Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación.
Advertencia: Lenguaje sexual explicito
Capitulo dos: ¿Me arrepentiré?
Durante décadas, el número cuatro de Bow Street había sido residencia, oficina pública y tribunal. Sin embargo, cuando sir Naruto Uzumaki fue elegido magistrado jefe diez años atrás, éste expandió sus poderes y jurisdicciones hasta que fue necesario comprar el edificio adyacente. Ahora, el número cuatro servía más que nada como residencia de sir Naruto, mientras que el número tres albergaba oficinas, archivos, salas de vistas y un calabozo subterráneo donde se llevaba a los prisioneros para ser interrogados.
Hinata se familiarizó rápidamente con el trazado del número cuatro mientras buscaba a Udon, al que finalmente localizó en la cocina, comiendo pan con queso en una gran mesa de madera. El chico, desgarbado y de pelo castaño oscuro, se ruborizó cuando la mujer se presentó ante él. Después de darle las transcripciones del "Hue and Cry", Hinata le pidió que fuera a buscar sus pertenencias a una pensión cercana, y el chico desapareció como un gato tras un ratón.
Agradeciendo un poco de soledad, Hinata entró en la despensa. Tenía estantes de pizarra que albergaban, entre otras cosas, una pieza de queso, un tarro de mantequilla, una jarra de leche y algunos cortes de carne. El pequeño cuarto era sombrío, oscuro, y reinaba un silencio sólo perturbado por el lento goteo de agua sobre un estante adyacente. De repente, sobrepasada por la tensión que había acumulado durante toda la tarde, comenzó a temblar y a sentir escalofríos, hasta que los dientes le rechinaron violentamente. Le cayeron lágrimas de los ojos y se apretó con fuerza las mangas del vestido contra ellos.
¡Dios bendito, cuánto lo odiaba!
Había hecho uso de toda su fuerza de voluntad para poder sentarse en aquel abarrotado despacho con sir Naruto y aparentar serenidad, mientras la sangre le hervía de asco. Sin embargo, había disimulado bien su desagrado; incluso pensaba que hasta le había provocado deseos de estar con ella. Los ojos de sir Naruto habían mostrado una atracción hacia ella que no había podido esconder. Eso era justo lo que Hinata había esperado que sucediese, ya que deseaba hacer algo peor que matar a sir Naruto Uzumaki. Tenía la intención de arruinar su vida completamente, de hacerlo sufrir hasta que prefiriese morir a seguir vivo. Y, por lo visto, el destino parecía estar ciñéndose a su plan. Desde el instante en que había visto el anuncio en el Times, en el que se requería una ayudante en la oficina de Bow Street, se había apresurado a elaborar un plan. Conseguiría el trabajo y a partir de ahí le sería más fácil acceder a los archivos de la oficina. Tarde o temprano daría con lo que necesitaba para destruir la reputación de sir Naruto y obligarlo a dimitir.
Había rumores de corrupción en torno a los agentes y sus actividades, informes de detenciones ilegales, brutalidad e intimidación, por no mencionar que actuaban fuera de su jurisdicción. Todo el mundo sabía que sir Naruto y su «gente», como él los llamaba, tenían su propia ley. Una vez que al desconfiado público se le dieran pruebas sólidas de esas conductas, el dechado de virtudes que supuestamente era sir Naruto Uzumaki quedaría arruinado y sin posibilidad de redención. Hinata descubriría cualquier información que fuera necesaria para precipitar la caída de Naruto.
Sin embargo, eso no era suficiente para ella. Quería que su venganza fuera más allá, que fuera aún más dolorosa. Seduciría al llamado Monje de Bow Street y conseguiría que se enamorase de ella, y luego haría que la tierra se hundiese bajo él.
Las lágrimas cesaron, y Hinata, suspirando con nerviosismo, se dio la vuelta para reposar la frente contra uno de los fríos estantes de pizarra. sólo había una cosa que la consolaba: sir Naruto pagaría por llevarse a la última persona en el mundo que la había querido, su hermano, cuyos restos yacían en una fosa común junto a esqueletos putrefactos de ladrones y asesinos.
Se recompuso y pensó en lo que había descubierto de sir Naruto hasta el momento. No había resultado ser en modo alguno lo que ella esperaba. Suponía que se encontraría con alguien pomposo y altivo, presumido y corrupto; no deseaba que fuera atractivo.
Sin embargo, sir Naruto era apuesto, por mucho que a ella le costase admitirlo. Era un hombre en la flor de la vida, alto, de complexión fuerte pero algo delgado. Sus rasgos eran marcados y austeros, con unas cejas rubias y rectas que ensombrecían los ojos más extraordinarios que Hinata hubiese visto nunca. Eran de color azul, tan brillantes que parecía que un zafiro azul mar hubiera quedado atrapado dentro de sus azules iris. Poseía una cualidad que la inquietaba, una tremenda volatilidad que quemaba bajo su distante rostro. y sir Naruto llevaba su autoridad con comodidad; era alguien que podía tomar decisiones y vivir con ellas bajo cualquier circunstancia.
Hinata oyó que alguien entraba en la cocina y salió de la despensa. Vio a una mujer no mucho mayor que ella, delgaducha, de pelo castaño, tenía una sonrisa y aspecto aseado y correcto; se conservaba bien y su ropa estaba limpia y bien planchada. Supuso que se trataba de la cocinera y le dedicó una sonrisa amable.
—Hola —saludó la mujer con timidez, haciendo una leve reverencia—. ¿Puedo ayudarla, señorita?
—Soy la señorita Hyuga, la nueva ayudante de sir Naruto.
—¿Ayudante? —repitió la mujer, confusa—. Pero usted no es un hombre.
—Eso es verdad —dijo Hinata sin alterarse, paseando la vista por la cocina.
—Yo soy la cocinera, Ayame —se presentó la mujer, desconcertada—. Hay otra chica, Kanna, y el chico de los recados.
—¿Udon? Sí, ya lo conozco.
La luz del día se colaba entre las celosías de la ventana, revelando una cocina pequeña pero bien equipada, con suelo de piedra. Contra una de las paredes había una cocina hecha de ladrillos, con la parte superior en hierro y soportes de piedra, tan grande que se podían calentar en ella cuatro o cinco ollas a temperaturas diferentes. En la misma pared había un asador cilíndrico de hierro colocado en posición horizontal, cuya puerta estaba alineada con la cocina de ladrillo. Era todo de un diseño tan funcional y moderno que Hinata no pudo evitar expresar su admiración.
—¡Oh! ¡Debe de ser fantástico cocinar aquí! Ayame hizo una mueca.
—Hago cosas sencillas, como mi padre me enseñó. No me importa ir al mercado y limpiar la cocina, pero es incomodo todo el tiempo vigilando ollas y sartenes.
—Yo podría ayudar. Me gusta cocinar. A Ayame se le iluminó el rostro.
—¡Eso sería fantástico, señorita!
Hinata echó un vistazo al aparador, lleno de ollas, sartenes, jarras y demás utensilios. A un lado había una fila de recipientes de cobre, colgados de unos ganchos, que necesitaban urgentemente ser lustrados. Había otras cosas que necesitaban un buen lavado, como los patios de cocina, que estaban llenos de manchas. Los coladores también estaban sucios, y el sumidero del fregadero requería una buena dosis de desinfectante, ya que rezumaba un olor desagradable.
—Todos comemos en la cocina: el amo, los sirvientes y los empleados —dijo Ayame, señalando una mesa de madera que ocupaba buena parte de la estancia—. No hay ninguna habitación acondicionada como comedor. Sir Naruto come aquí o en su despacho.
Hinata observó un estante del aparador que contenía especias, té y una bolsa de café.
—¿Sir Naruto es un buen amo? —preguntó, tratando de parecer natural.
—¡Oh, sí, señorita! —dijo la cocinera sin dudarlo—. Aunque a veces es algo extraño.
—¿A qué se refiere?
—Sir Naruto puede trabajar días enteros casi sin comer. Hay veces que incluso prefiere quedarse dormido en su escritorio en vez de ir a su cuarto y descansar como se debe.
—¿Por qué trabaja tanto?
—Nadie sabe el motivo; incluso puede que ni el mismo sir Naruto lo sepa. Dicen que ha cambiado mucho desde que falleció su mujer. Murió de parto, y desde entonces sir Naruto se ha mostrado... – Hizo una pausa, tratando de encontrar la palabra adecuada.
—¿Distante? —sugirió Hinata.
—Sí, distante y frío. No se permite ninguna distracción y no se interesa por nada que no sea el trabajo.
—Tal vez algún día vuelva a casarse. Ayame se encogió de hombros y sonrió.
—¡Hay tantas damas a las que les gustaría tenerlo como esposo...! vienen a su despacho para pedirle que las ayude con sus obras de caridad, o para quejarse de los carteristas, o cosas así; pero de nada sirve que intenten llamar su atención. Y cuanto menos interés muestra él, más lo persiguen ellas.
—Hay quien llama a sir Naruto «el Monje de Bow Street» —comentó Hinata—. ¿Quiere decir eso que...? —Se detuvo y se le sonrojaron las mejillas.
—Sólo él lo sabe —contestó Ayame, pensativa—. Sería una pena, ¿verdad? Un hombre tan bueno y saludable como él... —Hizo una mueca que dejó entrever sus bonitos dientes—. Pero creo que algún día la mujer adecuada sabrá tentarlo, ¿no le parece?
Sí, pensó Hinata con secreta satisfacción. Ella sería la encargada de acabar con las eclesiasticas maneras de sir Naruto. Se ganaría su confianza, puede que incluso su amor... y lo usaría para destruirlo.
Puesto que en Bow Street las noticias viajaban rápido, a Naruto no le sorprendió que alguien llamara a su puerta un cuarto de hora después de que Hinata se hubiese marchado. Sir Shikamaru Nara, uno de los magistrados adjuntos, entró en su despacho.
—Buenos días, Naruto —saludó Shikamaru, cuyos ojos oscuros mostraban que estaba de buen humor. Nadie podía dudar que Shikamaru estaba disfrutando su vida de recién casado. Los otros agentes sentían envidia y a la vez les divertía el hecho de que el otrora estoico Shikamaru estuviera tan abiertamente enamorado de su temperamental y rubia mujer.
Shikamaru se había alistado en la patrulla de a pie a los dieciocho años y había ascendido rápidamente, hasta que Naruto lo escogió para que formara parte de su fuerza de elite de doce agentes. Hacía poco que había sido elegido para el cargo de magistrado adjunto. Shikamaru era un buen hombre, tranquilo e inteligente, y una de las pocas personas del mundo en quien Naruto confiaba.
Shikamaru empujó la silla de los visitantes hasta el escritorio, aposentó su cuerpo en el asiento de cuero y miró a Naruto.
—He visto a la señorita Hyuga —afirmó—. Shino me ha contado que es tu nueva ayudante.
Naturalmente, le he dicho que debía de estar equivocado.
—¿Por qué?
—Porque contratar a una mujer para ese puesto sería poco práctico. Además, tener a una mujer tan atractiva en Bow Street sería una auténtica locura. y como sé que tu nunca has sido poco práctico y nunca has cometido ninguna locura, le he dicho a Shino que estaba equivocado.
—Pues no lo está —murmuró Naruto.
Shikamaru se reclinó, descansó el mentón entre el índice y el pulgar y observó de forma especulativa al magistrado jefe.
—¿Será tu ayudante y tu ama de llaves? Además de tomar declaración a bandidos, bandoleros y rameras de tres al cuarto, y...
—Sí —soltó Naruto sin más.
Las espesas cejas de Shikamaru se elevaron hasta la mitad de su frente.
—Te diré algo que es obvio: todo hombre que pase por este lugar, y los agentes no son una excepción, van a estar sobre ella como las moscas sobre la miel; no le será posible impedirlo. La señorita Hyuga significa problemas, y tu lo sabes —añadió, e hizo una pausa—. Lo que me intriga es por qué, sabiendo todo eso, la has contratado —comentó.
—No es asunto tuyo —espetó Naruto—. La señorita Hyuga es mi empleada. Contrataré a quien me de la gana, y será mejor que los hombres la dejen en paz o tendrán que responder ante mí.
Shikamaru lo observó de una forma calculadora que a Naruto no le gustó nada.
—Discúlpame —dijo en voz baja—. Veo que estás muy susceptible con este tema.
—¡No estoy susceptible, maldita sea!
—Me parece que es la primera vez que te oigo maldecir, Naruto —respondió Shikamaru con una sonrisa irónica.
Naruto descubrió demasiado tarde el origen de la diversión de Shikamaru.
De alguna manera, su expresión, normalmente impertérrita, se había roto. Hizo un esfuerzo para disimular su irritación y comenzó a repiquetear los dedos sobre el escritorio.
Shikamaru contemplaba la escena con una sonrisa pícara dibujada en el rostro; aparentemente, no pudo resistirse a hacer otro comentario.
—Bueno, al menos hay algo que nadie podrá discutir, y es que es un ama de llaves mucho más guapa que Shino.
Naruto le lanzó una mirada asesina.
–Shikamaru, la próxima vez que ponga un anuncio ofreciendo un empleo, me aseguraré de contratar a algún vejestorio de dientes largos con la esperanza de complacerte. Y ahora,
¿podríamos desviar la conversación hacia otros derroteros..., tal vez algo relacionado con el trabajo?
—Por supuesto —dijo Shikamaru tranquilamente—. De hecho, venía a entregarte el último informe sobre Sasuke Uchiha.
Naruto entornó los ojos. De todos los criminales a los que deseaba atrapar, juzgar y ahorcar, Sasuke ocupaba el primer lugar de la lista. Encarnaba justo lo contrario de los principios que Naruto pretendía salvaguardar.
Aprovechándose de la ley por la que se recompensaba a cualquier ciudadano que capturase aun bandido, ladrón o desertor, Sasuke Uchiha y sus hombres habían instalado una oficina en Londres y se habían convertido en cazarrecompensas profesionales. Cuando Sasuke atrapaba a un delincuente, no solamente recibía una comisión sobre la captura, sino que además se quedaba con su caballo, sus armas y su dinero. Si recuperaba bienes robados, no sólo cobraba una pequeña suma por ellos, también se quedaba con un porcentaje de su valor. Cuando Sasuke y sus hombres no podían reunir suficientes pruebas contra alguien en particular, le endilgaban una o se la inventaban. También se dedicaban a incitar a chicos jóvenes a que delinquiesen, con el solo propósito de arrestarlos más tarde y cobrar la recompensa.
Sasuke era el rey indiscutible de los bajos fondos, donde era visto ala vez con admiración y con miedo. Su oficina se había convertido en el punto de reunión de cualquier criminal de renombre de Inglaterra. Era culpable de todo tipo de corrupción, incluidos fraude, soborno, robo e incluso asesinato. Sin embargo, lo más increíble era que aquel tipo fuese considerado por una gran parte de la población como una especie de benefactor público, El verlo recorrer las calles y callejones de Londres a lomos de su caballo negro, vestido con sus elegantes atuendos, hacía que los niños soñasen con ser como él de mayores, y que mujeres de cualquier estatus social se sintieran atraídas por su inquietante aspecto.
—Me gustaría ver a ese bastardo colgado —susurró Naruto—. Dime qué tienes.
—Tenemos testigos que afirman que Uchiha organizó la fuga de tres de sus hombres de la cárcel de Newgate. El actuario del tribunal ya ha tomado dos declaraciones.
Naruto, inmóvil como si fuese un depredador acechando a su presa más preciada, ordenó:
—Tráemelo para interrogarlo. y rápido, antes de que se escabulla.
Shikamaru asintió, sabiendo que si Uchiha se olía algo y decidía esconderse, sería imposible de localizar.
—¿Debo entender que lo quieres interrogar personalmente?
Naruto asintió. Normalmente hubiera dejado un asunto de esa naturaleza en manos de Shikamaru, pero no tratándose de Sasuke Uchiha. Sasuke era su adversario particular, y Naruto había dedicado buena parte de sus fuerzas a acabar con aquel maldito cazarrecompensas.
—Muy bien, señor —dijo Shikamaru, y levantó su cuerpo de la silla—. Haré que detengan a Uchiha tan pronto sea localizado. Enviaré a Kiba y a Shino inmediatamente —hizo una pausa, y una pícara sonrisa se le dibujó en sus facciones—; quiero decir, si no están demasiado ocupados comiéndose con los ojos a tu nueva ayudante.
Naruto hizo un verdadero esfuerzo para morderse la lengua y no soltarle a Shikamaru un improperio; su temperamento, normalmente tranquilo, se había encendido al pensar en que sus propios hombres pudieran molestar a Hinata Hyuga.
—Hazme un favor, Shikamaru —dijo entre dientes—. Haz saber que si alguno de mis agentes o algún miembro de las patrullas a caballo o de a pie molesta a la señorita Hyuga, se arrepentirá.
—Sí, señor —dijo Shikamaru, y se dio la vuelta para irse, no sin que antes Naruto viera un atisbo de sonrisa en sus labios.
—¿Qué te resulta tan condenadamente gracioso?
—Sólo pensaba, señor —respondió Shikamaru en tono burlón—, que tal vez llegue a arrepentirse de no haber contratado a algún vejestorio de dientes largos.
Después de compartir una cena a base de guiso de cordero recalentado, Hinata subió a la habitación que le había sido asignada y deshizo el equipaje. El pequeño cuarto estaba amueblado de forma sencilla. Sin embargo, se veía limpio y la cama parecía cómoda. Había algo que a Hinata le agradó: la ventana daba al lado oeste del número tres de Bow Street, lo que le permitía ver directamente el despacho de Naruto Uzumaki. La luz de la lámpara contorneaba el pelo rubio e iluminaba el marcado perfil de sir Naruto, que estaba delante de la biblioteca. Era tarde, y ya debería haber dejado de trabajar. Al menos, tendría que estar disfrutando de una buena cena, en vez del plato de guiso de cordero tan poco apetitoso que Kanna le había llevado al despacho.
Hinata se puso su camisón y regresó a la ventana, para ver cómo Naruto se frotaba la cara y se dirigía a su escritorio. Pensó en todas las cosas que Ayame y Kanna le habían contado del magistrado jefe; gracias a la típica pasión que sentía la servidumbre por los cotilleos, Hinata se había hecho con gran cantidad de información.
Al parecer, los partidarios de sir Naruto, que eran muchos, lo alababan por su compasión, mientras que un número similar de detractores le reprochaba que fuera tan severo. Era el magistrado más poderoso de Inglaterra, e incluso hacía de consejero del gobierno de forma extraoficial. Entrenaba a sus agentes con métodos nuevos y progresistas, aplicando principios científicos en la defensa de la ley, de una manera que generaba entre el público tanto admiración como desconfianza. Hinata se había entretenido escuchando cómo Ayame y Kanna le explicaban que a veces los agentes resolvían crímenes examinando dentaduras, cabellos, balas y heridas. Nada de eso tenía sentido para ella, pero aparentemente las técnicas de sir Naruto habían resuelto misterios tan complicados como el mismísimo nudo gordiano.
Los sirvientes tenían una opinión muy buena de sir Naruto, como todo aquel que trabajaba en Bow Street. Para su desagrado, Hinata descubrió que el magistrado no era la persona terriblemente malvada que ella creía, aunque eso no cambió en absoluto su objetivo de vengar la muerte de su hermano. De hecho, el estricto seguimiento de los principios era seguramente lo que había llevado a la tragedia que le había costado la vida a Neji. No cabía duda de que sir Naruto se tomaba la ley al pie de la letra, poniendo sus principios por encima de la compasión y la legislación por encima de la piedad.
Ese pensamiento la enfureció. ¿Quién era sir Naruto para decidir quién debía morir y quién no? ¿Por qué estaba él capacitado para juzgar a los demás? ¿Acaso era tan infalible, tan listo y tan perfecto? Seguramente aquel arrogante bastardo así lo creía.
Sin embargo, todavía estaba perpleja por la capacidad de perdón que Naruto Uzumaki había demostrado aquella mañana, cuando ella le había contado la historia de su breve romance. La mayoría de la gente la hubiera considerado una fulana y le hubiera dicho que se tenía bien merecido su despido, pero en lugar de ello, sir Naruto se había mostrado comprensivo y amable, e incluso había admitido que él mismo había cometido errores.
Confusa, Hinata corrió la cortina de gasa para tener una vista mejor del despacho del magistrado.
Como si pudiera percibir su mirada de alguna manera, sir Naruto se volvió y se encontró directamente con la imagen de Hinata. Aunque en su habitación no había una lámpara o una vela ardiendo, el claro de luna era suficiente para iluminarla. Naruto pudo ver que sólo iba vestida con su etéreo camisón.
Como el caballero que era, sir Naruto debería haberse dado la vuelta inmediatamente; sin embargo, se quedó mirándola como si él fuese un lobo hambriento y ella un conejo que se hubiera aventurado a alejarse demasiado de la madriguera. Aunque se moría de vergüenza, se las apañó para mirarlo de forma provocativa. Contó silenciosamente los segundos: uno... dos... tres. Luego, lentamente, se hizo a un lado, corrió la cortina y se llevó las manos a la cara, que le hervía de calor. Debería haberse alegrado de que él hubiera mostrado interés en su imagen en camisón, pero en cambio se sentía tremendamente incómoda, casi asustada, como si su plan para seducirlo y acabar con él pudiese convertirse en su propia perdición.
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Continuará...
