El olor de la cena era delicioso, Brennan se había lúcido esa noche preparando uno de los platillos que su madre le enseñó a cocinar poco después de cumplir los trece años: pimientos horneados. Era noche de viernes, así que los suyos estaban rellenos de tofu, mientras que los de Booth también tenían papas, y Christine comería mitad y mitad.
Sonrió muy satisfecha consigo misma, le había tomado años y mucho esfuerzo pero finalmente había logrado que su compañero accediera a comer vegetariano tres noches de la semana, observó con ternura la foto familiar sujeta a la puerta del refrigerador y entrecerrando los ojos recordó.
Llevaban viviendo juntos apenas un par de meses, cuando recibió una invitación para asistir a una cena que en su honor querían ofrecer los fundadores de una sociedad dedicada a la protección de la vida animal a la que ella apoyaba financieramente desde hacía años, tenía la intención, tal y como lo había hecho en oportunidades anteriores, de rechazar tal honor, sin embargo, antes de hacerlo decidió comentarlo con el padre de la criatura que crecía en su vientre... Booth la escuchó con genuina admiración y de la manera más dulce la convenció de aceptar ese reconocimiento… esa fue la primera cena formal a la que asistieron como pareja.
La noche de la gala, mientras estaban recostados en la cama, poco antes de dormir, su compañero la miró a los ojos con ternura y acariciando su vientre le preguntó, "Huesos, ¿te he dicho lo orgulloso que me haces sentir?", y sin esperar a que ella respondiera a su interrogante le confesó su decisión de apoyarla en su compromiso de hacer de este mundo un lugar mejor dejando de comer carne los lunes. Algunos meses después se sumaron las noches de los miércoles, y finalmente, los viernes completaron la tercera noche sin carne durante cada semana.
"Mami… ¿te gusta mi ensalada?" escuchó la voz cantarina de su niña de poco más de tres años sacándola de sus pensamientos.
Compartiendo con su hija una sonrisa que reservaba únicamente para sus seres más queridos, se acercó a la mesa donde con verdadero afán su pequeña servía los platos de ensalada que comerían esa noche. No pudo evitar soltar una suave carcajada al observar lo que Christine estaba haciendo, cada plato contenía un dibujo creado con vegetales: rodajas de pepino como cabezas, trozos de zanahoria y betarraga simulaban las extremidades, lechuga y palta adornando los contornos… definitivamente la influencia de Angela ya empezaba a notarse con claridad.
"Estoy segura de que a tu papá le va a parecer la ensalada más deliciosa y se la va a acabar toda en un par de bocados", le respondió guiñándole un ojo, mientras recogía el recipiente vacío en el que hasta hacía unos minutos habían estado los vegetales que ella previamente había cortado y limpiado para que su pequeña pudiera ayudarla en la preparación de la cena de esa noche.
"Mami… ¿tú también te la comerás toda?" le preguntó su hijita, levantando una mirada incluso más azul que la suya y que mostraba un par de enormes ojos que buscaban con desesperación la aprobación materna.
Sujetando por la barbilla a la criatura que sin saberlo, mucho antes de nacer, la había ayudado a tomar la decisión más importante de su vida, la decisión que la había convertido en la mujer más feliz del mundo, le dio un beso en la frente y apartándose de ella lo suficiente para que la viera directo a los ojos le aseguró "claro que si mi vida, incluso creo que voy a querer repetir".
En pocos minutos, el padre de esa pequeña familia llegaría a casa, así que madre e hija empezaron a preparar la mesa, conversando animadamente sobre el paseo al zoológico que harían al día siguiente con los Hodgings. Como ocurría siempre que las dos estaban a cargo de la cena, Huesos empezó acomodando platos, copas y vasos, luego colocó sobre la mesa una botella de vino y una pequeña jarra con leche, mientras que Christine ponía los individuales, las servilletas y los cubiertos, consultando a su madre para colocar en la posición correcta tenedores y cuchillos.
Cuando tenían casi todo listo, escucharon el sonido de la llave girando en el picaporte de la puerta, en un instante la nena entregó a su madre los cubiertos que le faltaba colocar para salir corriendo hacia la puerta y de un brinco terminar en los brazos del hombre más importante de su vida.
El mejor agente del FBI nunca imaginó que esa pequeña criatura de apenas tres años tendría el don de ayudarlo a recuperar cada día su fe en la humanidad, era increíble como después del día más difícil, le bastaba con llegar a casa, sentir ese par de bracitos enredarse alrededor de su cuello, esos pequeños labios llenándolo de besos para, como por arte de magia, dejar fuera de casa todos las tribulaciones propias de su trabajo.
El rostro de la mejor antropóloga del mundo se iluminó de felicidad al observar que el hombre que le había enseñado a creer en el destino se acercaba a ella con paso decidido, llevando a la niña de ambos en brazos; y sus ojos sonrieron agradecidos con la vida al descubrir en la mirada de su pareja toda la calidez y el amor que siempre había para ella en ese maravilloso par de ojos cafés, esos ojos que solo habían dejado de mirarla cuando sus labios se juntaron en un beso que podría hacer pensar a cualquiera que fuera testigo de ese momento, que no se veían desde hacía buen tiempo, cuando la realidad era que apenas habían transcurrido unas pocas horas desde que coincidieron en el trabajo por última vez.
"Papi, ¡pon nuestra canción!" exclamó la pequeña casi en un reclamo, mientras se sacudía revoltosamente de los brazos de su padre obligándolo a colocarla sobre el piso e interrumpiendo sin proponérselo el beso de sus padres.
Un par de minutos después, la niña más linda del mundo disfrutaba cargada en los brazos de su madre al ritmo de la canción que bailaban cada viernes por la noche. La misma canción que según le había contado su papá, fue la primera que él y su mamá bailaron al poco tiempo de conocerse. La misma canción que bailaban los tres desde que ella era una bebé… la canción que los convertía en la familia más feliz del mundo.
