CAPITULO 2
Edward
El avión ya estaba en el aire antes de que empezara mi conversación con Joseph. Una vez que aterrizaron en el aeropuerto, cogieron mi helicóptero privado y volaron a las islas Shetland, a la punta norte de Escocia, donde tenía mi residencia. Su clima era subártico; hacía frío todo el año, pero también eran increíblemente preciosas. Había vivido en muchos lugares a lo largo de mi vida, pero el remoto archipiélago tenía una cualidad pintoresca que no había visto en ningún otro sitio.
Con sólo una pequeña población, la influencia escandinava prevalecía en las islas. La vida se movía más lentamente, concentrada en las viejas costumbres escocesas. La mayor parte de los habitantes eran criadores de Shetland, unos pequeños caballos no mucho más grandes que un poni. La hierba siempre estaba verde, y el océano arrastraba aire fresco tierra adentro diariamente. Estaba llena de fauna y flora salvaje, y muy lejos del ruido de la ciudad y del resto del Reino Unido.
Mi hogar había sido construido hacía cientos de años. Había reformado el interior, añadiendo suelos de madera, calefacción centralizada y todos los detalles necesarios para acomodar mis excéntricos gustos. No obstante, mantenía la apariencia de un castillo de las Tierras Altas de Escocia. A veces me parecía más un castillo que un hogar.
Estaba sentado en el salón, bebiendo mi escocés y leyendo un informe de las destilerías donde creaban mi whisky, asegurándome de que la mezcla era la correcta y seguía siendo fiel al sabor que mis ancestros habían creado en el siglo XV.
Siobhan entró en la sala, vestida con pantalones vaqueros, tacones altos y un jersey negro y grueso. Llevaba el cabello castaño peinado en un elegante recogido. Aunque su exterior parecía incitar a la suavidad, por dentro Siobhan era dura como el acero. Era una mujer implacable, autoritaria y fría; la mejor socia de negocios que podía pedir.
—El helicóptero está aterrizando, Edward.
Dejé el trabajo sobre la mesita de café, abandonando el suave escocés que me bajaba por la garganta con la cantidad justa de ardor.
—Gracias, Siobhan. —Me abroché el frontal del traje y me ajusté el reloj—. Deberíamos ir a darle a nuestra nueva invitada la bienvenida que se merece, ¿no cree? —Sonreí ligeramente, sabiendo que Joseph pagaría por su osadía hasta el día de su muerte.
Salimos por la puerta de atrás y cruzamos la hierba hieracium y gallinera, acercándonos al helicóptero que descendía lentamente sobre el prado llano. La propiedad estaba pegada a la costa, y muy aislada; nunca me había preocupado que los vecinos pudiesen descubrir mis actividades criminales. El único modo de llegar a la parte continental de Escocia era en barco o en helicóptero. El servicio estaba a cargo de conseguir los suministros que necesitábamos a diario.
Siobhan caminó a mi lado mientras nos acercábamos al helicóptero. Éste aterrizó en la hierba con gracia antes de apagar el motor, y las hélices siguieron girando mientras el primero se enfriaba. Permanecimos el uno junto al otro y esperamos a nuestra invitada.
Los mechones sueltos de Siobhan se agitaron con el viento que generaban las hélices y, lentamente, dejaron de moverse hasta que su cabello volvió a estar perfecto. Se metió las manos en los bolsillos, pareciendo tan aterradora como yo.
Alistair salió por la puerta de atrás del castillo y se unió a nosotros, cruzando los brazos sobre el musculoso pecho.
Randall emergió del helicóptero, llevando a una mujer en brazos. Estaba inconsciente y la cabeza le colgaba hacia el suelo. Su largo cabello castaño flotaba en el viento. Vestía con vaqueros oscuros y una simple blusa, obviamente acostumbrada al clima húmedo del verano en Nueva York.
Iba a llevarse una buena sorpresa.
Randall se acercó hasta mí, acompañado por el resto del equipo. Cargaba con Isabella sin esfuerzo, vestido con una sudadera negra y vaqueros oscuros.
—Estaba un poco irascible. He tenido que sedarla. —Se repartió su peso en los brazos antes de entregársela a Alistair.
Le eché un vistazo, notando la piel clara de sus mejillas perfectas. Tenía la nariz pequeña, labios carnosos, y unas pestañas que le hubiesen resaltado los ojos de haberlos tenido abiertos. Era de constitución delicada y no tenía aspecto de poder resistirse demasiado.
—Qué inocente… Me recuerda a un cachorrito.
Randall rió entre dientes.
—Esta mujer no es inocente. Casi consiguió quitarme la pistola, y no me cabe duda de que hubiese apretado el gatillo.
Ahora sí que había despertado mi interés.
—Puede que tenga más en común con Joseph de lo que imaginábamos. —Asentí hacia la casa—. Vamos.
Volvimos dentro y bajamos al sótano. Seguía constituyendo una prisión, con paredes y suelo de cemento. Había un camastro en una esquina, un inodoro y un lavabo, pero nada más. Ni siquiera había ventanas; el sótano quedaba a varios metros bajo tierra. Nunca se encendían más que unas pocas luces a la vez, lo que dejaría a mi prisionera casi a oscuras.
Alistair la dejó en el camastro y la cubrió con la manta hasta los hombros; se había quedado helada del paseo por el césped. Le apartó el pelo del rostro y la miró bien.
—Estoy impaciente por probarla. Es tan guapa como dijo Randall. —La dejó allí y cerró la puerta, encerrándola en una celda formada por barrotes de acero. No le ofrecía ninguna privacidad respecto al resto del sótano, pero ahora que ya no era una persona de verdad, no importaba. Era mi castigo por lo que me había hecho Joseph. Recuperaría los cuatro millones de dólares que se me debían.
De hecho, sería Isabella la que los conseguiría.
Todo el mundo salvo mi mayordomo se marchó al acabar el día. Siobhan y Alistair cogieron el helicóptero para volver a la parte continental donde vivían y pasaban su tiempo libre. Yo permanecí en la sala de estar, bebiendo escocés delante de la chimenea y poniéndome el frío cristal contra la nuca; notaba que se aproximaba una migraña.
Disfrutaba de la paz y tranquilidad que la isla ofrecía. A veces parecía que sólo estábamos el mar y yo, con las olas rompiendo contra el acantilado que había al otro lado a la ventana. Me gustaba dejarlas todas para poder oír su sonido; había algo en su consistencia que me calmaba los nervios. Igual que el sol salía y se ponía a diario, las olas se encontraban con la costa, sin verse afectadas por los hombres. El poder absoluto que tenían los elementos sobre la raza humana me fascinaba.
Mentiría si dijera que no ansiaba poseer esa clase de poder.
Thump.
Dejé de respirar al oír aquel ruido.
Thump. Thump.
Me concentré en él para ubicar de dónde provenía. A veces se podía oír al viento aullando en las noches duras, pero no se había pronosticado tormenta. Abandoné mi whisky sobre la mesa y me puse en pie, pensando en cada recoveco donde habría podido encontrar un arma en la casa, fácilmente accesibles desde todas y cada una de las habitaciones.
Thump.
Miré al suelo, dándome cuenta de dónde provenía exactamente el ruido.
El sótano.
Mi invitada estaba despierta.
Bajé las escaleras que daban al sótano, vestido con unos vaqueros y una camiseta ahora que todo el mundo se había marchado ya. Eché una ojeada por la escalera tras abrir la puerta, y la vi. Isabella estaba de pie, equilibrándose sobre una pierna y pateando los barrotes lo más fuerte que podía con la otra, intentando que cedieran. La fuerza de sus golpes era tan mínima que ni siquiera se movieron. Después apuntó a las bisagras de la puerta, pero obtuvo el mismo resultado. Estaba tan absorta en su pobre intento de liberarse que no notó como me acercaba en silencio.
—Sólo conseguirás romperte la rodilla.
Retrocedió al oírme, con la frente perlada de sudor y el cabello hecho un desastre por el esfuerzo. Todavía tenía las manos atadas delante del cuerpo, pero estaba preparada para cualquier cosa.
Me acerqué a la puerta y la miré, notando el modo en que los pantalones le abrazaban las caderas voluptuosas y las piernas esbeltas. El jersey de pico realzaba la estrecha cintura, marcando su figura de reloj de arena. Sin duda era bonita, pero no me hacía sentir nada, y eso que los chicos hablaban de ella como si fuera una reina.
Para mí no era nadie.
—Estas rejas son de acero, por si no te has dado cuenta. Y estamos en una isla en mitad del océano, así que, si te rompes algo, tendrás que apañártelas sola. Sólo tengo Paracetamol. —Me coloqué frente a los barrotes y la examiné, con los brazos cruzados sobre el pecho.
No parecía asustada, a pesar de sus graves circunstancias, sólo pensativa, forzando el cerebro de manera frenética para averiguar cuál debía ser su siguiente movimiento. Intentaba encontrar una solución en lugar de ceder ante el pánico.
—Es hora de presentarnos. Me llamo Edward… y soy tu dueño.
Fue como si acabara de darle una bofetada. Entrecerró los ojos y adoptó una expresión amenazante.
—¿Qué acabas de decir? —Se acercó a los barrotes, sin dudar ni un momento aun a pesar de que al hacerlo también se acercaba a mí. Si metía el brazo entre ellos, podría agarrarla del cuello—. No me importa una mierda quién seas. No eres mi dueño. Nadie es mi dueño. —Se señaló el pecho, enfatizando lo que decía.
Me gustaba su ardor. Poseía mucho más coraje que ese marica que tenía de hermano.
—Cambiarás de parecer… con el tiempo. —Me acerqué más a los barrotes, mirándola mejor. Tenía una boca bonita, ancha y de labios suaves. Tuve el impulso de pasarle el pulgar por el labio inferior, pero no tenía interés en besarla. Sólo quería tocarla, acariciarla.
—Voy a salir de aquí, y cuando lo haga, te arrancaré los ojos de las cuencas y te los meteré por el culo.
La amenaza fue tan inesperada que me reí de verdad.
—Vaya, qué boquita tienes. —Reí desde el fondo del pecho—. Pero me gustan las mujeres con la boca sucia.
No permitió que mi insinuación disuadiera su odio.
—Créeme, no te voy a gustar.
Estaba atrapada en una prisión sin lugar al que huir, pero, aun así, no bajaba la guardia. No quería abandonar su hostilidad ni su orgullo. Podría haber elegido caer de rodillas y estallar en lágrimas, pero siguió de pie, fuerte.
—Creo que ya lo haces.
Creyó, estúpidamente, que no estaba prestando atención a cada uno de sus movimientos; esperó a que tuviera los ojos fijos en los suyos para meter la mano entre los barrotes e intentar agarrarme del cuello.
Lo había estado esperando, así que esquivé a la izquierda y le atrapé la muñeca. Le inmovilicé el brazo, doblándolo hasta el ángulo justo para retorcerle el codo de un modo muy doloroso; con un poco más de presión, podría habérselo roto sin esfuerzo.
Isabella respiró profundamente para soportar el dolor, pero su rostro siguió siendo inexpresivo. Seguía teniendo fuego en los ojos; se negaba a dejarme creer que tenía poder alguno sobre ella.
Mi respeto aumentó todavía más.
—No me toques los huevos, Isabella. —Pegué los labios a su oreja, oyendo su laboriosa respiración—. Porque te prometo que perderás. —Le solté el brazo, permitiéndole conservarlo al menos un día más.
Isabella retrocedió al instante, colocándose donde no pudiera volver a alcanzarla.
—Chica lista.
Dejó colgando el brazo junto al cuerpo, negándose a tocarlo a pesar del dolor que debía estar experimentando.
—Cuánto antes te comportes, mejor será tu vida. Nos encontramos en una isla en medio del mar. No tienes dónde correr o esconderte, salvo que quieras morir saltando por el acantilado.
Me miró con agresividad.
—Ahora mismo no suena tan mal.
Sonreí ligeramente.
—Si te portas bien, podrás visitar el resto de la casa. Pero si prefieres resistirte, te quedarás aquí.
—Jamás me portaré como un perrito obediente, así que parece que me quedaré aquí abajo. —Se acercó al camastro y se sentó en él, apoyándose en la pared y doblando las rodillas contra el pecho mientras me fulminaba con la mirada con un odio puro.
—Hace mucho frío —la avisé.
—Mejor pasar frío que estar cerca de ti.
Al verla por primera vez, bajando inconsciente del helicóptero, me había hecho una idea completamente equívoca del tipo de mujer que sería. Había asumido que sería como todas las demás, débil y quejumbrosa; había asumido que su valentía sería proporcional a la suavidad de sus mejillas. Pero había tomado por sorpresa a alguien como yo, y eso era algo que no resultaba sencillo.
—Por si no te has dado cuenta, aquí abajo no hay ducha.
Su expresión no cambió.
—No se te permitirá usarla hasta que te portes bien.
—La gente acostumbraba a ducharse una vez al año —replicó—. No me pasará nada.
Reí entre dientes, encantándome que tuviese respuesta para todo lo que decía.
—Dale una semana y veremos si cambias de parecer.
Se tapó las piernas con la delgada manta para conservar el calor.
—Si has acabado ya de mofarte, puedes irte.
¿Me estaba dando permiso para retirarme?
—¿No tienes preguntas?
—No.
—¿No quieres saber por qué estás aquí?
—Es evidente.
¿Lo era?
—No me digas.
—No vivo en la luna —dijo con frialdad—. Sé que me han secuestrado para meterme en la trata de blancas, pero no me preocupa; todo problema tiene su solución, y daré con ella.
Dejé de sonreír.
—Esto no es la escuela, Isabella. No existe una solución para cada problema que se presenta; la vida no es tan simple como una ecuación matemática. Soy uno de los mayores criminales de los bajos fondos. Soy uno de esos problemas que no tienen solución. Soy uno de esos problemas que no pueden resolverse. Te encuentras en una situación mucho peor que el que vaya a venderte como esclava, porque ya eres mi esclava.
