Disclaimer: Naruto y sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto-sama.
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Capítulo 2: Todo estará bien.
Había perdido la cuenta de las veces que concurría a la clínica en el mes por rehabilitación —sin contar los ataques que Sayu sufría después de alguna que otra pesadilla—, ni de las veces que le recordó que todo iba a estar bien. No sabía si realmente todo lo estaría, pero debía ser optimista. Además, si no todo estaría bien, él haría que lo estuviera, pues hablábamos de la felicidad de Sayu.
Una vez que estacionó su automóvil en el aparcamiento del hospital, bajó sintiendo el mayor hastío que sentiría nunca. Ya hacía cinco meses que se repetía la misma rutina, y aunque ahora tenía una muy bella relación con Sayu, no podía aguantar verla así y que nada mejorara. ¿Cuánto faltaba para que pudiera caminar? No es que quisiera rendirse y abandonarla, pero empujar su silla de ruedas todos los días y ver el odio que suscitaba en los ojos de ella aquella silla lo desanimaba.
Hasta ahora no habían visto mejoras, o por lo menos no duraderas, porque cuando por fin bajaban la dosis de calmantes y pastillas que tenía que tomar durante el día, sufría algún brote o delirio nuevo y volvía a empeorar nuevamente.
Mientras pensaba en qué era lo que se necesitaba para que su amada mejorara, se sorprendió al encontrarse con Ide en uno de los pasillos cercanos a la habitación de Sayu con la posible respuesta. Luego de saludarlo, fue rápidamente al grano explicándole porque se encontraba allí.
—Estoy enterado de que la pobre no ha mejorado mucho —dijo Hideki, quitando el "por no decir que no ha mejorado nada"—. Nos preocupa eso, por lo que con los demás evaluamos cual podría ser la causa y Near cree que debe ser el ambiente en donde se encuentra. Este hospital y el hecho de encontrarse cerca de otras personas que también están desequilibradas puede que cause en ella un retroceso cada vez que mejora un poco.
Matsuda pensó en ello y si bien era bastante acertado tampoco entendía cómo resolverlo. Sólo asintió para que su compañero pudiera seguir hablando.
—Aizawa y yo creemos que ella debería mudarse contigo y que los médicos la vallan a visitar a tu apartamento —dijo despacio y tratando de sonar convincente.
Creyó que quizá a su compañero no le gustaría la idea o le parecería apresurada, por lo que ya estaba preparando la boca para dar alguna explicación innecesaria. Obviamente él aceptó sin ninguna explicación previa y subió rápidamente a la habitación de Sayu para proponerle aquella idea tan fantástica de sus compañeros, pero al cruzar la puerta se olvidó de aquello al ver como ella estaba paraba con algo de dificultad sobre unas muletas.
Estaba recuperando la movilidad de las piernas. ¡Iba a volver a caminar!
—Hola, Touta —saludó ella alegremente mientras intentaba mantener el equilibrio.
Él sólo sonrió ampliamente y corrió a hacia ella para fundirse en un abrazo que expresaba la más grande de sus alegrías. El abrazo duró más de lo que los presentes esperaban pero fue el tiempo justo que ellos necesitaban para celebrar tal milagro. Una vez que él la devolvió al suelo, ella continuó abrazándolo para poder mantener el equilibrio y apoyar algo de su peso en él.
Sayu parecía a punto de llorar de la felicidad y, aunque no se notara, él sentía la misma necesidad de botar la alegría por los ojos. Ella suspiró.
A Matsuda le pareció el momento adecuado.
—¿Quieres mudarte conmigo? —preguntó, sonrojándose sin entender bien porqué—. Yo puedo traerte a rehabilitación o sacarte a pasear si así lo deseas, tendré todo el tiempo para ti lo prometo, pues no me encuentro capacitado para trabajar aún. —insistió.
Ella dio una ligera carcajada. Aunque no hubiera aclarado todas esas cosas hubiera aceptado de todas formas.
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Terminaron de cenar y Matsuda se ofreció a ayudarla a que llegara a su habitación, pero según ella debía de hacerlo sola o cuando él recomenzara su trabajo no tendría quien la ayude. Él cedió y la vio irse con sus muletas y esa sonrisa tan dulce que siempre sabía tener aunque no hubiera razón para esbozarla.
Era la quinta noche ya que pasaban juntos y cada uno conocía las costumbres del otro, pero aún así no caían en la fastidiosa rutina, intentando hacer algo nuevo todos los días —salidas a cenar, picnicks, paseos por el parque— por iniciativa de la muchacha. Por ejemplo Sayu sabía que ahora él iría a ducharse mientras ella leía, pues lo hacía siempre después de la cena, y pasaría por su habitación a ver si todo estaba en orden.
Así como lo pronosticó, se hizo. Touta sabía que no debía de apagar el velador que se encontraba en un escritorio al lado de la puerta por más que ella no estuviera leyendo, ya que solía sufrir con alguna que otra pesadilla sobre el secuestro durante la madrugada y si llegaba a despertarse en medio de la penumbra se aterraría aún más.
—Buenas noches, que descanses —dijo él mientras cerraba la puerta.
—Buenas noches, Touta —contestaba Sayu.
Y con ese saludo él podía dormir plácidamente. Exceptuando esa noche en la que escuchó un ruido proveniente de la sala, lo cual hizo que sus sentidos se pusieran alerta y cargara su arma guardada ya hace mucho en un cajón por mera inercia.
Para su alivio y o preocupación sólo se trataba de Sayu, que según él había intentado ir hasta el baño o a la cocina y había caído con sus muletas al suelo en el intento.
—No me dirigía hacia el baño —confesó mientras él la ayudaba a ponerse de pie—. Quería ir a tu habitación. —agregó avergonzada.
No sabía si le dolía más el golpe en las rodillas o no poder haber ido más allá de la sala por sí sola. Matsuda quedó perplejo ante aquél ello pero su rostro de sorpresa cambió totalmente por uno de preocupación al ver que ella parecía querer llorar.
—Sayu, ¿qué sucede? —preguntó al borde la desesperación.
—¡Es que no puedo hacer nada sola! —gimoteó.
Él tuvo que abrazarla fuertemente y consolarla hasta muy entrada la noche. La charla de igual forma les sirvió a ambos, por un lado porque él ya sabía como ayudarla pues sabía qué era lo que la presionaba y afligía, y por otro ella se sacó una duda que hacía tiempo venía guardando, que era porqué Touta no estaba "capacitado" para trabajar.
Lo que le explicó él en resumidas cuentas fue que no creían que estuviese del todo equilibrado —por no decir cuerdo— para sumarle a su último trauma el estrés del trabajo como investigador y por eso decidieron darle el tiempo que fuese necesario para que se recuperara. También agregó que le habían recomendado ayuda terapéutica pero que él no lo miraba con buenos ojos, a lo que Sayu insistió en que debía ir y que ella lo acompañaría de ser necesario al psicólogo.
Fue algo aliviador para ambos y quizá especial, pues esa charla se dio en la cama de Matsuda, que fue donde la llevó en brazos cuando comenzó a llorar, que era a donde inicialmente quería ir ella pero por otros motivos; había tenido una pesadilla.
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Miraron ambos como había quedado la habitación de Sayu y le dieron una sonrisa satisfactoria. Ahora que estaba pintada de un color pastel y acomodada de otra forma parecía más grande y luminosa, un rincón en el que ella de seguro dejaría de sufrir pesadillas.
Aunque sinceramente ninguno podía quejarse de eso, pues no les era para nada incómodo dormir ambos en la cama de Matsuda, una costumbre que había adquirido hacía ya semanas y cada vez les resultaba más placentera, sobretodo por la último vez en la que ella se acomodó inconscientemente en el pecho de Touta y él pudo abrazarla cálidamente.
Era cuestión de tiempo para que el primer beso se diera, al menos eso creyó él. Para su sorpresa, esto se dio mucho antes de lo que planeó dos días luego de la remodelación de cuarto de Sayu, cuando desayunando juntos él puso una mano sobre la de ella intentando animarla, pues él volvía al trabajo y debía quedarse sola, a lo que ella respondió con una sonrisa y se acercó a darle un beso en la mejilla, cosa malinterpretada por el hombre que giró unos centímetros su rostro terminando aquél acto en un beso.
Ella abrió los ojos con sorpresa y se corrió. Estaba sonrojada igual que él.
—¡Oh, Sayu! —dijo él entendiendo que su intención no era la besarle los labios—. ¡Lo siento! Me confundí, lo lamento...
—Descuida —interrumpió ella.
Sonrió y volvió a besarle los labios antes de que pudiera pedir otra disculpa por algo que no fue desagradable, si no mas bien tierno. Hacía mucho que ella también esperaba un beso.
El segundo beso fue mucho más extenso, tanto que para cuando terminó ya era hora de que Matsuda se marchara a su trabajo.
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Touta llegaba muy exhausto del trabajo, tanto que sólo quería besar a Sayu y dormir por el resto de la semana, pero le fue imposible al entrar y ver a su amada llorando en la sala. Él aterrado fue de inmediato a ver qué era lo que le sucedía, la explicación que halló fue que no pudo avanzar nada en rehabilitación por las últimas tres semanas —osea, desde su beso— y cada vez estaba perdiendo más las esperanzas en volver a caminar.
Ciertamente su relación iba viento en popa, su trabajo estupendo, pero todos esos avances se veían opacados por la falta de movilidad de ella.
—Te acompañaré yo a rehabilitación —dijo en un intento de contenerla.
Ella era un ovillo acurrucado en su pecho que no paraba de llorar, ambos sentados en el sofá. Suspiró, debía haber una forma de hacerla sentir mejor. No se lo ocurrió nada más que decir que lo que cualquiera le diría a una persona afligida, sea cual sea su problema.
—Ya, ya —calmó y besó si frente—. Todo estará bien. —prometió.
Y efectivamente lo estuvo, sólo tuvieron que tener algo de paciencia para que ella volviera caminar, a correr y saltar.
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