When you were my man

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La mujer de orbes zafiros y cabello achocolatado escribía en su ordenador una redacción que necesitaba para su trabajo, cuando una notificación emergió de la barra de tareas.

"Tienes un nuevo correo electrónico"

Pensando que era un documento que esperaba de su empleo, se apresuró a abrir el archivo.

Fue leer el primer párrafo, y dirigir su vista a la cima del e-mail, donde se encontraba el remitente.

Un nombre demasiado conocido para ella destacaba en el lugar.

Pensó en eliminar aquello, sinceramente no quería recordar. Prefería olvidar a aquel mago de hechizantes orbes marinos que tanto daño le había causado…

Sin embargo, se sintió incapaz. Tras cerrar brevemente sus párpados y exhalar un suspiro, prosiguió su lectura.

«Pues ahora es más grande. No, no he cambiado nada. Ni las sábanas ni el colchón ni las almohadas.»

Sonrió amargamente al leer aquello. Ella sentía lo mismo cuando iba a la casa de su padre de visita, y volvía a su antigua habitación. Recordar aquellas veces en las que se acostaban en aquel colchón, a escondidas de su padre y riendo en bajo por la adrenalina que les producía aquello.

Cuando volvía a aquel lugar, sentía que esa cama era enorme, pese a haberla usado durante toda su vida.

«¿Y quieres saber otra? Mientras escribo esto, tengo la radio puesta. Sabes que me gusta escuchar música, pero no me atrevo a encender el reproductor de mi móvil, todas esas canciones me recuerdan a ti.»

Rió con tristeza al leerlo. ¿En qué más cosas se parecían?

Ella había tenido que poner todas aquellas canciones en una carpeta, archivándola en el fondo de su reproductor pero incapaz de eliminarlas.

Miró el aparato que retransmitía la emisión mientras trabajaba, antes de abrir aquel correo. Maldita fuera su suerte, justamente estaban emitiendo aquella melodía que tantos recuerdos le traía.

Pensó en apagar el objeto, a sabiendas de que echaría a llorar si seguía escuchando eso. Sin embargo, leyó el siguiente párrafo de reojo, y se percató de la situación.

Vaciló unos instantes, pero finalmente dejó que aquella canción siguiera resonando en sus oídos, recordándole a su pasado.

Ciertamente, él tenía razón. No sonaba igual, se había percatado.

Ya eran dos locos.

«Pero lo cierto es que nuestras amistades me traen recuerdos nostálgicos, sobretodo Ran y Shinichi.»

A ella se lo iba a contar. Era cierto que seguía manteniendo contacto con ellos, eran grandes amigos suyos. Sin embargo, evitaba todo lo posible los encuentros.

El detective del este era demasiado parecido al mago, y dolía solo con mirarle. Además, dado que ambos eran como sus espejos, también le rompía el corazón el ver lo que pudieron haber sido, habían llegado a ser, pero ya no eran.

Y además, su nombre salía en las conversaciones y pese a decir que ya lo había superado, sentía un pequeño dolor que le recordaba lo mentirosa que era.

«Quizá es que fui muy tonto —o un idiota, como me decías siempre—. Es posible que fuera muy joven e ingenuo, y no supiera tratarte como tú te merecías.»

Idiota. Era un absoluto idiota.

Las lágrimas empezaron a brotar de sus orbes azules, pero hizo todo lo que pudo para no echarse a llorar como una niña ante aquello.

Sin embargo, con los siguientes párrafos toda su fuerza de voluntad se derrumbó.

Las gotas saladas corrían por su perfilado rostro blanquecino, sin detenerse, cayendo a la mesa donde tenía apoyado el ordenador.

—Sí, quizá debiste haberme llevado a más bailes, o haberme dado más rosas… —le dijo, sabiendo que no la escuchaba—. Pero si tan sólo no hubieras sido tan estúpidamente orgulloso y me hubieras contado la verdad… —dijo, siguiendo su lectura.

Si tan solo no le hubiera mentido, engañado de aquella manera… si sólo le hubiera contado la verdad, ahora estarían juntos, felices como habían sido siempre.

No le dolía el que hubiera sido Kaito Kid. De verdad que no, entendía su razón, la había descubierto cuando se enteró de su secreto.

Lo que le lastimaba era que la hubiera subestimado, que no hubiera confiado en ella. Que pensara que era tonta y que nunca lo sabría.

Sí, quizá fue muy tonto al no darse cuenta de que ella, más que todo, quería que le tuviese la confianza suficiente para contarle todo.

«No es para que te sientas culpable, después de todo yo soy el único responsable de esto, pero quería que supieras que te extraño y odio a ese hombre que ahora está a tu lado.»

¿Cómo lo sabía?

Esa fue la pregunta que le recorrió, y se molestó un poco al ver que el mago había predicho su reacción.

No era de extrañar, la conocía bien.

Se asombró más al ver que había sido él aquel famoso ilusionista que no había acudido al final a la ceremonia, y sintió un pequeño pinchazo al leer la razón de su huida.

Era un imbécil. ¿Es que no podía ver más allá? ¿No se había dado cuenta de que no era absolutamente feliz?

Lo cierto era que no quería a su futuro marido. Y este lo sabía, sin embargo, había dicho que no importaba, que haría que olvidara a quien fuera que le había herido.

Decidió aceptar su propuesta, con la vaga ilusión de que lograría borrar el recuerdo de su amigo de la infancia con él.

Con la esperanza de que reharía su vida desde cero sin nada que ver con la magia ni ladrones mentirosos.

«Espero… no, deseo que él te regale las flores que yo no te dí. Y que te lleve a todas las fiestas que tanto te gustaban, porque recuerdo cuánto amabas bailar.»

—Idiota —sollozó, golpeando suavemente la pantalla del ordenador.

Adoraba bailar, era verdad. Pero lo amaba más cuando lo hacía con el de orbes azules que con su actual prometido.

Le dolía eso, pero era la pura verdad.

«Y que haga todas las cosas que debí haber hecho yo, cuando era tu hombre.»

—Sí, él hace todo lo que tú debiste haber hech, Kaito —confirmó—. Me compra flores, me lleva a bailar, me adora y no me engaña —sonrió con amargura—. Pero soy tan estúpida que te sigo amando… aunque ya nunca serás mi hombre de nuevo.