Los días pasaban lentos y silenciosos, en una espesura siempre brumosa, donde la luz era un bien muy escaso. Los árboles crecían ladeados y retorcidos, carentes de fuerza. La única planta que parecía vivir en buenas condiciones, eran esas raíces de las que se alimentaba.

Al principio salía en busca de raíces para ella, pese a que el desconocido le diera permiso para comer lo que a él le sobrara, ya que no quería arriesgarse a que no quedara nada. Pero al cabo de unos días se dio cuenta de que siempre quedaba algo para ella, y no eran restos manoseados, parecía como si ese chico apartara algo para ella. De modo que pasaba los días vagando por ese mundo, esperando por casualidad encontrar su colgante.

En esos ratos pensaba que haría cuando hubiera buscado en todos los lugares cercanos a la cueva donde dormía. Tendría que marcharse. También daba vueltas y vueltas a una pregunta, ¿Quién será él? Hasta que una noche, mientras él preparaba una hoguera, se armó de valor y preguntó.

-¿Quién eres?

-No deberías preguntar a alguien su nombre sin decir el tuyo primero.

-Ah, vale. Yo soy…

-No me interesa tu nombre, y no te diré el mío.

No hablaron más. Pero ella, luchadora, no pensaba rendirse. Preguntaría cada noche hasta saber algo. Pero pese a su resolución no consiguió nada. Después de unas cuantas evasivas, el desconocido siempre contesta, bruscamente- Eres molesta, cállate- Entonces salía de la cueva y empezaba a hacer ejercicio hasta que simplemente, en algún momento, caía al suelo completamente agotado.

Y ella, aunque no había conseguido sonsacarle ninguna información y había desistido en ello, intentaba establecer contacto con él. No quería sentirse sola, y estaba convencida de que él tampoco querría.

-Al menos dime una forma en la que pueda llamarte, y no solo "¡He tú!"

-No.

-Vamos a ver, ¿tú eres tonto? ¿No ves que somos los únicos humanos que hay por aquí? ¡Deberíamos trabajar juntos para sobrevivir!

Entonces el desconocido dijo algo interesante, que la viajera no pasó por alto, pero que no mencionó.

-¿Los únicos qué? Mira, eso me da igual, estoy bien solo y así quiero seguir.

-Pero…

-¡Sin peros! ¿No lo entiendes? ¡Este mundo me matará si no estoy solo!

Salió de la cueva sin decir nada más y empezó a hacer ejercicio hasta caer rendido.

Cuanto más tiempo pasaba la viajera con él, mas desconcertaba estaba. Lo único seguro es que estaba sola y sola se quedaría a no ser que encontrara en colgante.

Antes de dormir decidió que al día siguiente abandonaría la cueva y buscaría el colgante. Entonces se iría, olvidaría ese mundo y a su extraño inquilino.

No sabía lo que le esperaba.

Aquella mañana se despertó especialmente temprano, y aun así, él ya había salido. Echó a andar. La selva, eternamente gris, fría y oscura, tenebrosa, con apenas luz para moverse.

Escuchó una rama quebrarse tras de sí y aceleró el paso. El susurro del viento contra las escasas hojas retorcidas de los retorcidos árboles hizo que acelerara más el paso, y un gruñido muy cerca de donde ella estaba logró que corriera. Su respiración era entrecortada, pese al frío del lugar estaba sudando, le dolían las piernas, el pecho, sus pantalones estaban desgarrados por las mismas ramas que arañaban sus piernas, pero no por ello dejó de correr. A su mente llegaban los recuerdos de las pesadillas de su infancia.

Se torció un tobillo, cayó, pero se levantó para seguir corriendo. Un dolor intenso y agudo la devolvió al suelo. Se arrastró, hasta apoyar su espalda contra una roca. De nuevo el quiebro de una rama hizo que fuera consciente de que alguien, a solo unos metros, la observaba.

Lentamente de fue deslizando alrededor de la roca, sin levantarse. Y entonces su mano topó con algo.

Algo frío, húmedo.

Cuando miró, el miedo la paralizó.

Estaba tocando la pierna de una criatura que conocía muy bien.

Con forma humana, medía casi tres metros, muy estrecho de hombros, con todos los huesos marcados, como si no hubiera entre la piel y los huesos. Su piel, verde, escamosa y húmeda, recordaba a un cocodrilo, al igual que sus dientes, ya que aunque sus mandíbulas semejasen las de los humanos, los dientes eran del reptil, totalmente visibles en su boca sin labios.

De su frente salía un único cuerno, curvado hacia delante como un extraño peinado.

Estaba comiendo la carne de una extraña cebra bípeda, con colmillos, y de color rojo y dorado.

La viajera los conocía a ambos. Aparecían en su más terrorífica pesadilla, que atormentó muchas de sus noches de infancia.

La única explicación que se le ocurría era que ella había estado ya en ese mundo, incluso antes de ser capaz de recordar.