura entre sus cuerpos, a la forma de sus labios y lo intempestivo de sus arrebatos, separó los labios, contrario de las ocasiones en que aún eran niños, saboreó su boca y sintió su lengua danzar junto a la suya.

Fue un beso breve que disfrutó en cierta medida y que se vio roto por la necesidad de Helga de recalcarle a Lila lo fácil que era.

"Eso es un beso, Sawyer. Arnold no muerde y no se te van a caer la piel, los labios o la cara por tocarlo. Son amantes, ¿Recuerdas?" —gritó señalando los papeles en el piso. "Su esposa por fin murió de Tifoidea, la enterraron hace unas horas y él no quiere llorarla, quiere recordarla a través de ti. Tú eres la razón de que le fuera infiel en su lecho de muerte porque le recuerdas a la mujer que amó en los años que fue verdaderamente bella…"

La obra fue todo un éxito, por el guión más no por la actuación. Al final, él terminó besando a Lila un poco más abajo de los labios, inclinó el cuerpo para que no se notara que sus bocas no se habían tocado. Siendo honestos, ahora que lo pensaba, quizás la obra era una proyección de los sentimientos de Helga.

"Tú eres la razón de que le fuera infiel, porque le recuerdas a la mujer que desde siempre amó"

Su corazón dio un diminuto salto al llegar a esta conclusión, las imágenes de "la falsa Cecile y Helga Pataki" revolotearon en su cabeza. ¿El estaba enamorado de ella? Nunca antes se lo había preguntado. La rubia permanecía con él, aunque se había dirigido a una banca en el límite del parque. Él la siguió, aún sin decir nada, sospechaba que faltaba poco para que Helga se hartara, su relación se resumía en esto:

Ella gritando, confesándolo todo y él quedándose mudo.

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El ultimo beso, pudo ser interpretado como despedida.

Sabía por boca de todos que Olga tenía un puesto reconocido en una Universidad Francesa, sus padres planeaban visitarla a finales del año, pero los rumores también decían que si los Señores Pataki se divorciaban, Helga y su madre se quedarían con ella.

Era el término de las clases, ultimo año de Secundaria, al regresar de vacaciones estarían en Preparatoria y tampoco es como si muchas cosas de la actual Helga lo hubieran tomado por sorpresa. Los jeans desgastados que vestía entonces ya se ceñían a su cadera, las camisetas sin mangas daban una buena idea de la que sería su sensual anatomía.

Y sí, lo dijo bien porque él ya conocía a Olga y la única palabra que tenía para describir a su hermana mayor era "sexy" Obvio resultaba suponer que la menor de los Pataki tendría una figura así de envidiable. Cuando se despidieron, Gerald ya iba algunos metros por delante con Phoebe y el resto de sus amigos, también los habían dejado a solas.

Se miraron por segundos que parecieron minutos, palabras murieron en aquel momento y otras no pronunciadas nacieron. Sus ojos se buscaban con ansiedad y a la vez se evitaban. ¿Qué le podías decir a una mujer que pasó de ser tu golpeadora personal a una amiga distante pero sincera?

—¿Así que París…?—preguntó por curiosidad y cortesía. Ella se encogió de hombros, el tirante de su hombro derecho cayó. Él lo acomodó en su sitio, como si el roce de su mano sobre su piel pálida fuera algo común entre ellos, una caricia espontánea, un gesto esperado. Helga no dijo nada, pero sus ojos por el contrario, lo devoraban.

—¿Qué vas a hacer tú? ¿Explorarás todo el Continente?

—Sólo Perú y Ecuador

—Trata de hacer que no te maten…

—Y tú trata de hacer que no te deporten…—Ambos sonrieron por el comentario, luego ella le pidió que prestara atención al lugar dónde se habían parado. Era el gimnasio de la escuela así que él no entendió a lo que se refería hasta que hizo hincapié en los decorados navideños.

—Oh…

Un muérdago se elevaba por encima de sus cabezas. Y ahora tenía sentido que todo el mundo los hubiera dejado solos. —cerró los ojos en el momento exacto que sintió el roce de sus labios. Sabor a mango envió descargas eléctricas por todo su cuerpo, separó los labios como en el teatro, la sintió abrirse paso en su boca, jugar con su lengua. Un beso húmedo, ansioso y quizás un poco desesperado. Las manos de Helga estaban una vez más en su cuello, él relajó los músculos, cerró un poco el espacio entre sus cuerpos, sin tocarla…invadirla, lo importante para él, era respetarla.

Y el beso acabó con una simple frase.

"Feliz Navidad…"

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—Ar…nold…

Dejó de viajar por el mar de los recuerdos, Helga tenía el rostro rojo, húmedo de llanto, su primer instinto fue pensar que la había lastimado al quedarse tanto tiempo callado, pero después la miró doblarse del dolor y contempló el puño diestro que de rojo comenzaba a ponerse morado.

—¿¡Te has estado aguantando todo este tiempo!?

—¡No me grites!

—¡Yo quería llevarte a la enfermería! ¡Y fuiste tú la que empezó a gritar!

—¡Eres tú, el que apagó su cerebro!

—¡Yo no apagué mi cerebro!

—Claro que sí, yo lo vi muy claro. Solo hizo falta preguntar lo obvio…

—¿Qué…?

—¡Me odias!

—Helga…—él no tenía paciencia para ella. Es decir, siempre lo sacaba de sus casillas pero para llevar la fiesta en paz y en pro del pacifismo no ahondaba de más en la herida. La dejaba hacer sus rabietas, amenazarlo, golpearlo y sí, besarlo.

Se aclaró la garganta en lo que hacía un barrido visual del espacio a su alrededor por si veía al vendedor de helados y como mínimo le compraba algo para ponérselo en la mano. No vio nada, además de parejas que ya comenzaban a besuquearse y toquetearse por los rincones. Helga terminó por levantarse, él la frenó tirando del brazo sano.

—No te odio, y nunca pensé demasiado en los besos que me has regalado…

—¿Perdón…?

—Cuando éramos niños, decidí que eran cosas de niños y en el ensayo de la obra, pensé que era sólo teatro…

—¿¡Así besaste a Lila…!?—preguntó con ojos enormes a lo que él, simplemente negó.

—No nos besamos, pensé que le daba pena hacerlo delante de tantos, pero ha decir verdad….ella y yo…nunca nos hemos besado.

—¿¡Qué!? Pero…si han estado saliendo desde…

—El origen de los tiempos, yo lo sé, pero no nos hemos besado y aún no he terminado. Lo que "hiciste" nunca me pareció ofensivo o repulsivo. Sólo un poco intimidante, porque…tú sabes. Se supone que somos los chicos los que besamos a las chicas.

—Claro, soy el ejemplo viviente de eso…—señaló ofendida, Arnold se empeñó en mirarla a los ojos. Verde sobre azul, las aguas calmas de él intentando mezclarse con el profundo mar que habitaba en su ser.

—El ultimo beso fue diferente.

—¿Diferente, cómo?

—No era solo el muérdago, éramos nosotros. Se sintió correcto.

—¿Y entonces por qué…?—se atrevió a preguntar, a pesar de que estaba a punto de ponerse a gritar de dolor. No cerró el puño correctamente al momento de soltar el golpe. Sí, era una mujer atlética que se mantenía en forma, pero el calor del momento, el traumatismo emocional de ser besada por otro sujeto, el nivel de su enfado al ver la sonrisa prepotente de ese descarado, la llevaron a reaccionar sin pensar y seguramente se había fastidiado un tendón, un dedo, un nudillo o dos.

—¿Por qué no dije nada desde que nos volvimos a ver…? —Helga asintió con el rostro pero en esta ocasión no pudo evitar volver a doblarse del dolor. ¡Quería drogas y de las fuertes! ¡Las necesitaba ahora! Arnold la levantó con soltura, tomándola de la cintura. Un gesto involuntario y que honestamente se sintió de lo mejor, comenzó a escoltarla hacia la casa de huéspedes. No estaban demasiado lejos y su abuela con toda seguridad tendría algo para calmar su dolor y bajarle la hinchazón. Retomó la conversación a medida que adquirían un paso firme, relajado. —Porque como te dije, nunca pensé demasiado en eso y ambos regresamos tan diferentes…

—Y tan nosotros…

¿Existía un "nosotros" entre los dos?

La pregunta se quedó en el aire, pues lo siguiente que quería saber era lo que sintió al ser besada por ese bastardo. Si se lo hubiera preguntado a él, le diría que lo que sintió fue que se moría, que la persona que era se transformaba en otra pues desde siempre, había sido ella la que lo besaba a él. La que decidía a quién querer, la que encontraba formas de volver íntimo un espacio público, la que no tenía miedo, sólo pasión y convicción.

Verla temblar entre las formas de Jake, verla llorar por causa de él, despertó algo en su interior que no podía comprender, la sangre se congeló en el interior de sus venas, algo en su mente se fragmentó. La imagen de Helga a los nueve años diciendo que lo quería, que le gustaba con pasión y locura, que escribía decenas de poemas inspirados en él y que hasta guardaba un altar en su alcoba.

Eso era lo que le impidió reaccionar, recomponerse de la impresión, porque esa niña era asombrosa y no merecía ser tocada por un cualquiera.

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—¡Santo cielo! ¡¿Pero qué fue lo que les pasó, Arnold?! —su abuelo estaba barriendo las escaleras de la entrada principal, al sonido de su voz se unió la de su abuela.

—¡¿Qué está…?! ¡Eleanor! —Helga levantó el rostro y por extraño que pareciera corrió a reunirse con su abuela.

—¡Gertrude!

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Continuará…

N/A: Chicas, muchas gracias por sus comentarios, me alegra saber que les está gustando! Hasta la próxima.