Capitulo 1
—No creo que el elefante vaya a quedar bien —dijo Darien Chiba finalmente. Su voz suave y sombría sonó con gentil pesar.
—Temí que no le agradaría. —Serena Tsukino observó con desgano a la bestia mientras se preguntaba cómo sacaría el tema que ella realmente quería discutir con el inescrutable Darien Chiba.
—Admitiré que es original —concedió Darien.
—Probablemente, en este momento esté haciéndose la misma pregunta que muchos de mis clientes me formulan: "¿Será arte o una mera cursilería?"
—Pregunta interesante —coincidió Darien.
—No olvide que el animal es tan ornamental como funcional —dijo Serena, en un último e instintivo intento por salvar su venta—. Hay una pequeña gaveta oculta en su base. Muy útil para objetos pequeños.
—No creo que quede bien en este ambiente —dijo Darien diplomáticamente.
Para sí, Serena pensó que nada, excepto el mismo Darien Chiba, quedaría bien en aquel estudio decorado en gris, negro y dorado. Casi había tenido la plena certeza de que a Chiba no le gustaría el elefante. La figura esmaltado, de unos sesenta centímetros de alto, con sus uñas escarlata y el cuerpo violeta, quedaba gracioso, ridículo, junto al jardín de roca Zen de Chiba. El jardín, que ocupaba un gran rincón del estudio, no era un verdadero jardín. Al menos, no según el concepto que Serena tenia de un jardín. No había nada de verde. Ni una miserable hoja, y mucho menos una colorida flor, interrumpía la prístina perfección de la arena gris perla. La arena estaba dentro de un marco bajo de madera negra. Se había colocado meticulosamente en diseños abstractos alrededor de cinco piedras. Serena tenía la sospecha de que Chiba se habría pasado horas contemplando dónde ubicar exactamente las rocas sobre la arena. Indudablemente, se trataba exactamente de la clase de problema superficial, meramente estético, que atraía la atención de ese hombre. La diseñadora a quien Chiba había contratado para decorar los interiores de la flamante y espaciosa suite del piso veintiseis había atrapado a su cliente con inequívoca propiedad. Cada ambiente ofrecía distintas vistas de Seattle, la bahía Elliott y el Olympics. Todos tenían un distintivo detalle en común: el color, siempre negro, gris y dorado. El resultado final fue una elegante y austera madriguera, ideal para un hombre a quien muchos consideraban un peligroso depredador. No, decidió Serena, el elefante era una criatura bonita, pero, sin duda, no quedaba bien en aquella disciplinada y estricta decoración que Chiba había escogido para su suite. Más aun, creía que ningún artículo de su boutique exclusiva, casi caprichosa; podría combinar en ese ambiente. Evidentemente, Darien Chiba no tenía inclinaciones caprichosas de ese tipo.
—Lamento que el elefante no quede bien —murmuró Chiba.
—No se preocupe. Ya me lo temía. A decir verdad, no he logrado que ninguno de mis clientes se interesarán por él. —Serena frunció el entrecejo.—Hay algo en él que parece espantar a la gente. ¿Será por las uñas de las patas?
—Es muy factible.
—Bueno, no es para tanto. —Ya se había cansado de tratar de endosar el elefante a Darien Chiba.
—Usted insistió en que le trajera algo más y, bueno, decidí probar con el elefante.
—Muy amable de su parte. Aprecio su perseverancia. Déjeme servirle otra taza de té. —Chiba tomó la tetera esmaltada en negro y dorado que estaba sobre una bandeja negra laqueada.
Serena contempló, fascinada, mientras él llenaba la taza de té. El cono blanco y brillante que provenía de la lámpara halógena del escritorio revelaba la fortaleza de sus manos. Las manos de Chiba no eran las de un ejecutivo común y corriente. Eran ásperas, hasta callosas, en algunas partes, como si hubiera amasado su fortuna labrando tierras fértiles, en lugar de hacerla gracias a brillantes inversiones. Logró impregnar el delicado acto de servir una taza de té con gran masculinidad. Cada movimiento tenía fuerza y gracia.
Y Serena descubrió que cada uno de esos movimientos, por insignificante que fuera, atrapaba toda su atención. Tal vez, porque cada expresión de poder contenido en él contrastaba notablemente con la profunda serenidad que emanaba de él cuando estaba quieto. Serena nunca había conocido a un hombre que pudiera autocontrolarse tan absolutamente. Serena lo miró con suspicacia mientras aceptaba la taza de té.
—Para serle completamente franca, no creo tener nada de Extravagancias que vaya bien en este lugar.
Chiba la miró como si ella estuviera presentándole un dilema curioso, aunque no irremediable. —Sólo porque el elefante no sea la pieza apropiada para este recinto, no debemos concluir en que ningún otro artículo de su tienda quedará bien aquí.
—No le gustó el carrusel que le traje el lunes —le recordó ella.
—Ah, sí, el carrusel. Admito que tenia cierto encanto, pero, de alguna manera, esas figuras tan extrañas que estaban en él, no encajaban en este lugar.
—Supongo que depende de su punto de vista —barbulló Serena.
En lo personal, Serena había considerado que el bello carrusel con ornamentos dorados y su exótica colección de animales mitológicos, habría sido un toque distinguido en un recinto que ya contenía al eminentemente extravagante y casi milico Darien Chiba. Nadie sabía mucho de Chiba. Pero Serena reflexionó que eso era lo que sucedía con la mayoría de las leyendas. Cuantos menos fueran los hechos a la vista, más legendario sería el hombre ante los ojos del mundo. Serena lo había conocido hacia seis semanas, en la fiesta de compromiso de su hermano Andrew. Por supuesto que ya había oído hablar de él, porque Andrew había trabajado una vez con Chiba. Sin embargo, nunca habían sido presentados. Andrew Tsukino era un genio reconocido en el campo de la electrónica. Chiba lo había contratado, cinco años atrás, para que le instalara sistemas de seguridad de alta tecnología en su vasto imperio comercial. Después, cuando Andrew se retiró para iniciar su propia empresa de electrónica, Chiba invirtió mucho dinero para comenzar con las operaciones, convirtiéndose en el único e importantísimo respaldo financiero de Andrew.
Andrew había advertido a Serena que aunque Chiba estaba invitado a la fiesta, lo más probable era que no apareciera. Casi nunca se mostraba en público y, mucho menos, en acontecimientos sociales. Por otra parte, si alguna vez decidía incursionar en la sociedad, seguramente lo haría en un nivel muy superior al que ocupaban los Tsukino. La fortuna Chiba que Darien había reconstruido de la nada, después de la misteriosa desaparición de su padre, era tan legendaria como el hombre mismo. Pero, para la evidente sorpresa y alegría de Andrew, Darien Chiba se presentó en la fiesta de compromiso, en su limusina negra. Su vestimenta, de gala, impecable, en blanco y negro. Esa formalidad enfatizó la feroz serenidad característica en él. Serena se sintió cautivada por él desde el primer momento en que lo vio. Chiba era distinto a todos los hombres que ella había conocido. Le rodeaba una especie de halo de poder, pasión y orgullo, pero, por encima de esto, se destacaba su autocontrol de hierro. Era llamativo ver cómo la gente se hacía a un lado cuando Darien entró en el restaurante tan de moda que Andrew había escogido para la ocasión. Y Serena comprendió el impulso, pues ese hombre irradiaba un peligro potencial. Dispersó a todos los que se habían reunido para desear sus buenos augurios como si hubiera sido un leopardo amenazando a un rebaño. Sólo una parte muy insignificante de Serena quiso huir también. La otra parte, mucho mayor en magnitud, deseaba desesperadamente acercarse a Chiba, independientemente de los riesgos que aquello podría implicar. Serena llegó a la conclusión de que Chiba la había atraído del mismo modo que los objetos que ella vendía en su boutique, Extravagancias. Darien no era atractivo como los hombres convencionales, sino que había algo en él que era abiertamente dominante. Algo muy oculto en el interior de Serena reaccionó ante tan imponente presencia. Y cuando Darien la miró, se le erizó la piel de la nuca. La noche de la fiesta de Andrew, Serena memorizó en secreto cada detalle de Darien Chiba, desde el color de sus ojos, en una ilusoria e indescriptible tonalidad del azul, hasta la controlada impasibilidad de sus rasgos. Para ser un ejecutivo, llevaba sus cabellos negros demasiado largos. Casi le habrían tocado los hombros si no se los hubiera recogido hacia atrás, en una pequeña cola de caballo. Su rostro tosco y sombrío traicionaba una voluntad implacable e inflexible. Los fríos rastros plateados del cabello y la calculadora inteligencia de su mirada hicieron que Serena concluyera que Darien Chiba rondaba los cuarenta.
Serena decidió que no se trataba de un hombre proclive a confiar en su apariencia o en sus encantos para obtener lo que quisiera. Simplemente, lo tomaría. Se había quedado en la fiesta menos de media hora. A excepción de los breves momentos que pasó con Andrew y de los que le tomó a éste presentarle a su prometida, Lita y a Serena, Darien se mantuvo siempre retirado de los demás invitados. Se había quedado de pie, solo, ocupando un espacio que nadie más se habría atrevido a violar, bebiendo champaña mientras los demás lo esquivaban. Serena se había dado perfecta cuenta de que Chiba no dejó de mirarla mientras ella bailaba con amigos de su hermano. Sin embargo, en ningún momento la invitó a bailar. Pero tampoco bailó con ninguna otra. Finalmente, cuando Darien se fue de la fiesta, en silencio, Serena experimentó una rara desazón. Esa peculiar chispa de excitación, tan poco familiar en ella, que se había encendido cuando lo vio, se apagó de inmediato cuando él partió. Casi a hurtadillas, Serena se acercó a la ventana para verlo mientras Andrew lo acompañaba hasta la limusina que lo estaba esperando, Ambos se quedaron hablando unos minutos, en la salida del restaurante y cuando la conversación terminó, Darien se volvió hacia la ventana, como si hubiera sabido que Serena había estado contemplándolo todo el tiempo. La saludó desde abajo con una inclinación de cabeza formal, casi imperceptible. Luego subió a la limusina y desapareció en la noche lluviosa.
—Es un hombre interesante pero bastante peligroso —dijo Andrew a su hermana más tarde—.Nunca puedes tener la certeza de qué es lo que está pensando. No creo que confíe en nadie. Cuando yo trabajaba para él insistía puntualmente en mantener archivos de cada empleado clave y de todos los que hacían negocios con él.
—¿Legajos?
—Una especie de historial de seguridad. —Hizo una sonrisa socarrona—El siempre decía que una información personal de la gente era lo único confiable para tener el control.
—Me imagino que tener el control sobre todas las situaciones debe de ser algo muy importante para alguien como él —dijo Serena pensativa.
—Siempre querrá dominar todo. Lo que hay que tener en cuenta respecto de Darien Chiba es que él siempre tiene su propia agenda y nadie sabe qué hay en ella hasta que él está listo. Es un lobo solitario. No le gusta actuar en equipo.
—¿Es un gángster? —preguntó Serena, horrorizada con sólo pensar que su hermano podría estar endeuda con un delincuente. ¿Un asesino?
Andrew sonrió. —Bueno, si lo es, tiene la astucia suficiente como para enterrar los cuerpos a una profundidad tal que nadie los encuentre jamás.
—¿Y tú por qué aceptaste que te respaldara si no confías en él?
Andrew la miró sorprendido. —Nunca dije que no le tuviera confianza, sino, simplemente, que se trata de un hombre peligroso.
—¿Hay alguna diferencia?
—Una gran diferencia.
Serena trató de sobrellevar el escalofrío que corrió por su espina dorsal. —¿Qué más sabes de él?
—No mucho, a pesar de que he trabajado para él. Ese hombre es una leyenda.
—¿Por qué?.—preguntó Serena.
—Su padre abandonó a la familia hace quince años. Desapareció, así de simple. No conozco toda la historia, pero lo que sí sé es que pocos meses antes de desaparecer, Mamoru Chiba convenció a algunos de sus amigos para que invirtieran en uno de sus proyectos de planificación y desarrollo.
—Déjame adivinar —dijo Serena—. ¿Y el dinero de los inversores desapareció junto con Chiba?
—Correcto. Y no sólo eso. Mamoru Chiba había liquidado la mayor parte de su patrimonio personal. También se llevó ese dinero en efectivo. Virtualmente, la familia se quedó sin nada, mejor dicho, con una pila de deudas.
—Ya he escuchado historias como ésa. El otro día leí en un periódico que un prominente banquero, simplemente tomó un avión con varios millones de dólares con rumbo desconocido. Nunca se supo más de él. Abandonó a su familia y todo lo demás.
—Eso exactamente fue lo que hizo Mamoru Chiba —dijo Andrew. Serena miró a su hermano. —¿Qué pasó?
—En dos años, Darien pagó todas las deudas de su padre —dijo Andrew con una fría admiración en su voz—. Reconstruyó la fortuna de su padre de la nada. Ahora es mucho más grande de lo que era cuando Mamoru Chiba desapareció. Con eso te enteras de algo muy importante acerca de Darien Chiba
—Pobre Darien —murmuró Serena.—Debió de quedar emocionalmente destruido cuando su padre se esfumó.
Andrew frunció el entrecejo, alarmado. —Bien, Serena...
—La vergüenza y la humillación debieron de haber sido terrible para un hombre como él —continuó Serena pensativa—. Obviamente le han quedado cicatrices de por vida. Con razón no es muy extravertido.
—Bueno, basta —ordenó Andrew —Ni siquiera lo pienses.
—¿Pensar qué? —preguntó Serena con inocencia.
—Pensar en tratar de rescatar a Darien Chiba. Definitivamente no estamos frente a otra de esas ovejas perdidas y heridas que han formado parte de tu colección de hombres. Créeme que Chiba no necesita que lo rescaten.
—Andrew, todos necesitamos que nos rescaten en un momento u otro.
—Chiba, no —dijo Andrew categóricamente—. Ese hombre puede cuidarse solo. Créeme.
Serena no volvió a ver ni a escuchar nada de Chiba hasta unas semanas después. Llamó al día siguiente que el avión particular de Andrew se precipitase al vacío en un vuelo a Alaska. Eso había sido hacia un mes, en octubre. Chiba había llamado para preguntarle, muy gentilmente, si necesitaba alguna ayuda. En medio del caos de aquella situación y luchando por manejar la prensa y a las autoridades, que estaban llevando a cabo las operaciones de investigación y rescate, mientras trataba al mismo tiempo de consolar a Lita, Serena estaba tensa y distraída. Bruscamente, le había dicho a Darien Chiba que no necesitaba ayuda de ninguna clase. En cuanto colgó el teléfono, cayó en la cuenta, atónita, que Chiba era el principal acreedor de su hermano. Ahora que Andrew había desaparecido, Chiba se convertía en una potencial amenaza. Si él reclama su dinero, alegando que la empresa se había quedado sin dirección Milenio de Plata iría a la quiebra. En ese momento, no había manera de devolver todo el dinero que se le debía a Darien Chiba.
Pero no fue Darien Chiba quien resultó ser la amenaza más inmediata. Fue una alianza de abastecedores y otros inversores que sintieron pánico cuando descubrieron que Andrew ya no estaba a la cabeza de la empresa. Jedite Cork, asistente y hombre de confianza de Andrew, hizo lo imposible por tranquilizar a todos, asegurándoles que los negocios seguirían normalmente. Pero nadie le creyó.
Pocos días después, Chiba volvió a llamar. —Tal vez será mejor que conversemos —le dijo.
—¿De qué? —preguntó Serena, aunque sabía perfectamente bien qué era lo que quería discutir con ella.
—Del futuro de Milenio de Plata.
—Milenio de Plata está muy bien, gracias. Jedite Cork tiene todo bajo control. Rescatarán a mi hermano cualquier día de éstos y todo volverá a la normalidad.
—Lo lamento, señorita Tsukino, pero me temo que tendrá que hacerse a la idea de que Andrew tal vez esté muerto.
—Yo no lo creo y su novia tampoco. Juntas apuntalaremos Milenio de Plata hasta que Andrew vuelva. —Serena se aferró al cable del teléfono, luchando por mantener la voz tránquila.—Aprecio su preocupación, pero nada ha cambiado en la empresa. Todo está bajo control.
—Entiendo. —Se produjo un largo silencio en la línea.—Tengo entendido que algunos acreedores de su hermano ya están presionando para que se venda o se fusione.
—Tonterías. Rumores, simplemente. Ya les he explicado a todos que las cosas están bien y que esperamos el regreso de Andrew en cualquier momento.
Se produjo otro silencio. —Como prefiera. Pero por favor, no dude en llamarme si los demás inversores se ponen difíciles. Tal vez yo podría ayudarla.
Entonces Serena colgó el teléfono sintiéndose más incómoda que nunca. Milenio de Plata había sido siempre una empresa familiar. Ninguna otra persona que no perteneciera a la familia pudo tener acciones en ella, pues la intención de Andrew había sido la de mantener la mayor parte y control de la firma.
En ese momento, sólo había dos miembros de la familia propietarios de acciones: Andrew y Serena. En consecuencia, Serena quedaba como única heredera de su hermano.
Dos semanas atrás, Chiba contactó con ella nuevamente. Pero en lugar de hablarle del destino de Milenio de Plata, le pidió sus servicios profesionales. Quería que Serena diera los toques finales en la decoración de su apartamento. Serena aún no sabía exactamente por qué había aceptado el trabajo. Sin duda, estaba agobiada de trabajo en esos días como para agregarle el de asesorar personalmente a un cliente.
Sin embargo, hoy era la cuarta visita que hacia al apartamento vigésimo sexto piso del Seattle, un alto edificio céntrico. Hasta el momento, todo se desenvolvía rutinariamente, como en las visitas previas. No era fácil llegar hasta Darien Chiba. Primero tenía que identificarse ante el portero que estaba en la recepción del edificio. Después, tenía que marcar un código especial en el panel electrónico que estaba instalado en el ascensor para poder ascender al piso veintiseis. Una vez que llegaba allí, la recibía un hombre que parecía un robot, llamado Taiki. Se trataba una especie de combinación de mayordomo y chofer.
Serena sospechaba que, además, podría ser guardaespaldas. A su manera, Taiki era tan interesante como su jefe. Aparentemente tenía poco más de cuarenta años. En todas las oportunidades que Serena lo vio, el hombre llevaba un traje oscuro formal y sus ojos celestes jamás habían denotado ni el más mínimo vestigio de emociones. Sus cabellos llegaban hasta los hombros y eran negros .Sus movimientos estaban tan mecanizados que Serena creía posiblemente que algunas de sus partes serían de robot. Se lo imaginaba enchufándose por las noches a algún artefacto especial para recargar las baterías.
Por otra parte, sospechaba que al tal Taiki no le caía del todo bien. En aquella primera visita, Taiki la había conducido hasta el estudio esgrimiendo la menor cantidad posible de palabras. Luego apareció el té en una bandeja. Serena, muy nerviosa, había estado expectante a que Chiba sacara el tema de su hermano desaparecido. Sin embargo, el hombre no se dedicó a otra cosa más que a las piezas que faltaban para terminar la decoración del apartamento. Luego de aquella primera vez, Serena empezó a esperar con ansiedad aquellas citas tránquilas y apacibles. Durante ese lapso que transcurría en el recluido estudio de Chiba, bebiendo su exótico té aromático y hablando de banalidades, como por ejemplo, de elefantes esmaltados y de carruseles dorados, Serena olvidaba todos los temores y los problemas la preocupaban. Y eso era un verdadero alivio porque últimamente esos temores y problemas estaban convirtiéndose en pesadillas. No había olvidado la advertencia de Andrew respecto de la grosidad de Chiba. Pero a medida que iba tratándolo, le resultaba casi imposible ya temerle. Su poder encerraba una extraña invitación a confiar en él. Y durante esas sesiones vespertinas en el estudio, Serena, conscientemente, parecía querer absorber parte de esa confianza.
—Obviamente, nos llevará un tiempo hallar la pieza exacta que necesito en este ambiente —dijo Chiba mientras echaba un último vistazo al elefante—. Pero soy un hombre paciente. Tarde o temprano, encontraremos algo.
—Lo dudo —dijo Serena. Recorrió con la mirada la austera y elegante habitación—. Es evidente que su gusto no coincide con las cosas que yo vendo en mi tienda. Mi filosofía se basa en que cada ambiente necesita un elemento impactante. Un interior hermoso necesita un pintoresco toque de fealdad. Un interior sereno debe tener un objeto que rompa la monotonía. Un interior muy recargado, necesita imperiosamente un elemento de orden.
Chiba no sonrió, cosa que fue muy llamativa, pero sus ojos brumosos delataron una expresión divertida. Si bien Serena había pasado muy pocas tardes con él, ya había aprendido a leer las señales que transmitía con la mirada. Se daba cuenta de que no era un hombre frío, pero, por alguna causa, había aprendido a disimular muy bien sus emociones y a demostrar un poderoso control sobre ellas.
—No me preocupa que tengamos gustos diferentes con respecto a los elefantes y carruseles. — dijo Chiba suavemente.
Guardó silencio mientras bebía su té con aire pensativo. Los silencios eran comunes en Darien Chiba. Aparentemente, no le molestaban, pero a Serena la ponían histérica. Muy rara vez ella hacía pausas en medio de una conversación. Bebía su té mientras dudaba respecto de si sería o no el momento apropiado para sacar el tema que quería discutir. Tal vez podría esperar una o dos semanas más, pero no podría posponerlo mucho más que eso. Se estaba quedando sin tiempo. Si no lograba que Chiba la respaldara en su loca idea de salvar a Milenio de Plata, tendría que reagruparse y delinear otro plan. Desgraciadamente, Serena no veía otras posibilidades. Ya estaba al final del camino. Sintió que el estómago se le hacía un nudo y se puso tensa. Apoyó la taza en el platillo negro y dorado. —Señor Chiba...
—Darien, por favor. Quiero que pienses en mí como un amigo de la familia.
—Darien. — Serena inspiró profundamente.—Hace un mes, justo cuando mi hermano desapareció, dijo algo sobre... echarnos, a Lita y a mí, una mano.
—¿Debo entender que todavía no hay noticias de tu hermano?
—No —admitió Serena. —El grupo de búsqueda y rescate ha dejado de trabajar tras tres días de intenso rastreo, posteriores a la desaparición del avión de Andrew. No habían podido hallar indicios ni del avión ni del cuerpo hasta ese momento. El veredicto oficial fue que Andrew se había perdido en el mar.
—Y ahora, por fin, te das cuenta de todas las dificultades deberá enfrentar si continúas con esta política de querer manejar Milenio de Plata —dijo Darien con toda serenidad.
Serena miró sus gélidos ojos. —Será imposible, ¿no?
—Si.
—¿Usted lo supo desde un principio, no?
Darien se encogió de hombros casi imperceptiblemente. —Era inevitable que se suscitaran problemas serios. Tu hermano era la mano fuerte de Milenio de Plata. Todos lo saben. Sin él, los inversores se inquietan.
Serena apretó el apoyabrazos de la silla laqueada negra. —Hace dos días, los otros inversores y acreedores me invitaron a una reunión Me dieron un ultimátum: si no presto mi consentimiento para una venta o fusión inmediata, reclamarán el pago de lo que se les adeuda hasta la fecha.
—Ya sabía lo de la reunión.
Serena arrugó la nariz. —No me sorprende. —Hizo una pausa —Pero igual, no fue.
—No.
—¿Debo tomarlo como que usted sabía que yo no daría mi consentimiento? —Serena contuvo la respiración mientras aguardaba la respuesta.
—No dije eso. Para mí, comprar la parte es lo mejor. Así, la empresa seguiría en vigencia para lanzar al mercado la tecnología inalámbrica de tu hermano. Una vez que eso suceda, todos los socios recuperarán el dinero invertido más una cuantiosa ganancia. Las nuevas invenciones de Andrew se relacionaban con el área la electrónica que estaba revolucionando todo, desde los sistemas de control computarizados de inventarios, hasta los procedimientos médicos.
Andrew solía decir a Serena que la oficina del futuro sería "inalámbrica". Todos los cables eléctricos que en la actualidad encadenaban los artefactos con las tomas de las paredes o con una fuente energética, desaparecerían.
—No puedo vender la firma de Andrew. —Serena cerró fuertemente los puños.—Trabajó arduamente para ponerla en marcha. Invirtió en ella todo lo que tiene, no sólo su dinero sino su sudor y su genio. El futuro de la electrónica está en este asunto de lo inalámbrico y él será un pionero en este campo. ¿No lo entiende? Yo no puedo deshacerme de la empresa.
Las negras pestañas de Darien velaron su mirada. —No te desharás de ella. Obtendrás muy buen precio por esa firma. Hay muchos interesados que están dispuestos a echar mano en la nueva tecnología que tu hermano estaba desarrollando.
—No venderé la empresa de mi hermano —repitió Serena—. No mientras Lita y yo creamos en la posibilidad de que aún esté con vida.
—Uno de estos días tendrás que ver la situación con más realismo —dijo Darien—. Sabes que todo indica que lo más factible es que Andrew haya muerto. Lo sabes tan bien como yo.
Serena levantó el mentón. —Yo sabría si mi hermano está muerto. Andrew es la única familia que tengo. Mi única familia desde la muerte de mi tía Zirconia. Yo lo sabría si realmente él se hubiera ido para siempre de este mundo. —Enterró sus dedos en el caprichoso manojo de cabellos dorados.—Lo sentirla muy dentro de mí.
Seguramente lo sabría. ¿No? Serena sabía que estaba aproximándose al final del camino. Desde que Andrew había desaparecido, no había podido descansar una sola noche como Dios manda. El shock inicial había desaparecido de alguna manera, pero esos temores secretos, que Serena había confinado en lo más profundo de su alma, a veces se escapaban de allí para abrumarla. Y en esos momentos, ella se deprimía terriblemente. Tal vez, su amado hermano estada realmente muerto. Estaba exhausta. En las últimas semanas, había tenido que tomar demasiadas decisiones, responder demasiadas preguntas y soportar demasiada presión por parte de la gente que había invertido en la empresa. Y ahora que Lita le había confesado lo del bebé, le quedaban aún muchos más problemas que enfrentar en el futuro.
—No soy la única que sabría si Andrew estuviera muerto —continuó Serena—. Lita tiene la misma firme convicción que yo. Las dos estamos seguras de que Andrew aún está vivo.
—Nadie puede sobrevivir en las aguas de Alaska durante más de treinta o cuarenta minutos. — le recordó Darien con toda suavidad—. Tú lo sabes.
—El detalle que todos parecen olvidar es que mi hermano era un genio certificado. Además, cada vez que volaba, tomaba precauciones que ningún otro en su lugar habría tomado. Por ejemplo, llevaba un traje de supervivencia. Y un bote. Y toda clase de complementos que pueda imaginar.
—Ningún traje de supervivencia puede impedir que un hombre se congele indefinidamente.
—Hay docenas de islas esparcidas entre ese lugar y Alaska. Cientos. La mayoría parecen apenas puntitos de tierra. Andrew podría haber sobrevivido en alguna de ellas hasta que llegara ayuda para él.
—La operación de búsqueda y rescate ha sido realmente intensa —dijo Darien—. Yo mismo me aseguré de ello. Serena abrió los ojos desmesuradamente.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Ya te lo he dicho. Andrew fue más que un empleado de confianza mientras trabajó para mí. Fue un amigo.
—Me alegro —dijo Serena apesadumbrada—. Porque he venido a pedirle ayuda. Tengo la esperanza de que esa amistad que lo unía a mi hermano sirva para que me brinde su apoyo en este plan que he trazado.
Darien la miró con una expresión de sumisa satisfacción. Era evidente que había estado esperando algo así.
—Quieres que yo te haga una oferta de compra.
—No. —Serena se puso de pie abruptamente y caminó hacia las ventanas que iban del piso al techo. Miró el apizarrado cielo y las grisáceas aguas de la bahía Eliott.— No. Es lo último que le pediría. Ya le dije que no quiero vender Milenio de Plata. No mientras pueda evitarlo.
—Yo estada dispuesto a volver a vendérsela a Andrew en caso de que reapareciera.
Serena lo miró por encima del hombro. —Es muy generoso de su parte, pero no creo que sea tan buena idea.
—¿Por qué no?
Serena apretó los dientes. —Porque sé, de muy buena fuente, que usted es un hombre peligroso, Darien Chiba.
Él no pareció desconcertado por la noticia. —¿Es cierto? ¿Quién
—Andrew.
—Tu hermano siempre ha sido muy inteligente.
—Cierto. Un genio. Mire, ambos sabemos que si yo le vendiera la empresa perdería el control sobre ella. Usted podría hacer lo que se le antojara con la firma. Hasta podría negarse a vendérsela nuevamente a mi hermano. Y si lo hiciera, le pondría un precio tan alto que él no podría comprarla.
—Podríamos arreglar los términos del acuerdo antes que firmes nada.
—Simplemente, no quiero deshacerme de la empresa. Ni siquiera sabiendo que se la queda usted. El riesgo es demasiado grande. No se ofenda, pero francamente, creo que alguien tendría que estar más loco que una cabra para vender los derechos sobre las invenciones del genio de mi hermano.
—Aplaudo tu lealtad y determinación. Pero entre tanto, estás soportando la presión de los acreedores de tu hermano. Pueden obligarte a vender o a fusionarte, Serena.
—Lo sé. —Cerró los ojos brevemente y luego se volvió para mirarlo.—Ya han empezado a llamarme a diario. Después de esa reunión de hace dos días me he dado cuenta de que estamos en serios problemas.
—Fue sólo una cuestión de tiempo. Tienen miedo, Serena. Seguramente, entenderás su postura. Milenio de Plata es una empresa unipersonal en todo sentido y ese hombre ha desaparecido.
—Tengo que ganar algo de tiempo. Todo lo que necesito es un poco de tiempo.
—¿Cuánto?
—Ese es el punto justamente. No tengo idea cuánto. Unos pocos días o semanas. ¿Quién sabe cuánto se puede tardar en encontrar a Andrew?
Darien bebió un largo sorbo de té y luego apoyó la taza en el platillo. Serena siguió sus movimientos con la mirada. La delicada porcelana parecía muy frágil en esas manos tan fuertes.
—Aunque yo te diera todo ese tiempo que necesitas, no podrías tener calmados a los demás durante todo ese tiempo —dijo Darien. —No por mis propios medios.
—Pero sí se tranquilizarían si pensaran que la empresa, otra vez, está en buenas manos. Todos saben que no entiendo un rábano de electrónica y que Lita está en las mismas condiciones. Y tampoco tenemos ni la menor idea de cómo manejar tamaña empresa.
—No —coincidió Chiba—. Claro que no.
Serena avanzó un paso, ansiosa. —Pero si un ejecutivo caracterizado por su excelente reputación en el campo de los negocios se pusiera a la cabeza de Milenio de Plata, creo que los inversores se quedarían tranquilos para siempre.
Darien ni se movió, pero se leía cierto aire de frialdad en él esos momentos.
—¿Estás pensando en contratar a alguien para que maneje la empresa por ti?
—Algo por el estilo.
—Supongo que es una posibilidad. ¿Has pensado en alguien ya?
—Hice que Jedite Cork investigara discretamente —admitío Serena—. El problema es que todos a quienes consultó dijeron que no aceptarían el puesto a menos que se les garantizara una parte sustanciosa y permanente del capital como forma de pago.
—Dada la situación, es una exigencia razonable. Pero tú no quiere deshacerte ni de la más mínima parte de la empresa, ¿verdad?
—No me atrevo. Probablemente, Andrew no estaría en condicione de recuperarla cuando regresara. Dentro de cinco años, Milenio de Plata se convertirá en la empresa líder en electrónica del país Todos los que están relacionados con la industria son conscientes de su potencial.
—Si ahora tú te asocias con alguien, Andrew lo tendría que soportar cuando volviera. ¿A eso le temes?
—Exactamente. Los socios suelen ser un problema grave. Andrew me dijo una vez que él no quería ningún socio.
—Debes entender que, en este momento, sólo tienes dos opciones. Aceptar la venta o fusión de la empresa de Andrew o asociarte con alguien que la administre por ti.
—No puedo arriesgarme —dijo Serena—. Es probable que Andrew jamás vuelva a recuperar el control completo de su empresa.
Darien tomó la tetera. —Estoy seguro de que puedo ayudar en algo. Serena.
Ella se sintió muy aliviada. —Eso es lo que esperaba escuchar.
Darien la miró de reojo especulativamente. —¿De verdad?
—Sí. Tal como yo lo veo, usted también tiene mucho que perder o ganar en eso. Después de todo, le conviene que la empresa de mi hermano sobreviva y lleve sus productos al mercado, ¿no?
Darien la miró por encima del borde de su taza. —Es cierto que mis ganancias serán jugosas una vez que estos productos hagan estragos en el mercado.
—Bueno, se me ha ocurrido una alternativa que puede ofrecernos lo que ambos queremos.
—¿Sí? —Si bien pareció escéptico, la intriga que lo carcomía era evidente.
—Sí. La empresa de Andrew quedará protegida y también su inversión. —Serena volvió rápidamente a su silla y se sentó. Ahora que por fin había llegado él momento de explicar su proyecto no estaba tan nerviosa. Se inclinó hacia adelante y cruzó ambos brazos sobre la abrillantada superficie del escritorio.
—Soy todo oídos, Serena.
—Es un poquito difícil de explicar —dijo ella—. Pero si usted está dispuesto a escuchar, creo que estará de acuerdo en que puede funcionar. Tenga presente que esto no será para siempre, sino provisional, hasta que vuelva a aparecer mi hermano.
Darien estaba a punto de servirse una taza de té y se detuvo. —Esto se pone cada vez más interesante. Escuchemos tu plan.
—Bien, como usted ya sabe, Milenio de Plata es una empresa familiar. Mi hermano y yo controlamos todo el capital. Cuando Lita se case con Andrew, también ella recibirá una parte de las acciones, pero no hasta ese momento.
—Entiendo. Pero como ella todavía no se casó con tu hermano y como lo más probable también es que Andrew esté muerto, la que controla todo el capital eres tú. Por el momento, eres el único miembro de la familia que maneja Milenio de Plata.
—Cierto. —Serena reunió todo su coraje para arrojarse de cabeza a la piscina.—Pero si yo me casara, mi esposo también seria miembro de la familia. Yo le conferia una parte de la empresa.
El té se derramó sobre la negra superficie del escritorio. Abruptamente, Darien apoyó la tetera. Durante un instante se quedó mirando, atónito, el charco de té, como si no hubiera podido creer que sus manos lo hubieran traicionado. Cuando volvió a levantar la vista, sus ojos parecieron de hielo.
—No sabía que estuvieras a punto de casarte.
Serena descartó el comentario.
—No. No exactamente. Quiero decir, señor Chiba, o sea... Darien...¿Ha... has oído hablar alguna vez de un matrimonio por conveniencia?
