Capítulo 1

Vine Creek, Maine, 22 de octubre

Un grito lo despertó justo cuando atravesaba dando vueltas el horrendo vacío, retorciéndose y arañando en busca de algo sólido a lo que agarrarse. Pero no había nada; sólo una cegadora luz blanca y el horror de saber que no tenía control sobre su destino.

Albert Andrew abrió los ojos, se mantuvo absolutamente quieto y escuchó el silencio, roto tan sólo por el jadeo de su propia respiración. Despacio, se incorporó y se frotó la cara para limpiarse el sudor; luego se desenredó la sábana de las piernas, echó hacia un lado la ropa de cama y se levantó. Fue hasta la ventana, bajó el bastidor de arriba y, con bocanadas lentas y medidas, inspiró el fresco aire de octubre y dejó que le inundara los temblorosos músculos.

Al cabo de sus buenos dos minutos, por fin el corazón se le tranquilizó y se le despejó la cabeza. Tras lanzar un suspiro en la noche, clavó la mirada en la oscuridad y decidió que todo iba bien. Las montañas, bañadas con la luz de la de luna, seguían arrojando su sombra sobre la granja; las estrellas seguían brillando en el firmamento, su casa estaba tranquila... Su hijo, Anthony, estaba seguro en la cama, y John dormía en el piso de abajo.

Albert volvió a frotarse la cara con cansada impaciencia. Los sueños se volvían cada vez más detallados..., y mucho más frecuentes.

Siempre empezaban con Maura, con su funeral. En el sueño se veía a sí mismo agachado en la ladera de la colma, escondido de los Cornwell , mirando cómo enterraban a su mujer al otro lado de la valla que separaba a los pecadores de las personas decentes.

Ian Cornwell depositaba a su hija en tierra sin consagrar. Y mientras cubrían a Maura con tierra impura y el sueño avanzaba, Albert revivía la cólera y la absoluta impotencia que había sentido aquel día.

Ella no se había dado muerte: se desvió por error del camino hasta meterse en el hielo quebradizo del lago por culpa de la tormenta de nieve. Iba a buscarlo a él; huía de su clan para casarse, para que el hijo de ambos naciera con la bendición de la Iglesia.

Desde ese momento el sueño saltaba hasta su enfrentamiento con Ian Cornwell aquel fatídico día de hacía ocho siglos. Las duras palabras de Ian habían acentuado el sentimiento de pena de Albert, que, incapaz de razonar con el padre de Maura, se había alejado de allí.

Sí; fue entonces cuando decidió entrar en guerra.

El sueño cambiaba rápidamente, y esta vez se encontraba en un valle situado no lejos de la torre de los Cornwell Con aspecto satisfecho, Archibald, Ian, Alister y Callum Cornwell regresaban a casa tras negociar con éxito la ayuda del clan de los MacDonald en su lucha contra los Andrew.

Era justo en ese momento cuando Albert y sus cinco hombres atacaban..., y cuando el sueño se convertía en una pesadilla tan infernal como para helarle la sangre a un guerrero.

La tormenta se abatía sobre ellos sin avisar, y de repente, los sonidos del combate se convertían en un torbellino de guerreros que gritaban, caballos que relinchaban despavoridos y truenos ensordecedores. Primero un viento terrible bajaba con estruendo de los cielos, arrancando árboles y levantando una polvareda que les cegaba la garganta. Los relámpagos cruzaban crepitando el aire, y de pronto se desencadenaba una lluvia que los azotaba sin piedad. Lo último que Albert recordaba haber visto era a un hombre pequeño y anciano, en el risco que se alzaba por encima de ellos, mirándolos con expresión de horror.

Si tenía suerte, a veces se despertaba en ese mismo instante. Su alarido de terror bastaba para sacarlo de la pesadilla; se encontraba en su cama, en el siglo XXI, a salvo... Pero, igual que entonces, incapaz de comprender cómo diez hombres y sus caballos de combate habían sido arrojados a través del tiempo hasta adelantar ocho siglos.

Y, como entonces, a pesar de llevar doce años viviendo en aquel mundo moderno, también era incapaz de comprender el porqué.

Aunque a veces no se despertaba, y la pesadilla proseguía; volvía a instalarlo en un sueño menos violento, pero igual de inquietante, en el que se veía en la cima de la montaña TarStone al amanecer del solsticio de verano, ocho años atrás.

En ese sueño Albert lanzaba al aire las cenizas de Mary Britter , la madre de Anthony, y veía cómo la suave brisa se la llevaba. Tenía en brazos a su hijo de pañales, y lo rodeaban otras personas: los guerreros Cornwell , que compartían su sino; Annie, la hermana de Mary, y los seis medio hermanos de las dos. El sacerdote, Martin, también estaba allí; era el mismo hombre que había visto en el risco, en mitad de la tormenta, hacía ocho siglos.

Albert se frotó el pecho, ya seco, y miró hacia la montaña TarStone. En realidad, Martin era un dmidh llamado Pendaár que ahora vivía en mitad de la falda de la montaña, oculto tras su sotana de sacerdote y su amable sonrisa.

Los cuatro guerreros Cornwell también eran vecinos suyos; la necesidad de sobrevivir en aquella época moderna había sustituido a su antigua guerra, y además, ahora los unían lazos de sangre, encamados en el niño de ocho años que dormía al otro lado del pasillo. La esposa de Archie, Annie Britter Cornwell, era la tía de Anthony. Y para todos sin excepción, incluido el viejo dmidh, la felicidad de Anthony era lo primero.

Albert siguió mirando por la ventana, pero de repente su atención se centró en unos suaves pasos que entraban en el cuarto; sin volverse, esperó hasta que Anthony estuvo a punto de saltar para decir en voz baja:

—Más vale que vengas bien armado, hijo... Y que estés preparado para sufrir las consecuencias.

Los pasos se detuvieron.

Albert miró por encima del hombro y sonrió al niño que estaba a tres pasos de distancia, con las manos puestas en las desnudas caderas y el ceño fruncido en su joven rostro. Era evidente que se sentía insultado.

—Un noble guerrero no usa un arma contra un hombre desarmado —replicó; de pronto, su ceño se transformó en una diabólica sonrisa mientras alzaba las manos y meneaba los dedos—. Lo que planeaba era un ataque de cosquillas.

Albert cerró la ventana, cogió los pantalones y se los puso. Luego, mientras se ponía la camisa, miró a su hijo.

—¿Y si, en vez de eso —sugirió—, te vistes y subimos ya a la cumbre?

—¿Ya? —Repitió Anthony; volvió a bajar las manos a las caderas y miró el reloj que había junto a la cama—. ¡Pero si sólo son las dos de la madrugada!

Albert alargó la mano hasta el cajón de arriba de la cómoda y cogió unos calcetines.

—Tal vez llegaríamos al amanecer —dijo.

Anthony, que no necesitaba excusas para emprender una aventura, batió palmas.

—¿Podemos llevar las espadas? —preguntó.

—Sí —concedió Albert mientras se sentaba en la cama para ponerse los calcetines—. Abrígate y saca las mochilas cuando bajes. Prepararé algo de comer para llevamos y le dejaré una nota a Jhon.

Antes de que terminara de hablar, Anthony ya había salido y corría por el pasillo. Albert se levantó y volvió a echar la sábana sobre el colchón, aún húmedo de sudor.

Su grito debía de haber despertado al niño; era muy listo para su edad y, como supo que su padre estaba soñando de nuevo, había decidido acudir a distraerlo con un ataque de cosquillas.

Albert clavó la mirada en la desordenada cama. Era la tercera vez que tenía aquel sueño en seis semanas; hasta entonces, sólo revivía aquel horror de vez en cuando.

No le preocupaba el sueño en sí, sino más bien su creciente frecuencia. Entonces volvió a acercarse a la ventana, apoyó los brazos en el marco superior y miró fijamente el TarStone. ¿Presagiaban algo aquellos sueños?

Las pesadillas volvían a contarle su pasado, no su futuro...

¿Sería quizá que otra visión estaba a punto de añadirse a la secuencia?

Y lo que era más importante, ¿tendría capacidad para controlar el resultado esta vez? Se había construido una vida allí y ahora tenía un hijo al que educar para convertirlo en un hombre. Nada debía interponerse entre él y Anthony: ni un anciano mago ni, desde luego, la magia.

—Vamos, papi. Ya estoy vestido, y tú ni siquiera has preparado nada todavía —dijo el niño desde la puerta—Quiero estar en la cima al amanecer.

Albert recogió su jersey del respaldo de una silla y salió al pasillo; luego empujó con suavidad a su hijo delante de él y le preguntó:

—¿Vamos a caballo o a pie?

—A pie —se apresuró a responder Anthony; fue bajando a saltos los escalones mientras las mochilas vacías daban golpes contra la barandilla—. Pisador es demasiado viejo para despertarse tan temprano, y Pluma es demasiado perezoso.

Se detuvo al pie de la escalera, alzó la vista hacia Albert y en voz baja, para no despertar a Jhon, dijo:

—No pienso pelearme con ese poní testarudo esta mañana. Además, no le gusta mi espada; creo que lo pincha cuando cabalgo.

—¿Y el quad? —preguntó Albert, bajando la voz también.

Anthony meneó la cabeza.

—Hace demasiado ruido, y no veremos ningún animal nocturno.

Albert le dio un empujoncito hacia la cocina.

—Escribe tú la nota para Jhon y llena las mochilas. Yo iré a por nuestras espadas.

—¿Puedo usar la espada de George? —preguntó Anthony.

Albert alzó una ceja.

—¿De modo que estás demasiado cansado para pelearte con Pluma y estás dispuesto a subir a la cima del TarStone cargando con la espada de George?

El niño se lo pensó bien y luego negó despacio con la cabeza.

—No, pesa demasiado —de repente se animó—. Pero tú puedes llevar las dos.

Después de darle otro empujoncito para que fuera hacia la cocina, Albert se dio la vuelta y se dirigió a la biblioteca.

—No, hijo; un guerrero lleva su propia arma —dijo por encima del hombro.

Entró en la biblioteca, se detuvo delante de la chimenea y observó con detenimiento las tres espadas que colgaban sobre la repisa. Dos eran tan largas como la propia repisa y flanqueaban otra más pequeña, pensada para una mano mucho más joven. Alargó la mano y bajó el arma de Anthony para sopesar su equilibrio mientras pasaba un dedo por la suave longitud de la hoja.

Había mandado hacerla especialmente para su hijo y se la había regalado en su cuarto cumpleaños. Annie, la tía de Anthony, se quedó horrorizada..., y los Cornwell, se quedaron impresionados. Bueno, salvo Archie. El laird Cornwell, adoptó una expresión anhelante, casi dolorida, al coger la pequeña arma y mirar a sus tres hijas pequeñas.

Al instante Anthony llamó a su espada Tronadora, traducción libre del nombre que Albert daba a la suya, y salió corriendo de la casa para luchar contra los arbustos. Desde entonces, con tanto asombro como orgullo, Albert le enseñaba las habilidades de un guerrero.

Aprender el manejo de una espada suponía sólo una pequeña parte de las lecciones, pero era la parte que a Anthony le divertía más. El niño tenía unas aptitudes extraordinarias y no sólo controlaba su joven mente, sino también sus músculos, que crecían con rapidez. Con la seguridad en sí mismo propia de la juventud y una inteligencia excepcionalmente aguda, iba camino de convertirse pronto en un adulto singular.

Sin embargo, Albert no estaba dispuesto a relajarse cuando se trataba de su hijo. Y tampoco acababa de fiarse de aquella vida y aquella tierra nuevas; ni siquiera al cabo de doce años, pues sabía por experiencia propia lo rápido que podían cambiar las cosas. Y por eso, mientras educaba a su hijo hasta hacer de él un hombre, también se controlaba.

No se metía donde no lo llamaban, llevaba su granja de árboles de Navidad con mano enérgica y atenta, y mantenía relaciones amistosas pero cautas con la comunidad de Pine Creek. También cuidaba de Jhon Bigelow, el propietario anterior de la granja, e intentaba aliviar el dolor del anciano tras la pérdida de su esposa, con quien había estado casado cincuenta y siete años.

Todos echaban de menos a Ellen, en particular Anthony.

Había sido como una abuela para él, y desde su muerte, hacía dos meses, a los tres les resultaba difícil afrontar la vida de solteros. Albert suponía que al final tendría que rendirse y contratar a un ama de llaves antes de que toda la comida quemada que tomaban acabara destrozándoles el estómago.

Alargó la mano para coger su espada Táirneanaiche, la empuñó y la quitó de la pared. Al sentir el peso familiar del arma cerró los ojos y suspiró; casi toda la vida había sido una extensión de su brazo derecho. Durante los últimos doce años se había sentido desnudo sin ella ceñida a la espalda, y ahora pasaba el tiempo limpiándole el polvo en lugar de la sangre de sus enemigos.

Entonces volvió a alzar la mirada hacia la repisa de la chimenea, hacia la espada de George Andrew. El viejo guerrero no se había acostumbrado al siglo XXI y se puso a perseguir tormentas con la esperanza de regresar a casa.

Agarró más fuerte a Táirneanaiche al recordar la muerte de su viejo amigo, diez años atrás, en las tierras altas del norte de Nueva Escocia; afligidos y desesperados, de aquella primera partida de combate compuesta por seis hombres sólo quedaban ellos dos. George murió instantáneamente: el rayo bajó por su espada y entró en su cuerpo. No consiguió volver a casa, y Albert sólo esperaba que el viejo guerrero hubiera encontrado al fin la paz.

—Estás raro esta mañana, papi —dijo Anthony desde la puerta—. La tía Annie dice que si algo me preocupa, debo hablarlo; que hablando mejoran las cosas.

Entró en la biblioteca con la mochila, ya llena, colgada sobre los hombros, y alzó la vista para clavar en Albert sus preocupados ojos, de un intenso color azul.

—Si me cuentas tu sueño, a lo mejor eso te ayuda.

Albert puso a Táirneanaiche sobre la mullida butaca, metió la espada de Anthony en la vaina que éste llevaba cosida a la mochila y se aseguró de que la empuñadura no le dificultara los movimientos. Luego le alisó el pelo, le levantó la cara para que lo mirase y sonrió.

—He soñado que estaba en el TarStone contigo en brazos, cuando nos despedimos de tu madre hace ocho años —le dijo; una verdad a medias era mejor que una rotunda mentira—. Debe de ser que esta excursión que habíamos planeado me ha hecho soñar con Mary.

Anthony le rodeó la cintura con sus jóvenes brazos y lo abrazó fuerte.

—No tenemos por qué ir, papi.

Albert le devolvió el abrazo.

—Sí que tenemos —dijo en voz baja—. Los dos necesitamos visitar el lugar favorito de Mary.

Anthony se echó atrás para mirarlo.

—No, papi —dijo—. El sitio favorito de mamá eran tus brazos.

Albert sintió como si una maza acabara de golpearle el pecho y volvió a abrazar al niño contra su cuerpo para que no viera cómo lo habían impresionado sus palabras.

—¿Sabes guardar un secreto, papi? —dijo Anthony en su camisa.

—Sí.

—Tengo una mascota nueva.

—¿Qué clase de mascota?

—Un búho nival.

Albert bajó la vista hacia su hijo y alzó una ceja.

—¿Y cuánto hace que tienes esa peligrosa mascota?

—Ella acudió a mí en mi cumpleaños, en enero pasado.

—¿Ella?

Ajeno por completo a su preocupación, Anthony asintió.

—Le he puesto Mary —susurró.

La maza volvió a golpear, y esta vez casi lo hizo doblarse.

—¿Mary? ¿Le has puesto a tu mascota el nombre de tu madre?

—Sí —dijo Anthony, asintiendo—. El día de mi cumpleaños deseé con todas mis fuerzas que viniera mamá, pero en lugar de eso conseguí un búho... Así que le puse Mary.

Albert se apartó para recoger su espada y asimiló la noticia poco a poco, mientras pensaba en la imaginación de un niño de ocho años y en lo dispuesto que estaría un búho a sentirse atraído por él.

—¿Por qué no he visto yo ese búho? —Preguntó, mirando otra vez a Anthony—. ¿Dónde te ves con tu mascota?

Anthony señaló la ventana que daba al este.

—Allí, en el TarStone. A Mary le gusta seguirme cuando monto mi poní.

Ahora que su secreto estaba descubierto, se apresuró a contarlo todo.

—Se desliza por el bosque como si fuera el viento, papi, sin hacer nada de ruido con las alas. Y además es buena cazadora: coge conejos y los comparte conmigo.—Engurruñó la cara—. Aunque luego, cuando los quemo, no quiere comérselos.

Albert dio un paso atrás, más impresionado que preocupado. Desde que Grace le puso a su hijo en brazos hacía ocho años y medio, él y Anthony habían caminado juntos por aquellos bosques, habían acampado, pescado, cazado y cocinado sus comidas en una hoguera. Sin embargo, no sabía que su hijo tuviera la costumbre de cocinar solo.

Ni que hubiera convertido a un búho nival en su mascota.

Le hizo dar la vuelta y lo empujó hacía la cocina. Decidió esperar hasta que estuvieran subiendo el TarStone para investigar el tema de la mascota con más en detalle.

—¿Llevas el cuchillo? —preguntó.

Su hijo se metió la mano en el bolsillo, sacó una navaja plegada y la levantó para que la viera.

—¿Cuándo tendré uno grande como el tuyo? —preguntó.

—Cuando yo decida que puedes tenerlo.

—Tendría la hoja recta, y lo guardaría en la bota, como tú.

—No; una navaja es lo más seguro —dijo Albert, al tiempo que metía la mano en el bolsillo y sacaba su propio cuchillo—. El de mi bota es un arma, Tony, y los cuchillos que llevamos en los bolsillos son herramientas...

—Y un guerrero ni siquiera necesita cuchillo para sobrevivir en el monte... —dijo Anthony de carrerilla, como si ya lo hubiera oído muchas veces; volvió a meterse la navaja en el bolsillo mientras se dirigían a la cocina y salían al porche—Papi, ¿tú te morirás?

Al salir, con mano algo temblorosa, Albert cerró la puerta con suavidad, procurando que no se le notara lo mucho que lo desconcertaba aquella inocente pregunta. Luego se colgó la mochila a la espalda, se ajustó a Táirneanaiche para que la empuñadura le quedara justo sobre el hombro izquierdo y bajó los escalones. La pregunta no lo cogía por sorpresa; desde el fallecimiento de Ellen, el niño le preguntaba mucho sobre la muerte, y la mayoría de las veces se las veía y se las deseaba para responderle.

—Sí que me moriré —dijo al fin, sin alterar el tono de voz—Pero hoy no, ni mañana tampoco. Soy un guerrero, Tony, y mi deber es vivir lo suficiente para educarte hasta que seas un hombre.

—¿Y yo seré un guerrero cuando sea mayor?

Con paso enérgico, Albert se encaminó hacia el campo de arriba.

—Sí y no —respondió, sincero—. Tendrás el conocimiento y la destreza de un guerrero y el corazón de un hombre de las Tierras Altas escocesas, pero vivirás aquí y me ayudarás a llevar nuestra granja de árboles de Navidad cuando yo sea demasiado viejo para hacerlo solo.

Anthony ajustó el paso al de su padre y repuso:

—Los hijos del abuelo no se han quedado para ayudarlo, pero yo no te dejaré —prometió; le tomó la mano al tiempo que alzaba sus francos ojos azules—. Y no moriré antes que tú.

Anthony hizo un gesto afirmativo.

—Exacto; no morirás primero —convino con voz emocionada.

—Quizá... Quizá deberías conseguir tener unos cuantos hijos más... —susurró Anthony; le soltó la mano para ajustarse las correas de la mochila y alzó la vista—, sólo por si me muero.

—Eso no va a ocurrir —gruñó Albert, al tiempo que se detenía y le daba la vuelta para que lo mirase—. Y, además, los niños pequeñitos no se sacan de la nada. Necesitaría una esposa para tener esos hijos.

—A mí me tuviste sin esposa.

Albert frunció el ceño. ¿Cómo había pasado la conversación de la muerte al sexo?

—Yo intenté casarme con tu madre —le explicó—, y si Mary hubiera vivido, probablemente habríamos tenido más hijos. Pero las cosas no siempre salen de la manera que queremos, Tony. A veces la vida se entromete en nuestros planes.

—Y, entonces, ¿por qué no te buscas otra mujer para casarte?

Albert empezó a caminar de nuevo y avanzó en zigzag por entre las hileras de árboles de Navidad hasta que llegaron al bosque.

—Un hombre no decide que quiere casarse y luego elige sin más a la primera chica disponible. Un hombre y una mujer tienen que amarse primero.

—Como la tía Annie y el tío Archie.

—Sí —dijo Albert en voz baja—. Como Annie y Archie. Y como Callum y Eliza, y como Stear y Patty. Primero ha de formarse un vínculo, y el amor debe crecer a partir de ahí.

—Pero, papi, no se puede formar un vínculo con una mujer si nunca se intenta. —Anthony alzó la mirada, y sus ojos brillaron a la luz de la luna con la picardía de un niño que tiene una misión—. Y como la abuela Ellen ya no está, mi deber es hablar en nombre de ella. Y ella dice que tienes que salir con alguien.

—Y yo te contesto lo mismo que le contesté a Ellen durante ocho años: no quiero una esposa.

—Porque tienes roto el corazón, papi; pero la abuela Ellen siempre decía que la mujer adecuada te lo arreglaría.—Anthony pasó por encima de un tronco caído en el camino, se volvió y caminó de espaldas mientras seguía hablando—. Y yo te ayudaré.

—¿Cómo? —preguntó Albert.

Iba perdiendo la paciencia y se adelantó a su hijo para ponerse a la cabeza.

Por lo visto aquella discusión recurrente no había terminado con la muerte de Ellen Bigelow; al parecer, ahora era su hijo el que asumía la causa... Junto con Annie Cornwell, ¿Qué les pasaba a las mujeres, que no soportaban ver que un hombre permaneciera soltero?

—Ya he empezado, papi.

—¿Cómo? —Repitió Albert; su paciencia se convirtió en recelo—. ¿Tiene algo que ver con todo el tiempo que has pasado este último mes en Gu Bráth con Annie?

—Sí —dijo Anthony—. La tía Annie me ha ayudado a poner un anuncio en Internet.

Albert se detuvo.

—¿Qué clase de anuncio? —preguntó.

Clavó la vista en el bosque iluminado por la luna que tenían delante temiendo que su hijo y Grace hubieran puesto el anuncio en una de aquellas páginas pensadas para solteros solitarios.

—Un anuncio pidiendo inquilina —aclaró Anthony—. Voy a alquilar mi casa.

Albert no supo si reírse de alivio o gritar de sorpresa.

—¿Quieres alquilar la casa de tu madre? —Preguntó en voz baja, mirando a su hijo—. ¿Porqué?

—Porque no debería estar vacía. Un hogar tiene que estar habitado, tiene que estar vivo.

A Albert le pareció oír las palabras de Annie en labios de Anthony.

—Y habrá gente que viva en él —espetó, enojado—. Cuando tú crezcas y te cases.

—Pero para eso falta mucho; la casa tiene que estar viva ya. Cuando voy por allí, está calladísima, papi, y solitaria. Quiere que la quieran.

Albert se volvió y empezó a andar de nuevo con largas zancadas, de modo que Anthony tuvo que dar una carrerilla para no quedarse atrás.

—Es una casa, hijo, hecha de madera, vidrio y piedra; no tiene sentimientos.

Anthony le tiró de la mochila para que aflojara el ritmo.

—Pues sí que los tiene, papi. Siento la soledad cuando le hago una visita.

Albert miró el sendero con los ojos entornados.

—Explícame qué tiene que ver el alquilar la casa de tu madre con buscarme una esposa.

—Porque voy a alquilársela a una mujer especial. Y ella te arreglará el corazón roto, os casaréis, y yo tendré una mamá nueva y unos hermanitos.

Albert volvió a detenerse; entonces cogió al niño por los hombros y se puso en cuclillas hasta que los dos estuvieron cara a cara.

—No se busca esposa en Internet —dijo en voz baja—. Ni madre. Cuando volvamos esta noche, tú y yo iremos a ver a Annie y le diremos que quite el anuncio. No necesitas que unos extraños vivan en la casa de tu madre.

—¡No, papi! Es demasiado tarde: ya he elegido a tres mujeres.

Esta vez Albert no gritó: rugió. Luego se enderezó, se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso a casa. ¡Maldición! Tía o no, Annie Cornwell, se había pasado de la raya... otra vez.

Anthony corrió para alcanzarlo, pero se topó con la espalda de su padre cuando de repente éste se agachó para no chocar con un blanco borrón de plumas. La silenciosa llegada del búho se transformó en un airado silbido cuando el animal levantó un ala y se volvió de nuevo hacia ellos.

Al instante Albert agarró a Anthony y se arrojó con él al suelo mientras rodaba para meterlo debajo de su cuerpo. El búho se posó en un tronco caído, a sólo un metro de distancia, y Albert se encontró clavando la mirada en los ojos amarillo-dorados de un ave de presa.

Un puño le golpeó las costillas cuando su hijo se retorció para soltarse.

—¿Mary?—Gritó Anthony, al tiempo que se incorporaba como podía y se arrodillaba entre el búho y Anthony—. No tengas miedo, papi; Mary no nos hará daño.

Hacía casi nueve años que Albert había perdido a la mujer que amaba, y oír su nombre aún le oprimía el pecho. Se sentó, tiró de Anthony hasta ponérselo en el regazo, lejos del ave, y miró fijamente al nival.

El búho le devolvió la mirada con sus enormes ojos, imperturbables a la luz de la luna, mientras con el pico un poco abierto parloteaba en un agudo tableteo. Sus garras, de casi tres centímetros de largo, se agarraban al tronco cubierto de musgo. El ave tenía más de medio metro de altura y, como si quisiera que Albert terminara de revisarla, dio un paso de lado y abrió las alas hasta desplegar su impresionante envergadura de casi metro y medio.

Era un ave de presa muy letal y muy eficaz.

La mascota de su hijo.

A la que Anthony le había puesto el nombre de su madre.

—¡Mary, ya está bien! —dijo el niño, como si la regañara—Este es mi padre.

El búho nival plegó las alas, agachó la cabeza y cambió su tableteo por un suave parloteo.

—¿No es lo más bonito que has visto nunca, papi?

—Sí —convino Albert en voz baja.

Y sí que lo era. El borde de las lustrosas plumas blancas era de un negro intenso, y el conjunto daba la impresión de ser un encaje dispuesto sobre todo su cuerpo. Su cara era un disco acorazonado de un blanco absoluto, con unos grandes y limpios ojos amarillos ceñidos por gruesas líneas negras, que parecían dibujadas con un trazo de lápiz. Sus fuertes patas acababan en anchos dedos cubiertos por completo de blanco plumón, que terminaba donde empezaban las fuertes y afiladas garras.

Un ave de presa magníficamente presentada.

—No pasa nada, papi; es que Mary te ha oído rugir y creía que yo estaba en peligro. Mira, ya está más tranquila —dijo Anthony, al tiempo que tendía la mano hacia el ave.

Albert le agarró la mano y la mantuvo bien pegada al vientre del niño.

—¿La has tocado, Tony? Cuando os veis, ¿te acercas a..., a Mary?

—Sí, papi. Le gusta ponerse en mi hombro cuando voy montado en el poní. Yo silbo y ella acude a mí.

—¿Y nunca te ha arañado?

—No; tiene mucho cuidado. —Anthony se levantó, buscó su mochila y volvió a ponérsela sobre los hombros—. Vamos, papi. Mary quiere venir con nosotros de excursión a la cima; nos ayudará a decidir.

—¿A decidir qué?

—A qué mujer le alquilo la casa.

Albert se frotó la cara con las manos; otra vez estaba con lo de buscarle esposa... Fruto evidente de aquella madre que no había conocido, el niño era capaz de dar clases de testarudez a una mula. Ahora que había elegido una táctica, no pararía.

Albert se levantó y, una vez más, se dirigió hacia la cumbre de la montaña TarStone.

—Entonces seguiremos nuestro viaje —convino—. Y pasaremos el día hablando de esa necesidad de alquilar tu casa a una desconocida.

El nival alzó el vuelo y, en silencio, se deslizó por el bosque delante de ellos, como si supiera hacia dónde iban. Albert aspiró el olor del bosque nocturno mientras las hojas caídas crujían bajo sus pies. Se acercaba el final de octubre, y la tierra se preparaba para otro invierno..., lo mismo que él debía hacer pronto. La repentina muerte de Ellen Bigelow, ocurrida tranquilamente de noche, mientras dormía, haría aún más difíciles las Navidades.

Ellen era la fuerza motriz de la granja del Arbol de Navidad. Incluso el año anterior, a la edad de ochenta y tres años, su energía había avergonzado más de una vez a los propios hombres. Era capaz de poner fantásticas comidas en la mesa tres veces al día, hacer guirnaldas de adorno, repartir sierras para que los clientes cortaran sus árboles, vender los adornos, despachar zumo de manzana y donuts, que preparaba todas las mañanas..., y aún le quedaba tiempo para estar al corriente de los cotilleos del pueblo.

Durante los diez últimos años, desde que llegó a Pine Creek y compró la granja de los Bigelow, Albert había admirado muchísimo a aquella mujer.

—Papi, ¿te molesta que le haya puesto Mary a mi mascota?

—No, hijo. Mary es un buen nombre para una mascota tan hermosa.

—Pero te molesta que quiera alquilar mi casa.

—No es tanto porque desees ver la casa con vida —aclaró Albert—, es por el hecho de que hayas puesto tus esperanzas en buscar a una mujer especial para que la alquile. ¿Qué pasa si te llevas una decepción?

—No me la llevaré —dijo Anthony con toda la seguridad de un niño de ocho años—. Tendré mucho cuidado al elegirla. La tía Annie está ayudándome a escribirles cartas por correo electrónico.

Albert soltó un bufido para indicarle lo que pensaba de la aportación de Annie a su descabellado plan.

—Y, exactamente, ¿quién va a ser el casero de tu inquilina?—preguntó—. Cuando se rompa el calentador del agua o se estropee la caldera, ¿vas a hacer tú las reparaciones?

—No, papi; tú lo harás.

—Ya entiendo. Apuesto a que eso también ha sido idea de tu tía.

—No, fue idea mía.

—Bueno, pues si me llaman a las dos de la madrugada para que vaya a la casa, que sepas que voy a despertarte y a llevarte conmigo. Si quieres ser casero, jovencito, tendrás que asumir esa responsabilidad.

—Entonces, ¿eso quiere decir que puedo alquilar la casa de mamá?

—¿No preferirías buscar una familia para que viva en ella? Así, de todo este afán, sacarías un nuevo compañero de juegos.

—Ni de lejos necesito un compañero de juegos tanto como tú necesitas una esposa, papi. — Anthony se detuvo y volvió a alzar la mirada hasta los ojos de Albert—. Ella te hará sonreír.

Albert le revolvió el pelo y luego le dio un suave empujón hacia delante para que siguiera caminando.

—Háblame de las tres mujeres que has encontrado.

—No; después, en el desayuno. Pero te daré una pista sobre una de ellas: Carla es viuda y tiene tres hijos. —Se volvió y meneó las cejas—. Debe de ser buena si un hombre la amó lo bastante como para casarse con ella. Y con Carla los dos ganaríamos algo: tú una esposa, y yo, nuevos compañeros de juego.

—¿Y de dónde es esa Carla?

—De Florida.

Albert volvió a soltar un bufido.

—¿No te preocupa que no le gusten nuestros inviernos?

—Sí que tengo esa preocupación, papi.

Anthony se quedó callado varios minutos mientras avanzaba dando zancadas.

—A lo mejor debería tachar a Carla de la lista —dijo sin volverse.

—Pues eso deja sólo a dos. ¿Qué hay de ellas?

—Pero es que a lo mejor hay más... —contestó Anthony—Hace dos días que no reviso mi correo.

Correo electrónico... Anuncios por Internet... Elegir inquilina antes de conocerla... Qué distinto era el mundo donde crecía su hijo comparado con la infancia de Albert, hacía ocho siglos.

—¿Quieres ir a Gu Bráth conmigo mañana para revisar mi correo? —preguntó el niño mientras se agachaba por debajo de un joven y torcido arce.

—No, Tony. Dejaré esta insensatez en tus manos y en las de Annie. Tengo que empezar a prepararme para la temporada de Navidad y para la nieve, que no tardará en venir. Y también tengo que mantener ocupado a John para distraerlo de su pérdida.

—El abuelo no se irá a Hawái a vivir con su hijo, ¿verdad?—preguntó Anthony.

Estaba a punto de contestar cuando, de repente, Albert volvió a sentir una opresión en el pecho. Un escalofrío le subió por la columna vertebral y le erizó el vello del cogote.

La mascota de Anthony, aquel búho que su hijo llamaba Mary, acababa de pasarlos, deslizándose otra vez a través del bosque; el nival se posó en una rama delante de ellos, y vaya si el aire que lo rodeaba no brillaba con el calor de una suave luz azul.

La misma luz azul que a veces Albert veía en el cuarto de su hijo cuando iba a verlo antes de acostarse.

La misma luz azul que había visto en la loma de West Shoulder hacía ocho años, cuando la magia del dmidh salvó a Annie Cornwell.

Exactamente el mismo azul de los hermosos ojos de Mary Britter .

Continuara...