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Parcialmente Vivo
Maye Malfter
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Capítulo II
John estaba huyendo y lo sabía.
Huyendo de lo que fuera que Sherlock tenía que decirle, huyendo de verdades que no estaba ni remotamente listo para escuchar. Huyendo de la realidad y quizás de alguna clase de explicación. Pero en ese preciso momento no podía importarle menos.
Salió del 221b con el corazón latiéndole a mil por hora y con la vaga idea de querer un trago, pero cuando la fría brisa de la tarde chocó contra su rostro lo que en verdad le provocó fue seguir en movimiento.
Se subió el cierre de la chaqueta a todo lo que daba y volteó las solapas para que protegieran su cuello del frío; se metió las manos en los bolsillos y caminó. Avanzó hasta llegar al final de la cuadra, cruzó un par de esquinas y de inmediato se encontró en el Regent's Park, en el que se adentró sin pensar demasiado hacia donde se dirigía.
Recorrió caminos de piedra y de tierra, pasó al lado de personas tomando el sol y de familias teniendo picnics de media tarde, anduvo sin rumbo fijo por lo que parecieron ser horas, adentrándose más y más en el parque, perdido en sus pensamientos y con la sola meta de alejarse lo más posible de aquel departamento en Baker Street.
Sin percatarse siquiera, se encontró frente a una pequeña laguna, llena de patos, rodeada de césped y vegetación, y con un pequeño puente de madera atravesándola de lado a lado.
John caminó con paso lento hasta llegar a la mitad del puente, se apoyó en la baranda y miró hacia abajo, viendo su reflejo distorsionado en el agua. Se miró a sí mismo por largo rato, observando cada detalle que era capaz de distinguir desde esa distancia, cada línea, cada rasgo, cada característica del conjunto que lo hacía ser lo que era, lo que siempre había sido y lo que siempre sería hasta el día de su muerte.
De un momento a otro, John cerró los ojos, inspirando profundamente mientras trataba de imaginarse cómo sería ver a alguien distinto reflejado en la laguna, con piel y ojos de un color diferente al suyo pero con facciones definitivamente similares a las actuales, alguien sin la necesidad fisiológica de tomar aire o de soltarlo, sin la necesidad de parpadear más que para satisfacer un viejo hábito, sin la necesidad de comer, sin la capacidad de llorar; una sombra de su actual persona, un fantasma, una imitación.
John abrió los ojos de inmediato, sacudiéndose el sentimiento de desesperación que lo invadió a raíz de su pequeño ejercicio mental. Se sostuvo de nuevo de la baranda de madera y volvió a verse a sí mismo en el agua, repitiéndose una y otra vez que todo estaba bien, que estaba vivo y que estaba bien. Al cabo de unos minutos, su pulso y su respiración retomaron su ritmo habitual.
Se quedó en ese lugar por un rato más, contemplando la superficie del agua sin ver realmente, perdido en sus pensamientos. A las siete menos cuarto, cuando una pareja joven se acercó hasta la laguna, John decidió que ya era hora de regresar a casa.
Bajó del puente y retomó el sendero del parque, regresando sobre sus pasos al tiempo que contemplaba la idea de pasarse por algún restaurante para comprar algo de comer.
Estaba decidiendo entre curry o dim sum cuando el vibrar de su teléfono móvil le sacó de sus cavilaciones. Lo extrajo de su bolsillo con parsimonia, sorprendido del remitente, pero no demasiado. Si había una persona que podía arreglárselas para conservar su mismo número de teléfono aún después de morir, ese era Sherlock Holmes.
"¿Ocupado? -SH"
"Dando una vuelta, pero ya voy camino a Baker Street. ¿Necesitabas algo?"
"Lestrade tiene un caso interesante. Dice que quiere que le eche un vistazo a la escena del crimen. -SH"
¿Un caso? Sherlock no llevaba ni doce horas de haber regresado de Norfolk y ya se las había arreglado para volver al ruedo. Si alguna vez John pensó que la nueva condición del detective afectaría en algo su productividad, estaba bastante equivocado.
"¿Cómo supo Lestrade que estabas en Londres?"
Preguntó mientras seguía caminando, intentando hacer memoria de cuándo había sido la última vez que habló con el detective inspector. Fue un par de semanas atrás, en un pub cerca del Scotland Yard. No, definitivamente no había sido John quién le informó del regreso de Sherlock.
"Mycroft. -SH"
Respondió Sherlock casi al instante, y John decidió que en realidad ya no le interesaba tanto saber los detalles.
"Que te diviertas, entonces. Trata de no pelearte con ningún oficial."
"La verdad, me preguntaba si tal vez querrías acompañarme. -SH"
"Si es que aún te interesan esas cosas. -SH"
John dejó de caminar tan pronto leyó el mensaje, como si una fuerza invisible le mantuviera en su sitio. En todo el tiempo que llevaba sabiendo que Sherlock regresaría a casa, nunca, ni una vez, se había permitido a sí mismo pensar que las cosas podían volver a ser como fueran en el pasado, mucho menos imaginarse de nuevo recorriendo las calles de Londres detrás del único detective consultor del mundo. Decir que su cerebro estaba procesando toda la situación como algo sacado de uno de sus tantos sueños era quedarse corto.
"¿Quieres que te acompañe a una escena del crimen?"
"A menos que tengas algo mejor que hacer. -SH"
John miró la pantalla de su teléfono con intensidad, tratando de decidir si lo que estaba a punto de hacer era la mejor idea. No pasó mucho tiempo antes que resolviera mandar todo su sentido común al demonio.
"Llego en diez minutos."
...
Cuando John llegó a Baker Street, Sherlock le estaba esperando frente a la puerta de entrada y tan pronto estuvo ahí, el detective paró un taxi que los llevara a la escena del crimen.
El viaje en auto fue bastante silencioso, con Sherlock seguramente metido ya en su palacio mental y básicamente ignorándole todo el trayecto. Con la luz que proyectaban las farolas en el rostro de su compañero, John pudo notar que Sherlock aún portaba todo su maquillaje cobertor, y que aparentemente había estado trabajando en el detalle de las pestañas, haciendo casi imposible detectar que era un paciente SFP salvo por el nuevo tono de azul de sus ojos.
Después de muchos kilómetros, el taxi les dejó cerca de una calle acordonada, desde donde se podía ver a varios oficiales de policía entrar y salir de una de las casas. La escena le recordó a John aquella primera escena del crimen en Brixton, salvo por el hecho de que no era Sally Donovan la que les recibía en el límite del cordón de seguridad, sino un veinteañero de piel tostada, complexión media y con cara de no haberlos visto a ninguno de los dos en su vida.
—¿Identificaciones? —preguntó, luego de negarle la entrada a Sherlock cuando el detective se disponía a pasar por debajo de la cinta amarilla sin la más mínima ceremonia.
Sherlock lo miró como quien mira una mosca en su sopa.
—Sherlock Holmes y el doctor Watson —dijo hacia el joven, como si dar su nombre fuera suficiente presentación para acceder a una escena del crimen—. Venimos a salvarles el pellejo a los lerdos del Yard… ¡Cómo tú!
—Sherlock… —profirió John a modo de advertencia, pero el detective no le prestó atención.
—¿Nos dejará pasar o seguiremos fingiendo que el Scotland no está lleno de inútiles calienta-sillas?
—¡Oiga! Usted no puede hablar así de-
—Ejem, ejem…
El sonido de alguien aclarándose la garganta les hizo girarse a los tres.
—¡Ah, Lestrade! —exclamó Sherlock hacia el recién llegado, ignorando por completo al joven frente a él—. Veo que cada vez contratan gente más y más incompetente. Habría que hacer algo para remodelar los exámenes de admisión.
—Está bien, ellos vienen conmigo —dijo Lestrade hacia el oficial, que le vio con el gesto un tanto extraño, pero les dejó pasar de igual manera—. John, Sherlock —saludó.
—Greg —ofreció John en respuesta.
—Veo que algunas cosas nunca cambian —comentó Lestrade mientras les guiaba hacia adentro de la casa.
—En cambio otras cambian de maneras insospechadas, ¿no es así, detective? —intervino Sherlock, situándose a su lado—. ¿Cómo está mi hermano, por cierto?
Greg se detuvo en seco frente a una nueva puerta acordonada, parpadeando y abriendo la boca como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras. El gesto mortificado de Greg y la sonrisa petulante de Sherlock fueron suficientes para convencer a John de que en verdad no quería saber los detalles.
—Mycroft… Ehm... El señor Holmes está… bien, todo bien… ¿Seguimos?
John le lanzó una última mirada Greg —que este ignoró olímpicamente— antes de seguirle hacia adentro de lo que parecía ser un estudio, con superficies de madera y una pared cubierta casi completamente de libros, un ventanal al fondo, una chimenea a un lado y un escritorio de caoba al otro. Y en el piso, tendido sobre un charco de lo que parecía ser su propia sangre y contenidos estomacales, estaba un hombre vestido de traje.
—Robert Burke, treinta y cinco, casado. Propietario de Tech's International, una de las compañías distribuidoras de electrónicos más grandes de este lado del Támesis. Su esposa lo encontró así hace un par de horas y llamó a emergencias.
Mientras Greg describía los detalles, Sherlock se había colocado unos guantes desechables y daba vueltas alrededor del cuerpo de Burke, empleando su característica lupa de bolsillo. El detective se agachaba en un latido y se levantaba al siguiente, acercándose y alejándose, rodeando el cadáver una y otra vez. La escena volviéndose bastante conocida para John, haciéndole recordar tiempos anteriores, vidas anteriores.
Sherlock terminó su inspección tan repentinamente como la había iniciado, haciendo una señal a John para que procediera, lo que John hizo casi sin pestañear. Era raro eso de estar de nuevo resolviendo casos juntos, luego del suicidio de uno de ellos y de casi dos años completos de separación. Aunque, honestamente, John prefería tampoco pensar en eso de momento.
—Asfixia por bronco-aspiración —dijo, luego de terminar su examen del cuerpo—, a causa de la ingesta de un potente abrasivo. A juzgar por el olor, yo apostaría por hipoclorito de sodio, mucho hipoclorito de sodio.
Lestrade arrugó el rostro.
—¡Agh! Ingesta de cloro —exclamó—. Eso explicaría la copa rota que encontramos cerca de su cuerpo —al escuchar eso, Sherlock cambió la trayectoria de su mirada del cadáver al detective inspector—. ¿Alguna otra cosa?
—La muerte súbita me hace difícil determinar el tiempo —continuó John—, pero yo diría que está entre tres y cuatro horas. ¿Dijiste que la esposa llamó a emergencias hace dos?
—Sí —confirmó Greg—. Linda Burke dice que estuvo en un evento de caridad desde esta mañana, que se fue antes de que terminara porque necesitaba hacer otras cosas y que luego vino a casa. Uno de mis hombres confirmó su historia y es cierto que asistió al evento, pero no tiene coartada para las horas entre las cuales murió el señor Burke.
—Voy a necesitar la copa y parte del contenido estomacal para analizar el abrasivo y determinar su procedencia exacta —declaró el consultor, quitándose los guantes desechables y extrayendo su nuevo móvil de uno de los bolsillos del abrigo. Comenzó a teclear rápidamente mientras hablaba—. Te convendría confiscar cualquier químico a base de cloro que consigas en la casa y registrar los alrededores. También necesitaré muestras de lo que consigas. ¿Revisaron la copa en busca de huellas? —preguntó al final, guardando de nuevo su teléfono.
—Por supuesto que sí, ¿por quién me tomas? —respondió Lestrade, aunque no se le notaba ofendido—. Varias huellas, todas de Burke. Todo parece indicar que fue suicidio.
—¿«Parece»? —preguntó Sherlock, alzando una ceja.
—Pues sí. La copa, las huellas, el hecho de que aparentemente estaba solo en la casa y esto de aquí.
Lestrade se rebuscó en los bolsillos de la chaqueta y extrajo una bolsa de evidencia que le pasó a Sherlock. La bolsa contenía parte de una hoja de papel con algo escrito a mano en tinta negra y el detective consultor lo miró por un instante antes de pasársela a John. El doctor la leyó:
Muchos serán limpios, y emblanquecidos, y purificados; más los impíos obrarán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero entenderán los entendidos. Daniel 12:10
—¿La Biblia? —preguntó, sintiéndose cada vez más confundido.
—Antiguo Testamento —respondió Sherlock casi sin pensar, volviéndose inmediatamente hacia Lestrade—. ¿Pero...?
—¿Pero? —repitió este, mirándole de vuelta. El detective consultor rodó los ojos.
—Tú no crees que sea un suicidio, ¿o sí? De creerlo, no me habrías llamado.
—Ah, sí… —Reconoció Greg, encogiéndose de hombros—. Según la esposa, Robert Burke era ateo.
...
Hacía ya un par de horas que estaban en el laboratorio del Barts, Sherlock analizando las muestras que Lestrade le había suministrado y John revisando las fotos de la escena del crimen en busca de detalles fuera de lugar que hubieran podido pasar por alto.
Hasta ese momento, ninguno de los abrasivos encontrados por la gente del Yard coincidía con el tipo de hipoclorito ingerido por la víctima, dejándoles en un callejón sin salida hasta tener más con qué trabajar.
El detective se acomodó sobre el microscopio por enésima vez, rebuscando entre la muestra de turno algún indicio que le guiara por el camino correcto, pero no consiguió nada más que lo que ya sabía: Burke había ingerido una solución concentrada de hipoclorito de sodio, en cantidad suficiente para causarle la muerte, mientras que cada uno de los productos encontrados en su casa y alrededores eran soluciones acuosas al 2 y 2,5%.
Alejó el rostro del microscopio y se enderezó, parpadeando varias veces de manera exagerada y enjugándose los ojos con las yemas de los dedos, en un inútil intento por mejorar su visión a través de los lentes de contacto. Hubiera preferido trabajar sin ellos, pero estaba bastante consciente de que su apariencia «normal» producto del maquillaje y las lentillas era lo que le había permitido desenvolverse sin demasiados inconvenientes tanto en la escena del crimen como en las instalaciones del St. Bartholomew. Así que le tocaba acostumbrarse a utilizar todo el combo de ahora en adelante, tanto por el bien del Trabajo como por otras razones en las cuales no deseaba pensar de momento.
—¿Estás bien? —preguntó John, mirándole desde su asiento al otro lado del mesón. Sherlock alzó la vista hacia él—. Siempre podemos volver a Baker Street y esperar noticias, si es que quieres descansar un poco —sugirió.
—¿De qué hablas? Yo no estoy cansado —refutó el detective, John se limitó a alzar ambas cejas y a dedicarle una mirada suspicaz—. Ah, ¿lo dices por esto? —preguntó, señalando sus ojos—. No es que esté cansado —aseguró—, es sólo que todavía no me acostumbro a utilizar estas benditas lentillas que aparte de que me hacen lucir ridículo no me dejan ver del todo bien. Cuando estaba vivo tampoco era muy adepto a utilizar-
Sherlock se detuvo antes de terminar su oración, consciente del cambio en el ambiente. Algo había sucedido con John debido a sus palabras, y aunque fue cosa de un instante, para él no pasó desapercibido.
El habitual gesto afable en el rostro del otro se convirtió en una máscara de rigidez, seguido de inconfundibles signos de tensión en su cuello y hombros, y de una gran incomodidad reflejada en su lenguaje corporal.
—¿Me necesitas aquí o puedo irme? —dijo John de repente—. Ha sido un día largo y a mí sí que me gustaría ir a descansar.
La pregunta tomó al detective por sorpresa, así como lo demás. Era evidente que John estaba agotado, se le notaba en la pierna derecha y en el leve enrojecimiento de sus ojos, pero en veces anteriores eso jamás mermó sus ganas de acompañar a Sherlock el mayor tiempo posible. Entonces, ¿por qué ahora era diferente?
—De momento no hay nada con qué seguir —dijo por fin—. Habría que esperar los resultados de la autopsia y del peritaje caligráfico, lo que conociendo al equipo de Lestrade, tomará toda la noche.
John sólo le observaba con esa expresión indescifrable en el rostro, la misma de esa tarde frente a la chimenea. Nostalgia. Aprensión... ¿Miedo? Sí, definitivamente era miedo lo que asomaba en esa mirada, pero, ¿miedo de qué? O mejor dicho, ¿de quién?
Oh.
—John, yo-
—Creo que será mejor que me vaya —le interrumpió el doctor de forma un tanto brusca, al tiempo que tomaba su chaqueta y se dirigía a la salida—. De todas maneras nunca soy de mucha utilidad, ¿cierto? Nos vemos.
Y sin darle oportunidad de decir otra palabra, John salió por la puerta del laboratorio.
Sherlock se quedó mirando el lugar por donde John había desaparecido, tratando de encontrar una explicación para el comportamiento de su compañero de habitación, o mejor dicho, tratando de encontrar otra explicación que no fuera a la que su cerebro había llegado sin demasiado esfuerzo.
John le estaba evitando y eso quedaba bastante claro. Tanto a él como a su nueva «condición», como Mycroft tan poéticamente denominaba a su actual estatus de no-muerto. La simple mención de algo relacionado con su muerte ocasionaba en el médico un inmediato reflejo de huida, mucho más si Sherlock demostraba intenciones de querer hablar acerca de ello.
Honestamente, el detective no estaba sorprendido en lo absoluto por la reacción de John ante todo el asunto, mucho menos considerando que no llevaban ni doce horas de haberse reencontrado después de dos años de separación.
Sin embargo, y aunque le costara admitirlo, Sherlock se había permitido guardar la pequeña esperanza de que las cosas no serían tan diferentes a como fueran en el pasado, con ellos volviendo a las andadas y compenetrándose a la perfección como siempre había sido.
Luego del llamado de Lestrade y de que John accediera a acompañarle, sus patéticas expectativas se habían visto incrementadas exponencialmente, llegando incluso a pensar que tal vez no fuera realmente necesario sacar a colación aquello que había estado a punto de decir frente a la chimenea del 221b, como su hermano tantas veces le había insistido que lo era.
Pero la actitud de John hacía unos momentos evidenciaba todo lo contrario, haciéndole darse de bruces con su nueva realidad. ¿Acaso así serían todas sus interacciones de ahora en adelante? El detective odiaba admitir que quizás Mycroft sí tenía la razón después de todo.
Sherlock por fin apartó la mirada de la salida, no muy contento de quedarse a solas y sin nada que hacer, pero decidido a darle al ex-militar el espacio que necesitaba. Si John se había ido sin él, significaba que quería estar solo; si quería estar solo, probablemente no iría a Baker Street, pero por si las dudas, el detective esperaría un poco antes de regresar a casa. Eso, se dijo, era lo menos que podía hacer por su amigo, sobre todo considerando el hecho de que John tan amablemente había aceptado la re-imposición de la presencia de Sherlock en su vida después de tanto tiempo de ausencia.
De repente, volver a analizar las muestras de hipoclorito para asegurarse de que ninguna coincidía con la ingerida por Burke no le pareció tan mala idea.
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