Disclaimer: por supuesto los personajes no son míos. Pero la parejita y la situación sí son una inventada muy gorda.
Advertencia: besitos y abracitos ;-)
2. Arena mojada
Dean Thomas dejó que el agua del mar se acercase tímidamente a sus pies. Era muy agradable sentir la arena mojada en la piel y la brisa marina revolviéndole el pelo. Respiró profundamente saboreando cada centímetro cúbico de aquel aire puro.
A sólo unos metros, Luna Lovegood se agachaba entre dos rocas mientras hablaba consigo misma, tratando de encontrar un crabarán, animal que Dean estaba casi seguro que no existía pero que no encontraba razones lógicas para convencer a Luna de ello. Porque obviamente las había, pero que convencieran a Luna era otra cosa.
En realidad no se estaban haciendo mucho caso. Dean estaba sentado en el salón del Refugio cuando la había visto coger un gran cesto y encaminarse hacia la puerta. Normalmente Dean no prestaba demasiada atención a las idas y venidas de Luna, pero en ese momento se habían cruzado en la cocina.
- ¿Dónde vas? – había preguntado el chico.
- Voy a coger crabaranes antes de que suba la marea – había contestado ella, con su habitual sonrisa soñadora - ¿Quieres acompañarme?
Cualquier otro día Dean habría declinado la invitación con una negativa cortés y se habría apoltronado en el sofá del salón a ver pasar las horas. Pero sentía que si no hacía algo el aburrimiento se lo acabaría comiendo vivo, así que aceptó.
Lo cierto es que en el Refugio no había gran cosa que hacer. Harry, Ron y Hermione pasaban las tardes encerrados en el cuarto de Griphook, seguramente maquinando algo que trataban de mantener en secreto con respecto al resto de habitantes de la casa pero que olía demasiado. El señor Olivander apenas compartía tiempo con ellos y Bill y Fleur estaban demasiado ocupados, y preocupados, como para intentar matar el rato con ellos.
Así que se podría decir que Luna era la única que se encontraba en su misma situación, y eso no era una muy buena noticia. A Dean no le caía mal, ni mucho menos. Se habían conocido en Hogwarts a raíz de que él comenzara su relación con Ginny. Al principio, como a casi todos, le había parecido una chica algo estrambótica, pero con el tiempo le había cogido cariño.
El problema es que Luna solía entretenerse con cosas que a Dean bien no le interesaban en absoluto, bien lo desconcertaban.
Pero allí estaba, paseando por la playa con ella. Llevaban alrededor de dos horas caminando casi en silencio. Dean cogía piedrecitas de la orilla y las lanzaba contra el agua mientras que Luna miraba entre las rocas en busca de alguna señal de los carbaranes.
- ¡Ay! – Luna soltó un gritito tras resbalar en una piedra especialmente mohosa y haberse llevado un buen golpe en el codo.
Dean se acercó.
- ¿Estás bien? – preguntó el chico ayudándola a salir de entre las rocas.
- Sí, sólo es un rasguño – Luna se sentó en la arena observándose con ojo clínico el codo.
- Déjame ver – Dean se sentó a su lado.
Efectivamente, era sólo un rasguño. Luna se curó la herida con la varita y se quedó observando el atardecer.
- ¡Qué bonito! – exclamó maravillada mientras el sol se sumergía en el horizonte marino, haciendo brillar la superficie como si fuera otro astro.
- Sí, es muy bonito – Dean se giró para sonreírle.
Pero en lugar de dirigirse a la cara de Luna, sus ojos se quedaron clavados en la pequeña y caprichosa abertura que se le había hecho en la camisa a la chica y que dejaba entrever uno de sus pechos casi con total nitidez.
De pronto le pareció que hacía mucho calor y sintió la urgente necesidad de lanzar otra piedrecita a la calmada superficie del mar, así que se levantó lo más rápido que pudo.
"Va sin sujetador" pensaba Dean sólo una hora después, mientras continuaban con su paseo. Aunque es cierto que Luna no poseía una delantera suficiente como para que resultase obligatorio llevarlo. De hecho casi todo su cuerpo seguía teniendo un aire aniñado. Pero sólo un aire. No se sentía atraído por Luna, eso estaba claro, es simplemente que ahora no podía borrar de su mente la imagen de ese seno pequeño y blanco.
Los truenos se encargaron de hacerle olvidar por unos minutos. Una nubes negras como el carbón se apretujaban en el cielo sobre sus cabezas y crujían vaticinando una tormenta breve pero intensa.
Estaban, a pesar de las advertencias de Bill, muy lejos del Refugio como para regresar antes de que la tormenta los alcanzase. Dean recorrió con la mirada el paisaje y, agradeciendo su suerte, señaló a Luna una cabaña medio escondida bajo una duna.
No fueron lo suficientemente rápidos y las nubes descargaron una cantidad importante de agua sobre los chicos antes de que pudieran alcanzar la cabaña. Empapados abrieron la puerta con dificultad y un olor a salitre y polvo los recibió.
Debía ser una antigua cabaña de pescadores, pero daba la impresión de llevar años abandonada. A decir verdad, Dean no había visto a nadie más a parte de los habitantes del refugio en varias millas a la redonda. Sólo llenaban la estancia una enorme mesa de madera y varios utensilios de pesca que se habrían visto antiguos quince años atrás.
Luna se sentó sobre la mesa mientras Dean trataba de vislumbrar a través de los deslucidos cristales de las ventanas de la cabaña cómo avanzaba la tormenta.
- Creo que vamos a tener que esperar un rato – se giró hacia Luna.
Pero de nuevo sus ojos no pudieron evitar dirigirse hacia el torso de la chica, dónde sus pezones erizados por la lluvia se apretaban contra la camisa mojada, casi traslúcida.
Como movido por un resorte, Dean volvió a mirar por la ventana completamente azorado y con la boca seca. Notó como se le aceleraba la respiración y suplicó al cielo tormentoso que Luna no se hubiera dado cuenta.
Pero aunque su actitud podía hacer aparentar que Luna era despistada, nada más lejos de la realidad.
- ¿Hay algún problema con mis pechos? – preguntó dejando escapar una breve risita, provocando que Dean deseara que se lo tragara la tierra.
- ¿Qué? No –notaba como le ardían las mejillas y las orejas – Son… Son muy bonitos – añadió con una leve tos y asombrado de haber dicho aquello.
- Puedes tocarlos si quieres.
El cerebro de Dean tardó unos segundos el procesar el significado de aquella frase. Trató de reinterpretarla de mil formas distintas, pero desde luego, no era reinterpretable en absoluto.
Y mucho menos cuando se giró hacia Luna y esta se había desabrochado la blusa hasta llegar al ombligo, dejando a la vista sus pequeños y pálidos senos, coronados cada uno de ellos con un pezón rosado que brillaban a causa de la humedad.
Como guiado por un imperius, Dean se acercó con cautela, como temeroso de que en cualquier momento Luna soltara una carcajada en su cara. Estuvo a punto de no hacerlo, pero la distancia que separaba sus manos de los pechos de la chica era cada vez menor y la atracción casi irresistible.
Fue Luna quien lo ayudó a completar el gesto, guiando sus manos hasta que encajaron con su busto. Dean los acarició embobado mientras ella ahogaba unos suaves gemidos con los ojos cerrados y la boca entreabierta. El chico dejaba que sus dedos morenos dibujaran la curva de sus pechos, mucho más pronunciada ahora que no tenían nada encima.
Repentinamente Dean tomó conciencia de la situación y se apartó un poco. Miró sus manos, que hasta hace unos segundos habían estado sintiendo la suavidad y el calor de los pechos de Luna y después la miró a ella, sentada en la mesa con la camisa abierta y su largo pelo rubio acariciando sus hombros. Y esos ojos... Esos grandes y profundos que ahora lo observaban con una chispa traviesa titilando en su superficie.
Y sin dudarlo volvió a acercarse pero esta vez para besarla. Luna contestó al beso con el énfasis de alguien que lleva esperando un momento como ese demasiado tiempo. El chico se olvidó por un momento de las tetas de Luna y colocó las manos en sus rodillas para acto seguido deslizar la falda hacia la cintura. Palpó sus muslos y después sus caderas en busca de la goma de las braguitas.
Luna interrumpió aquel beso inesperado y pasional con un gemido entrecortado cuando sintió los dedos de Dean penetrando entre sus piernas. La muchacha se deshizo de la camiseta del chico y apretó fuerte las manos contra su piel color chocolate mientras él bombeaba cada vez más fuerte.
Pero llegó el momento en el que no era suficiente y Luna trató sin éxito de bajar los pantalones de Dean, pidiendo sin palabras llegar hasta el final. Él no se hizo de rogar y tras desnudarse y ayudar a Luna a hacer los mismo, la agarró por las nalgas y, ayudado más por el peso de la chica que por su moderada musculatura, la levantó en volandas.
Arriesgándose a que aquella vieja cabaña cediera por completo Dean empotró a Luna contra una de las vigas de madera, penetrándola con ganas mientras la chica se agarraba con fuerza a su cuello. En la oscuridad aún se hacía más patente el contraste entre el blanco y el negro de sus cuerpos, como el ying-yang. Sólo se escuchaba la lluvia contra los cristales y los gemidos de ambos.
Casi como si lo hubieran planeado y apenas un instante antes de alcanzar el clímax, Dean recostó a Luna en la mesa con toda la delicadeza que pudo y enterró la cara entre sus senos níveos ahogando un escalofrío que ella no pudo disimular.
Aún estuvieron varios minutos con la respiración agitada el uno encima de la otra. La lluvia había parado y ahora el anochecer se abalanzaba sobre la playa como un lobo sobre una presa.
- Debemos irnos – dijo entonces Dean, buscando su ropa en la penumbra.
Luna asintió e imitó al chico. Estaban a punto de salir de la cabaña cuando Luna detuvo la mano de Dean que se disponía a abrir la puerta.
- No te preocupes, no se lo contaré a nadie – susurró Luna a su espalda, haciendo que se le erizase el vello de la nuca.
Durante un segundo, Dean se sintió aliviado. Pero al segundo siguiente se sintió como una persona horrible. Y la expresión casi ausente de Luna, que trataba de camuflar algo más profundo y más común, no ayudaba.
Al fin y al cabo ¿de qué cojones debería estar preocupado? ¿De que la gente supiera que él y Luna habían compartido un momento de intimidad? ¿Que le había gustado? ¿Qué importaba lo que la gente opinara? La vida era demasiado corta como para andar preocupándose por esas cosas. Era algo que había aprendido en esos últimos meses.
Besó la frente de Luna con suavidad.
- ¿Y por qué no? – le sonrió con dulzura y agarró su mano – Vamos, ya es tarde, deben estar preocupados.
El cielo sobre el Refugio ya se teñía de negro azabache cuando Luna y Dean salieron de la cabaña cogidos de la mano. En ese momento el futuro se veía con más ilusión, todo sería más fácil con alguien a su lado. Lo que no sabían es que esa misma noche cambiarían demasiadas cosas.
Espero que os haya gustado. No pertenece al canon popular pero creo que tampoco lo contradice y son dos personajes que siempre me han gustado, especialmente Luna (¡ay! ¡Luna!)
Nos vemos en próximas entregas, hipotéticos lectores.
