Ahí va el primer capítulo. Como siempre, espero que os guste :)
Renuncia: Crepúsculo, Luna Nueva y los demás libros pertencen a Stephenie Meyer, así como sus personajes y todo el resto (ya desearía yo que fueran míos).
Lo siento, pensé.
Hundí mis colmillos en el cuello del animal, degustando su sabor agrio. No podía compararse al de la sangre humana, un delicioso sabor que me era prohibido, pero al menos calmaba la sed abrasadora que ardía en mi garganta. El ciervo pronto dejó de debatirse bajo mis brazos, incapaz de escapar de la cárcel de acero que suponían, y sus gemidos se fueron apagando. Dejé el cadáver en el suelo con mucho cuidado y acaricié el pelaje del animal muerto. Mis dedos podían sentir cada aspereza e imperfección de los pelos, cada nudo, mota de polvo o suciedad que hubiera podido acumularse en su pelaje, pero resultó ser extrañamente suave. En mi garganta aún quedaban rescoldos de ese fuego incansable, una sed que no parecía nunca desaparecer, pero al menos ahora era soportable. Si aún me quedaba sedienta, siempre podría cazar un ejemplar o dos más.
De pronto, oí un murmullo entre los arbustos que tenía justo detrás. Mi cuerpo reaccionó agachándose y girando en redondo en una milésima de segundo, tensando todos mis músculos y preparándose para luchar contra la amenaza.
— ¡Hey, hey! Tranquila, soy yo —dijo Raiden, surgiendo de entre los arbustos con las dos manos alzadas, como si estuviera siendo arrestado por un policía. Aunque yo era mucho más peligrosa que uno de ésos, sobre todo durante el periodo de caza. Me incorporé en otra milésima más y mi cuerpo se relajó, consciente de la ausencia de amenaza alguna.
— ¿Qué pasa? —pregunté en tono alarmado. Habíamos quedado en un claro dentro de unas horas, después de la caza. Si me había estado buscando cuando se suponía que debía alimentarse, es que algo andaba mal. Me puse en estado de alerta otra vez, cada segundo más preocupada.
— Aún no pasa nada, relájate. Sunny ha sentido dos vampiros aproximándose.
— ¿Dónde están los demás?
— En el claro, esperándote —contestó.
— Vamos.
Volamos entre los árboles como rayos, dos sombras deslizándose en mitad de la noche. Ésa velocidad era una de las mejores cosas de ser vampiro. Cuando corría me sentía libre y en paz, aunque en esos momentos la tensión de la situación me impedía disfrutarlo. Quizá solo fuesen dos vampiros que nos habían encontrado de casualidad, aunque con mi suerte no podía permitirme el lujo de ser tan optimista. Al fin y al cabo, rememoré, soy un imán para el peligro.
Recordar esas palabras me produjo el usual pinchazo en el corazón, pero no tenía tiempo de centrarme en eso. Había cosas mucho más importantes a que prestar atención, y con los años había aprendido a ignorar ese dolor. Era patético, pero no tenía tiempo de retozar en mi autocompasión.
Llegamos al claro en cuestión de minutos. Sunny, Aaron y Mei ya estaban allí, alertas y esperándonos. Ya debían de habernos oído venir.
— ¿A qué distancia están? —dije de inmediato.
— No lo sé, creo que ahora deben de estar a unos mil quinientos metros. Tenemos un minuto o dos —respondió Mei, frunciendo el ceño.
— ¿Huimos? —dijo Sunny, con su cara inocente y con pecas ligeramente alarmada.
— No creo que nos diese tiempo. Si vienen a por nosotros, lo cual es muy seguro, no tardarían en alcanzarnos —sentenció Mei, apartándose el largo cabello negro del rostro.
— No tenemos ninguna razón para huir —intervino Raiden —. Quizá sólo sientan curiosidad, como la mayoría.
— Ya conoces mi suerte, Raiden. No creo que eso sea muy probable —dije.
— En ese caso —contestó, mientras se pasaba una mano por el espigado pelo del color del fuego—, no creo que tengamos muchos problemas. Les machacaremos en un abrir y cerrar de ojos. Dejémosles que vengan.
Nos colocamos todos en posición de defensa. Aaron, con su larga figura oscura, se irguió sobre la pequeña Sunny en ademán protector, y Raiden se colocó al lado de Mei, aguardando la llegada de los dos extraños. Me concentré y extendí mi escudo invisible alrededor del grupo, preparándonos contra posibles ataques mentales, mientras sentía que Sunny hacía lo mismo contra los ataques fisícos.
Al cabo de unos segundos, dos figuras emergieron de entre las sombras. Mi vista nocturna me permitía verlo todo como si fuera de día, y pude ver perfectamente el brillo de sus ojos color rubí. Bebedores de sangre humana.
— Hola —habló el rubio —.Es un honor conoceros por fin.
— Hace tiempo que queríamos hacerlo —habló el otro a continuación en la misma voz susurrante —. Nos habían dicho que andabais cerca.
— Y ha resultado ser cierto —continuó el otro. Hablaban en una sucesión constante, como si fueran una misma persona. Los dos vampiros eran bajos y tenían una piel de aspecto polvoriento; había visto esa piel antes, en los miembros de los Vulturis. Esos dos tenían la misma apariencia milenaria. ¿Qué…?
— ¿Quiénes sois? — les preguntó Mei con voz firme, haciendo eco de mis pensamientos.
—Me llamo Vladimir —contestó el rubio —, y él es Stefan.
—Nos llegó el rumor de vuestro genial enfrentamiento con los Vulturis —espetó el otro —, y queríamos conocer vuestro aquelarre.
—Sí, pocos se enfrentan a ellos… —empezó Vladimir.
—…y siguen con vida —finalizó Stefan.
—Bueno, ya nos habéis visto —dijo Raiden, empezando a manifestar su impaciencia.
— ¿Qué relación tenéis con los Vulturis? —intervine, intentando detectar alguna amenaza proveniente de ese bando. Esos dos vampiros inspiraban una profunda desconfianza, y no podíamos permitirnos otro conflicto con los miembros de la realeza vampírica, pensé, recordando lo cerca que estuvimos de morir la última vez.
—Por suerte, ninguna. Esa panda de impostores no se merece nuestra compañía.
— ¿Impostores? —les preguntó Sunny con su voz dulce y cantarina, movida por la curiosidad. A su lado, Aaron se tensó aún más, desatando una pizca más de su enorme potencial de intimidación. Coloqué una mano sobre su brazo intentando calmarle, sabedora de que no debíamos permitirnos un enfrentamiento contra ellos. Cálmate, pensé.
Pero Stefan y Vladimir ya habían sentido la amenaza, y centraron su atención en Aaron. Me pareció ver cómo sus ojos se abrían de miedo, pero el momento duró lo que un parpadeo, recobrando su perfecta compostura de inmediato. Sentí una ligera admiración por esos dos, que fue igualmente fugaz; al fin y al cabo, había pocos vampiros que pudieran hacer eso.
—Vaya, vaya, ya veo porqué fuisteis un hueso tan duro de roer para los Vulturis —comentó Stefan entre dientes, con una ligera sonrisa asomándose a su rostro —. Ése seguro que puede ser un monstruito muy aterrador cuando quiere.
Aaron le enseñó los dientes y emitió un rugido ahogado al oír el comentario tan humillante, y yo me limité a estrecharle el brazo con más fuerza. La atmósfera se tensó aún más, pero Vladimir continuó como si nada hubiera pasado:
—Sí, impostores. Hace quince siglos que nos arrebataron el trono de nuestro imperio, destruyéndolo y marcando su autoridad como la única válida —susurró de forma amenazadora.
—Y van a pagar por ello —concluyó Stefan.
— ¿Y qué pintamos nosotros en todo eso?—preguntó Raiden, empezando a impacientarse.
—Verás, nuestro deseo es ver caer a los Vulturis. O mejor, empujarlos por detrás para que lo hagan —Stefan se rió entre dientes al oír el comentario de su compañero—. Pero hay poca gente que pueda o incluso que esté dispuesta a hacerlo, y vuestro aquelarre, inusualmente grande, forma parte de esa gente.
—Lo siento, pero no tenemos intención alguna de ir contra ellos —dijo Raiden—. Ya tuvimos suficiente con una vez.
—Entonces, eso es una pena. —Sus rostros reflejaron una ligera decepción. Vladimir se dirigió a Stefan— Supongo que tendremos que dirigirnos a ese otro aquelarre, los otros bebedores de animales.
— ¿Hay otro aquelarre como el nuestro por aquí? —pregunté, movida por la sorpresa y la curiosidad. Nuestro estilo de vida es poco corriente, así que hay muy pocos aquelarres que sigan la misma dieta; suelen ser más amigables y pacíficos que el resto, más humanos. Nuestro grupo se había encontrado una vez con un matrimonio que también lo era, y en eso se reducía nuestro historial de conocidos vegetarianos. Aunque el mío era un poco más extenso; había conocido a otro aquelarre de ese tipo, un aquelarre que me había dejado una profunda y dolorosa huella que, después de tanto tiempo, aún seguía recordando. Ahora puedes permitirte pensar en eso, me reñí.
—No, hemos oído que se encuentra en Norte-América. Al parecer, hay algunos entre ellos que poseen talentos bastante excepcionales, a la altura de los de los Vulturis —comentó Stefan.
¿Norte-América? ¿Talentos excepcionales? No, no puede ser. Sería demasiada coincidencia. Solo conocía a un aquelarre que fuera aún más grande que el mío, aparte de los Vulturis, y era su aquelarre.
¿O sí?, comentó una vocecita en mi interior. Entonces, ¿qué pasaría si fuera así?
— ¿Por qué ellos? —pregunté, usando mi larga experiencia en controlar mis emociones para evitar que me temblara la voz. A pesar de mi actuación, Aaron notó mi nerviosismo y me dirigió una mirada insondable.
— Al parecer, su estilo de vida tan expuesto no les gusta a Aro y sus compañeros —comentó el vampiro rubio.
— Piensan que "pone en peligro la supervivencia de nuestra noble raza vampírica" —continuó el otro—, así que están planeando hacerles una visita. Además, seguro que esos impostores planean apoderarse de semejantes talentos. A esa rata de Aro le gustan los juguetitos nuevos.
— ¿Apoderarse de sus talentos? — sentía que estaba a punto de perder la compostura, y Raiden, Mei y Sunny también lo habían notado ya. Esto no podía estar pasando.
— Los Vulturis acostumbran a ser implacables, excepto con los que poseen talentos excepcionales —contestó Aaron en esta ocasión—. En esos casos, les dan una oportunidad de redimirse jurándoles lealtad y trabajando para ellos. Siempre suelen aceptar, por muy unidos que hubieran estado a sus compañeros, y por eso se rumorea que los Vulturis poseen algún modo de ofuscar su mente y manipular sus respuestas.
— Exacto, chico; típico de esos rastreros —apostilló Stefan con desdén.
— En todo caso, no se van a quedar de brazos cruzados mientras les a haber una gran pelea, y quizá ellos sí que logren derrotar a nuestros enemigos, así que se lo preguntaremos. Seguro que acabarán muertos, pero no sin antes llevarse algunos de los Vulturis. Algo es algo —añadió Vladimir, con una macabra sonrisa asomándole en los labios de marfil.
Oh no. No. ¡No!
— ¿Bella? —susurró Mei alarmada. — ¿Ocurre algo?
— ¿Sabríais decirme su nombre? —pregunté a los vampiros rumanos, ignorando el comentario de Mei. No, por favor, no les dejes ser ellos, que no sean ellos, por favor… supliqué mentalmente de forma inútil. No es que no lo supiera, solo buscaba la confirmación de mis peores miedos, pero aún así no pude evitar tener al menos un minúsculo deje de esperanza que se vio truncado de inmediato ante la pronunciación de las siguientes palabras.
—Creo que se llamaban los Cullen.
Comentarios, sugerencias, cumplidos, críticas... Lo primero que se os pase por la cabeza. ¡Comentad, plisss!
