Capítulo 2: Lazos
Si bien el sillón era cómodo y las mantas que Zelda le había puesto en su improvisada cama lo mantenían tibio, su sueño fue bastante intranquilo por los truenos a la madrugada, el incesante viento y la lluvia golpeteando furiosa contra las ventanas. Al menos Epona se había portado bien y relinchó solo en una ocasión con un trueno particularmente fuerte y destellante. El reloj calculaba las seis de la mañana, quedaba una hora y media para lo que usualmente era tiempo de levantarse, pero no tenía sentido seguir revolviéndose en las mantas. Se levantó, dando un enorme y sonoro bostezo y se dio cuenta que aún estaba vestido. No quería molestar a Zelda, así que luego iría a bañarse y a buscar una muda de ropa a su cuarto. Igual era temprano, pero se dispuso a hacer el desayuno de todas formas. Caminó hacia otra habitación de la primera planta, la cual utilizaba como bodega, y sacó de un cajón los víveres necesarios para cocinar. Sacó leche, queso, huevos, mendrugos de pan y unas cuantas frutas. Estaba comenzando a calentar la sartén para cocinar los huevos cuando sintió a la chica bajando por las escaleras.
-Buenos días - saludó con voz suave. El chico se volteó de medio lado y le dedicó una sonrisa amable.
-Buenos días, Zelda.
Ella se acercó al muchacho, observando con curiosidad como rompía la cáscara de los huevos y los vertía en un recipiente. Link le sonrió nuevamente.
-¿Me quieres ayudar? - Preguntó.
-No sabría cómo hacerlo - Confesó la princesa levantando las manos frente a su rostro, un poco avergonzada - Mi cercanía con el mundo culinario es nulo, así que no sé si sepa quebrar un huevo...
-Bueno, entonces es hora de aprender - El muchacho le pasó un huevo a Zelda y ella lo tomó delicadamente como si fuese el santo grial. Trató de imitar el golpe de Link en el recipiente pero se resquebrajó más de la cuenta, reventándose en su mano y cayendo todos los trozos de cáscara a la mezcla.
-¡Lo siento! ¿Lo arruiné? - Preguntó, alarmada.
-No, no, tranquila - Con un tenedor, Link sacó todos los restos de cáscara del interior del recipiente - Es sólo práctica, no debes hacerlo tan fuerte o sucederá precisamente eso. Toma.
Link le pasó otro huevo, pero esta vez sostuvo la mano de la chica y la guió. Con un golpecito suave, quebraron el huevo en una grieta limpia, y el contenido salió completo y sin derramar ningún pedazo de cáscara. La princesa admiraba la perfecta trizadura como si fuese lo más maravilloso del Universo conocido.
-Ese es solo el comienzo - Link la miraba divertido, ella puso su mejor cara de estudiante - Toma. Con esto bate los huevos mientras yo hago lo más difícil.
Zelda comenzó lentamente a mezclar los huevos con un tenedor, las yemas se iban rompiendo y disolviendo junto a la clara del huevo. Link por mientras cortaba fruta y la trozaba en dos cuencos. Lo difícil realmente fue enseñarle a voltear el omelette, aunque lo hizo bastante bien para ser su primera vez (Uno de ellos saltó y quedó sobre un librero, pero eran detalles menores).
Link estaba calentando una jarra con leche cuando la princesa se percató.
-Link, me gusta la leche fría en...
-La leche fría en la mañana y tibia en la noche, lo recuerdo bien.
Zelda se sonrojó un poco, ¿Cómo era capaz de recordar un detalle tan nimio como ese?. Minutos después el desayuno estaba listo: Omelette, ensalada de frutas, pan y leche, todo lo necesario para comenzar un día con energías (aunque no se necesitaran tantas energías, puesto que estarían encerrados por el mal clima). Tuvieron una conversación trivial mientras disfrutaban del alimento, Link no quería incomodarla con más preguntas sobre los clanes del sur y ciertamente tampoco quería que ella cuestionara el hecho de que quería acompañarla en su - suicida - misión. Terminando el desayuno Zelda levantó la mesa y se disponía a lavar los platos.
-Me toca a mí, anoche los lavaste tú - le dijo el rubio quitándole los trastes de las manos.
-Pero tú hiciste el desayuno...
-Ambos hicimos el desayuno - La corrigió. Ella lo miró con el ceño fruncido pero le entregó los platos de igual manera - ¿Puedes traerme una esponja de ese cuarto que está allí? - Link apuntó a la bodega - Están a un lado de la caja con jarras de leche.
Zelda cruzó el umbral de la puerta y comenzó a buscar - Jarras de leche, Jarras de leche... - Al cabo de unos segundo las encontró, pero otra cosa llamó profundamente su atención. Había un estante rebosante de figurillas de madera tallada, unas muy toscas, otras medianamente elaboradas, y unas muy bien hechas. Habían caballos, venados, árboles, un wolfos, hasta algunas razas de Hyrule como los gorons y los zoras, la figura de una chica le llamó particularmente la atención, era muy bonita y estaba muy bien hecha. Además de las incontables figurillas de madera habían muchos materiales de tallaje, e incluso lienzos, pintura, papel, lápices, pinceles... como si en la casa viviese un verdadero artista.
-¿Zelda? - Preguntó Link, asomándose ante la tardanza de la princesa. Ella se sobresaltó dejando caer la figurilla de mujer la cual rodó unos centímetros antes de detenerse.
-Lo siento si toqué tus cosas, es que me llamó la atención...
Link caminó hacia ella muy serio, tomó la figurilla y la dejó en su lugar. Se dirigió hacia el lugar que le había indicado Zelda que estaban las esponjas, tomó una y salió de la habitación sin decir nada. La muchacha comenzó a sentirse mal... ¿Había sido muy intrusa?, ¿Le había molestado su curiosidad? Caminó tímidamente hacia el comedor y observó al muchacho de espaldas mientras lavaba los platos.
-¿Link?
-¿Si? - El muchacho no se giró. Simplemente siguió en su labor.
-Yo... Lo siento. No quise ser entrometida.
El muchacho no respondió, ella se quedó allí parada unos segundos para ver si el chico hacía alguna señal, pero cuando entendió que realmente estaba molesto, decidió subir a la habitación sin decir nada más. Tomó un libro al azar de los que había empacado, una manta, y se subió a la cama para tratar de enfrascarse en la lectura. Una sensación de congoja le oprimía fuertemente el pecho, pero trató de ignorarlo e iniciar sus estudios. El tic-tac del reloj era el único ruido en la habitación, sin contar claramente con el estruendoso viento que golpeteaba el tejado, pero para Zelda lo más ruidoso eran las preguntas en su cabeza ¿Por qué se habría molestado tanto? Tal vez esas cosas significaban mucho para él, aunque nunca mostró un dote artístico en específico cuando... cuando se conocían. Un nudo se instaló en su garganta, haciendo que su pesar aumentara progresivamente... ¿Conocía a Link realmente? Ciertamente uno maduraba y cambiaba luego de la niñez y la adolescencia, y Link jamás le había ocultado nada, al menos no tan abiertamente. Siempre había sido comunicativo, alegre, y tenía alguna palabra optimista que le sacaba una sonrisa. Ahora estaba más taciturno y melancólico, le costaba mucho más iniciar una conversación con él, puesto que no veía la misma claridad en sus ojos como lo hacía antaño. Es como si su mirada cristalina se hubiese convertido en una sombría y trémula. Se sentía un poco ingenua al creer que su relación sería como la de hace unos años, y podrían reír y bromear como era pan de cada día. Tal vez estoy siendo demasiado exagerada - pensó la princesa. Link tenía todo el derecho del mundo a tener sus secretos, y ella no era quien para husmear en sus cosas. Esperaría a que se le pasara, no debería durarle el enojo para siempre.
Con un suspiro de resignación cerró el libro de... (miró la tapa para ver de qué se trataba) Medicina de Farore: Guía completa de las hierbas de todo Hyrule, total, ni atención le estaba dando. Lo dejó en su mesita de noche y se acurrucó, cubierta por la manta, a ver como golpeteaban las gotas de lluvia contra el cristal de la ventana.
Alertado por su estómago, Link levantó la vista y vio que el reloj marcaba las 12:00 de la tarde. Desde el incidente de la mañana había estado puliendo con ímpetu sus armas, de hecho, ya no podían estar más brillantes hace al menos una hora, pero no podía dejar de lustrar con furia el símbolo de la trifuerza grabado en su escudo. ¿Por qué estaba tan molesto? Ni el mismo lo sabía a ciencia cierta: Zelda no había hecho nada malo, y se disculpó incluso por un mal actuar que no cometió, pero... había descubierto su pequeño santuario, algo que absolutamente nadie sabía que tenía, donde podía refugiarse en su melancolía y en el pasado. Que Zelda haya descubierto ese aspecto de él significaba que ella se incrustaba aún más en su vida íntima, dejando pocos secretos para sí...
¡Soy un idiota! ¿Cómo ella puede saber que esas cosas son tan importantes para mí?- se maldijo internamente. Estaba exteriorizando una ira con Zelda que no era para ella precisamente, era para sí mismo y la tenía guardada hace mucho tiempo... no era justo que le cargara a la muchacha algo que tenía que resolver él. Se levantó, dejando su espada y su escudo a un lado, y se dispuso a hacer un almuerzo liviano, puesto que habían comido demasiado al desayuno. Minutos más tarde, tenía listo un filete de pollo con verduras y patatas, un trozo de pan y un vaso de zumo de frutas en una bandeja, subió lentamente para no dejar caer nada, y tocó a la puerta de la princesa.
-¿Zelda? - Llamó al no escuchar nada dentro. Evaluando la situación, giró el pomo de la puerta lentamente. La habitación de la chica estaba alumbrada tenuemente por una lámpara, hacía bastante frío. Dejó la bandeja sobre la mesita de noche al tiempo que se acercaba a la muchacha, quien estaba acurrucada torpemente sobre la cama, con los cabellos esparcidos por las sábanas, profundamente dormida. Link sonrió tristemente, recordaba que ella era muy mala para conservar el calor corporal, no porque fuera extremadamente delgada o algo así, más bien era algo genético, incluso la madre de Zelda enfermaba constantemente por esa misma razón. Sus labios tenían un tenue color lila, anunciando claramente que la princesa estaba comenzando a experimentar mucho frío, tocó sus manos y estaban muy heladas. Se levantó, y del armario extrajo una manta más gruesa, cubriéndola mejor. Dejó la puerta de la habitación abierta y bajó a la primera planta dispuesto a encender el fuego de la chimenea: Juntó unas cuantas astillas y papel, con un balde untó cenizas con aceite, y al fuego de un cerillo encendió la calefacción que fue creciendo rápidamente en intensidad. Mientras observaba como el fuego comenzaba a formarse en la chimenea, un ruido proveniente del tejado le avisó que fuera estaba granizando, se asomó por la ventana y pudo ver como verdaderas rocas de hielo, bastante grandes, impactaban en las viviendas y en el suelo. Al estar tallando con fuerza sus armas no se había percatado que la temperatura había descendido considerablemente.
Se sentó en el comedor para almorzar cuando escuchó los lentos pasos de la chica bajando las escaleras. Llevaba a cuestas la bandeja intacta, la cual dejó sobre la mesa.
-¿No tienes hambre? - Zelda negó con la cabeza, estaba un poco pálida - ¿No estarás enferma?
Ella puso una mano sobre su frente para medir su temperatura corporal, pero volvió a negar con la cabeza. Se sentó en su puesto habitual y puso sus manos entre sus piernas, con evidente frío.
-Tienes que comer algo - La animó el joven - Está tibio, recién lo serví, te ayudará a generar más calor.
Ella tenía su mirada pegada en el crepitar del fuego. El juego de luces hacía que sus ojos azulinos brillaran con una magia única. Después de un rato ella imitó a Link y se puso a comer discretamente.
-Estás muy callada - Observó Link. Claro que está callada, te comportaste como un verdadero idiota.
-No quiero molestarte - Dijo sin más, como si tratara de minimizar al máximo su presencia - Gracias por la comida, pero creo que no tengo demasiado apetito, subiré a mi cuarto a leer un poco más...
La chica se levantó y se dirigió a la escalera.
-¡Zelda! - Dijo el chico, más fuerte de lo que habría querido. Ella se volteó y él aclaró su garganta - No fue mi intención ser grosero contigo. ¿Puedes perdonarme?
-No tengo nada que perdonar. Es tu casa, tus cosas y tus reglas. Lamento haber sido entrometida.
-¡No lo fuiste! - Otra vez alzó la voz sin querer - Es que yo... esas cosas son importantes para mí.
Ella asintió y le dedicó una sonrisa gentil, dando a entender de que el malentendido estaba solucionado. Subió grácilmente las escaleras y se dirigió a la habitación de Link. El muchacho se pasó la mano por el cabello, desordenándolo como era costumbre y dejando caer su gorro verde. Zelda no le había preguntado nada acerca de sus cosas, y si bien su plan inicial era no contarle nada al respecto... estaba sintiendo la necesidad de hacerlo. ¡Qué rayos! Zelda era su mejor amiga, ¿no?, se supone que los amigos se tenían confianza y se contaban sus cosas, ¿Por qué rayos estaba siendo tan arisco? La muchacha solo daba señales de comprensión, y ahora había optado con alejarse de él y dejarlo tranquilo en su estúpida soledad auto impuesta... Ella le había confiado un secreto importante como lo era la amenaza que sufría el reino, información importante y vital que podría ser aún más peligrosa en manos equivocadas, y solo sembraría pánico con su mal uso... ¿Y él se enojaba con una bobería como esa?
Acaso en lo más profundo de su ser... ¿Ya no la consideraba su amiga?
Sacudió la cabeza, furioso consigo mismo. Subió presuroso las escaleras y entró al cuarto aprovechando que la puerta estaba abierta, la princesa se hallaba de pie frente al armario, sosteniendo algo entre sus brazos con una expresión melancólica. Se acercó a ella lentamente, y vio que el trozo de tela que sostenía envolvía la ocarina del tiempo, aquella que significaba tantas cosas para ellos dos. Ese objeto que parecía contener todos sus recuerdos, volátiles como el papel. El instrumento simbolizaba su lazo, y su conexión a pesar del tiempo, y ambos lo sabían.
Zelda alzó la vista y se encontró con los azules ojos del muchacho, quien al no poder soportarlo más, estrechó a la princesa entre sus brazos tratando de expresar todo lo que tenía guardado. La chica podía sentir el corazón del joven latiendo con fuerza, como no lo hacía hace ya bastante tiempo, le correspondió el abrazo pasando sus manos por la espalda de él, buscando inconscientemente el calor que emanaba su cuerpo.
-Discúlpame - Era un idiota por pensar que podía mantener a Zelda al margen de su vida. Lo había intentado y fracasado miserablemente. Si bien jamás podría tener la clase de relación que a él le gustaría, perderla sería el golpe más fuerte de su vida, ya haberla tenido alejada por tanto tiempo lo había vuelto huraño y malas pulgas, sacarla de su vida definitivamente no era una opción en lo absoluto.
Zelda por su parte se sentía, después de mucho tiempo, muy feliz. Había recuperado a su amigo, sentía a través de sus brazos y con el vigoroso latido de su corazón que el chiquillo alegre, bondadoso y despistado seguía dentro de ese cuerpo con actitud taciturna. Estaba dichosa de descubrir que él, después de todo, seguía siendo el mismo Link que tanto había añorado y extrañado esos últimos años.
Se separaron luego de un largo rato de reconciliación. Sin decir nada, como siempre había sido su relación, silenciosa y cómplice, Link la tomó de la mano y ambos bajaron al primer piso de la casa. Caminaron hacia la habitación que servía de bodega, y se dirigieron hacia el dichoso estante con figurillas talladas y artículos de arte. Link tocó con cautela algunas figurillas, las más elaboradas, como si sintiera un aura mágica en torno a ellas. La princesa no dijo nada, solo se dedicó a mirarlo, parecía que estaba experimentando un proceso muy personal.
-Todas estas cosas pertenecieron a mi madre - Soltó Link, al cabo de unos minutos. La madre de Link, herida fatalmente, había entregado a su hijo al gran árbol deku para que lo criara entre los kokiris antes de caer muerta frente a él. Por esta misma razón el rubio sabía muy poco de su madre y de sus orígenes en general, y siempre había existido un vacío en su vida respecto a ese tema. Zelda supuso que después de dejar el castillo se había dedicado a investigar sobre su vida -De las pocas cosas que he descubierto sobre ella, este es sin duda el aspecto más fascinante. Las figuras mejor acabadas las hizo ella, como este - Le pasó a Zelda una hermosa escultura que representaba a la Diosa Nayru, los detalles eran asombrosos, desde la acabada vestimenta que tenia pliegues y costuras hasta el rostro, que parecía un verdadero retrato, con expresión y vida propia.
-Quiero que la conserves - Dijo Link. Zelda abrió los ojos y lo miró, sorprendida - Tengo muchas figuras, y como tú eres parte importante de mi vida, quiero que conserves una.
La chica estaba dudosa si recibir o no el obsequio, después de todo era uno de los únicos vestigios que quedaban de la madre de Link.
-¿Esos otros los hiciste tú? - Preguntó la muchacha apuntando a las figuras evidentemente más inexpertas. El chico se sonrojó, un poco avergonzado porque ella descubriera su secreto.
-Sí, los primeros son bastante feos - Ambos soltaron una risita - Pero he ido mejorando, he descubierto que hacer esto me relaja bastante... mi madre era toda una artista, espero algún día tener algo de su habilidad. Mira, este es el último que hice.
El chico le pasó la figura tallada de un caballo, Epona evidentemente, quien se sostenía de sus dos patas traseras y se inclinaba hacia arriba con ímpetu. Si bien carecía de la maestría de su madre, era una pieza hermosa y muy bien elaborada.
-Seguramente tu madre estaría orgullosa de que sintieras interés por las cosas que a ella le apasionaban.
Link volvió a sonrojarse, era la primera vez que se abría tanto con alguien sobre un aspecto tan íntimo de su vida. Tratando de buscar otro tema de conversación para no centrarse sobre su persona - y sus sentimientos - divisó una caja que guardaba antiguos lienzos, pinceles y óleos.
-Mira - De la caja extrajo un lienzo que mostraba el rostro de una hermosa mujer, de ojos azules como el cielo, cabello dorado, y una tez blanca y ligeramente sonrojada.
-¿Es tu mamá?
-Si - Link miró el lienzo - Es un autorretrato, la única pintura de ella que fui capaz de encontrar.
La mujer se parecía mucho a Link. Aparte de tener su mismo cabello y ojos, tenía la misma forma de rostro y nariz. Era muy bella y elegante.
-Recuerdo que te encantaba pintar - Mencionó Link.
-Solía hacerlo mucho...
-¿Ya no?
-Pues, no... - Zelda suspiró - Es como si un día la inspiración se hubiese escapado de mí, para nunca más volver. No quise volver a pintar.
-¿Qué pasó?
Zelda lo miró a los ojos, el recuerdo de aquellos días seguían doliendo como un puñal.
-Te fuiste.
El muchacho quedó sin palabras sosteniendo el lienzo de su madre entre sus manos. La chica cortó el contacto visual y comenzó a revisar los óleos y pinceles.
-Sería agradable volver a pintar - Añadió.
-Eres libre de utilizar las cosas que hay acá - Dijo Link, saliendo de su inicial asombro - Después de todo no sé hasta cuándo podremos salir.
Al caer la noche el frío se hizo más crudo e intenso. Pequeños copos de nieve habían reemplazado a la lluvia torrencial y a los granizos monstruosos que gobernaron la mañana, lo que parecía un dulce relajo a tan violento temporal. Link había hecho bien en exagerar con las reservas de leña, la bruja de Kakariko había pronosticado mal clima, esencialmente lluvias, pero si nevaba la cosa era distinta... se encargó durante la tarde de forrar de mejor manera el establo de Epona y darle más afrecho, la yegua se había portado bastante bien a pesar de estar acostumbrada a dar largos viajes diarios, y no se había dado cuenta cuando la luz de las estrellas comenzaba a titilar en el sereno. Salió del establo para divisar el panorama nocturno, el suelo se estaba cubriendo de un manto blanco al igual que los tejados y las copas de los árboles, la luna acompasaba los suaves destellos del firmamento, y la luz de las ventanas y el humo de las chimeneas lo hacían sentir reconfortado. El frío lo estaba obligando a entrar nuevamente a la casa, era ya hora de preparar la cena, pero ciertamente había estado evitando el contacto con Zelda lo que llevaba de la tarde.
Se sentía frustrado al no poder lidiar con sus sentimientos y al darse cuenta de que ni el tiempo ni la distancia fueron suficientes para apaciguar lo que sentía por ella. El clima favorecía a que a él llegaran los recuerdos de lo que pasó la última noche que la vio hace cuatro años, recuerdos que le perforaban el corazón como una estaca de hielo; más aún teniéndola tan cerca, más aún sabiendo que jamás sería algo más que su amigo...
FLASHBACK
La inauguración del festival de invierno siempre había sido desde tiempos inmemoriales dentro de la familia real, una gran celebración de alcurnia y sociedad que reunía a los más prestigiosos miembros del comercio y la aristocracia para presumir de sus logros, títulos y fortunas. En opinión de Link, una ostentosa e innecesaria cursilería que sólo servía para poner en evidencia la brecha de desigualdad entre estas clases usureras y oligárquicas con el pueblo llano y humilde. Pero paradójicamente ahí se encontraba, con un traje que su querida amiga le había mandado a hacer, con el cuál parecía un aristócrata más en ese jardín de esperpentos: Una fina túnica roja bordada con hilo de oro, unos leotardos ajustados color plata, haciendo juego con su capa y sus hombreras que brillaban a la luz de los candelabros, llevaba el cabello firmemente agarrado en una coleta.
-Me siento como un idiota - Dijo al fin, mientras Zelda lo miraba divertida.
-No seas ridículo, te ves muy guapo.
-Por favor recuérdame por qué estoy aquí...
Zelda se llevó una mano al mentón, pensativa.
-Porque no eres capaz de dejar sola a tu amiga del alma con ese montón de hienas hambrientas que solo buscan tenerme en sus fauces para obtener más poder.
Link alzó una ceja. Zelda siempre tan melodramática.
-Y porque me debes una apuesta - Dijo al tiempo que lo tomaba del brazo - Es esto o acompañarme a la ceremonia en los dominios de los Zoras la semana entrante.
-Olvídalo. Esta es la mejor opción - Respondió Link automáticamente, recordando a la empalagosa y poco discreta princesa de los anfibios.
-¡Vamos! Sé que es terrible, pero eres el único que puede hacer mi noche más agradable. Yo lo soporto menos que tú y es una obligación anual.
El chico suspiró. Cuando la princesa lo miraba con anhelo y ojos suplicantes... no podía oponer resistencia alguna. Estaban en el segundo piso del castillo, caminando lentamente hacia la escalinata que desembocaba en el primer piso del gran salón, en donde Zelda tenía que realizar su típica entrada triunfal como princesa del reino. Todas las miradas solían posarse en ella y en su elegante belleza, además que se veía especialmente hermosa aquella noche: Un vestido color púrpura sujetado al cuello y sin mangas, con un gran escote en la espalda, se ceñía bajo el busto en la parte más pequeña de su cuerpo haciendo que la falda se moviera con gracia y elegancia, sobre la tela de la falda un tul con brillantes hacía que de su caminar se desprendieran mágicos destellos, unos guantes color magenta adornaban su piel hasta la mitad del brazo. Su cabello estaba recogido en un moño alto y pequeños mechones de cabello caían rebeldes tocando sus hombros. Una pequeña tiara adornaba su frente, muy sencilla, con una pequeña amatista en el centro.
Cuando llegaron a la puerta por la que Zelda tenía que hacer su aparición, Link la soltó del brazo y la observó un momento. Ella miraba fijamente el umbral, con esos ojos que la habían caracterizado desde que era una niña: esos ojos que decían a gritos que no quería esta vida de nobleza y alta sociedad, que odiaba que la adularan por ser princesa, que odiaba también a quienes la adulaban por conveniencia. Sus ojos azules y cristalinos siempre habían reflejado una sed de aventura, como cuando se escapaban del castillo para ver las estrellas, cuando la ayudaba a hacer pellas y faltar a sus clases de etiqueta, o cuando hacía cualquier otra cosa que significara estar lejos de sus obligaciones... lo único que la ataba a esta vida era el respeto por su padre y el amor por su reino y por su gente. Siempre había querido ser una chica común y corriente.
La princesa se movió. Link pensaba que al fin abriría la puerta cuando inesperadamente se lanzó a sus brazos, abrazando su cuello y acunando su cabeza en su hombro. El corazón de Link comenzó a latir a mil por hora al sentir el frágil cuerpo de la chica contra él, su calor y su olor tan característico lo envolvieron en una sensación sublime, la estrechó suavemente por la cintura, dejándose llevar por el momento que le regalaba la muchacha. Ella levantó un poco la cabeza para que su boca quedara a la altura del oído del chico.
-Gracias por estar siempre conmigo - Le susurró. El contacto del aliento de la princesa con el lóbulo de su oreja lo hizo estremecer en un espasmo placentero. Si pudiese no dejaría que este momento terminara jamás.
-Zelda... - La muchacha deshizo el abrazo lentamente y se acomodó para abrir las puertas del salón y hacer acto de presencia. Antes de eso, miró a su acompañante quien aún no se recuperaba del súbito contacto con la chica.
-¿Me puedes prometer algo? - Ella parecía seria, aunque por algún motivo su voz temblaba.
Link solo atinó a asentir con la cabeza.
-Trataré de librarme de todos los saludos y compromisos con los que me recibirá esta avalancha de buitres... ¿Podrías esperarme en la fuente de los jardines del palacio? Hay algo que necesito hablar contigo.
Él volvió a asentir. Con una sonrisa dulce, Zelda abrió las puertas y entró al gran salón.
Link continuaba parado en su lugar, temeroso de moverse y que esa sutil sensación de contacto desapareciese de su piel. Cuando su corazón retornó a sus latidos habituales, decidió encaminarse hacia la pileta para no hacerla esperar, en el caso de que lograra escabullirse prontamente de esa manada de aves de rapiña. Se giró sobre sus talones y comenzó a caminar, cuando una conocida figura apareció en su campo de visión. Inmediatamente se inclinó en una marcada y formal reverencia.
-Su majestad - Dijo, mientras mantenía su cabeza inclinada.
-Buenas noches, Link - El rey lo saludó - caminando lentamente hacia el joven - Es increíble lo hermosa que se ha puesto mi hija. Es el vivo reflejo de su madre.
El muchacho asintió con cortesía, sin levantar la mirada.
-Es difícil mantener al margen los sentimientos, más aún a la edad que tienen ustedes. Las sensaciones afloran como brotes primaverales, y es casi imposible eludir el encanto que produce el cosquilleo de la cercanía con el ser amado...
Link se estaba poniendo un poco incómodo. ¿A qué iba todo esto?
-Tuve la suerte de amar a mi esposa. Muchos regentes y gente importante no pueden vanagloriarse de eso, ella también me amó y de eso estoy sumamente agradecido. Pero lo de nosotros fue mera suerte, en el mundo de la realeza tal cosa no puede ser más que una utopía. El amor no sirve si no hay poder, conexiones, influencias y dinero, ya que el amor por sí solo no mantiene un reino en pie.
El soberano estuvo varios segundos callado. Link volvió a hacer otra reverencia creyendo que esas habían sido las últimas palabras del hombre, pero estaba lejos de ser verdad. Cuando se dispuso a alejarse de ahí para reunirse con la princesa, el rey volvió a hablar.
-Sé que la amas.
El chico se giró con el corazón bombeándole tan fuerte que podía sentirlo en sus oídos. El rostro con el que miró al soberano debe haber confirmado sus sospechas, y éste solo atinó a reír tristemente.
-Lo siento Link, eres un muy buen muchacho, una persona muy valiosa para mi hija. Pero el héroe del tiempo no es más que una leyenda, en este presente... no eres nadie.
El corazón del rubio se contrajo dolorosamente. ¿Acaso el rey le estaba diciendo que se alejara de ella?
-Tu existencia es igual a nada. No tienes absolutamente nada que ofrecerle a mi hija, solo eres un huérfano a quien la princesa tiene mucha simpatía. El gobernar no es un juego, y yo me encargaré de que mi hija tenga a su lado a alguien que sea digno de ella y de su posición.
A pesar del dolor, Link no podría estar más que estupefacto. El rey siempre había sido sumamente amable con él, afable y de buen carácter. No podía creer que era aquel gentil hombre que siempre había tenido en alta estima el artífice de tan crudas palabras.
-Ya no están en edad para ser amigos, es inapropiado. No puedo permitir que llegues a confundir a mi hija - el soberano se giró, en dirección a la puerta del gran salón - Gracias por todo lo que hiciste por ella. Pero de ahora en adelante, Zelda ya no te necesita.
Sin mirar atrás, el hombre caminó hasta perderse tras el umbral de la puerta. El corazón de Link estaba tan apretado que creía poder estallar de dolor. Las palabras del monarca habían sido tan... despreciativas y humillantes, que se sentía como lo que él había denominado: un pobre huérfano sin nada más que sus manos para trabajar. Estuvo varios minutos apoyado en la fría pared, embargado por el dolor de las palabras, y por el hecho de contemplar un futuro en donde ella no iluminara los días con su presencia. Sus ojos se llenaron de agua, pero se rehusó a soltar una sola lágrima por los dichos de ese hombre. Furioso, se incorporó y entró a los aposentos que Zelda le brindaba cuando venía de visitas, se desvistió y dejó costosa ropa sobre la cama, cambiándola por su habitual ropa sencilla. Se calzó las botas, los guantes, y tomó un morral en el que tenía sus pocas y humildes pertenencias. Sin mirar atrás, caminó por un pasillo del castillo para llegar a la puerta del servicio e irse para nunca más regresar, pero no contaba con que aquel corredor en específico le diera una perfecta vista a los jardines. Allí la vio, alumbrada a la luz de los faroles, pequeños copos de nieve comenzaban a teñir el césped con su manto blanco, ella jugueteaba con un hada que volaba alrededor de la pileta, los brillos de su tiara y de su vestido no tenían comparación con lo que irradiaba su sonrisa, parecía una flor de invierno.
Asimilando que probablemente era la última vez que la contemplaba, cerró sus ojos para guardar ese recuerdo en su memoria, y dejarla ir para siempre.
FIN DEL FLASHBACK
Después de haberse marchado del castillo, Link se había fijado una importante meta. Para eso había estado entrenando en las artes de las guerras cuando no tenía que trabajar.
Su cuerpo había comenzado a temblar ligeramente, por lo que decidió entrar a la casa a refugiarse del frío. Apenas cruzó el umbral de la puerta sintió el calor del hogar abrazar su cuerpo, y un agradable olor, giró la cabeza y se percató de que Zelda estaba en la cocina, se había puesto un delantal para no manchar su ropa, y leía un grueso manual mientras revolvía con una cuchara de madera el contenido de una cacerola. No se había percatado de la presencia de Link si no hasta que lo sintió husmeando tras ella.
-¿Crema de setas? - Preguntó el rubio. Zelda asintió - Se ve bastante bien, la miro y me da hambre. ¿Puedo probarla?
Zelda lo miró indecisa.
-No quiero encontrarte muerto por envenenamiento en la mañana.
-No seas tonta - Link sonrió, mientras con una cuchara tomaba un poco del contenido, lo soplaba para disipar el calor, y se lo llevaba a la boca. La princesa lo miraba expectante esperando la reacción del chico, quien sin decir nada se dirigió a una alacena y sacó unas hojas aromáticas de un pequeño frasco. Con cuidado, las añadió a la cacerola y revolvió el contenido, sacó otra cuchara, y le ofreció a Zelda.
La princesa se acercó al muchacho y abrió los labios, Link suavemente introdujo la cuchara en la boca de la chica, tratando de no derramar nada para que su imaginación no volara hacia la luna. La chica abrió los ojos, sorprendida por el nuevo sabor.
-Está delicioso... - Miró la receta del libro que tenía sobre la encimera - Eso no sale en la preparación...
-Eres muy teórica, Zelda. A veces hay que improvisar - El muchacho sacó la olla del fuego - Le puse un poco de albahaca, en mi opinión las hierbas frescas son el mejor condimento para todo. Con el tiempo las conocerás, pero tu crema está muy bien hecha.
Al rato cenaron amenamente agregando lo que sobró en el almuerzo. Zelda insistió hasta que Link se dio por vencido de lavar los platos y limpiar un poco la cocina, mientras él se acomodó en el sillón frente al acogedor calor de la chimenea, sintió que su cuerpo se relajaba de la tensión acumulada durante días, y la calidez lo invitaba a cerrar los ojos. Para cuando la princesa terminó sus labores de limpieza, el chico ya estaba profundamente dormido sentado en el sofá, con una sonrisa la princesa se sentó a su lado para contemplarlo en silencio, aprovechando que el muchacho se encontraba en el quinto sueño. Pasó la yema de sus dedos por los rasgos de su cara, sus pómulos y su nariz, recorrió las finas hebras de cabello dorado que cubrían parcialmente sus ojos, despejó su frente y trató de grabar en su mente el rostro del joven, quien se veía sereno y despreocupado mientras dormía. Zelda estaba cada vez más convencida de que si bien seguían teniendo complicidad en muchos sentidos, su amistad pendía de un fino hilo abatido por la distancia y el tiempo, pero para ser sinceros, no estaba segura de cómo fortalecer ese lazo de amistad sin que se vieran trastocados sus sentimientos otra vez. No quería que el rubio le rompiera nuevamente el corazón, aunque muy probablemente él no tuviese idea del asunto. Se acurrucó en el sillón sumida en sus pensamientos, no tardando en caer en un profundo sueño acompañada por el crepitar del fuego y la respiración acompasada de su acompañante.
Hola!
Primero, lamento mucho la demora. Esperaba subir este episodio a la semana de publicado el fic, pero aún no estaba terminado y he tenido unos días del terror en la Universidad. Segundo, muchas gracias a Goddess Artemiss y SakuraXD por sus reviews, y a quienes me leyeron y pusieron fav y follow, también los invito a escribirme un comentario para alentarme a escribir más seguido :3. Tercero, no sé para cuándo estará el próximo capi, pero como ya sé el transcurso de la historia, espero que sea para antes de Navidad. Nuevamente gracias y espero les haya gustado! :D
