(Jaime)

Curiosamente, durmió sin sueños aquella noche. Y despertó casi contento. Hasta que recordó donde estaba y todo lo que habia pasado los últimos 4 meses. La angustia le rozó el pecho, pero se rehusó a dejarle entrar. Puto Aerys, puto Muro. Puto vida. Un día gris le saludó, invitándole de paso a volver a la cama. Podría ser, pensó con una sonrisa de lado, carente de verdadera alegría. Podría fingirse enfermo, después de todo, los simios que terminaban aquí ni siquiera se darían cuentan. Le tomo unos segundos decidir que lo haría. Miró por la ventana y se acostó, maldiciendo su suerte.

Para su mayor desagrado, el mismo chico que ayer le tuvo lástima y le ayudó con sus cosas vino a buscarle para entrenar en el patio. Según dijo, acompañando sus palabras con una amplia sonrisa, ya era muy tarde pero que se lo perdonaban por ser su primer día. Jaime le odió ayer, por haberse aprovechado de él en un momento tan desagradable como el vivido. Y hoy le odiaba por verse tan feliz en un lugar tan horrible como en el que se encontraban. De seguro ya encontraría razones para odiarle mañana.

Se dispuso a empezar con su teatro.

—No iré. Estoy muy enfermo—afirmó, tosiendo.

— ¿Ah, sí? —respondió el otro con desenfado-ayer no lo parecías.

—Me he resfriado con este frio de mierda—insistió Jaime—No estoy acostumbrado a él.

—Vamos, y yo que pensaba que hoy tendría la oportunidad de ver luchar al gran Jaime Lannister—le exhortó el chico, burlón.

Eso bastó para sacarle de la cama. Ya tenía demasiado como para que uno de los simios se burlara de él. Pronto sabría quién era él.

—Ah disculpa, soy Mance Rayder. Creo que ayer no me presenté—le dijo, de camino a lo que sea que llamaran patio de entrenamientos y le ofreció la mano.

Jaime le contestó más tarde, cuando le tuvo bajo su espada en tres movimientos y un enojo latente pobló el rostro del otrora amable Mance Rayder, que jadeaba como una mujer después de parir.

—Jaime Lannister, mucho gusto.