2 – La visitante
El joven Drake Enteric llevaba unos cuantos años trabajando en los bajos fondos de Frank y, por primera vez, se sentía realmente satisfecho del trabajo realizado y de la situación del intestino delgado. Si bien era cierto que en aquellas fechas tan señaladas había muchos más envíos de grasas a los barrios de adipocitos, especialmente a aquellos localizados en los michelines, que durante el resto del año, esta vez parecía que Frank había aprendido medianamente la lección. Aunque la prueba de fuego iba a llegar al día siguiente.
Drake suspiró. Los carteles de anuncio –o advertencia de desastre, según se mirase- de que la Navidad se acercaba solían aparecer relativamente tarde… hasta ese año; en el cual, Colónico había optado por empezar a avisar con casi un mes y medio de antelación. De hecho, el ambiente por una vez había sido casi festivo y no de pánico en todo el cuerpo. Claro que las células que no tenían que trabajar en puestos clave del digestivo podían dedicarse a disfrutar de los excedentes de nutrientes que conllevaban las grandes comilonas invernales.
"A este paso, Frank va a parecer Santa Claus de lo orondo que va a estar", rezongó con cierta alegría inevitable. Las cosas parecían haber mejorado desde el accidente, vaya que sí, aunque hubiese supuesto que aquel mequetrefe segundón de Jones hubiese visto ascender su carrera meteóricamente. Pero Drake prefería centrarse en el presente; aquello era pasado. Miró hacia el río Quimo, que llevaba los alimentos portadores de nutrientes listos para procesar y mandar a los ciudadanos vía torrente sanguíneo y recorría todo el intestino delgado. Por primera vez, parecía oler menos a podredumbre que hacía unos meses.
En ese instante, mientras terminaba de cerrar el almacén dispuesto a tomarse un merecido descanso hasta el día siguiente, cuando el trabajo también sería especialmente duro –las chicas adoraban sus redondeces citoplasmáticas, curtidas por el acarreo constante de cajas de nutrientes-, el joven se detuvo en seco al escuchar un chapoteo tras él. Aquella noche le habían encargado a él terminar el inventario, por lo que se creía prácticamente solo. Así que, con cautela, giró sobre sus talones, intrigado. Pero se echó las manos a la cabeza y corrió hacia la orilla del muelle en cuanto vio una cabellera de color rojo oscuro flotando en el río, a un milímetro escaso de donde él se encontraba. Sin embargo, aquella cabellera tenía algo extraño. No era excesivamente larga, unos tres micrómetros calculados a ojo, pero tenía una extraña consistencia, como si se tratase de filamentos.
Drake abrió mucho los ojos al percatarse de lo que eso podía significar y cogió enseguida su walkie-talkie para advertir a su compañero, que se encontraba un metro de intestino más allá sobre una posible alerta de bacteria. El relevo de vigilancia nocturna debería haber llegado ya y si no, igualmente los responsables de inventario podían echarle una mano llegado el caso. Pero la frase murió en sus labios en cuanto la cabellera rojiza se alzó sobre el Quimo y tres ojos acuosos se clavaron en el responsable de aduana. Drake se quedó clavado en el sitio, mirando embobado como una exótica criatura se aproximaba nadando hasta la orilla y, con un grácil movimiento, se izaba hasta quedar de pie frente a él. Tenía la piel de color anaranjado, los tres ojos de un amarillo dorado muy claro y sus brazos y piernas parecían terminar en algo similar a aletas. Pero Drake apenas prestó atención a esos detalles. Tenía la vista clavada en su rostro, pues estaba seguro de que ninguna de las fulanitas que pateaban el cuerpo de Frank de arriba abajo buscando un poco de amor frívolo podía compararse con aquella diosa. Cuando ella sonrió, sintió que no había visto nada más hermoso en su vida. La extraña criatura se acercó entonces a él con gracia.
-Hola, guapo. ¿Estás solo?
Drake mostró una sonrisa bobalicona.
-Síii, prendaaa –respondió con el mismo tono que si se hubiese bebido varios mililitros de etanol seguidos. Un truco que solía darle resultado con otras mujeres con las que había estado y, hasta la fecha, había resultado infalible.
Sin embargo, ella sonrió entonces con una mueca atractiva pero ciertamente cruel que Drake no pudo procesar antes de que una de las aletas de la criatura, se introdujese en su abdomen y extrajera su núcleo de un tirón. Drake boqueó y se llevó las manos al agujero, pugnando por cerrarlo si éxito, mientras su citoplasma parecía derramarse a su alrededor sin remedio. Lentamente, sintió cómo su membrana plasmática se arrugaba y su conciencia desaparecía, pero no podía gritar. No recordaba cómo se hacía.
Cuando a sus pies solo quedaba una enorme carcasa retorcida esparcida sobre un charco de color gris verdoso, la recién llegada soltó una risita y cogió algo del bolsillo de lo que antes había sido un pantalón de uniforme de trabajo. Las diminutas esferas que constituían la pequeña llave de color negro satinado del almacén relumbraron casi tanto como su sonrisa satisfecha en cuanto la levantó frente a sus ojos.
-Ya eres mía, preciosa.
