Disclaimer: Magic Knight Rayearth no me pertenecen y son de Clamp.

Pero hace unos días, una hermosa rubia de ojos verdes cabello corto vino a mi casa, me trajo pizza y se sentó muy sonriente en mi mesa. —Entonces qué —me dijo Fuu Hououji— ¿escribimos esta historia sí o no?


Capítulo 2:
La delgada línea entre la tarde y la noche

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10

Fujio llegó un día al hospital donde yo trabajaba acompañado de otros chicos practicantes de Medicina. Desde el primer día que lo vi, me hice adicta a él. Brazos musculosos y morenos. Cabellera verde. Piel bronceada de 21 años de edad. Inmaduro e infantil... el patrón que yo perseguía, inconscientemente, pese a mis treinta y tantos años.

La primera vez que lo vi, él estaba de espaldas coqueteando con la recepcionista del hospital. Creo que le contaba un chiste, o no sé que era, que la mujer estaba destornillada de la risa y trataba de pararle los senos lo más que podía. Lo miré por varios segundos… pincipalmente por sus cabellos olivos y la forma gallarda en que se apoyaba sobre el mostrador. Creo que no ocupo ni mencionar a quién me recordó.

Cuando volteó a verme, me sonrió con esa risa extravagante. Si Fujio hubiese tenido los ojos color ámbar, mi corazón hubiera estallado en ese momento. Pero no. Sus ojos eran de un sensual violeta.

—Permítame presentarme mi querida Doctora Hououji —se giró hacia mi, me devoró con la mirada y tomó mi mano derecha para darle un húmedo beso. La recepcionista reía a más no poder—. Me han dicho Doctora Anaís que usted es… estricta, que ningún paciente se le ha muerto y que es tan bella que es imposible no voltear a verla más de 100 veces.

—Ja,ja,ja —la máscara de doctora exigente se me cayó, y hasta una bolita de enfermeras comenzaron a cuchichear.

—¿Y tu eres…? —quise recobrar la calma, o tomar mi papel de jefa.

—Yo soy Fujio, desde ya, su principal admirador —dijo arrogante y coqueto.

Que manera de seducirme, de hacerme sonrojar... y bastó un mes para que me enamorara.

Él venía de la pequeña ciudad de Kōbe a Tokio para estudiar Medicina. Y claro, yo ni tarde ni perezosa le dije que podía quedarse a vivir conmigo en mi departamento.

Las idioteces que hace uno cuando está enfermo de soledad...

No sé si había adoptado a un hijo, o contratado a un gigoló; lo cierto es que cada día que pasaba lo amaba más, pese a que mi bolsillo lo estaba resintiendo: "Anaís, ¿porqué no has comprado las cervezas?". "Anaís, ¿no piensas ir al mandado?"... "Anaís me traes un rastrillo... un chocolate... una revista... un pantalón nuevo... el celular que tanto quiero...".

A veces, cuando lo miraba tendido en la cama o caminando descarado por la casa semidesnudo, me recordaba a "ese otro", ese que podría estar haciendo exactamente lo mismo que yo, pero con aldeanas o princesas, y pensaba con ternura: "A estas alturas ya ha de ser Rey... o quizás ya esté casado".

Y por fin ese "quizás" ya no dolía. Me parecía increíble que fuera tan feliz y que Fujio hubiera logrado borrar todo recuerdo de Paris. Lo reemplazó por completo. Y como creí que éramos una pareja "sólida", empecé a ignorar ciertas situaciones...

A veces lo sorprendía hablando a escondidas por celular en los baños del hospital; nunca me quería hablar de su familia, en ocasiones llegaba tarde, que por la tarea de la universidad… Empecé a ignorar el hecho de que Blanca, mi mejor y querida amiga de ese entonces en el Hospital, me hacía muchas preguntas insistentes sobre él y nuestra intimidad. Y en ocasiones los sorprendía a los dos mirándose insistivamente, pero rápidamente me obligaba a creer que era una mirada natural de amigos.

Ya ni hablar de cuando yo caminaba por los pasillos del hospital, y las enfermeras y doctoras reían y cuchicheaban algo a mis espaldas. Y absurdamente creía que se burlaban de nosotros por la diferencia de edad.

Después supe porqué.

En vacaciones de verano de la escuela, Fujio se despidió de mí diciéndome que su mamá estaba muy enferma y que tenía que viajar a Kōbe. Lo noté alterado y nervioso, y me imaginé que era por la enfermedad que padecía la señora, que ya ni me acuerdo cómo se llamaba. Después de pagarle el boleto de avión, me prometió en el aeropuerto que me hablaría por teléfono y se despidió de mi con un tierno beso.

Pero nunca llamó. A la semana, muerta de ansiedad, decidí marcarle yo pero jamás contestó. Todo se reveló al día siguiente, cuando me avisaron que en la sala de espera, me buscaba una joven de Kōbe. Bajé rápido hasta el primer piso pensando que era la hermana de Fujio o alguna prima.

En efecto, estaba una joven. Pero no era ni su hermana ni su prima. Era su prometida. Antes de que yo le preguntara quién era y a qué se debía su visita, me dio una cachetada borrándome de inmediato la sonrisa, y después de las greñas me bajó hasta el piso trapeándolo conmigo por largos minutos, hasta que entre dos enfermeros pudieron quitármela a duras penas.

Solo oía gritos, groserías y risas. Y el crujir de mi lentes quebrados en el piso. No tuve tiempo ni ganas de defenderme. Cuando pudieron quitármela y levantarme del suelo, quise mirarla de frente. Yo ya estaba sangrando de la nariz o el labio, no sé, y ella estaba enrojecida de rabia, me gritoneó su nombre acompañado de una palabra vulgar, y luego me restregó el anillo de compromiso que brillaba soberbio en el cuarto dedo de su mano.

Antes de irse, quiso darme otra cachetada y al ser detenida por los mismos enfermeros, prefirió lagarse.

Lo último que vi de ella fue el misterioso "gracias" que le dio a Blanca, y mi "amiga" sin poder sostenerme la mirada, salió en ese momento de la sala de espera, que estaba por cierto a reventar de pacientes y familiares.

Nunca más supe de Fujio. Solo supe que mi autoestima había quedado ahí, trapeada en el piso del Hospital para siempre, y que nunca más volvería a confiar en ningun otro hombre. Nunca más.

Ni siquiera regresó al departamento por sus últimas cosas. Le junté todo en una maleta pensando que regresaría por ella y así poder agarrarlo a bofetadas para sacar todo el odio que traía.

Al mes comprendí definitivamente que ya no volvería y abrí de nuevo la valija, su ropa más fina la regalé a una señora que vendía ropa de segunda, y con sus finos calzones Calvin Klein hice trapos magiteles para limpiar los muebles de la casa.

A Blanca, mi querida Blanca... nunca más le dirigí la palabra. Al tiempo me enteré que la pasaban tan tan bien a mis espaldas; y que según las propias palabras de Fujio, la prefería a ella porque tenía mejores senos y era más "apasionada". Con el dinero que yo le daba a él, se iban a escondidas a comer o cenar juntos, y pagaban el motel.

La tuvieron que cambiar de turno porque le advertí al jefe que iba a matarla.

Todas las noches, cuando llegaba cansada del trabajo, me tomaba litros y litros de te y soda, me sentaba en el sillón casi a oscuras, y escendía la televisión para no verla ni escucharla. No hacía nada mas que recordar, recordar, y desquitarme conmigo misma la verguenza y rabia que no hallaba como sacarla.

Me prometí entonces un remedio a este mal: Poco a poco sacaría al amor y a los hombres de mi vida; después poco a poco iría sacando a la familia, otro nido de traiciones. Y por último sacaría a la amistad. Evitaría sus lazos. Ni una amiga más. Ni una mejor amiga más. Todas podían ser sospechosas.

Y así, egoístamente ensimismada, dejé que pasaran tres largos años en la penumbra, sin acordarme siquiera de Lucy y Marina.

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11

"Anaís, no sabes cuánto te he extrañado. Quiero que me perdones por el tiempo perdido. Empecemos desde cero. Te espero hoy a las 18:00 horas, en la Torre de Tokio, no olvido que sigue siendo un lugar muy importante".

Leí como cuatro veces seguidas la pequeña notita que acompañaba al arreglo floral. No traía ni nombre ni dirección de donde venía. ¿Fujio? Sinceramente llegué a creerlo. Pero no era su letra. ¿Paris? Pues menos.

Y cuando iba en el camino, noté cierta caligrafía china en la nota.

—Es... es Lucy...

No sé en cuanto tiempo logré subir la Torre, yo quería volar para llegar pronto. Entonces en medio del gentío logré reconocerla a lo lejos, logré verla, frente al iluminado ventanal... después de 5, 6, 7 años...

Estaba de espaldas buscando emocionada una moneda en su bolso, porque se le había terminado el tiempo del telescopio del mirador.

Algunas cosas nunca cambian...

Ya con lágrimas en los ojos me acerqué lentamente a ella y el mirador.

—Toma, puedes usar estas monedas, ha sido un placer observarte, ahora quiero que sigas divirtiéndote; no me debes nada... —dije burlona con una sonrisa cargada de nostalgia.

Y cuando me miró sentimos en el pecho un jalón que nos retrocedió a 21 años atrás. Sus bellos ojos marrones rojizos me miraron tan cálidamente, que no necesitamos palabras, y en ese momento las dos llorando nos abrazamos.

Entrecortadamente ella decía mi nombre y yo el suyo, y después nos separamos para vernos de arriba a abajo. Estaba bellísima, el cabello rojizo suelto, ahora alaciado y unos jeans que resaltaban sus curvas. Que lindo cutis, pensé, y seguía igual de "traga años", porque continuaba viéndose más joven de lo que era.

Quise entonces que no me mirara: una blusa de un color, con un pantalón de otro, había vuelto a los lentes, el mismo peinado insulso. Unos aretes que nada tenían que ver con mis ropas, y una pulsera de cuentas viejas pasadísimo de moda. Aunque Lucy no lo pudiera saber, tenía año y medio que no me depilaba.

Cuando Fujio se fue, se había robado también mi vanidad.

—Anaís, las he extrañado tanto, tanto... ¿sabes que me regresé a vivir a Japón? —me dijo sin soltar aún mis manos.

— ¡Oh Lucy!, ¿De verdad?

—Así es, tengo como dos semanas apenas . Encontré un buen trabajo en Tokio, bueno mas bien... ¡ya tengo mi propia veterinaria! —dijo con tremenda sonrisa, bastante feliz.

—¡Lucy, felicidades!

—¿Y como has estado tú Anaís?

—Ahh.. pues, todo normal, tranquilo... —no se lo creyó—, pero dime, ¿vendrá Marina verdad? No puede faltar y...

Un alboroto de japoneses y extranjeros nos interrumpió, alguien por ahí dijo : —"Wow, que bonita es esa mujer, parece modelo y actriz"...

Y claro, era ella, tenía que ser ella. La temperamental Marina. De entre cinco guardaespaldas salió casi corriendo hacia nosotras como si fuera una ola embravecida.

Ha sido uno de los días más felices de mi vida. El reencuentro de las Guerreras Mágicas. Lloramos, nos abrazamos, nos pedimos perdones, y la gente nos miraba con curiosidad, ternura o reproche por el escándalo de risas nerviosas, besos babosos en las mejillas y el teatro de lloriqueos que estabamos dando.

Marina era... wow, una DIOSA. Si de adolescente ya destacaba por su físico, ahora parecía toda una modelo. Ese día traía el cabello recogido en una coleta alta, el copete había desaparecido y por ello su rostro se apreciaba más. Traía también unos aretes de oro y un vestido floreado, entre azul y morado, que combinaba con su maquillaje artístico.

—Las he extrañado mucho, las he extrañado... tanto... —y se tapó la cara de nuevo para llorar, por mucho que quisiera aparentar serenidad como las mujeres de su alcurnia.

—Ah Marina... ja,ja,ja, no llores más —le dijo Lucy volviéndola a abrazar.

Después en silencio observamos por largo rato el ventanal de la Torre de Tokio.

—¿Qué será de Céfiro? —preguntó al fin Lucy, intencionalmente para romper el tema tabú que nos perseguía desde la Preparatoria.

Incluso Marina y yo dimos un respingo al oir la palabra "Céfiro".

Y se rompió el hielo.

Comenzamos a hablar fluído de aquel Mundo Mágico como corre el agua en un arroyo. Lucy fue la primera en agarrarse hable y hable y hable de Lantis como si hablara de cualquier otro viejo amigo; después yo de Paris, luego Marina de Gurú Clef y Ascot, y de lo confundida que estuvo por los dos magos.

Nos sorprendimos de la naturalidad y la felicidad con la que lo hacíamos. Recordamos también a Caldina, Presea, Ráfaga, Autosam, Cizeta, Fharem... sin importarnos siquiera que alguien pudiera escucharnos, o que los gorilas de Marina nos tacharan de locas.

Entonces hicimos un nuevo pacto, prometimos vernos más seguido. Cada sábado o domingo. La escuela ya no sería ningún impedimento, dijo Marina, ya éramos dueñas de nuestros horarios.

¿Pero porqué Dios mío hasta ese momento nos reuniste? ¿Porqué cuando ya era demasiado tarde...?

Mientras estábamos tomadas de las manos, en pleno juramento, sentí que mi mano derecha, con la que sostenía la de Marina, comenzaba a temblar violentamente.

Ahora de vieja sigo recordando ese día y me entra el mismo escalofrío. Una Marina cayendo al piso con el cuerpo flácido. Una Marina con los ojos volteados, en blanco. Dando espasmos violentos, neuronas distorcionando su realidad. Una Marina totalmente ida, mientras Lucy gritaba espantada, los gorilas guardaespaldas llamando a una ambulancia y yo dándole primeros auxilios, pero con el corazón paralizado.

¿Dios estas seguro que así tenían que ser las cosas? Porque esa no podía ser mi Marina. No la que estaba en el piso soltando extraños ronquidos, y con sus células y neuronas volando de un lado a otro adentro de su cabeza.

Creo que le metimos algo en la boca para que no se mordiera la lengua, pero yo incluso en ese momento fantaseaba que me escupía el trapo, y que se reía a carcajadas porque todo era una cruel broma.

No sé en que momento llegó la ambulancia, pero sin darnos cuenta ya estábamos adentro de ella y nos llevaba al hospital.

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12

—Tumor cerebral —confesó Marina, sin ninguna emoción en el rostro mas que resignación.

Algo susurró Lucy, creo que un "no por favor", o un "no puede ser", y se acercó a su cama para abrazarla con mucha fuerza.

Amí se me murió la lengua, no supe que decirle... ni qué sentimiento comenzar a sentir primero, solo adiviné que se avecinaban muchos y no muy buenos.

Se adelantó entonces la tristeza, una honda tristeza, compartida con Lucy y Marina. De esas tristezas y angustias que nunca se borran, solo se aprende a vivir con ellas.

—¿No lo parece verdad? —agregó Marina como dándo a entender que ni la enfermedad opacaba su buen físico—, pago buenos tratamientos desde hace bastante tiempo... pero ya nada me hace.

Supe a qué se refería. Fue entonces cuando decidí acercarme, le apreté la mano y nos miramos fijamente a los ojos.

—Nunca te lo dije Marina, nunca —por fin le confesé—, por rencor o estupidés, o por lo que tu quieras... pero no sabes cuánto te amo, cuanto te quiero, y como extrañé tu risa, tu perfume y tus rabietas en todos estos años.

¿Porqué tuvo que ser así? ¿Porqué maldita sea se lo dije hasta ese momento?

Lucy también comenzó a llorar y le confesó que la amaba, que no la dejaríamos nunca más, y que a partir de ese momento íbamos a recuperar el tiempo perdido.

Se quedó dormida en el cuarto del hospital, y Lucy y yo nos retiramos hasta el último minuto de la hora de visitas prometiendo que mañana regresaríamos.

Que emoción encontrarnos a los señores Ryuusaki. El papá de Marina parecía enfermo y cansado. Ahí estaba también la señora Ryuusaki, que pese a sus 60 años de vida no se le miraba ni una sola cana. Caminaba erguida, con sus dedos y muñecas enjoyadas, de pantalón de mezclilla y una blusa negra ceñida al cuerpo que le quedaban mejor que a mí.

Sin embargo, sus ojos estaban tristes, llorosos, y dormía en cualquier silla de la sala de espera, víctima de las desveladas.

Esa noche Marina tuvo más ataques. En la madrugada tuvo otra convulsión más, y ya no pudo dormir hasta bien entrada la mañana.

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13

¿Porqué no pones tu propio consultorio, Anaís? —me aconsejó Lucy inocentemente por teléfono, cuando nos poníamos de acuerdo para visitar a Marina en el hospital (uno bien fino por cierto).

—No es tan fácil Lucy, y...

¿...Y porqué es tan difícil?

La 'enana' tenía razón. Justamente esa mañana me había peleado con mi jefe porque no quería que otro doctor me cubriera las vacaciones que desde hacía 3 años me debían. Ya ni casos pendientes tenía, todos mis pacientes estaban dados de alta, o curados perfectamente. También acaba de finalizar mi última gira de conferencias.

Y había otra razón más: Los pasillos del hospital me seguían recordando vergonzosamente a Fujio. Y cuando no eran los pasillos, era el propio personal del hospital, que de vez en cuando rememoraban aquella "anécdota" de cuando se desgreñaron a la Doctora Hououji.

Necesitaba otro ambiente, y Marina necesitaba nuestro apoyo y cariño, incluso podía ayudar a tratarla.

—Sabes qué Lucy... lo pensaré muy seriamente.

Cuando llegamos al Hospital de Marina, la alistamos para salir a pasear por los jardines del sanatorio. Que hermoso estaba. Acababa de llover y aún había charcos aquí y allá entre el pasto y las flores, y el olor a tierra mojada era delicioso y penetrante.

Las nubes todavía cargadas de agua parecían una pintura al óleo, y en vez de jardín de hospital parecía un campo abierto.

Así de caro cobraba.

Entonces Marina, sentada en la silla de ruedas, se puso su máscara de esgrima, tomó su espada, y retó a Lucy a un buen duelo. De nuevo ahí estaban, la guerrera de Kendo contra la elegante esgrimista. Obvio Lucy se hizo la que perdía.

Mientras las veía peleando a carcajadas bajo la mirada de ternura de las enfermeras del lugar, yo me senté en el pasto húmedo a leer un libro de medicina, aunque no pasaba de la misma hoja.

Y ahí estábamos otra vez. En aquella tarde maravillosa recordando y viviendo al mismo tiempo. Escuchando la música que oíamos cuando éramos adolescentes. También vimos unos álbumes de fotografías que llevó Lucy, y nos reímos de las modas ya pasadas y viejitas.

Y claro, hablamos también largo y tendido de Céfiro.

Nos hicimos muchas confesiones, como yo, que les hablé de Fujio; Lucy nos contó de un ex novio que había querido mucho pero se separaron por "diferencias irreconciliables". Se hace tonta, bien que lo dejó porque ya estaba aburrida de él y quería regresarse a Japón.

Marina nos reveló sobre aquel sujeto que era casado, igualitito a Clef, que la enamoró con todo y el permiso de la esposa, para que los dos pudieran sacarle millones y millones con firmas falsas. Esposos y estafadores para que me entiendan. Ahora traía un pretendiente nuevo, éste igualitito a Ascot, pero que no lo amaba, solo se dejaba ser mimada por él. Algunas cosas no cambian, repito.

Y descubrimos que durante muchos años nos habíamos necesitado una de la otra.

—Ah maldita vida cotidiana —dijo Marina como siempre malhablada—, se salió con la suya...

—No digas así Marina —dijo Lucy— ahora estamos aquí las tres juntas.

Y ahí estábamos las tres juntas, felices de ser las Guerreras Mágicas.

Al día siguiente repetimos la tarde agradable, y la siguiente de ese día, y la que seguía... y así, ininterrumpidamente por dos largas semanas.

El último viernes de aquel mes, ya de noche, nos despedimos de Marina en el hospital, y cuando cruzábamos la calle para subir a nuestros coches, Lucy y yo sentimos una extraña punzada en el pecho que nos dejó paralizadas bajo el semáforo. Sin decir nada, nos dimos un abrazo y comenzamos a llorar. Marina acababa de irse de este mundo.

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14

El cerebro es muy poderoso. Se inventa muchos mecanismos de defensa para reducir el estrés y el dolor. Quizás por eso tengo pocos recuerdos nítidos de aquel día.

Solo tengo visiones borrosas de una abatida Lucy obligándose a ser la más fuerte del entierro; flores por doquier, llantos de distintos ecos; los señores Ryuusaki desconsolados; un pretendiente con el corazón mutilado. Una hilera de familiares y socios relambiéndose la herencia, y otra hilera más de amigas sinceras de Marina que, al igual que Lucy y yo, aún estaban desconcertadas, desmoralizadas.

Creo que más que tristes, Lucy y yo nos sentíamos exactamente así, desmoralizadas.

Porque la leyenda de las Guerreras Mágicas no acabó cuando Lantis dijo que así lo haría, ni cuando derrotamos a Deboner, ni cuando liberamos el sistema del Pilar.

La leyenda de las Guerreras Mágicas acabó cuando Marina se fue.

Y conforme avanzaba el auto y se alejaba del cementerio, una parte de mi alma se quedaba allá, entre la tierra, los cuerpos ya hechos polvos, la quietud del silencio, y los fantasmas.

Y los días comenzaron a hacerse opacos, como en blanco y negro; no había color, ni olor, ni tacto, ni gusto... solo una congoja y un extraño hoyo en medio del pecho. Todo era simplemente blanco y negro.

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15

Entonces Lucy y yo nos hicimos inseparables. Aunque al principio se me hizo bien difícil, ella me ayudó a que poco a poco volviera a confiar en la amistad y la gente.

Un mes después del adiós de Marina, fue mi cumpleaños número 35.

—... osea, una 'Solterona' ya oficialmente.

—¡Oh tonta!, no lo digas así —me reclamó Lucy—, recuerda que estás, y ESTAMOS aún jóvenes, qué te pasa —recalcó entre risas.

—Es cierto, disculpa, ¿querrá "Puchi" otro pedazo de pastel?

—Claro, es un perrito muy bueno...

Creo que nunca había tenido un cumpleaños tan loco. Bueno, de entrada tener una fiesta de cumpleaños adentro de una veterinaria ya es de por sí algo loco. Comí pastel y pizza con Lucy... y con sus cuatro perros, dos gatos, tres Hamsters, una culebra y no me acuerdo cuántos pajarillos.

Mientras comíamos, la pelirroja me señaló el local en renta que estaba enfrente de su veterinaria.

—Mira Anaís, te está "esperando" —dijo como haciendo mención a la sugerencia de que abriera mi propio consultorio.

—Ehm, no sé.

—Claro que sabes, imagínate, podremos vernos casi todo el día, yo curaría animales y tú humanos.

La verdad es que empezaba a convencerme. Mastiqué la idea todavía de camino a casa, y no dejé de pensar en ella cuando me aplasté en el sillón de la sala.

Lo mejor de todo es que estaríamos cerca Lucy y yo. Si tan solo Marina estuviera aquí, con su risa escandalosa y sus arranques de atrabancada...

—Si tan solo ella estuviera aquí... —repetí en voz alta aguantándome las lágrimas—, si tan solo hubiéramos regresado... a Céfiro...

Claro, increíblemente ahí estaba todavía la piedrita que raspaba las paredes del corazón, después de 21 años.

Hasta ese momento comprendí que en el fondo odiaba a la Princesa Esmeralda. La odiaba. Por culpa de ella conocimos lo que era extrañar a horrores, a distancias galácticas. Por culpa de ella conocimos lo que era amar a lo lejano. Y lo que tuvimos a la mano, compararlo una y otra vez con aquellos tres imposibles. Por eso nada salía bien.

—Yo no pedí ser Guerrera Mágica... ¡yo NO lo pedí!...—grité de repente— ¡Porqué demonios me convocaste, si yo no te lo pedí!...

Comenzó a caer un aguacero, y empecé a llorar también como las nubes, hasta que exhausta me tiré en todo el sofá, y a la media hora ya estaba dormida.

Fue entonces cuando tuve ese sueño... el sueño que me transportó de nuevo a Céfiro...

Continuará.


Gracias por leer... me alegro de regresar a FF . net y ver nuevas historias, sigamos amando a MKR!

Saludos.