Hola! Como no pude ver en directo el capi de SPN de esta noche, me puse a terminar el capi II de mi fic. Buen negocio, no? Jajaja. Bien, les cuento que siguiendo el hilo narrativo, les contaré lo que le sucedió a Sam durante esa semana y media en que estuvo "solo" y por supuesto también lo que sucedió con Dean. Gracias a todas las que me desearon feliz cumpleaños, les aseguro que pasé un día muy feliz, pero más contenta estoy de retomar esta rutina que es comunicarme con ustedes, comentar, esperar el feedback… Y prometo un capi por semana, despacio, discretamente, nada de apuros ni locuras, ya que si prometo más, no podré cumplir.
Y no me olvidé de las otras historias, estoy trabajando en ello, así que sólo les pido un poco más de paciencia. Gracias, amigas!
II.
DÍA 1. SAM- ¿ACAMPANDO CON EL ENEMIGO?
El apuesto castaño tardó menos de lo esperado en armar su improvisado campamento. El chico parecía tener bastante práctica en esos menesteres, y casi sin esfuerzo ubicó todas sus cosas en el lugar correspondiente, encendió una pequeña fogata con todas las precauciones que normalmente no toman los excursionistas. Se notaba que el chico era un amante de la naturaleza.
A un observador común nada le hubiera parecido extraño, uno más experimentado habría notado que el joven había encerrado su tienda de campaña en una especie de círculo protector compuesto por extraños símbolos que parecían provenir de otras culturas y de otros tiempos.
Transcurridos unos momentos, tomó un sorbo de agua, tomó su mochila y salió a explorar el territorio circundante.
Cerca de allí había un pequeño curso de agua, parecía sereno pero el agua no tenía aspecto límpido. Se imaginó que no era posible beberla y se felicitó por haber traído una abundante provisión del vital líquido. Un poco más allá se alzaban conos de escorias rugosas, carentes de toda vegetación, un paisaje árido y desolado de tierra negra donde la actividad volcánica de millones de años había dejado formaciones de lava de formas fantásticas, que trajeron a la mente de Sam ciertos instantes en que pudo visualizar algo del Hoyo en que había estado encerrado con Lucifer.
En ese momento, se sintió algo arrepentido de haber elegido ese parque nacional para sus forzadas vacaciones. "De todos los lugares adonde pudiste ir, tuviste que elegir éste, Sam Winchester" –se dijo molesto.
Continuó su caminata en silencio, a pesar del desértico paisaje le sorprendió la diversidad de fauna que se cruzaba a su paso. El viento caliente del atardecer hacía que su garganta le ardiera y la piel de su rostro se había enrojecido a causa del esfuerzo que había realizado en su caminata.
La noche llegó más pronto de lo que Sam hubiera deseado y como no sentía apetito sólo se preocupó por mantener encendido el fuego y luego extrajo de su mochila su laptop. Fue inútil: allí no había señal de Internet, su trabajo de investigación tendría que esperar. Casi por instinto tomó su celular e intentó discar el número de Bobby. Nada. No había señal. En realidad no le sorprendió, sólo hizo oficial lo que él ya sabía: estaba totalmente aislado, solo, librado a su propia fuerza y a sus propios recursos.
Pero eso era lo que deseaba ¿no? Tomó un pequeño libro con tapas de cuero y comenzó a leer a la luz de la fogata. De vez en cuando levantaba la vista y escrutaba los oscuros matorrales que lo rodeaban. Una ligera sonrisa cruzó su rostro entristecido: ahora hallaba razón a su hermano cuando le respondía "no tengo miedo, es precaución" cuando él lo cuestionaba por dormir con un cuchillo bajo su almohada.
Sam no sentía miedo, pero no era ningún niño inocente. Sabía que el bosque estaba plagado de criaturas extrañas y horribles. Lo que menos deseaba en ese momento era tener que enfrentar a uno de estos seres. Sólo quería paz y silencio, para poder poner en orden sus ideas.
Los minutos fueron pasando y cuando el chico cabeceó por segunda vez comprendió que tantas horas de fatiga y tensión lo habían agotado. Necesitaba dormir. Estaba exhausto. Se arrastró hasta su tienda y cubriéndose con una manta, se quedó dormido al instante.
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Unas horas antes, en Twin Falls.
La pequeña población de Twin Falls dormía pacíficamente luego de un día de trabajo. Sus habitantes descansaban ajenos a lo que estaba ocurriendo más allá del límite de su ciudad.
La joven había terminado su turno en un mugroso bar de carretera y se preparaba para regresar a casa caminando, ya que su vehículo se había averiado y Joe, el mecánico del pueblo, aún no había hallado el desperfecto.
La chica era joven, rubia, delgada y espigada. Se la veía un poco pálida y ojerosa, tal vez por el cansancio de tantas horas de trabajo, tal vez a causa de algo más grave.
Terminó el cigarrillo que estaba fumando, lo aplastó con el taco de su zapato y con un suspiro resignado emprendió el regreso a su casa. Para llegar allí tenía que cruzar prácticamente todo el centro de Twin Falls incluido el nuevo predio en donde se erigía el ayuntamiento.
Al llegar a ese lugar, un escalofrío de miedo le recorrió la columna y se dio vuelta varias veces con la fuerte sensación de que alguien la observaba o tal vez la seguía. No vio nada, así que siguió caminando, apretó el paso, ansiosa por llegar a casa.
Justo en su puerta un bulto le anunció que otra vez algún ebrio o tal vez un vagabundo habían hallado refugio al frío de la noche en la amplia galería que rodeaba a su morada.
Hubiera pasado sin despertar al durmiente, sino hubiera sido que éste estaba justo apoyado en la puerta de ingreso. Se inclinó, trató de hablar al desconocido que no pareció moverse, así que reuniendo valor, lo tocó ligeramente en el hombro y le dijo: - Señor, despiértese, por favor. Tengo que entrar a casa…
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Al amanecer en Twin Falls. Cerca de la casa de Sue Ann Stephenson.
Las mañanas aún eran frías en esa zona del estado de Idaho por lo que la anciana señora Mc Guiddy salió envuelta en su chal tejido dispuesta a recoger un poco de la leña que apilaba para esas ocasiones en su jardín.
Miró hacia la casa de su vecina de enfrente y creyó que sus cataratas habían empeorado de un día para otro.
No lograba distinguir qué era lo que yacía acurrucado en una manta en la puerta de la joven camarera que se había transformado en su amiga y confidente, así que se acercó cautelosamente, llamando a la chica por su nombre: - Sue Ann, Sue Ann…
Lo que vio la dejó paralizada de horror y sólo después de varios minutos logró reunir el valor suficiente como para gritar pidiendo auxilio.
En pocos minutos la calle se había llenado de vecinos, policías, carros de bomberos y por supuesto curiosos de toda índole.
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