Antes de pensar nada vuelvo por donde he venido buscando algo, una idea, un solución para la situación. No podía dejar que se lo llevaran. Había llegado a Ace. Después de tanto tiempo, él estaba enfrente de mí. Necesitaba abrazarle, necesitaba volver a tocarle, no podía dejar que me lo arrebatasen de nuevo.
Él estaba detrás de aquellos guardias, aunque no hubiese alcanzado a verlo, el corazón se me había acelerado como solía hacerlo antes.
Hay una tubería un poco suelta en la pared. Ni siquiera pienso en el ruido que hará, simplemente la agarro y apoyo ambos pies en la pared para tirar de ella.
No soy lo que se dice una ninja. Me caigo al suelo llevándome un bonito golpe en la cabeza y en la espalda, por lo que tardo un poco en levantarme. La tubería hacer un alto y metálico ruido que se propaga por todo el piso y oigo que los guardias se acercan. Agarro la tubería con fuerza y me coloco en la esquina. Cierro los ojos y siento cómo se acercan a mí, cómo están dispuestos a atacarme pero están asustados en el fondo. Apenas asoman el rostro cuando les propino un golpe con la tubería, a los dos a la vez ya que venían en paralelo. Caen al suelo inconscientes y me estremezo al oír el sonido de algún hueso crujir.
Ni siquiera soy capaz de mirarles la cara, a saber cómo se las he dejado. Está claro que, si salgo de esta, me tomará meses recuperarme psicológicamente de todo esto. En los bolsillos de ambos, con las manos temblando y el corazón a toda velocidad. Las tengo.
Corro hacia el pasillo, ni siquiera alcanzo a mirar si ha venido algún otro guardia, solo corro hacia la celda.
Y ahí está él.
En el medio de la celda, sentado como Miki, con las manos esposadas a la pared. Me paro delante de la celda, respirando profundamente, me tiemblan las rodillas. No alcanzo a agarrar bien las llaves. Los dedos pierden la fuerza y, cuando caen al suelo, Ace levanta la cabeza despacio.
Tarda unos segundos en reconocerme. Quiero gritar, quiero sollozar, quiero hacer mil cosas al mismo tiempo. Pero nada me sale. Estoy paralizada, jamás había sentido tanta alegría y tristeza a la vez, jamás tanto miedo y alivio, era como volver a estar en casa y correr un peligro indescriptible.
Sin darme cuenta si quiera, los ojos se me llenan de lágrimas.
Él no está muy distinto. No llora, pero no logra decir nada. Tiene los ojos como platos y la boca relajada, algo abierta, jamás le había visto así. Doy un paso hacia él de manera torpe.
-¿E-Eri…? ¿Cómo has…?
El murmuro de su voz hace que mi cuerpo recupere algo de energía. Camino hacia él despacio y me pongo de rodillas delante de él.
-¡Joder!-dice él, con una expresión de angustia total en la mirada.-¡Joder, Eri!
Me acerco mucho a su cuerpo y rápidamente le rodeo el cuello con los brazos. De nuevo su olor, su piel, casi lo había olvidado. Hundo la cara en su hombro y me pego a él completamente, sin decir nada en absoluto. Sollozo en su hombro y beso su cuello de vez en cuando. Él apoya su cabeza en mí y se pega todo lo que puede estando esposado a la pared. Me hace mil preguntas, pero yo no puedo dejar de olerle. Siento su corazón a toda velocidad, como el mío. Le miro y junto mi frente con la suya.
-Creía que no volvería a verte.
Él pega más su rostro con el mío. Estamos llenos de heridas y polvo, pero no nos importa.
-He venido a buscarte. ¿Cómo has salido de tu celda?
-No vuelvas a marcharte, Ace.
-¿Es cierto que Luffy te ha entregado? ¿Qué ha pasado, te han dejado salir?
-No dejaré que te pase nada.
Ninguno deja de hablar a pesar del poco sentido de la conversación. Estoy tan feliz que me olvido de dónde estoy. Por fin le he recuperado, después de tantos sueños y pesadillas, ahora era real. Estaba allí, conmigo, respirando el mismo aire que yo.
-Cuidado.-oigo una voz a mi lado. Ni siquiera había reparado en aquel grandullón azul de al lado.-Cuidado, Eri-san. Vienen los guardias, escóndete.
Miro a Ace y él repite lo que dice aquel hombre.
-¡Vete, Eri! ¡Saldremos de aquí, te lo prometo, pero tienes que marcharte!
Me levanto y corro hacia una esquina de otro pasillo, cuando los guardias llegan de otros dos lados. Esta vez son muchos más.
-¡De prisa!-alcanzo a oír.-¡Llevaos a Portgas D. Ace! ¡Los prisioneros han sido liberados, ya están atacando a los guardias!
Deduzco que han visto a los dos hombres que yo he dejado inconscientes (no puedo creer que sea cierto lo que digo) y me muerdo las uñas, nerviosa.
Los ruidos desaparecen enseguida. Corro de nuevo a la celda y ahí está el hombre grandullón.
-¿Sigues aquí? ¡Vete, Eri-chan! ¡No seas inconsciente!
-Eres amigo de Ace-kun, ¿verdad?-digo, acercándome a él. Me pongo de cuclilas y examino sus esposas.-Espera, te sacaré de aquí.
