Capitulo dos: "El príncipe, el alma de cambio y ¿su mejor amiga?"

Allí estaba el reflejo de su cuerpo, tal como se lo había imaginado, pero no había suficiente luz como para distinguir el color de sus ojos, aunque tras ver su pelo largo y liso con aquella pequeña mariposa creada a partir de su flequillo largo, se le olvidó que nunca antes se había mirado a un espejo.

A los pocos segundos de sonreírle a su reflejo se acordó de ese juego que muchos niños humanos jugaban que consistía en poner caras extrañas frente al espejo y decidió intentarlo. Infló sus mejillas y sacó morritos emitiendo una pedorreta que la hizo reír. Era la primera vez que escuchaba su risa porque las otras veces que se había reído ese día siempre se había reído alguien con ella y le resultó tan reconfortante reír que volvió a poner otra cara rara frente al espejo, esta vez deshinchó por completo sus mejillas y sacó los morros de nuevo esta vez pareciendo un pez. No tardó en brotar una carcajada de su garganta y al momento una vela iluminó el baño permitiendo percibir los colores de su ropa y su cuerpo, quedando en silencio mirando sus ojos. Por la parte interna del iris azules como los de Fay, pero a medida que avanzaba hacia fuera se tornaban de color malva.

- Deberías volver a tu habitación Puu, Fay se enfadará si te ve despierta a estas horas, Puu. – susurró Mokona algo adormilada, llevando un candil sobre su cabeza. Luna se sobre saltó al salir de su ensimismamiento. – todos está dormidos ya, Puu.

- ¿Qué haces despierta, Mokona? – preguntó Luna cogiendo el candil con una mano mientras con la otra acomodaba a Mokona para llevarla hasta la habitación que compartía con Shaoran. - ¿No te habré despertado con mis risas? – preguntó a la pequeña bolita blanca que se estaba quedando dormida apoyada entre su pecho y su brazo. Luna entró con sumo cuidado intentando no despertar a Shaoran que dormía profundamente acurrucado entre las sabanas y las mantas de la cama de Duna, Luna buscó un lugar en la cama donde pudiese dejar a Mokona sin despertar al chico. – Tranquilo, solo es Mokona. – susurró mientras tapaba a Mokona, porque Shaoran se había movido bruscamente asustándola.

Luna sonrió arropando a Mokona y echando sobre la pequeña cosita blanca y el joven otra manta, ya que parecía que tenían frío. Se quedó un ratito observando a Shaoran hablar entre sueños sobre la princesa Sakura. Luna aunque sabía que no debía posó sus labios en la frente del muchacho y murmuró algo que hizo que los parpados del joven brillasen con una liviana luz plateada. Luna había conectado los sueños de Shaoran y Sakura, solo por esa noche, ya que sentía que debía hacer algo para aliviar el dolor de aquellos enamorados, aunque solo fuese permitir que se viesen en el mundo de los sueños durante aquella noche.

Salió del cuarto y se dirigió con el candil aun encendido hacia el cuarto que Fay le había asignado, no obstante aun sentía que debía comprobar que Samuel podía dormir sin ningún dolor, por lo que cambió el rumbo de sus pasos hacia la habitación del chico. Abrió con cuidado la puerta, intentando que no emitiese ninguna clase de crujido o chirrido al abrirse, aunque emitió un leve chasquido al cerrarse de nuevo, Samuel permaneció profundamente dormido. Luna se detuvo para observar por primera vez la pequeña estancia, en la que había un pequeño escritorio en el que casi no se veía la silla porque estaba todo lleno de papeles y libros de medicina, en la pared contraria a la derecha del cuarto estaba la cama que era un poco más grande que en la que dormían Shaoran y Mokona, pero más pequeña que en la que se suponía que Duna y ella estaban durmiendo. Sin embargo lo que más le gustó de la pequeña habitación fueron la claraboya que estaba sobre la cama y permitía ver el hermoso cielo nocturno y el pequeño balcón que daba al jardín, Luna rememoró los recuerdos de Samuel y su familia sobre aquel balcón y no encontró ninguno triste o doloroso y eso le dibujó una sonrisa de felicidad que era imposible borrar de su cara.

- Deja a Luna… Kurai - murmuró Samuel entre sueños despertando incorporándose en la cama. – Solo ha sido un sueño. – murmuró mirando en dirección a la puerta, y recorriendo toda la sala con la mirada para comprobar que no había nada o nadie allí. Vio a Luna pero no le prestó atención ya que al verla de espaldas con ese peinado tan típico de su hermana creyó que esta estaba, como tantas otras noches, observando la ciudad del Principio y el Fin bajo la clara luz de la luna. – Buenas noches. – se despidió de la figura femenina volviendo a tumbarse con el brazo derecho cubriendo sus ojos grises.

- Que descanses bien, Samuel. – dijo Luna girándose con una gran sonrisa. Y Samuel se volvió a sentar en la cama como si tuviese un resorte, girándose perplejo hacia la chica que lo miraba con cara de intriga y diversión. – Voy a apagar el candil, para que puedas dormir mejor. – le dijo ella al notar que Samuel no volvía a tumbarse para intentar dormir.

- Vete a dormir con Duna. – dijo Samuel con el tono de voz más autoritario que poseía, haciendo que Luna lo mirase con una expresión suplicante y ojos lastimeros. – Tienes que dormir un poco. – le dijo dándole la espalda a la joven al notar que no podía hacer frente a su carita suplicante.

- Pero, quiero quedarme aquí para cuidarte. – él se giró enfadado, no le gustaba que le usasen de excusa para nada. – Además no tengo sueño. – mintió intentando convencer al chico que la miró aun más enfadado, porque encima que usaba excusas estúpidas le mentía. – De verdad… - dijo Luna pero Samuel se puso en pie haciéndola callar. – Yo no… - articuló Luna sin poder pronunciar palabra sintiéndose acorralada por la actitud de Samuel.

- No hace falta que me mientas. – dijo él al notar que ella era incapaz de seguir hablando. – Y hazme el favor de no usarme como excusa, me cabrea muchísimo. – dijo agarrando la mano de Luna para que se sentase en la cama junto a él. – Explícame que te pasa, aunque creo que puedo imaginármelo… - dijo él suavizando al máximo su expresión.

- Tengo miedo de que Kurai vuelva si me duermo. – confesó Luna con la mirada clavada en el suelo mientras sus dedos jugueteaban nerviosos con la tela de su camisón. – No quiero que vuelva a hacerte daño por mi culpa. – dijo dejando de jugar con su camisón para convertir sus manos en dos puños. – Si vuelve mientras duermo te matará y después irá a por mí... – su voz se apagó notando como de sus ojos caían lágrimas que la sorprendieron.

- Pamplinas… - dijo Samuel haciendo como si aquel ser invisible llamado Kurai no le causase un miedo mortal. – Contéstame a algo, ¿para un ser inmortal un año es como para un humano un par de segundos? – le preguntó a la joven que alzó la vista sorprendida por la comparación. Tras pensar un poco en aquello sus lágrimas dejaron de caer y asintió, pero sin poder sonreír aun. – Entonces pasaran años, puede que décadas, hasta que Kurai vuelva por aquí. – dijo tirándose de espaldas en la cama, con sus pies aun colgando como cuando estaba sentado. – Si quieres puedes dormir aquí, yo te despertaré si pasa algo raro o tienes una nueva pesadilla y así tu puedes cuidarme si es lo que quieres. – dijo acomodándose a un extremo de la cama dejándole casi todo el lecho para ella.

- ¿No te molesta? – preguntó ella dejándose caer de espaldas cruzada en la cama, por lo que su cabeza acabó apoyada en el pecho de Samuel. – Lo siento, ahora me coloco. – le dijo la chica antes de notar la sonrisa enternecida de su anfitrión. – Esa sonrisa me hace sentir como una niña pequeña. – dijo Luna sonriendo con inocencia algo sonrojada aunque ella no se dio cuenta Samuel sí lo notó.

- Vamos, acomódate de una vez y duérmete. – le ordenó Samuel dándole la espalda casi cayéndose de la cama. – Que algunos mañana tenemos que madrugar e ir a trabajar. – le dijo mientras ella echaba sobre ambos una gruesa manta de lana y se acurrucaba bajo esta notando por primera vez el contraste del frío de la habitación y el calor que proporcionaban las mantas. – Buenas noches, Luna.

- Buenas noches, Samuel. – contestó Luna sintiéndose segura por primera vez desde que había despertado rodeada por el alma de Kurai. – Buenas noches, hermana… - murmuró medio dormida sintiendo como sus parpados comenzaban a pesar cada vez más.

Luna consiguió dormirse, pero algunos de los que pasaban la noche en la casa de los hermanos Rogers tenían serias dificultades para conciliar el sueño, los motivos sus compañeros de cama. Duna estaba tranquila porque sabía perfectamente a donde había ido su compañera de cuarto, también sabía perfectamente que su hermano la obligaría a descansar y que no se sobrepasaría con la chica; pero se sentía incomoda habiendo notado algo que su hermano tardaría en percibir, "Es un bueno para nada, ¿como puede ser el mayor si ni siquiera es capaz de distinguir cuando se está enamorando?" pensaba molesta dando vueltas. Daba vueltas y más vueltas en la gran cama, pensando lo mismo una y otra vez; aunque quien era ella para estropearle la sorpresa a ese par de idiotas enamorados. Acabó cayendo las mantas al suelo y levantándose para ir a la cocina para prepararse una tila calentita, a ver si así conciliaba de una vez el sueño.

Abajo en el salón los motivos de que Fay y Kurogane estuviesen más despiertos que un búho a esas horas de la noche eran bastante distintos. Kurogane intentaba vigilar al rubio temiendo que tuviese alguna pesadilla relacionada con su pasado por culpa del agotamiento. Fay por el contrario se sentía incomodo durmiendo en ese pequeño sofá cama con Kurogane invadiendo su espacio vital y aunque estaba cien por cien seguro de que en la cama de matrimonio donde Duna y Luna dormían habría un sitio libre, también estaba seguro de que Kurogane se despertaría en cuanto se levantase si no estaba despierto ya y debía admitir que Duna le daba un poco de pavor ya que se comportaba como una persona imprevisible y desconcertante. Y que le acosase a él no le causaba muchos quebraderos de cabeza, le molestaba más que alguien que no fuese él persiguiera e incordiase a su Kuro-guau.

- Duérmete mago inútil. – le susurró Kurogane moviéndose para darse la vuelta, pero tenían tan poco espacio que le dio un codazo a Fay y el rubio intentando moverse también le propino un puñetazo en el estomago, "sin querer" por supuesto, aunque este echo desencadenó en una lucha de empujones que acabó cuando ambos cayeron de la cama sentados en el suelo y el sofá-cama volvió a ser un sofá. - ¿Ahora donde dormimos? Imbécil. – preguntó en un susurró al mago mientras este sonreía mirando a su compañero de viajes casi riéndose.

- Habrá que echar a suertes quien duerme en el sofá o… - no terminó la frase al oír como alguien bajaba por las escaleras. – Aunque puedes quedarte con el sofá, yo voy a hablar un rato con nuestra anfitriona, quiero saber el motivo de que ande deambulando por la casa a estas horas de la noche. – cambió de opinión el mago y siguiendo su corazonada fue a esperar a la muchacha al pie de las escaleras. – ¿No podéis dormir?

- ¡Oh! – exclamó Duna sobresaltándose al encontrarse a su rubio invitado despierto. – Lo siento de veras si os he despertado, Fay. – dijo la joven con una de sus manos sobre su corazón que latía acelerado por el susto. – Iba a la cocina a tomarme una tila y a pensar un poco… - Fay tendió su mano en dirección a la puerta de la cocina inclinando levemente su cabeza, indicándole a la chica que pasase antes que él.

- Cuando una persona sola le da muchas vueltas a un pensamiento este la acaba enredando como una tela de araña. – dijo Fay a Duna mientras la ayudaba a preparar la tila sin hacer mucho ruido. – por eso los sabios suelen exponer sus ideas a otros sabios, para poder discutirlas y no enredarse en sus pensamientos. – le explicó a la chica que vertió tres tazas llenas de agua en la tetera. - ¿Habéis contado a alguien más? – preguntó Fay y ella dirigió una mirada rápida al umbral de la puerta, pero cuando Fay se giró no vio a nadie.

- Estoy segura de que Kurogane agradecerá una tila cuando se levante porque no le dejan dormir nuestros parloteos. – contestó ella metiendo en una especie de filtro de café la hierba antes de meterlo a la tetera. – Os ofrezco la cama de mis padres, es más cómoda y amplia. – Fay le dirigió una mirada de sospecha y ella sonrió desconcertándolo. – No os ofrezco dormir conmigo en la cama de mis padres, os ofrezco la cama para vos y para Kurogane. – explicó Duna.

- Creí que… - Ella miró la tetera algo evadida. – Veo que os comportáis de una forma infantil y egoísta, aunque no sois así. – dijo Fay haciendo sonreír a la joven que sacó tres tazas para servir el té. - ¿podría explicarme el motivo de ese comportamiento? – preguntó Fay intrigado.

- Mis padres murieron cuando Sam y yo teníamos tan solo diez y cinco años respectivamente. Hasta que Sam terminó de estudiar medicina hace un año y medio vivíamos aquí con el maestro de Sam, pero cuando terminó de estudiar el hombre se marchó y nos quedamos solos. – comenzó a contar un poco de su historia. – Desde que era pequeña he sabido cuidar de mí misma, pero tengo miedo de que Sam encuentre a alguien que le necesite más, por eso me comporto como una niña mimada obsesionada con los hombres, porque sé que él me presta más atención cuando estoy rodeada de chicos y finjo que me interesan.

- Y hoy tus peores temores se han cumplido, ¿verdad? – preguntó Fay dando un sorbo a la tila. – Cuando has visto a tu hermano con Luna has sentido como si te lo robasen… - ella sonrió bebiendo un poco de su taza.

- En realidad, me ha sorprendido… - dijo ella removiendo el contenido de la taza con la mirada perdida en la oscuridad del salón. – Luna me ha gustado para Samuel, es alguien "especial" eso se nota, además Sam la ha aceptado e incluso a arriesgado su vida por la de Luna sin casi conocerla. – dijo ella con mucho orgullo en su voz, mientras sonreía mirando seria al mago. – Él piensa mil millones de veces las cosas, en cambio cuando vio que Luna corría peligro se lanzó de cabeza contra ese peligro sin pensar. – dijo ella casi riéndose y Fay la observó intrigado. – Y aun así ninguno de esos dos se han dado cuenta de lo que ha surgido entre ambos. – dijo ella algo enfadada dejando la taza sobre la mesa haciendo bastante ruido. – Una persona, aunque le encante poner su vida en peligro, tarda un poco antes de actuar sopesando las posibilidades de éxito de sus actos; en cambio cuando la persona a la que ama está en peligro, no duda en dar la vida si hace falta por protegerla. – le explicó ella muy seria a Fay que la escuchaba centrando toda su atención en las palabras de la chica. – Hay personas, idiotas en su mayoría, que arriesgan sus vidas simplemente por algo que es importante para esa persona a la que aman y en el intento los que sobreviven son capaces de renunciar a sus brazos, piernas, ojos… - Fay se levantó de la mesa como si acabase de aparecer delante de él el monstruo más terrorífico que se pudiese encontrar entre todas las dimensiones y mundos que había visitado. - ¿estás bien? – se preocupó la chica al notar la cara de sorpresa y miedo del rubio.

- Lo estaré, solo dame un segundo que asimile algo que acabo de descubrir. – dijo el mago algo agitado y Duna se levantó acercándose a él preocupada. – Duna, te voy a preguntar una cosa que quiero que me respondas con total sinceridad. – ella asintió dándole leves palmadas en su espalda. - Si alguien se dedica a tomarle el pelo a una persona, para que esta le preste atención, se molesta cuando una chica consigue enfadar a esa persona tanto como ese alguien. ¿esa molestia son celos? – preguntó Fay mientras Duna le daba palmaditas en la espalda sin contestar.

- Sí. – dijo ella sin vacilar y el mago abrió exageradamente sus ojos, le fallaban un poco las piernas y la cabeza le daba vueltas, por lo que Duna lo ayudó a sentarse y le intentó servir un poco de agua fresca, pero Fay le pidió otra tila, temblando como un flan. – Kurogane, gracias al cielo que has aparecido. – dijo la chica haciendo que Fay dejase de temblar y quedase casi estático sentado en la silla con la taza de tila entre sus manos, la cucharilla aun tintineaba por culpa de un temblor incontrolado en las manos del mago. – estábamos hablando de… mi pasado y luego empezamos a hablar de lo que hacen algunas personas estúpidas y temerarias que son capaces de despiezarse por otra persona y… - Duna estaba de los nervios por culpa de la mirada que Kurogane le lanzaba, una mirada acusatoria que quemaba como el fuego.

- Debería dejar de preocupar a la gente. – dijo Fay dejando la taza sobre la mesa sin poder girarse y encarar a Kurogane. – Creo que no puedo aceptar tu invitación a cambiar de cama, Duna. – dijo sorprendiendo a Kurogane y a la chica. – preferiría dormir solo en el sofá, por lo menos esta…

- No, tú eres el que más necesita de los tres dormir en una cama como dios manda. – le reprocharon el espadachín y Duna. – No te voy a dejar que duermas solo en el sofá en este estado y menos después de que te desmayaras esta tarde, ¿qué clase de ser humano insensible te crees que soy? – concluyó el hombre de pelo negro cargándoselo a la espalda como un saco de patatas, lo cual hizo que Fay se quedase completamente confundido.

- Duerme tú con él, yo dormiré en el sofá. – dijo Duna a Kurogane mientras este subía las escaleras con Fay a cuestas. No tuvo que repetírselo, porque él no iba a dejar que la chica durmiese con el rubio y menos si el mago estaba tan expuesto e indefenso. – Descansad, mañana subiré a ver como está Fay. – les dijo antes de que desaparecieran de su vista.

- Eres un completo idiota, mago. – le recriminaba el guerrero a Fay que era incapaz de articular palabra. – Si estabas tan mal deberías haberte quedado en el sofá, en vez de hacer el estúpido levantándote para hablar con esa mocosa. – Fay no supo cuando entraron en el cuarto de los padres de Duna y Samuel, lo único de lo que fue consciente fue de que el bruto de su compañero lo tiró sobre la cama como si tirase un cadáver a una fosa. Después de aquello se fue directo al sillón orejero que había a la izquierda de la cama, pero Fay le agarró el brazo reaccionando por fin.

- No tienes porque dormir en ese sillón, en esta cama si que cabemos los dos sin problemas. – dijo Fay entre susurros una vez su compañero y amigo se sentó junto a él en la cama. – Para ti esa mitad, yo dormiré en esta otra. Buenas noches. – dijo el mago dándole la espalda antes de taparse con una manta bastante calentita, notando al instante como una de las manos fuertes y grandes de Kurogane se posaba en su frente con mucho cuidado. - ¿Qué haces? – preguntó ahogando un grito de sorpresa, sentía los latidos acelerados de su corazón en sus oídos.

- ¿Te estas muriendo o algo así? – preguntó sin quitar su calida mano de la frente del rubio que comenzó a sonrojarse muchísimo, agradeciendo que no hubiese la suficiente luz como para que Kurogane notase el rojo encendido de su cara. – Debes estar muy mal cuando me dices buenas noches sin añadirle ningún mote estúpido y aun más si eres tú el que divide el espacio para dormir sin intentar molestarme. – comentó el hombre de pelo negro haciendo que Fay se sonrojase desde la cabeza hasta los pies, porque el otro no le quitaba su mano de la frente. – Tienes fiebre. – murmuró y Fay se giró encarando por fin a su compañero.

- Buenas noches Kuro-rin. – dijo intentando que no le temblase la voz por los nervios y el agotamiento por la fiebre, pero no obtuvo el efecto que deseaba, ya que el espadachín se fue del cuarto. – "¿qué me está pasando?" – pensó escondiendo su cabeza bajo las mantas como un niño asustado que huye del monstruo que hay debajo de su cama. – "Es Kurogane, maldita sea" – se recriminó y después se dio cuenta de cómo lo había llamado. – "Esto no es serio, ella solo es una chiquilla, puede confundirse…" – dejó de pensar aquello y le vinieron a la cabeza las palabras de Duna momentos antes. – "Eso no fue por él, el clon de Shaoran me…" "Pero me lancé a pelear contra él por lo que me había dicho Kurogane." "¡Deja de llamarlo así!" – sus pensamientos comenzaban a enredarlo como una tela de araña e incluso comenzó a discutir consigo mismo. – "¿Y él?, cuando estuvimos en Celes, dio su brazo por salvarme." – cada vez se sentía más confuso y le era más difícil negar la idea descabellada de que tal vez a él… - "Tal vez yo… ¿tal vez me he enamorado del bruto de Kuro-tan?" – intentó que el pensamiento sonase lo más ridículo posible, pero aun así no pudo negarlo ni confirmarlo.

FLASHBACK

- Una novia es aquella persona por la que un hombre siente un amor especial y por eso la cuida, la protege e intenta no separarse de esa persona, porque sino ambos sufrirían. Y mientras están juntos pasan la mayor parte del tiempo creando recuerdos preciosos en común. – respondió Fay y ella asintió. – Por ejemplo… mmm… no se me ocurre un ejemplo. – les dijo a Sam y a Kurogane.

- Ya lo he entendido, no necesito un ejemplo, tengo unos cuantos muy claros. – dijo ella mirando hacia el umbral donde apareció Shaoran. – Sakura y Shaoran, el rey Yasha y la reina Ashura o Fay y Kurogane.

FIN DEL FLASHBACK

- No pueden equivocarse tantas personas a la vez. – murmuraba Fay mientras recordaba aquello. – Pero yo tampoco me puedo equivocar en algo así, me habría dado cuenta antes si realmente estuviese enamorado. – se decía con los ojos cerrados por la fiebre que realmente tenía, sin notar que alguien estaba allí con él y le había destapado la cabeza. – Yo no puedo estar enamorado. – murmuró antes de sentir algo frío sobre su frente. - ¿Cuándo…cuándo has vuelto? – preguntó entre abriendo sus ojos azules para poder ver a Kurogane quien se había tumbado boca arriba sobre las mantas junto a él para ponerle el paño húmedo sobre su frente febril.

- Desde que comenzaste a hablar en susurros. – le dijo intentando sonar indiferente. - ¿quién es esa persona? – preguntó tras un corto silencio y Fay suspiró aliviado, no se había dado cuenta, no había dicho su nombre. – No suspires y contesta, y no intentes colarme una mentira de que son alucinaciones por culpa de la fiebre. – le dijo posando su mano sobre el paño húmedo para comprobar que seguía fresco y húmedo.

- ¿No será que eres un poco cotilla?, Kuro-tan. – intentó evadir su pregunta con otra, pero solo consiguió que su amigo se recostase de costado para poder mirarlo a la cara. – "En estos momentos desearía haber respetado un poco más su espacio personal, porque en una situación así me vendría bien que no sonase a chiste si le digo que necesito mi espacio." – pensó sintiéndose acorralado.

- No intentes evitar mis preguntas, mago. – se burló Kurogane con una de sus medio sonrisas de burla, la cual golpeó a Fay como una patada donde no le daba el sol. – Solo quiero saber que clase de persona es la que puede llegar hasta el corazón de alguien como tú, después de todo somos compañeros hemos pasado muchas cosas juntos, ¿o me equivoco, Fay? – preguntó con un poco de molestia en su voz, haciendo que el rubio se sintiera morir al escuchar su nombre de esa manera por aquel que sin saberlo era tan importante para él.

- No puedo decírtelo, Kuroncete. – dijo el rubio algo nervioso, mientras Kurogane empapaba de nuevo el paño en una palangana de agua fresca que tenía en el suelo junto a la cama. – Este va a ser mi secreto mejor guardado, no se lo voy a confiar ni a mi sombra. – se rió Fay mientras se estremecía al contacto del agua fría con su cara que ardía por la fiebre.

- ¿Conozco a esa persona? – preguntó haciendo que Fay clavase sus ojos azules en los del espadachín y Kurogane miró hacia el techo intentando evitar el contacto visual con los ojos azules del rubio, que sonrió creyendo haber incomodado lo suficiente a Kurogane como para que dejase de preguntar. - ¿la conozco? ¿es alguien con quien nos hemos encontrado en nuestros viajes? – preguntó completamente decidido a obtener una respuesta.

- Si tú no conoces a esa persona, entonces yo no sé que sabría sobre ese alguien. – respondió Fay consiguiendo salirse por la tangente. Kurogane murmuró improperios sobre aquel mago, antes de meterse entre las mantas, dando por finalizada la conversación. – De todos modos… - rompió Fay el silencio antes de que el guerrero se durmiese. – gracias por cuidar de mí, Kurogane... – dijo cayendo dormido sin siquiera poder ver como el guerrero se giraba para mirarlo sorprendido y preocupado, no pudo ver tampoco como Kurogane volvía a empapar el paño y esta vez acarició el pelo del mago casi inconscientemente y este sonrió en sueños.

- Maldito Fay, eres como un niño. – susurró Kurogane y Fay se acurrucó contra él susurrando su nombre de nuevo. – "¿Estará dormido de verdad?" – se preguntó pasando uno de sus fuertes brazos por la almohada rodeando la cabeza rubia de Fay. – "Me encantaría que nadie más aparte de mí te viera así, tan infantil, tan indefenso, tan vulnerable" Aunque si estas enamorado de alguien mucho me temo que esto durará poco. – susurró el guerrero mientras jugueteaba con los cabellos rubios del mago. – "Esto no es normal, él es Fay, es mi amigo y compañero, no puedo ponerme así porque confiese que está enamorado de alguien. ¿No debería sentirme feliz de que este tipo haya encontrado a alguien a quien ame y que le haga olvidar todo lo que ha sufrido? ¿no debería querer tomarle el pelo más que nunca, ahora que sé que está enamorado? Porqué demonios me siento tan mal, como si estuviese a punto de perder una batalla en la que llevo perdido casi todo lo que tengo. No quiero que vuelva a ser como al inicio de nuestro viaje, tal y como es ahora está bien, pero seguro que acaba cambiando ahora que está enamorado…" – Los pensamientos de Kurogane le iban perdiendo en un sueño profundo, aunque ninguno se movió de su posición, Kurogane protegiendo a Fay y Fay acurrucado contra el pecho de Kurogane.

En el castillo del reino de Esfera, en el centro de la ciudad del Principio y el Fin, el rey agonizaba y suplicaba a su único hijo y heredero al trono que se casase antes de que él muriera o no gobernaría jamás en aquel reino. El príncipe Cesar era bastante opuesto a su padre, él quería que tanto su pueblo como la gente con magia pudiesen vivir en paz y armonía, mientras que su padre había creado la orden de los cazadores de magia para que capturasen hasta la ultima persona mágica del reino e intentar así robarles su magia y vivir para siempre. Cesar había decidido, o más bien le habían obligado, a ir el día siguiente a buscar esposa; pero antes de aquello debía hablar con Samuel Rogers sobre cuanto tiempo creía que le quedaba a su padre.

Cesar se asomó a la terraza del palacio y vio toda la ciudad a sus pies, hasta que su mirada se topó con aquella muralla y en el prado del otro lado de la muralla vivían su único amigo y la hermana pequeña de este. Cesar había conocido a Samuel cuando comenzó a trabajar como ayudante del medico de su padre y desde hacía un año era el medico de la familia real. No conocía personalmente a la hermana de Samuel, pero sabía que era una mujer única y excepcional a pesar de tener tan solo dieciséis años, pero quien era él para quejarse por la edad de la chica si él era tan solo un año mayor y ya querían convertirlo en el rey en cuanto muriese su padre.

Había oído un grito espeluznante una hora después de que cayera la noche y eso lo había despertado, después su padre lo había mandado llamar, habían discutido y ahora que se acercaba el alba se dio cuenta de que se había quedado despierto toda la noche observando todo lo que había tras la muralla en especial la casa de Samuel y el prado de hierba verde y mullida que nunca había podido pisar porque no se le permitía salir de la muralla de la ciudad; pero ese día iba a ignorar por completo esa norma para ir a visitar a Samuel y a Duna Rogers a su casa y le daba exactamente igual lo que dijese su padre. Como todas las mañanas llegó la sirvienta con el desayuno y él sin que ella se diese cuenta le metió los cereales y el pan en su mandil, las sirvientas siempre sonreían cuando se encontraban parte del desayuno del príncipe en sus mandiles con notas en las que les daba las gracias o les preguntaba si el viento era igual dentro y fuera de la muralla. Después se vistió, ignoró a sus consejeros y en un descuido de estos tomó su caballo y se fue galopando por las calles desiertas de la ciudad aun dormida, porque apenas eran las siete y media de la mañana, y salió sin problemas de la muralla interior, atravesó el pequeño río que serpenteaba rodeado por las casas en algunos tramos y por la muralla interna en otros, pero siempre rodeado por la muralla externa de más de tres metros de altura. Salió de la muralla externa dejando a su caballo atado en una cuadra abandonada y comenzando a buscar una de las puertas flanqueadas por guardias. Tuvo suerte, no había nadie vigilando, esa vez lo iba a conseguir, después de casi seis años intentando salir al prado en una mañana cualquiera lo iba a lograr. Sus gritos de euforia una vez estuvo a medio kilómetro de la puerta de la muralla inundaron el aire mientras se descalzaba para correr sintiendo la hierba del prado bajo sus pies.

- Ya casi estoy allí. – se decía una vez divisó la casa de su amigo el medico. - ¿Estarán despiertos? Seguro que deben estar desayunando. – se dijo calzándose sentado en la tapia que rodeaba la casa y su jardín. – Solo he de llamar, vamos Cesar, sabes que te gritará tanto si llamas como sino. – se dijo imaginándose al medico pelirrojo echándole la bronca como si fuese su hermano mayor. - ¡Samuel! – gritó aporreando la puerta extremadamente feliz. - ¡Samuel! – volvió a gritar despertando a algunos de los que dormían en la casa, pero no precisamente a su amigo. - ¡Samu…! – Una chica pelirroja con cara de pocos amigos abrió la puerta.

- Dejad de ser tan ruidoso, hay gente que sigue durmiendo. – gruñó Duna bostezando, pero el príncipe se había quedado embelesado mirándola. - ¿me estáis escuchando? – preguntó al joven fulminándolo con una mirada asesina. – Vuestra cara me suena…

- Cesar, deberíais estar en el castillo. – dijo Luna bajando las escaleras a trompicones. – ¡Cierto! aun no os conocíais, Duna el príncipe Cesar, príncipe Cesar está es Duna Rogers. – Duna se tapó la boca con ambas manos y sus ojos se inundaron de lágrimas. - ¿Te importaría si Duna te abrazase? Es que es como una costumbre humana o algo así. – le dijo ella antes de que sus tripas rugieran frente al príncipe. - ¿Qué ha sido eso? – preguntó antes de darse cuenta de que aquel ruido de fieras salía de su estomago.

- Claro que puede abrazarme. – dijo el príncipe casi riendo ante los rugidos del estomago de la chica desconocida, que lo trataba como si lo conociera de toda la vida. - ¿Podrías decirme tu nombre, por favor? Samuel no me dijo que tuviese una novia tan hermosa. – le dijo el príncipe haciendo una pequeña reverencia, antes de que mirar a Duna. – Y sinceramente lo que me han contado de ti no te hace justicia, Duna Rogers. – dio tomando una de sus manos besándola con sumo cuidado. Cruzando sus ojos verdes con los ojos gris verdoso de Duna, los cabellos del príncipe eran de un color arenoso y sus rizos recordaban a las dunas de los desiertos.

- Mi nombre es Luna Scarlet y no creo que sea la novia de Samuel, ¿verdad Duna? – preguntó a la chica que se mordía la lengua para no decir todo lo que deseaba decir. - ¡Shaoran! – gritó feliz al ver que alguien más se había despertado. - ¿Cómo está Sakura? ¿No me he equivocado de persona ni de dimensión, verdad? – preguntó y Shaoran sonrió a modo de agradecimiento. – Voy a despertar a los que quedan, quiero saber como sabe un desayuno. – dijo feliz subiendo las escaleras casi tan rápido como las bajó. La primera habitación nada más subir las escaleras era la de Duna por lo que entró a intentar despertar a Mokona, pero le resultó imposible, por lo que fue a la siguiente que era la de Samuel. – Samuel. – susurró desde la puerta y al no obtener respuesta se tumbó en su lado de la cama, observándolo un poco mientras dormía.

- Luna… - murmuró el chico aun soñando abrazándose a la chica que se quedó completamente estática. – Luna… - volvió a llamarla y ella liberó una de sus manos del abrazo del chico y le acarició la mejilla. – mmm… - se comenzó a despertar Samuel por las caricias de la joven, dándose cuenta de que hacía. – ¡Yay!… - gritó cuando abrió los ojos aun sin soltar a Luna de entre sus brazos. – Lo siento. – se disculpó soltándola e intentando darse la vuelta pero se cayó de morros contra el suelo.

- ¡Samuel! – gritó la chica recuperándose de la impresión al ver como la figura del chico se precipitaba por uno de los bordes de la cama. - ¿Estas bien? ¿te has hecho daño? – preguntó y él se puso en pie de un salto, sacudiéndose el polvo arrancando una risita a Luna. – El príncipe Cesar se ha escapado del castillo para verte, está abajo con Duna. – dijo Luna y no terminó de decir el nombre de la hermana del medico y él ya estaba abajo con el príncipe. – Ahora a despertar a Fay y a Kurogane, supongo que estarán en la habitación en la que iba a dormir yo con Duna. – dijo dirigiéndose hacia la ultima puerta al fondo del pasillo. – Fay, Kurogane, ¿se puede pasar? – preguntó y no recibió respuesta, pero entró de todas formas. – Son tan adorables cuando duermen. – comentó cuando vio a Fay acurrucado contra su compañero y a este rodeándolo con sus protectores brazos, Kurogane se movió un poco y entre abrió los ojos, pero al moverse despertó a Fay. – Buenos días, ¿qué te ha pasado Fay? – preguntó Luna al ver la palangana con agua y el paño sobre la frente del rubio, que no quería que su compañero se diese cuenta de que estaba despierto, pero ya era tarde.

- Anoche tuve un poco de fiebre por el cansancio y Kuro-pon se ha pasado toda la noche cuidándome. – le explicó a la chica apartándose con un movimiento muy rápido de su compañero que se estiraba en la cama como un gato perezoso. – Pero estoy mejor, solo necesitaba dormir un poco. – le dijo apoyándose disimuladamente en la cómoda para que Luna no notase que aun se mareaba un poco porque aun tenía fiebre. – Además, creo que aquí la única que necesita una reprimenda eres tú… - dijo intentando parecer enfadado, y Luna agachó la mirada. – Por lo menos habrás dormido tranquila, ¿no? – le preguntó sonriendo. – si es así olvidaré que no me has hecho ni caso. – ella sonrió y se abrazó al rubio antes de que Duna gritase que el desayuno ya estaba listo. Al escuchar esto se esfumó como un rayo. – Es tan fácil tenerla feliz. – susurró mirando de reojo a donde Kurogane había estado sentado segundos antes. – Deberías bajar a desayunar, Oscuro-gane. – Kurogane resopló ante el mote, pero sonrió acercándose por la espalda de Fay.

- Y tú deberías volver a la cama, sigues teniendo fiebre, mago idiota. – le dijo el de pelo negro volviendo a ponerle la mano en su frente como la noche anterior. - ¿tan inútil eres que ni siquiera eres capaz de usar tu magia sin hacerte daño? – le preguntó haciendo que Fay mirase al suelo y se apoyase completamente contra la cómoda algo triste por lo que pensaba su compañero de él. – Vuelve a la cama, subiré luego con el desayuno y con ese crío, después de todo tienes suerte de que sea medico. – le dijo a Fay apartando la mano de su frente empapada por un sudor frío. – por nada te enfermas… - murmuró Kurogane enfadando a Fay que se giró mirándolo como si lo fuese a matar, pero se tuvo que volver a apoyar en la cómoda.

- No me he puesto enfermo ni una sola vez desde que nací… esto solo es un poco de agotamiento. – le dijo a Kurogane bastante enfadado, pero no sonó tan amenazante como pretendía porque a mitad de la frase le comenzaron a castañetear los dientes. – Después de todo conseguí abrir una brecha lo suficientemente grande para que pasase el chico… en un escudo mágico hecho por uno de los seres más poderosos de todas las dimensiones… es normal que esté así. – dijo comenzando a tiritar y le empezaron a fallar las piernas. – Si entendieses de esto… estarías sorprendido… de que siga… vivo. – dijo cayendo contra Kurogane que lo cogió y lo acostó en la cama bastante preocupado. – No soy un inútil… que ni se te ocurra… pensar que soy…

- Cálmate. – le ordenó Kurogane harto de escuchar sandeces, mientras observaba preocupado como a Fay cada vez le costaba más respirar. – Deja de decir sandeces y descansa. – le dijo recogiendo el paño que le había puesto la noche anterior para volver a empaparlo y colocárselo en la frente. – No pienso que seas un inútil, nadie lo piensa así que cálmate y descansa, maldita sea. – le dijo desesperado al notar como el mago intentaba volver a ponerse de pie, por lo que lo empujó y lo sujetó para que no se moviera de la cama. – Si te mueves te prometo que te ataré a la cama. – le amenazó pero Fay lo miró a los ojos completamente enfadado. En ese momento fue cuando ambos se dieron cuenta de que estaban demasiado cerca y Kurogane se apartó como si temiese que Fay en el mejor de los casos le golpease y en el peor aprovechase aquel descuido suyo para sacarle de quicio hasta que sus caminos se separasen. pensar en separase de Fay le recordó que su amigo ya tenía a alguien junto a quien volver y eso le enfadó aun más. - ¡Haz lo que te dé la gana! Por mí está bien. – gritó Kurogane caminando decidido hacia la puerta, sin girarse para mirar al mago que estaba completamente confuso y ya no tenía ganas de moverse de la cama. - ¡Pero en un rato subiré con ese medico para que él te haga entrar en razón! – le gritó muy cabreado dando un portazo.

Fay se tumbó en la cama y se puso el paño de nuevo sobre la frente, antes de taparse con las mantas. Kurogane mientras tanto bajó las escaleras farfullando cosas inteligibles, pero en cuanto apareció en el piso inferior Luna se plantó delante de él con los brazos cruzados sobre el pecho y detrás de ella desde el salón llegaban las voces del príncipe, el medico y la hermana de este. Luna apartó una de sus manos de su pecho y señaló la cocina con el entrecejo fruncido, Kurogane intentó pasar hacia el salón pero Luna le cortó el paso, la miró enfadado pero al ver como sus ojos centelleaban como si tuviesen luz propia decidió hacerle caso e ir a la cocina donde Shaoran desayunaba con una sonrisa radiante en su rostro. Luna sirvió el desayuno para Kurogane y para ella volviendo a sonreír como el día anterior, pero en cuanto Shaoran se marchó volvió a estar enfadada.

- ¿Qué he hecho para que te enfades conmigo? – preguntó Kurogane dando un manotazo a la mesa, pero eso solo hizo que Luna se le encarase poniéndose de pie apoyando sus dos manos sobre la mesa echándose hacia delante para intentar adoptar una actitud mucho más amenazante. – No te pongas así y dime que te he hecho yo a ti para que me trates como a un maldito crío. – le gritó poniéndose también de pie apoyado en la mesa.

- ¿Por qué tratas así a Fay incluso cuando está enfermo? – preguntó ella completamente furiosa, pero la pregunta sorprendió a Kurogane mucho más de lo que ella se había esperado. – Cuando alguien está enfermo los que están a su alrededor deberían cuidarle y no ser bruscos, pero tú sigues gritando y menospreciando a Fay. – le recriminó Luna a Kurogane muy molesta. – ¿A caso no eres su amigo?, ¿no eres uno de los pocos que lo sabe todo de él? ¿no deberías ser el primero en preocuparte por…? – Kurogane volvió a golpear la mesa haciéndola callar.

- ¿Crees que no me preocupo por ese idiota? – preguntó él agachando su cabeza de forma que Luna ya no podía verle la cara. – Él es el único que no se cuida a sí mismo, tú tendrías que saber mejor que nadie como es. – le dijo aun sin alzar la mirada. – Ayer mismo casi se mata por abrir una puñetera brecha en tu barrera mágica, me he pasado la mitad de la noche despierto porque tenía miedo de que le diese un ataque, tuviese pesadillas sobre su hermano o pasase lo que ocurrió después, que le subiera la fiebre y él como siempre no fue capaz ni de quejarse e incluso se levantó y se puso a parlotear con esa mocosa sin preocuparse por su salud… - paró de hablar cuando se dio cuenta de que Luna estaba medio llorando sentada en su silla. - ¿qué…?

- Todo es culpa mía ¿verdad? – preguntó secándose las lágrimas con la manga del camisón, pero sin poder dejar de sollozar y sorberse los mocos como una niña pequeña. – tú mismo has dicho que está así desde que abusó de su poder para romper mi barrera ¿me equivoco? – preguntó de nuevo y el espadachín se acercó a ella para intentar calmarla. – Tú si que estas preocupado por él y yo te he estado gritando y haciéndote sentir mal… - él la abrazó y Luna que sabía lo poco que le gustaban aquellos gestos al hombre alzó la vista y lo miró dejando de llorar.

- En realidad me siento aliviado de que alguien más se preocupe por él y aun más si ese alguien es capaz de darse cuenta de cuando me paso con ese estúpido mago. – le confesó Kurogane en un susurro en su oído. – Además estoy algo disgustado, porque yo creí que él y yo éramos como hermanos pero… ayer le oí decir que se había enamorado de alguien y cuando le pregunté no me quiso decir de quien se trataba. – le dijo bastante triste aun susurrando en el oído de la chica sin soltarla de su abrazo. – Creí que me consideraba su amigo, casi creí que comenzaba a verme como alguien de su propia familia, ¡qué estupidez! ¿no? – dijo soltándola y ella se levantó dejando que él se sentase en la silla. – Que yo lo consideré alguien tan importante no significa que para él sea lo mismo. – dijo abatido mirando a Luna con cara de rendición.

- ¡Te equivocas! Para Fay eres alguien muy especial, eres alguien muy importante en su vida… él… después de lo de Tokio… después de aquello Fay solo era capaz de confiar plenamente en ti y cuando llegasteis a Celes sintió verdadero terror porque creyó que ibas a morir… su vida le daba igual, ya lo conoces, y entonces tú diste tu brazo a cambio de salvarle… y creo que empezó entonces esas sensaciones extrañas que aparecen en sus recuerdos. – Kurogane la miraba como si le hubiese hecho un gran favor diciendo aquello, aunque no terminó de entender lo que Luna quería decirle. – También fue en Tokio cuando empezaste a interesarte de verdad por él. – dijo ella sentándose en el regazo del hombre con una pequeña sonrisa de triunfo. – Fay, el motivo de que el gran espadachín Kurogane continué viajando entre dimensiones y mundos, así sería como lo presentaría yo si tuviese que hacerlo. – dijo Luna con una sonrisa traviesa recibiendo un capón del espadachín. – Te debo de caer muy bien cuando solo me has golpeado y no me has intentado matar por insinuar eso. – dijo ella saltando del regazo de Kurogane habiéndolo vencido por completo. - ¿piensas que puede necesitar de mi habilidad para sanarle? – interrogó apoyando sus manos en sus rodillas quedando a la altura de Kurogane que seguía sentado.

- Podrías… comprobar que no es grave. – sugirió mirándola como si fuese una niña muy pesada a pesar de aparentar casi su misma edad y saber que tenía varios milenios. – Y si no es grave… deja que le duela un rato. – dijo con cara de maldad y ella frunció el entrecejo antes de erguirse. – ¿Sabes? Creo que comprendo porqué has hecho tan buenas migas con todo el mundo, eres una verdadera molestia. – dijo poniéndose de pie alborotándole un poco el pelo a la chica con una de sus grandes manos.

- Párate… - dijo haciendo pucheros al notar como le había medio desecho su peinado. – A que te empiezo a llamar como te llame Fay. – le amenazó sacándole la lengua, pero él no paró de armarle. – Kuro-pon… ¡Ah! – exclamó saliendo por patas hacia el salón donde se detuvo al comprobar que había interrumpido la charla del príncipe con Samuel, pero Duna parecía feliz por aquella interrupción puesto suspiró aliviada. Kurogane decidió no seguirla y terminar de desayunar. – Lo siento… siento haber interrumpido, Cesar. – dijo haciendo una leve reverencia, pero Duna sonrió con algo de malicia mientras paseaba su mirada desde su hermano a Luna y viceversa.

- Ten un poco de respeto, es el príncipe, no debes llamarlo por su nombre así tan a la ligera. – le reprochó Samuel a la chica mientras sin que se diera cuenta Duna llamaba la atención del príncipe y le decía por gestos que observase bien a su hermano y a la chica. – Además no deberías correr así, podrías caerte y hacerte daño. – le siguió riñendo y Luna agachó la mirada con tristeza por haber hecho enfadar a Samuel. – No hace falta que te pongas triste, solo hazme el favor de ser más cuidadosa. – suplicó el chico acercándose a ella al notar su tristeza. – Por favor, no pongas esa cara Luna, que solo te he dicho que no corras así que te puedes hacer daño…

- Pero te he hecho enfadar. – contestó ella mirándolo muy triste mientras hacía un puchero. – Yo no quería hacerte enfadar, te prometo que no haré más el tonto… - él no la dejó seguir hablando porque sonrió y ella alzó la mirada confusa. - ¿no estás enfadado conmigo? – preguntó aun sin sonreír y él se rió por lo bajo.

- ¿Quién podría? – murmuró con una sonrisita. – No lo estoy, pero no vuelvas a preocuparme… - unas carcajadas, aplausos y silbidos lo interrumpieron haciendo que se acordase de que el príncipe y Duna estaban aun allí. – Alteza… esta es Luna, una amiga de la familia. – la presentó pero el príncipe se rió aun más fuerte.

- Con amigas así quien querría una novia. – susurró de manera que solo lo oyese Duna que estaba cerca de él. – Debe ser una muy buena amiga, es más parece que os conozcáis de toda la vida. – dijo intentando mantener la compostura, pero le encantaba sacar de quicio a Samuel y sabía que tenía ventaja porque su amigo no se daba cuenta de sus sentimientos por su "amiga".

- En realidad yo lo conozco desde que nació, pero Samuel me conoció ayer y aun así ya me ha salvado la vida. – dijo Luna con una gran sonrisa y Sam la interrumpió pellizcándole el brazo al notar que podría descubrirse ante el príncipe y eso solo supondría que la detuviesen los cazadores de magia. – Eso duele… - se quejó frunciendo el entrecejo.

- Ella es mi mejor amiga, lo que ocurre es que es de otro reino y aun no nos conocíamos en persona. – se apresuró en explicar Samuel y Duna corroboró su historia inventándose un montón de chorradas mientras Samuel aprovechaba para explicarle en susurros a Luna algo que el príncipe no pudo oír. – No puedes decir quien eres, a Cesar no, sino te detendrán. ¿me entiendes?

- Sí, pero… - dijo la chica y se hizo el silencio. - ¿Qué significa que soy tu mejor amiga? – preguntó y Duna la miró como si acabase de destrozar todos los esfuerzos de Samuel por ayudarla.

- Es la persona en la que más se confía porque se han vivido experiencias de todo tipo juntos. – contestó el príncipe mirando un poco decepcionado a Samuel. – Hay que ver lo difícil que resulta aprender idiomas, ¿verdad, Luna? – sonrió guiñándole un ojo y Luna pensó que esa definición se parecía un poco a la de novia.

- Sí, resulta muy difícil aprender palabras nuevas. – contestó Luna intrigada por el gesto del príncipe. Que después de aquello se puso a hablar con Duna ignorándolos a ella y a Samuel. – Samuel, Fay ha tenido fiebre esta noche y ahora estaba derrotado, porque no le ha bajado, ¿podrías subir a hacerle un chequeo, por favor? – preguntó al pelirrojo que intentaba llamar la atención de su hermana para que dejase de parlotear sobre cosas sin sentido con el príncipe. – Por favor, Samuel… - suplicó Luna con cara de culpa agarrándole la camisa al joven medico, este gesto llamó la atención de Sam, pero también hizo que Cesar y Duna los mirasen de reojo y comenzasen a cuchichear. Al segundo de notar la cara implorante de Luna, Sam se puso tan rojo como un tomate y se fue corriendo a atender al mago dejando a Luna sorprendida y algo molesta. - ¿por qué él puede correr y yo no? – refunfuñó caminando directa hacia el sofá, sentándose junto a Duna, no obstante la chica no dejó de hablar con el príncipe que estaba sentado en el reposa brazos del otro lado de Duna. – Cesar, ¿quieres que Duna sea tu novia? – preguntó al rato llamando la atención de ambos muchachos que la miraron sonrojados.

- ¡Luna! – exclamó Duna muy avergonzada. – No digas tonterías, el príncipe seguro que ya tiene a alguien especial. – dijo con ojos tristes mirando a Luna como suplicando que no volviese a preguntar cosas como esas. – Además no creo que su majestad quisiese una novia como yo, recuerda que me encanta revolotear alrededor de cualquier hombre. – dijo ella intentando matar a esos pajarillos que comenzaban a revolotear por su cabeza.

- Nada de eso es cierto. – contestó el príncipe haciendo que Duna abriese y cerrase su boca como un pez fuera del agua. – Estaría encantado de poder estar junto a una mujer como tú, Duna. – le dijo bastante molesto ante las palabras de la joven sobre él y sobre ella misma. – Luna, tienes razón, me encantaría que Duna fuese mi novia; porque no tengo novia como ella piensa y no me gustaría que una mujer tan decidida a hacer lo que le de la gana acabe perdiendo su libertad en manos de cualquier niñato. – confesó a Luna que sonrió, pero Duna estaba en shock, ese tipo de cosas no se deben decir así tan a la ligera y menos si acabas de conocer a alguien.

Un ruido de algo estrellándose contra un mueble y luego contra el suelo llamó la atención de las tres personas que estaban en el sofá y cuando salieron al pasillo Shaoran entró del jardín porque también había oído aquel estruendo. Subieron las escaleras escuchando gritos y quejidos, Mokona salió llorando del cuarto donde se suponía que estaba Fay descansando. El pequeño ser blanco se estrelló contra Luna y se agarró a la chica gimoteando algo sobre Samuel, Kurogane y Fay, pero Luna no la entendía y por eso decidió ir con Shaoran a comprobar que era lo que ocurría.

Al entrar por la puerta entreabierta se encontró a Fay contra la cómoda inmovilizado por Kurogane, Sam estaba sangrando en el suelo con un corte muy profundo en su brazo derecho. Luna entró y vio que en los ojos de Fay casi no se podía ver su pupila, sudaba como si estuviese en una sauna y su piel tenía un tono grisáceo muy enfermizo.

- Estaba dormido mientras el crío lo examinaba, pero de pronto estalló… fue un destello negro que le hizo ese corte. – explicó Kurogane aun agarrando a Fay con cara de pena y rabia. – Es como si… - no terminó de hablar porque Fay tiró su cabeza hacia atrás y le dio un cabezazo en la nariz. – Luna haz algo rápido si no quieres que esto acabe peor. – pidió Kurogane sangrando por la nariz.

- Este no es Fay… - murmuró alarmando al hombre de pelo negro. – es un "alma de cambio" – explicó a Kurogane mientras apartaba el flequillo rubio de Fay de su cara. – probablemente sea obra de Kurai… a ella se le daban genial crear almas decambio… lo más seguro es que la fiebre que tuvo anoche fuese un rechazo de su cuerpo hacia este ente extraño… el desencadenante fue la falta de energía al romper mi escudo, pero para que el cuerpo haya reaccionado así en vez de eliminarla por su cuenta Fay debe haber tenido una fuerte impresión, su corazón está contradiciendo a su mente por completo y eso lo ha debilitado mucho. – explicó posando su mano derecha sobre el corazón del rubio mientras cerraba los ojos. – Me temo que necesitamos un milagro para que esta alma se valla y más si ha conseguido indagar tanto en las capacidades de Fay como para usar sus poderes. – declaró Luna a punto de estallar en llanto.

- Si lo cabreaseis lo suficiente… - sugirió Shaoran desde el umbral de la puerta, mientras Cesar y Duna sacaban a Sam del cuarto. – pero no se me ocurra nada que le pueda hacer enfadar, es más fácil enfadar a Kurogane. – dijo Shaoran haciendo que Luna sonriese como si acabase de ver una luz al final de una cueva oscura.

- Shaoran, vete a calmar a todos y llévate a Mokona. – dijo entregándole al bichito blanco que se había desmallado agarrada a su cuello con las orejas. – Da igual lo que oigáis o lo que ocurra… ¡no entréis! – ordenó ella ayudando a Kurogane a mover a Fay hasta la cama y allí lo ató con un conjuro, una vez Shaoran se fue cerrando la puerta tras de si. - ¿Quieres que viva? – preguntó a Kurogane con una mirada muy seria y Kurogane asintió. – harás todo lo que te diga para que vuelva a ser el de siempre y no me cuestiones. – le dijo como si de un general se tratase. – Sé algo que hará que Fay reaccione, pero no puedo dividirme y además estoy segura de que contigo dará mejor resultado. – le medio explicó quitándole la camisa al rubio colocando esta vez ambas manos sobre su pecho que estaba frío como el hielo y empapado en sudor. – Cuando cuente tres necesito que le des un beso… en los labios. - Kurogane se apartó de ella y del rubio. – Has dicho que querías salvarle y harías todo lo que yo te pidiese, Fay está aun aquí dentro y sé que reaccionara si siente como le besas en el momento en que yo intento expulsar el "alma de cambio" sino lo haces en ese momento el alma de Fay no podrá recuperar el control. – le explicó al espadachín que se acercó un poco y fijó su mirada en los ojos del mago; se volvían amarillos por momentos, pero no amarillos como cuando había bebido la sangre de Kurogane y la del vampiro en Tokio, más bien era un tono amarillo verdoso malsano. - ¡Morirá! – gritó ella sacándolo de su ensimismamiento.

- No sé si puedo hacerlo… si no funciona… - Luna apartó una de sus manos y señaló a Kurogane fulminándolo con una mirada asesina.

- Te juro que si muere por tus estúpidas dudas, por no querer darle un maldito beso, te torturaré hasta que me supliques morir y entonces te proyectaré toda su vida en tu mente, cada vez que cierres los ojos veras a Fay desde que nació, pasando por los momentos en los que más sufrió hasta llegar hasta hoy y solo cuando te vea hecho un amasijo de carne fofa y hueso, solo cuando me supliques con lagrimas en los ojos que t mate admitiendo toda tu culpa, solo entonces me pensaré si te mato. – le dijo Luna con un tono de voz feroz que recordaba a Kurai, por lo lleno de odio y rabia que esa voz no se esforzaba en esconder. - ¡Enfréntate a los sentimientos de una vez! ¡Eres humano, no puedes huir de esto! – le gritó lanzando desde su mano una especie de rayos violetas que se enredaron en las bisagras y la cerradura de la puerta. – No saldrás hasta que Fay viva o desaparezca. – dijo ella volviendo a poner su mano sobre el pecho de Fay que se retorcía en sus ataduras mágicas intentando soltarse. – Tres… dos… uno…

Notas de la autora:

Que os a parecido? os a gustado? he cortado en ese punto para darle un poco más de suspense (como se diría en mi pueblo aun que es un poco asqueroso, os quería dejar con la mierda en la boca :P) Agradeceré de todo corazón cualquier R&R con sujerencias dudas y demás...Espero que os guste y leais el siguiente capitulo de "El viaje continua, las cronicas de Luna Scarlet"

Nos leemos Lokaria Akire

P.D: Tsubasa Reservoir no me pertenece, ni sus personajes, lo unico que me pertenece de este Fic son Luna, Samuel, Cesar, Luna y el reino de Esfera (lastima que el reino de Esfera sea imaginario)