Era un día bastante frio, por lo que no había mucha gente por la calle, a pesar de ser las 14:14 pm. ¿Por qué tenía que hacer tanto frio? ¿¡Por qué!? Daría lo que fuera por un verano más largo, o uno definitivo. El frio hacia que mi cabello se convirtiera en un estropajo, y luego tardaría horas en peinarlo. Desde que me mude con mi madre a las afueras de Santander, me sentía diferente. Aunque no del todo, ya que por culpa de la gente de mi instituto, —Incluidas mis profesoras— me tenían que llevar al psicólogo por depresión. Hoy por suerte, no tenía que ir. No porque no me guste, sino porque no me agradaba hablar de mí, ni de mis problemas.
Al llegar a mi casa, Abrí la puerta, y oí dos voces. Una masculina, y otra femenina. Debían ser mi madre y su prometido. Y exactamente,, eran ellos. Lo primero que pude ver por parte de él, era su cabellera pelirroja y medio larga. Vaya, ¿Mi madre y un pelirrojo? Bueno, era cierto que los pelirrojos eran los más guapos.
—Hola. —Saludé de manera cortes.
—Hola, hija. —Respondió mi madre, y el hombre se giró.
—Hola, Leila. —me saludó el pelirrojo.
¡No me lo podía creer! Era mi psicólogo, Jorge Weinmann. No será que el... No, no, no. Será que el necesitaba hablar de mis sesiones o algo así. Mi cara debe debía de ser un poema, ya que me quede fija en Jorge. Tenía unos ojos azul cielo, y unas pecas que resaltaban su cabello anaranjado, y su gran sonrisa, que ahora mismo no se le veía. No podía negarlo. Siempre ha sido el hombre más bello del mundo, a mi gusto. Mis labios embozaron una sonrisa, ya que por una parte, iba a pasar con el todos los días, aunque iba a ser bastante incomodo. Mi madre se excusó, ya que tenía que comprar para la cena. Estuvimos en silencio, hasta que me dirigí a la cocina, para coger una coca cola de la nevera.
—¿Quieres? — Le ofrecí la coca cola que tenía en mi mano izquierda.
—Sí, gracias. —La cogió de mi mano, y me dedicó una cálida sonrisa.
—De nada. —murmure con una tímida sonrisa... Bueno, ¿Vivirás aquí?
—No.-Al ver mi cara de sorpresa, continuó. — Viviréis vosotras conmigo. En mi casa.
—Ah, bien, vale. —Asentí varías veces. — Te confesare que me sorprendió verte aquí. Pensé que viniste a hablar sobre mis sesiones. Necesito ayuda, y lo sabes.
—Lo sé. Tu nivel de depresión es muy alto. Si alguna vez dejaras de asistir a mis sesiones, ya sea en mi oficina, o aquí, podrías llegar a hacer tonterías.
—Sí. Como bien sabes, no es la primera vez.
—Lo se. Aunque sea la única persona que lo sabe, aun te avergüenzas de todo. Yo a tu edad, tuve la depresión, por lo que te entiendo. Yo siempre estaré apoyándote. No me veas como tu padrastro... mírame como una persona de mucha confianza.
-Gracias, Jorge. —Le mire con una sonrisa tímida. — ¿Qué haría sin ti, pelirrojo?
—Lo mismo diría yo de ti, castaña. Eres mi mejor paciente.
Nuestro contacto visual fue hipnótico. Mi sonrisa se amplifico un poco, al igual que la de el. Me tomo de la mano, y eso provoco que me sonrojara.
—Nos vemos en la cena, señorita Cortés. —Besó delicadamente mi mano.
—Me parece bien, Doctor Weinmann. —Me puse de puntillas, y me acerque más para besarle la mejilla.
Salí de la cocina, y subí a la habitación de mi madre, para hablar con ella de Jorge. ¿Dónde íbamos a vivir? Bueno si, en su casa, pero no sé donde está. Una amiga, Aleema, vivía en Murcia, por lo que quería ir ahí. Pero no estaba segura de eso, así que me limite a preguntar cosas sobre él. Era interesante, a decir verdad. Era alemán especializado en psicología, vivía en Barcelona, a pesar de trabajar aquí. En ninguna de las sesiones hablamos de él. Solo de mí. Mire el reloj, y vi que era la hora de cenar. Me despedí de mi madre, y me fui a la habitación de invitados
