Desperté, más que con resaca, herido. No me gustaba pelear con Cashmere, pero ahora sin embargo nuestras peleas se volvían más constantes. No entendía porque, pero ella estaba cambiando. Y eso no me gustaba ni un poco. Me bañe, me vestí y finalmente salí de mi habitación. Para mi sorpresa, estaba casi vacía la casa. Por alguna razón, no se encontraban las cosas de mi madre. Vi a Cashmere en la cocina. Entré a la cocina, notando como ella se tensaba más.
—¿Hice algo mientras estaba ebrio?—cuestione, con sarcasmo. Ella sabía que yo estaba sobrio en ese momento, simplemente me estaba protegiendo. Ella nació minutos antes que yo, entonces se siente como "la mayor". Ella hizo una mueca.
—Fuiste todo un rebelde, pequeño Gloss.—dice ella, sarcástica. Sonrió, la adoro. Cashmere, siempre creyéndose la mayor.
—¿Pequeño?¿El que te supera por 10 cm?—le cuestione, colocándome adelante suyo. Ella rodó los ojos.
—Eres hombre, es natural que seas alto. Más que yo.—dijo ella, mientras tomaba su café. Suspire.
—¿Y mamá?—pregunte, sin nada más en la mente. Ella abrió los ojos excesivamente, lo cual fue bastante extraño. Ya conocía sus hermosos ojos verdes a la perfección, por lo cual no necesitaba mirarlos. Y sin embargo, cuando lo hacía, no podía pestañear ni dejar de observar su belleza. No podía detenerme. Era tan...extraño...
—Se fue a la antigua casa.—dijo ella, dejando su taza de café en el mostrador.—Estaba furiosa. Quería que fuera con ella, pero me negué.
—¿Por que?—cuestione, extrañado. Cashmere era muy unida a nuestra madre, por lo cual era extraño que le dijera que no y abandonara de aquella manera.
—Porque eres mi mellizo, y nos apoyamos.—dijo, para sellar eso con una sonrisa. No supe como mierda reaccionar.
—Eh, sí—dije, como un tonto. Solo escuche su pequeña risa y sonreí de manera nerviosa.
—Por cierto—comentó ella, llamando mi atención—Viajare al Capitolio.
Me quede estático.
—¿Cuanto tiempo?—murmure, apenas logrando modular. Odiaba cuando ella viajaba, en especial si se trataba del Capitolio.
—Hasta la cosecha.—dijo ella, acariciando sus uñas.—Volveré ese día.
—¿Cuando te vas?—pregunte apenas. Ella me miro directamente a los ojos. Yo los coloqué en blanco.
—Hoy, en un par de horas.—dijo, para luego suspirar. Luego me miro de forma fría.—Solo quería informártelo.
—¿Que hago si mamá viene?—cuestione, serio. No iba a actuar "cariñoso" mientras ella fría.
—Ella no vendrá.—respondió, con cara de aburrida. Asentí, frío. Como ella. Como ella quiere que la trate, seré. "Por mi melliza".—Voy a empacar. Adiós.
—Suerte con el trabajo sucio. Espero que lo disfrutes.—le dije de manera cruel. Ella no respondió, y su silencio me abrumo más de lo que esperaba. Solo la vi salir de la cocina con los ojos brillosos.
Sí, era un idiota. Un completo idiota. Herí a mi hermanita. A mi melliza. ¿Que tan bruto soy?.
Pasamos el resto de ese par de horas sin hablarnos, hasta que reaccione. Y como todo imbécil que soy, reaccione en el último momento, como ya saben. Iba saliendo de la casa con sus maletas, cuando la intercepté, colocándome delante de ella. La agarré fuertemente de la cintura y la apegue a mi en un abrazo. Ella me correspondió al instante. Se sentía cálido, bien...quizás demasiado.
Nos separamos cuando fuimos conscientes del tiempo y la realidad otra vez. La sonreí. observándola con ternura.
—Adiós, hermosa—le dije, para luego besar su mejilla. Tan cerca de sus labios...que dio miedo. A decir verdad bastante. Ella solo sonrió levemente, tomo sus maletas y desapareció de mi vista. Dejándome con una gran confusión, y unos labios sensibles a su piel. Deseosos...de ella.
E visto a mi princesa en la televisión. Junto a Caesar Flickerman, al lado de Johanna y Finnick. Sonríen llamativamente y tientan a la gente a desearlos aun más. Johanna con un vestido rojo, apegado a su musculoso cuerpo, el cual, a decir verdad, no esta mal. Finnick simplemente luce abdominales, aunque todos sabemos que solo les interesa el gran "amigo" de Finnick. Y mi melliza lleva unas calcetas arcoiris cubriendo casi todas sus piernas, y luego una ropa interior de puntitos, que muestra su plano vientre y su sostén copa A. Sí, sabía su talla, quizás por pervertir o por cercanía. Prefería no pensarlo mucho, porque terminaría perdiendo. Lleva también guantes arcoiris que llegan a sus codos y un gorro de invierno arcoiris. No resulta tan sexy como ella pensara.
Pero daba igual. El Capitolio la adora, lleve lo que lleve puesto. Aunque una preferencia de ellos debe ser al natural. Oh, por supuesto que sí. Imagino que con Finnick y Johanna debe ser lo mismo, aunque personalmente yo taparía un poco a Finnick. Con ver a Johanna al natural no tengo ningún problema.
Oh, que pervertido soy. Genial.
—Están muy guapos, chicos—dijo Caesar, guiñando un ojo.—Pero Finnick, tu simplemente me encantas.
El Capitolio estalla en risas. Finnick sonríe, según yo algo obligado, aunque más relajado cuando habla con Caesar. Por lo menos al hablar con Caesar nos podemos sentir cómodos, porque el maniático de llamativos colores en su cabello era realmente agradable, y quizás lo único sincero del Capitolio.
—Oh, gracias Caesar—acepto Finnick, coqueto.—Si quieres luego nos tomamos un trago, tu y yo solos...
Volvieron a reír, mientras Finnick guiñaba su lindo ojo. Bah, el era solo un orgulloso más. Eso sí, me gustaría ver como reaccionaría la loca de Annie ante eso.
Después de todas esas risas, vuelven a enfocar a Cashmere y Johanna. Creo que reunieron a los más guapos de los tributos como una especie de insulto y humillación, porque es realmente estúpido observarlos con esas sonrisas falsas y esos llamativos trajes, mostrándoles "el culo" al Capitolio.
—Johanna y Cashmere, mis amores—dijo Caesar, con una sonrisa. Estas dos sonreían, falsas, como yo ya bien sabía. Pero Johanna ya mostraba algo de su carácter, pues debes en cuando hacia muecas que lo demostraban.—¿Como han estado?
—Bien, junto a la familia—contesta Johanna, mirando al Presidente Snow directamente a los ojos.
Ugh. Johanna se quejaba de siempre tener problemas, y ella misma se los creaba. Era una chica complicada. Guapa, obviamente, pero con un carácter con el cual cualquiera temería.
—Sí, descansando en casa—dice Cashmere, intentando suavizar el tema. Le da un disimulado codazo y sonríe encantadoramente al Capitolio.
Cashmere era simplemente una Diosa. Siempre la observaba y podía asegurar que su belleza era impresionante, capaz de enamorar a cualquiera.
Como a mi...
