N/A: ¡Hola a todos! Lo prometido es deuda, aquí va la segunda parte. La verdad es que siempre batallo mucho para los finales, ya me dirán ustedes.

Ahora tengo que aclarar algo antes de que a Genne le de por desterrarme del paraíso del Taiora. NO soy partidaria del Sorato xD, mis orígenes me lo prohíben(?) pero de ves en cuando un cambio no va mal. Aunque mas que Taiora fan-from-hell, soy una testigo de Taichi ;) ya Genne, no me odies.

Saluditos a todos. Crystalina M, que bueno que te gustó la primera parte, espero igual ésta sea de tu agrado.

Disclaimer: ninguno de los personajes de la franquicia de Digimon me pertenece (aún).


Matices.

por Chemicalfairy

II.

Miyako estaba en sentada sobre la alfombra y frente a la mesilla del centro. Por fin estaba tomando el té que se había preparado desde hace horas. El líquido hirviendo bajó por su garganta y le calentó el cuerpo. Jyou la había dejado helada.

De pequeños jamás tuvieron un contacto cercano. Jyou tenía claras sus metas y las estrategias a realizar para llevarlas a cabo, le daba prioridad a sus estudios que al grupo. Como el futuro médico que sería se le veía sólo en emergencias.

La discusión sobre Yukiko-chan derivó, de alguna manera inesperada, en una discusión sobre Ken. Algo había dicho Jyou sobre errores que cobran vidas.

«—Lo vi hace semanas. Ha enflacado y tenía barba de días. Nunca lo ví tan descuidado».

Jyou desde siempre había sido sensible. Fue molestado por aquella característica en los diversos grados de primaria y secundaria. Sabía que un médico tenía que ser objetivo y, de alguna manera, frío. La idea de desligarse de su sensibilidad parecía atractiva y de cierta manera lo logró. Cuando Miyako llegó a su departamento una noche llorando al decirle que Ken se había enterado de todo no se sintió culpable.

Para empezar, no lo hizo la primera vez que besó a Miyako en las escaleras de emergencia del área de traumatología. Ni la primera vez que la invitó a pasar la noche con él ni cuando, cansado del silencio de Miyako, se encargó de que Ken se enterara de su relación clandestina.

Pero verlo demacrado con sus propios ojos fue otra cosa. La culpa le invadió. Le recriminó a Miyako no haber resistido, haberle hecho caso, haber roto a un hombre.

La morada lloró sobre su té.

Lo que Jyou no sabía es que Ken tenía su primer gran caso como recién ascendido detective del departamento de policía de Tokyo. Aquel día que lo vio era la primera vez que salía de la oficina en tres días, obviamente tendría un aspecto indigente.

El hombre que perseguía, asesino de dos mujeres, había sido arrestado hacía una semana y justamente al día siguiente empezaría el juicio. Esta información se la contó Ken a Mimi mientras Eun Sung terminaba los detalles de las plumas de su ave.

—Quedó hermoso, no hay manera de saber que antes hubo algo allí —Mimi se miraba el resultado en el espejo mientras se colocaba el sostén.

La dibujante le sonrió, buscaba el plástico protector y el antiséptico en la mesita.

—¿Y ya te decidiste? ¿Lo dejaras monócromo o quieres colorearlo?

Mimi desde siempre había preferido las explosiones de color. Lo blanco y negro era tan monótono, aburrido, triste. La única manera de hacerla usar negro sería en funerales. Se consideraba una pecadora de la moda al no poseer algún vestido de coctel negro.

Ese pensamiento le recordó a Sora. ¿Cómo irían las cosas? Leyó su reloj de muñeca.

—Déjame pensarlo. Te mandaré un e-mail— le contestó Mimi mientras se acomodaba la blusa.

—Es tarde. Te acompañaré a casa.

Mimi ya no podía ver a Ken a los ojos después de verse ambos desnudos de la cintura para arriba. Por alguna razón en ese momento la experiencia le había parecido bastante excitante lejos de penosa. Se preguntó cómo fue que Miyako pudo dejarle ir. Ken le había contado, mientras le sombreaban las rocas de la costa en su tatuaje, la razón por la que terminó con Miyako.

«Estaba destinado al fracaso, eso lo entiendo ahora pero ¿Por qué tuvo que ser tan cruel?».

Por más que Ken sacudiese la cabeza para despabilarse y repetirse que ya no importaba más era obvio que aún le dolía. Mimi le comprendía.

—Dejé mi auto estacionado en la oficina, pensé que era un trecho caminable.

Ken sonrió mientras metía sus manos a los amplios bolsillos de su gabardina.

—Nada es caminable montada en esas agujas. Me impresionas.

Mimi sonrojada asintió. En el buen rato acostada en el local de tatuajes había logrado descansar sus músculos del tobillo. Podía caminar.

—Tengo mi auto en el taller, sino te hubiera llevado al tuyo.

A leguas Ken trataba de tener una conversación. Mimi seguía revolviéndose entre espaldas desnudas, amigas traicioneras, tacones de aguja y el olor de la tinta.

—¿Por qué un faro?—le preguntó referente a su tatuaje después de algunas calles.

—Siempre he sido un tanto oscuro. Quiero poseer luz.

Mimi negó. Ken no era un tanto oscuro. Calculador, tal vez. Miyako solía quejarse de que Ken movía siempre las piezas.

—Yo siempre habia pensado que eras un chico muy seguro de ti mismo.

Ken de nuevo sonrío, aunque algo nostálgico. Si es que alguna vez lo fue ¿cómo recuperarlo después de todo lo que había pasado? Le parecía algo imposible.

Entre el silencio se resbalaron dos gotas. Luego diez, cien, mil... La lluvia que no se anunció descargó sobre Tokyo. Con aquel clima era imposible llevar a cabo veladas al aire libre.

—¡Maldición!

Yamato cubrió a Sora con su chaqueta, la que había bajado del auto, mientras le ayudaba a meterse al restaurante. No hizo gran diferencia, la diseñadora y el músico quedaron empapados.

—Bueno, podemos cenar aquí dentro...

Sora le miró con ojos asesinos.

—¡Por supuesto que no! ¿Cómo se te ocurre? Moriré de neumonía si me quedo aquí. Vayamos a casa.

Un objeto palpitó como si tuviese vida propia en el bolsillo de Yamato. Un bolsillo de la chaqueta que Sora tenía sobre sus hombros.

—Es que...

—¿Qué?

—No quiero mojar los asientos de piel del auto— dijo con voz de puchero.

Sora estaba a punto de decirle que sus sillones de cuero podía metérselos por el, cuando Yamato dio cuenta del edificio frente a ellos. Un hotel.

«Bin-go». Diría Miyako.

Precisamente la mencionada pelilila estaba bajo las cobijas. Las tormentas no eran precisamente su fenómeno meteorológico favorito. A su lado Jyou estaba inmóvil.

—Yo te amo Jyou. No quise lastimar a Ken, todo fue muy abrumador. Pero contigo no me siento una marioneta —suspiró— increíblemente puede que tu te sientas como tal.

Miyako se cubrió con las cobijas hasta la cabeza, un hábito que traía arrastrando desde la adolescencia. Jyou siempre le preguntaba si acaso no sentía que se ahogaba.

—Te amo. No eres un insensible. No deberías serlo nunca. Todo muere por una razón: Yukiko-chan o mi relación con Ken.

—Ambas acabaron por mi culpa.

Miyako escuchó la voz de su novio del otro lado de las cobijas.

—No. Bueno sí. O no. Hay maneras de acabar... Tu deseabas ayudarla y yo debí de hacer las cosas bien.

—¿Si yo no hubiese estado en el mapa te hubieses enamorado de otro solo para terminar con Ken?

—No lo sé. ¿Cómo podría saber eso? Pero creo entiendo lo que quieres decir. Yo no me enamore de ti porque deseaba terminar con Ken, me enamore de ti por ti.

Jyou removió las cobijas para descubrirle la cabeza. Sus cabello lacios y violetas estaban desparramados debido a la estática.

—¿De mi por mi? —devolvió la pregunta con una sonrisa burlona.

Ella asintió tímidamente. Jyou le sonrió igual de tímido antes de inclinarse a besarla.

Otros que estaban inclinándose eran Ken y Mimi aunque no para besarse.

La lluvia estaba ensañándose precisamente con ellos dos, que corrían agachados bajo sus gabardinas alzadas a lo ancho, parecía que en cualquier momento podrían alzar el vuelo.

Mimi iba descalza, sus tacones Yves Saint Laurent estaban en sus manos hechos un desastre.

—¡Allá esta mi auto!

Un automóvil sedán color blanco estaba aparcado solitariamente en la acera. Llegaron a él y de entre su bolso gigantesco empezó a sacar de todo, excepto las llaves. Ken trataba de hacerle una carpa con la gabardina.

—¡Condenadas llaves! ¡¿Dónde están?!

La técnica de la gabardina fue ineficiente cuando pedazos de hielo empezaron a caer del cielo.

—¡Mimi!

Ken le arrebató un pin de cabello de su peinado y abrió el alambre. Insertó y giró un par de veces éste en la cerradura del auto. Dos clics y cedió. Mimi no dijo nada mientras subía al asiento del conductor y desactivaba los seguros para que Ken entrara al del copiloto.

Los golpes sordos del granizo rebotaban sobre el capote del Sedán y eso era lo único que se oía aparte de las respiraciones entre cortadas de ambos. Todo era un desastre: sus ropas, sus cabellos, sus asientos.

—Creo que dejé mis llaves dónde Eun Sung— Mimi dijó mientras removía un par de hojas verdes de su cabello. —Estamos atrapados.

Ken asintió sin mucho ánimo. Sino hubiese acompañado a Mimi estaría ya en su apartamento sano y salvo.

«Y ella estaría sola, problemente afuera aún buscando unas llaves que no van a estar» le dijo una voz interior.

—¿Cómo hiciste eso?— preguntó Mimi aun jadeando.

—Me lo enseñó mi comandante— replicó Ken con recelo. —No se lo digas a nadie, puede mal entenderse.

—Claro.

Otro silencio se instaló entre ellos. Pronto las gabardinas resultaron ser demasiado pesadas y ambos se deshicieron de ellas. Ken tenía su camisa blanca inmaculada hecha sopa y Mimi no podía esconder los pechos bajo su blusa de gasa y su sujetador de encaje, ambos empapados. Se tapó con los brazos, bajo de ellos su nuevo tatuaje podía verse con claridad. Ken no pudo despegar los ojos de las alas de aquel ave.

—¿Le pondrás color?

—Aún no estoy segura.

—A mi me gusta así.

Mimi volteó molesta.

—El color no te hará olvidar lo que hay por debajo. Fue lo primero que dijiste: «no hay manera de saber que antes hubo algo allí». Sí la hay: la memoria. Tu sabes y yo se que estaba escrito allí.

Mimi estaba temblando pero no sabía si por frío o por las palabras de Ken. Tal vez ambas.

—Michael— susurró Mimi. —Ese maldito patán...

Ken le instó a contarle.

—Está esperando un bebé con la que fue mi mejor amiga en Nueva York. Me engañó con ella apenas pasaron mi pasaporte por migración. Él me había jurado que me esperaría.

—¿Cuando te enteraste?

—Hace dos meses.

—¿Del engaño o del bebé?

Mimi arrugó el ceño.

—De los dos— dijo a manera de susurro. —Una relación puede esconderse pero un bebé no. Michael telefoneó pero yo ya me había enterado por un inocente comentario en Facebook. Él se sintió aliviado de que no quisiera escuchar explicaciones.

Ken entonces comprendió que había algo peor que el que su novia de ocho años le hubiese engañado. Al menos lo hubo descubierto sin que ella estuviese embarazada.

—Él siempre me dijo que no deseaba tener bebés. Qué su carrera era primero. Hoy sube todos los ultrasonidos a su álbum de fotos. ¡Ni siquiera puede verse algo allí!

—Y sin embargo sabes que allí está.

—Yo... pude haberle dado uno ¿sabes? Me asusté por un retraso y tomé unas pastillas que una amiga me dió. Jamás sangré tanto aunque no estoy segura que realmente hubiese algo allí.

Ken se sorprendió de aquella confesión. Mimi era una chica de tatuajes, relaciones a distancia y abortos. Jamás lo hubiese imaginado.

—Olvídale. Jamás hubo algo allí— le picó las costillas. Mimi saltó al tacto. —Estas helada.

Realmente no se fijó lo extraño que era rodearle con sus brazos para tratar de aliviar sus temblores. Ni el labio de Mimi rebotando en su cuello. El granizo seguía, parecía que los había enjaulado, Ken la apretó más cuando ella sufrió un espasmo.

—Moriremos congelados —chilló ella.

A quienes la neumonía no atacaría eran a Sora y a Yamato. Estaban en la habitación del hotel sanos y salvos. Yamato estaba en la regadera de agua caliente mientras Sora, recién salida, metía en bolsas plásticas sus ropas arruinadas. El bonito vestido de Mimi estaba goteando aún.

Cuando tomó la chaquetina de lino de Yamato algó cayó al piso pero la alfombra amortiguó el sonido. Aquel objeto no duró mucho tiempo perdido pues Sora casi tropieza con él después de haber entregado la bolsa a la encargada del piso.

Una caja de terciopelo rojo. Sora lo tomó con dedos temblorosos. Abrió la cajita y un anillo de diamantes le saludó con su brillo inigualable. Abrió la boca bien grande.

Así la encontró Yamato cuando salió de la ducha. Sora, enfundada en una bata de algodón, parecía estar al borde de alguna embolia.

—No... No, no, no, no, no —Yamato se lamentó.

Sora volteó a verle, él estaba pálido. Se colocó el anillo en el dedo anular de la mano izquierda y corrió hacia el rubio.

—¡Sí! ¡Sí, sí, sí, sí, sí! —exclamó antes de echársele encima.

Yamato la atrapó y la giró. Esa tendría que ser la manera más extrañar de pedir matrimonio. Y él que tenía una velada perfecta... Aún con Sora en brazos miró hacia la ventana, la lluvia había arrecido. Se dirigió a ella:

—Ahora tú dime, ¿soy feliz?

—¿Qué cosa? ¿Feliz? —su sonrisa desapareció— ¿acaso tienes dudas?

Yamato quitó en automático la cara de enamorado y la reemplazó por una de incrédulo y luego de enfadado. Le pellizcó la mejilla un poco más fuerte de lo normal.

—¡Oi! ¡¿No estás viendo?!

Sora sonrió. A ella también le fascinaba verle rabiar.

Pero para rabietas, las de Mimi eran únicas. Claro, ese no era el caso en aquel momento en el que se encontraba bajo el cuerpo de Ken en el asiento trasero de su automóvil. No podían ser vistos, con aquella tormenta no había ni una sola alma en la calle. Además, la lluvia parecía envolverlos en alguna capa de invisibilidad. En una dimensión alterna.

—Sabes muy bien —le recitó Ken a Mimi en el oído. —No imaginé que supieras tan bien.

Mimi le respondió con un suspiro. Poco le importaba que sus asientos de piel fueran los que terminaran empapados. Le rasguñó en el contorno de la luz del faro.