Buenas YA otra vez yo, con este capitulo espero que la historia comience a tomar forma como ya dije nada de esto es mio todo lo que hago es ponerlo a qui por el mero placer de hacerlo, aunque les admito que no sabia lo pesado que se me puede hacer el adaptar una historia. casi siento que me metí en camisa de once varas por eso espero saber si quieren que continué o solo lo dejo hasta a qui ustedes me dicen. y si hay errores lo siento tiendo a cometer errores ortográficos juro que no lo hago apropósito.
Al menos tendré algo que contarle al vicario la próxima vez que lo vea. Tal vez
se trate de un conocido fantasma local y así podrá contarme su tenebrosa historia. —
Consultó el reloj—. Bueno, creo que es hora de ir a la cama.
—Lo es —murmuré.
Lo miré en el espejo mientras se quitaba la camisa y buscaba una percha. De
pronto, se detuvo.
—¿Has asistido a muchos escoceses, Regina? —preguntó con brusquedad—. ¿En el
hospital de campaña o en Pembroke?
-si por que?- su pregunta me tomo por sorpresa-¿sucede algo?- lo mire mientras se quitaba su blanca camisa, su expresión cambio por un momento y muy serio mirándome a los ojos.
- acaso tu, durante el tiempo que estuve lejos bueno talvez, conocistes a alguien, digo eso por que era la guerra las emociones estaban a flor de piel. Solo para consolarte bueno, creeme no te lo reprocharía, pero me gustaría saber si algo asi ocurrio mientras no estaba contigo.
Volvió a sonreír, ahora menos tenso, y se acercó para quedarse detrás de mí. Me
dio un beso en la cabeza.
- sabes que me gusta todo en ti —manifestó con voz ronca—. Estas preciosa a la luz de las velas, ¿sabes? Tus ojos son como el jerez en una copa de cristal y tu piel resplandece corno el marfil. Pareces una hechicera a la luz de las velas. Tal vez deba desconectar la luz para siempre.
Mi expresión era inmutable mi rostro se quedó petrificado, acaso era posible que mi esposo me estuviera preguntando si de alguna manera le había sido infiel a lo largo de todos estos años, mi pecho comenzó a doler mientras un fuego indescriptible se apoderaba de él, la rabia hizo que mi voz se volviera fría como el hielo.
Le cogí la barbilla y lo obligué a mirarme. Abrió los ojos con simulada sorpresa.
—¿Estás insinuando —exigí saber— que esa figura que has visto fuera fue algo
así como, como...? —Dudé un instante en busca de la palabra apropiada.
—¿Una aventura? —sugirió para ayudarme.
—¿Un amante? —concluí.
—No, no, en absoluto —afirmó de manera no muy convincente.
Me apartó las manos de su rostro y trató de besarme, pero esta vez me tocó a mí
volver la cara. Se conformó con bajarme para que me acostara otra vez a su lado.
—Sucede que... —comenzó—. Regina, fueron seis años. Y nos vimos apenas tres
veces. La última, sólo por el día. No sería extraño que... Quiero decir, todo el mundo sabe
que los médicos y las enfermeras se encuentran bajo una enorme presión en las
emergencias y... Bueno, yo... Es sólo que... Bueno, lo entendería, sabes, si algo...
espontáneo...
Interrumpí el titubeante discurso soltándome y bajándome de la cama como una
tromba.
—¿Crees que te he sido infiel? —inquirí—. ¿Lo crees? Porque si es así, puedes irte
de este cuarto ahora mismo. ¡Fuera de esta casa! ¿Cómo te atreves a sugerir una cosa así?
—Estaba indignada y Robin se sentó para intentar calmarme—. ¡No me toques! —
estallé—. Dime, ¿de veras supones que he tenido un romance apasionado con uno de mis
pacientes sólo porque has visto a una persona extraña mirando hacia mi ventana?, y que de paso dicho sea el caso era una mujer.
Robin abandonó la cama y me envolvió con sus brazos. Me quedé tiesa, pero él insistió, acariciándome el cabello y los hombros como sabía que me gustaba.
—No, no lo creo —aseveró. Me apretó contra sí y me calmé un poco, aunque no lo
suficiente como para abrazarlo.
Después de un buen rato, murmuró:
—No, sé que no harías algo así. Sólo quería decir que si lo hubieras hecho... No me
importaría, Regina. Te quiero tanto. Nada que hicieras podría cambiar este amor. —Me
cogió el rostro entre las manos. Como era sólo diez centímetros más alto que yo, podía mirarme
a los ojos. Añadió con suavidad—: ¿Me perdonas? —Su aliento, apenas perfumado
con el aroma del Glenfiddich, me entibió la cara. Sus labios, insinuantes, estaban muy
cerca.
Afuera, otro relámpago anunció la llegada de la tormenta y una copiosa lluvia
comenzó a golpear las tejas del techo.
A la mañana siguiente, el señor Marcos pasó a recogerme a las siete en punto.
—Así podremos ver el rocío en los ranúnculos, ¿eh, jovencita? —dijo guiñándome
un ojo con anciana galantería. Había traído una motocicleta, de casi su misma edad, para
transportarnos a la campiña.
Fue un paseo agradable a través del tranquilo paisaje, que pareció mucho más silencioso cuando el atronador rugido de la motocicleta del señor Marcos enmudeció de pronto. Descubrí que el anciano sabía mucho sobre las plantas locales. No sólo conocía los lugares donde encontrarlas, sino también sus usos medicinales y cómo prepararlas. Deseé haber llevado un cuaderno para escribirlo todo, pero me conformé con escuchar atentamente la cascada voz y me esforcé por memorizar la información mientras guardaba las muestras en las pesadas prensas.
Nos detuvimos a merendar cerca de la falda de una extraña colina. A pesar de ser
verde como sus vecinas, con los mismas salientes rocosos y riscos, tenía algo diferente: un
sendero muy marcado que subía por uno de los lados y desaparecía de forma abrupta tras
un peñasco de granito.
—¿Qué hay ahí arriba? —pregunté al tiempo que señalaba el sitio con el bocadillo
de jamón—. Parece un lugar muy escarpado para una merienda.
—Ah. —El señor Marcos miró hacia la colina—. Es Craigh na Dun, jovencita.
Pensaba enseñársela después del almuerzo.
—¿En serio? ¿Tiene algo especial?
—Oh, sí —respondió, pero se negó a decir nada más, limitándose a comentar que
ya lo vería.
Tenía ciertos reparos con respecto a la capacidad del anciano para subir el
empinado sendero, pero se disiparon cuando me encontré jadeando detrás de él. Por fin, el
señor Marcos extendió una mano huesuda y me ayudó a llegar a la cima.
—Ahí está. —Señaló con la mano abierta en un gesto casi de pertenencia.
—¡Es un monolito! —exclamé, encantada—. ¡Un monolito en miniatura!
Debido a la guerra, habían pasado varios años desde la última vez que había
visitado Salisbury, pero Robin y yo habíamos ido a Stonehenge al poco tiempo de casarnos.
Al igual que los demás turistas que paseaban anonadados entre las gigantescas rocas erguidas,
nos habíamos quedado boquiabiertos ante la Piedra del Altar («donde los antiguos
sacerdotes druidas realizaban sus espantosos sacrificios humanos» anunció la estentórea
voz de la guía que acompañaba a un grupo de turistas italianos, quienes procedieron
cumplidamente a tomar fotografías del bloque de piedra de aspecto bastante corriente).
La misma pasión por la exactitud que hacía que Robin colgara sus corbatas de
modo tal que las puntas quedaran perfectamente paralelas nos había obligado a recorrer la
circunferencia del círculo, para medir la distancia entre los orificios Z y los orificios Y y
para contar los dinteles del Círculo Sarsen, el anillo más externo formado por las
monstruosas piedras.
Tres horas más tarde, sabíamos cuántos orificio había (cincuenta y nueve, si
os interesa; a mí, no), pero no teníamos ninguna pista acerca del propósito de la estructura,
como tampoco la tenían los cientos de arqueólogos profesionales y aficionados que habían
inundado el lugar durante los últimos quinientos años.
Por supuesto, no faltaban opiniones. La vida con los académicos me había
enseñado que en lo que se refiere al progreso profesional, una opinión bien expresada valía
más, por lo general, que un hecho mal expresado.
Un templo. Un cementerio. Un observatorio astronómico. Un campo de ejecuciones
(de ahí el incorrecto nombre de «Piedra de la Matanza» para la mole que se encuentra en
uno de los laterales, semihundida en su propia fosa). Un mercado al aire libre. A mí me
gustaba esta última posibilidad. Podía ver a las amas de casa megalíticas paseando por las
aberturas con canastas bajo el brazo, observando con ojo crítico el brillo de la última serie
de jarras de arcilla y escuchando con escepticismo los anuncios de los pasteleros
prehistóricos y vendedores de palas de hueso de ciervo y cuentas de ámbar.
Lo único que parecía no sustentar esta hipótesis era la presencia de cuerpos debajo
de la Piedra del Altar y de restos incinerados en los orificios Z. A menos que se tratara de
los desafortunados restos de comerciantes acusados de estafar en el peso a sus clientes, no
parecía muy higiénico enterrar gente en el mercado.
No había indicios de cementerio en el monolito en miniatura de la cima de la
colina. Utilizo la palabra «miniatura» para indicar que el círculo de piedras enhiestas era
más pequeño que Stonehenge. Las piedras en sí eran gigantescas en proporción a mi
estatura.
Había escuchado comentar a otro guía de Stonehenge que estos círculos de piedras
se encuentran en toda Gran Bretaña y Europa, algunos mejor conservados que otros, o con
leves diferencias de orientación y forma, pero todos de propósito y origen desconocidos.
El señor Marcos permaneció en pie, sonriente, mientras yo recoma las rocas y me
detenía a cada momento para tocar alguna con delicadeza, como si pudiera dejar huella en
las monumentales piedras.
Algunas eran moteadas, con líneas de colores tenues. Otras tenían manchas de mica
que reflejaban el sol matinal con alegres destellos. Todas eran notablemente diferentes de
los grupos de rocas lugareñas que sobresalían del helechal circundante. Quienquiera que
hubiese construido aquel círculo, por la razón que fuera, lo había considerado lo
suficientemente importante como para extraer, moldear y transportar los bloques de piedra
con el fin de levantar su testimonio. Moldearlos... ¿cómo? Transportarlos... ¿cómo? y
¿desde qué inimaginable distancia?
—A mi marido le fascinaría —manifesté al señor Marcos cuando me detuve para
agradecerle el haberme enseñado el lugar y las plantas—. Lo traeré más tarde. —El enjuto
anciano me ofreció el brazo en lo alto del sendero. Lo acepté después de echar un vistazo a
la pendiente empinada y decidir que a pesar de su edad, parecía tener un andar mucho.
Al día siguiente, sin embargo, teníamos otras cosas que hacer. Había olvidado que
habíamos planeado pasar el día en el valle del lago Ness.
Era un viaje largo y partimos muy temprano, antes del alba. Después de correr
hasta el coche que nos esperaba, en el frío del amanecer, fue agradable descansar bajo la
manta y sentir el calor retornar a manos y pies. Me dejé llevar por un delicioso sopor y me
quedé dormida en el hombro de Robin. Lo último que vi fue la cabeza del conductor
recortada contra el cielo rosado.
Llegamos después de las nueve; el guía que Robin había contratado nos esperaba en
la orilla del lago con un pequeño bote de vela.
—Si le parece bien, señor, pensé que podríamos ir en bote hasta el castillo
Urquhart. Tal vez podamos comer algo allí antes de continuar. —El guía, un hombrecillo
lúgubre vestido con una camisa de algodón gastada y pantalones de lanilla, guardó la cesta
con emparedados debajo del asiento y me ofreció su mano callosa para subir a la
embarcación.
Era un día hermoso y la vegetación frondosa de la costa se reflejaba en la
encrespada superficie del agua. Nuestro guía, a pesar de su sombría apariencia, resultó
experto y conversador. Nos señalaba las islas, castillos y ruinas que bordeaban el largo y
angosto lago.
—Allí está el castillo Urquhart. —Señaló una pared de piedra lisa, apenas visible
entre los árboles—. O mejor dicho, lo que queda de él. Recibió una maldición de las brujas
del valle y tuvo una desgracia tras otra.
Nos contó la historia de Mary Grant, hija del Señor del castillo Urquhart, y de su
amante, Donald Donn el poeta, hijo de MacDonald de Bohuntin. El padre de ella les había
prohibido verse debido a la costumbre de Donald de «recoger» todo ganado que
encontraba (una antigua y honorable profesión escocesa, nos aseguró el guía). Sin
embargo, se veían. El padre se enteró y planeó una cita falsa. Donald cayó en la trampa y
fue atrapado. Condenado a morir, pidió que lo decapitaran como a un caballero, en lugar de
ahorcarlo como a un criminal. Le concedieron el deseo y el muchacho marchó al cadalso
repitiendo: «El diablo al señor de Grant se llevará, pero a Donald Donn no lo colgará.» No
lo colgaron y la leyenda asegura que su cabeza cortada rodó del cadalso y habló. Dijo:
«Mary, levanta mi cabeza.»
Me estremecí. Robin me rodeó con el brazo y murmuró:
—Recuerdo un fragmento de uno de los poemas de Donald Donn. Dice así:
Mañana estaré en la colina, sin cabeza.
¿Acaso no sienten compasión por mi doliente doncella,
mi Mary, la de piel clara y ojos dulces?
Le cogí la mano y se la apreté con suavidad.
Después de escuchar historia tras historia de traiciones, asesinatos y violencia, nos
pareció que el lago se había ganado su siniestra reputación.
—¿Y el monstruo? —pregunté mientras miraba por la borda hacia la oscura
profundidad. Combinaba a la perfección con el entorno.
El guía se encogió de hombros y escupió en el agua.
—Bueno, el lago es muy extraño, no hay duda. Hay historias de algo antiguo y
malvado que vivió en sus profundidades. Se le ofrecían sacrificios... ganado y niños
pequeños arrojados al agua en cestos. —Volvió a escupir—. Y algunos afirman que el lago
no tiene fondo, que tiene un pozo en el centro, más hondo que ningún otro sitio de Escocia.
Por otra parte —agregó y sus ojos entrecerrados se cerraron aún más—, hace unos años,
una familia de Lancashire llegó corriendo a la comisaría de policía de Invermoriston
gritando que habían visto al monstruo salir del agua y ocultarse en el helechal. Contaron
que era una criatura espantosa, cubierta de pelo rojo y con cuernos horribles. Y que estaba
comiendo algo y la sangre le chorreaba de la boca. —Levantó una mano para detener mi
exclamación horrorizada—. El oficial que enviaron a investigar volvió y dijo que salvo por
la sangre chorreando, se trataba de una descripción bastante precisa... —se interrumpió
para aumentar el efecto de la historia—... de una hermosa vaca escocesa rumiando en la
pradera.
Navegamos la mitad de la longitud del lago antes de desembarcar para almorzar. El
coche nos aguardaba allí y volvimos a cruzar el valle. No vimos nada más siniestro que un
zorro rojo, con un pequeño animal en la boca, que nos miró pasar raudos por una curva.
Saltó a un lado y se ocultó en la hierba, ágil como una sombra.
Era muy tarde cuando subíamos por el sendero hacia la posada de la señora Baird.
Nos abrazamos en la entrada mientras Robin buscaba la llave y reímos al recordar los
eventos del día.
Cuando nos desvestíamos para irnos a acostar, recordé mencionar el monolito de
Craigh na Dun. El cansancio de Robin se desvaneció al instante.
—¿En serio? ¿Y sabes dónde está? ¡Qué maravilla, Regina! —Estaba radiante y
comenzó a buscar algo en su maleta. —¿Qué buscas?
—El despertador —contestó al tiempo que lo sacaba. —¿Para qué? —pregunté,
atónita. —Quiero levantarme a tiempo para verlas. —¿A quiénes? —A las brujas.
—¿Qué brujas? ¿Quién te dijo que hay brujas? —El vicario —replicó Robin. Era
evidente que disfrutaba de la broma—. Su ama de llaves es una de ellas.
Pensé en la digna señora Cyrene y resoplé con sorna.
—¡No seas ridículo!
—Bueno, en realidad, no son brujas. Ha habido brujas en Escocia durante cientos
de años —las quemaron hasta mediados del siglo dieciocho— pero éstas son druidas, o
algo por el estilo. Supongo que no se trata de adoración al diablo, pero el párroco me dijo
que había un grupo local que aún cumple con los rituales de las antiguas festividades del
sol. Como comprenderás, no puede interesarse mucho en ese tipo de cosas, debido a su
posición, pero tampoco puede ignorarlas por completo siendo un hombre curioso. No sabía
dónde se realizan las ceremonias, pero si hay un monolito en los alrededores, ahí debe de
ser. —Se restregó las manos con entusiasmo—. ¡Qué suerte!
Levantarse una vez antes del amanecer es divertido. Dos veces seguidas, es
masoquismo.
Además, esta vez no nos esperaba un coche caliente con mantas y termos. Medio
dormida, seguí a Robin colina arriba, trastabillando con raíces y piedras. El aire estaba frío
y húmedo. Hundí las manos en los bolsillos de mi chaleco.
Un esfuerzo final para llegar a la cima y allí estaba el monolito. Las rocas eran
apenas visibles en la sombría luz del alba. Robin se quedó petrificado, admirándolas,
mientras yo buscaba una roca para apoyarme y recuperar el aliento.
—Qué hermoso —murmuró. Avanzó en silencio hacia el borde del conjunto y su
silueta se perdió en las sombras de las gigantescas rocas. Eran hermosas, pero también
espectrales. Me estremecí, no sólo por el frío. Si las habían hecho para impresionar, habían
logrado su cometido.
Robin regresó enseguida.
—No hay nadie aún —susurró de pronto detrás de mí y me sobresalté—. Vamos;
he encontrado un sitio desde donde podremos ver sin ser vistos.
La luz asomaba por el este, un leve resplandor gris claro en el horizonte, suficiente
como para no tropezar mientras Robin me conducía hacia un hueco que había encontrado
entre unos arbustos en lo alto del sendero. Había un pequeño claro en la mata de arbustos,
con espacio para que ambos permaneciéramos de pie, hombro con hombro. Desde allí, se
veía perfectamente el sendero y el interior del círculo de rocas, a no más de seis metros de
distancia. No era la primera vez que me preguntaba qué tipo de tareas habría desempeñado
Robin durante la guerra y por que su apodo era Rey de los Ladrones. Por cierto, sabía mucho sobre andar sigilosamente en la oscuridad.
Con lo adormecida que estaba, sólo quería acurrucarme debajo de algún arbusto
acogedor y volver a dormirme. Como no había lugar para eso, me quedé de pie, mirando
hacia el escarpado sendero para ver la llegada de las druidas. Se avecinaba un lumbago y
ya me dolían los pies, pero no podía faltar mucho. El rayo de luz se había vuelto rosa
pálido y calculé que faltaría menos de media hora para el amanecer.
La primera se movía casi tan silenciosamente como Robin. Apenas se oyó un
sonido leve cuando sus pies despeñaron una piedra pequeña cerca de la cima de la colina.
Luego, una repeinada cabeza gris asomó en silencio: la señora Cyrene. Era verdad,
entonces. El ama de llaves vestía falda de tweed y chaqueta de lana y llevaba un
bulto blanco bajo el brazo. Desapareció detrás de las rocas, sigilosa como un fantasma.
Enseguida aparecieron en grupos de dos y tres. Las risitas apagadas y los susurros
en el sendero se acallaron al llegar al círculo. Reconocí a algunas. Estaba la señora
Buchanan, la encargada del correo del pueblo, con el cabello rubio recién peinado y el
aroma de Noche de París emanando de sus rizos. Contuve la risa. ¡Así que éstas eran las
druidas modernas!
En total, sumaban quince, todas mujeres. En edad, iban desde la señora Cyrene,
con sus sesenta y tantos años, hasta una joven de alrededor de veinte, a quien yo había
visto dos días antes en las tiendas empujando un cochecito. Todas llevaban ropa apta para
la caminata y un fardo blanco bajo el brazo. Con un mínimo de conversación,
desaparecieron detrás de rocas o arbustos y emergieron con las manos vacías y los brazos
desnudos, todas de blanco. Cuando una de ellas pasó muy cerca de donde nos
encontrábamos, detecté el olor a jabón en polvo y me di cuenta de que en realidad, las
túnicas eran sábanas enrolladas alrededor del cuerpo y atadas en el hombro.
Se reunieron fuera del círculo de rocas, en fila de mayor a menor y permanecieron
así, en silencio, esperando. La luz se hizo más intensa.
Cuando el sol asomó por encima del horizonte, la hilera de mujeres comenzó a
caminar lentamente entre dos de las piedras. La guía las condujo al centro del círculo para
dar vueltas allí, despacio, majestuosas como cisnes en una procesión circular.
La guía se detuvo de pronto. Levantó los brazos y entró en el centro del círculo.
Alzó el rostro hacia las piedras ubicadas al este y habló en voz alta. No fue un grito, pero la
voz se oyó por todo el círculo. La quieta bruma captó las palabras y las repitió, como si
provinieran de las piedras mismas.
Cualquiera que fuera el grito, el resto de mujeres, ahora convertidas en bailarinas,
lo pronunciaron. No se tocaban, pero con brazos extendidos, se sacudían y retorcían
mientras continuaban marchando en círculo. De repente, el grupo se dividió en dos. Siete
bailarinas caminaban en el sentido de las agujas del reloj, todavía girando, mientras las
demás lo hacían en la dirección contraria. Los dos semicírculos se cruzaban a una
velocidad creciente; en ocasiones, formaban un círculo completo y en otras, una línea
doble. En el centro, la guía permanecía quieta, emitiendo una y otra vez el grito triste y
agudo, en una lengua ya desaparecida.
Se veían ridículas y tal vez lo eran. Un grupo de mujeres ataviadas con sábanas,
muchas de ellas robustas y nada ágiles, describiendo círculos en lo alto de una colina. Sin
embargo, el grito conseguía ponerme los pelos de punta.
Se detuvieron al mismo tiempo y se volvieron hacia el sol naciente. Formaban dos
semicírculos con un sendero entre las dos mitades del círculo que constituían. Cuando el
sol se elevó en el horizonte, su luz se derramó entre las rocas orientales, atravesó las
mitades del círculo y se clavó en la gran piedra hendida al otro lado del conjunto.
Las bailarinas permanecieron inmóviles un momento, rígidas en las sombras a cada
lado del haz de luz. Entonces, la señora Cyrene pronunció algo en el mismo extraño
idioma, pero esta vez en tono normal. Giró sobre sus talones y con la espalda erguida y las
ondas grises como el acero brillando bajo el sol, caminó por el sendero de luz. Sin decir
una palabra, las bailarinas la imitaron. Una por una, pasaron por la hendidura de la piedra
principal y desaparecieron en silencio.
Nos acuclillamos en los arbustos hasta que las mujeres, que ahora reían y
conversaban con normalidad, buscaron sus ropas y emprendieron el descenso en grupo,
listas para tomar café en la vicaría.
—¡Caray! —Me estiré para desentumecer mis piernas y la espalda. —Vaya
espectáculo, ¿no?
—¡Maravilloso! —exclamó Robin—. No me lo hubiera perdido por nada del
mundo. —Salió del arbusto como una serpiente. Me dejó desenredarme sola y se dirigió al
interior del círculo. Pegó la nariz al suelo, como un perro de caza.
—¿Qué estás buscando? —pregunté. Entré en el círculo algo vacilante, pero ya era
pleno día y las rocas, si bien aún impresionaban, habían perdido el aspecto amenazante del
amanecer.
—Marcas —respondió mientras gateaba con los ojos clavados en el césped—.
¿Cómo sabían dónde comenzar y dónde detenerse?
—Buena pregunta. No veo nada. —Eché un vistazo al suelo y divisé una planta
interesante cerca de la base de una de las rocas altas. ¿Sería una miosota? No,
probablemente no. Las flores de ésta tenían el centro naranja entre pétalos azul oscuro.
Intrigada, me acerqué. Robin, con un oído más fino que el mío, se puso en pie de un salto y
cogió mi brazo para sacarme del círculo un instante antes de que una de las bailarinas de la
mañana entrara por el otro extremo.
Era la señorita Grant, la regordeta y pequeña mujer que atendía la confitería del
pueblo en la calle Mayor. Miró a su alrededor y buscó sus anteojos en el bolsillo. Se los
colocó y caminó por entre las rocas. Por fin, se agachó para recoger la horquilla que había
perdido. Se la puso en medio de sus pesados y brillantes bucles, pero no parecía tener
prisa. Se sentó en un montículo y se apoyó en una de las piedras para encender un
cigarrillo.
Robin suspiró con exasperación a mi lado.
—Bueno —dijo—. Será mejor que nos vayamos. Por lo visto, es probable que pase
allí la mañana entera. De todos modos, no he visto ninguna marca.
—Tal vez podamos volver más tarde —sugerí, aún curiosa por la planta de flores
azules.
—Sí, de acuerdo. —Pero era evidente que había perdido todo interés en el conjunto
de piedras. Ahora estaba absorto en los detalles de la ceremonia. Me interrogó
despiadadamente mientras bajábamos el sendero para hacerme recordar con exactitud las
palabras del grito y el orden de la danza—. Eslavo —decretó por fin, satisfecho—. Las
palabras son de origen eslavo antiguo. Estoy casi seguro. La danza, sin embargo... —
Meneó la cabeza mientras pensaba—. No. La danza es mucho más antigua. Es cierto que
hay danzas circulares vikingas —añadió y enarcó las cejas como si yo hubiera sugerido lo
contrario—. Pero ese movimiento de filas dobles... es como... Algunos diseños de cerámicas
de los Beaker tienen un dibujo similar pero... mmm.
Se dejó llevar por uno de sus trances académicos, murmurando para sus adentros de
tanto en tanto. Volvió en sí cuando tropezó de improviso con un obstáculo cerca del final
del sendero. Abrió los brazos con un grito de sorpresa al perder el equilibrio y rodó los últimos
metros del descenso. Se detuvo ante un montículo de heno.
Corrí hasta él, pero al llegar, lo encontré ya sentado entre la hierba seca.
—¿Estás bien? —pregunté, a pesar de que lo veía sano y salvo.
—Creo que sí. —Se pasó la mano por las cejas y trató de atusarse el cabello
oscuro—. ¿Con qué tropecé?
—Con esto. —Le enseñé una lata de sardinas, arrojada allí por algún visitante
anterior—. Una de las amenazas de la civilización.
—Oh. —La cogió y miró el interior. Luego la tiró por encima del hombro—. Qué
pena que estuviera vacía. La excursión me ha dado hambre. ¿Vamos a ver qué ha
preparado la señora Baird para el desayuno?
—No es mala idea —convine y aparté los últimos mechones que le caían en la
frente—. Pero tampoco lo es saltárnoslo y comer más temprano. —Lo miré a los ojos.
—Oh —dijo en un tono diferente. Deslizó una mano por mi brazo hasta llegar al
cuello. Allí, el pulgar me acarició el lóbulo de la oreja—. No, no es mala idea...
—Si no tienes mucho apetito —aventuré. Con la otra mano, me recorrió la espalda.
La palma abierta me empujó con suavidad hacia él y los dedos comenzaron a descender.
Abrió la boca y sopló por el escote de mi vestido. El cálido aliento me acarició los senos.
Me apoyó con cuidado sobre la hierba. Las puntas espigadas del heno parecían
flotar alrededor de su cabeza. Se inclinó y me besó con ternura, y continuó besándome
mientras me desabotonaba el vestido. Avanzaba muy despacio, un botón cada vez, y se
detenía para introducir la mano y jugar con los pezones. Por fin, abrió el vestido del cuello
a la cintura.
—Oh —volvió a decir, en un tono otra vez distinto—. Terciopelo blanco. —
Hablaba con voz ronca y su cabello había vuelto a caer sobre la frente, pero no intentó
apartárselo.
Con un movimiento del pulgar, desprendió el broche del sostén y se agachó para
rendirle un experto homenaje a mis senos. Se apartó y cogió los senos con ambas manos.
Las deslizó hacia el centro hasta juntarlas para volver a separarlas siguiendo la línea de las
costillas hasta la espalda. Las manos subieron y bajaron, una y otra vez, hasta que gemí de
impaciencia. Entonces posó los labios en los míos y me oprimió hasta que nuestras caderas
encajaron a la perfección. Su boca descendió para besarme el borde de la oreja. La mano
que me acariciaba la espalda bajó aún más y de pronto, se detuvo con sorpresa. Volvió a
tantear y Robin se irguió para mirarme con una sonrisa en el rostro.
—¿Qué tenemos aquí? —inquirió imitando el tono de un pueblerino—. ¿O mejor
dicho, que no tenemos aquí?
—Vine preparada —contesté con recato—. Las enfermeras aprenden a anticiparse a
las contingencias.
—En serio, Regina —susurró y deslizó la mano debajo de mi falda. Subió por el
muslo hasta llegar a la suave y desprotegida calidez que estaba entre mis piernas.
A la mañana siguientes mientras aun preparábamos todo dentro de nuestra habitación no podía dejar de pensar en lo que esas mujeres estaban haciendo alrededor de esas rocas, debía volver hay y ver mas de cerca todo aquello y si además podía recolectar alguna de las plantas para mi creciente colección seria perfecto. eran casi las once cuando llegué al conjunto de piedras. Lloviznaba y
estaba empapada porque había olvidado llevar un impermeable. Cumplí con el recorrido
obligatorio por el exterior del círculo, pero si alguien había encendido allí una fogata, se
había ocupado muy bien en no dejar rastro.
La planta fue fácil de encontrar. Estaba donde la recordaba, cerca de la base de la
piedra mayor. Corté varios esquejes y los guardé en mi pañuelo con la intención de
colocarlos en las prensas que había dejado en el pequeño coche de la señora Baird.
La roca más alta del conjunto estaba partida, con un corte vertical que dividía las
dos grandes mitades. Era curioso, pero ambas partes habían sido separadas de alguna
forma. Si bien se notaba que las superficies enfrentadas encajaban, estaban apartadas por
una abertura de casi un metro de ancho.
Oí un zumbido proveniente de algún lugar cercano. Pensé que tal vez hubiera un
panal de abejas en alguna grieta de la piedra y apoyé una mano en la roca para inclinarme
dentro de la abertura.
La piedra gritó. Me eché hacia atrás con rapidez. Tropecé en el césped y caí
sentada. Clavé la mirada en la roca, sudando.
Jamás había escuchado un sonido semejante. No es posible describirlo, excepto
diciendo que era el tipo de grito que se podría esperar de una piedra. Fue horrible.
Las demás rocas comenzaron a gritar. Se sentía el fragor de una batalla, lamentos
de hombres agonizantes y caballos destrozados.
Sacudí la cabeza para despejarme, pero el ruido continuó. Logré ponerme de pie y
trastabillar hasta el borde del círculo mi cuerpo comenzó a ser rodeado por una bruma cegadora de un intenso color violeta. Los sonidos me rodeaban, haciendo que me dolieran
los dientes y la cabeza me diera vueltas. Se me nubló la visión.
No sé si me acerqué a la abertura de la piedra principal o si fue accidental, llevada a
ciegas por el aturdimiento de la bruma que me rodeaba mis manos comenzaron a arder como si dos bolas de fuego estuvieran en cada una de ellas.
Una vez, cuando viajaba de noche, me quedé dormida en el asiento de un automóvil
en marcha, acunada por el ruido y el movimiento que me daban la ilusión de serena
levedad. El conductor del vehículo entró en un puente a demasiada velocidad y perdió el
control del coche. Me desperté de mi sueño con el resplandor de las luces y la sensación de
caer a alta velocidad. Esa abrupta transición es lo más parecido a la sensación que
experimenté en el círculo de piedras, pero no alcanza ni remotamente a describirla en todo
su espanto.
Podría decir que mi campo de visión se redujo a una mancha oscura y luego todo
desapareció por completo para ceder no a la oscuridad total sino a un vacío brillante.
Podría decir que sentí que giraba o que tiraban de mí de adentro hacia afuera. Todo esto es
cierto y, no obstante, nada confiere la sensación de completo desgarro, de ser golpeada con
fuerza contra algo inexistente.
La verdad es que nada se movió, nada cambió. Al parecer, nada ocurrió y, sin
embargo, experimenté un terror tan grande que perdí noción de quién o qué era y dónde
estaba. Me hallaba en el corazón del caos y ninguna facultad, física o mental, servía para
nada.
No puedo decir que estuviera inconsciente, pero durante un lapso, no tuve
conciencia de mí misma. Me «desperté», si esa es la palabra, al tropezar con una roca cerca
del pie de la colina. Resbalé y me detuve en la hierba densa de la base.
Estaba mareada y aturdida. Me arrastré hasta un grupo de robles jóvenes y me
apoyé en uno para recuperarme. Oí un griterío confuso en las cercanías que me recordó los
sonidos que había escuchado y sentido entre las piedras. Sin embargo, los gritos carecían
de ese tono de violencia inhumana. Se trataba del sonido acostumbrado de los conflictos
humanos, y me volví en aquella dirección.
