Rousse

«Pelirroja»


Madame Maxime le había advertido sobre los peligros de la última prueba. Le dijo que las familias de todos los campeones irían a verlos. Fleur sabe lo que significa: irían a despedirse. Entra a la pequeña habitación detrás de la mesa de Profesores y ve a su madre y a su hermana. Las abraza a ambas y comienzan a hablar en un fluído francés.

Al cabo de unos minutos ve, por encima del hombro de su madre, que llega una señora pelirroja regordeta junto a otro pelirrojo, de melena larga y lacia, que usa pendientes con colmillos. Fleur se percata al instante de con quién están emparentados.


Se acerca hasta el escritorio de su Jefe y deja las carpetas que esa mañana el duende le había solicitado. Se despide con una reverencia, que él replica, y sale de Gringotts. Su jornada laboral había terminado.

Se sienta, como todas las tardes, en su mesa favorita de Florean Fortescue. Está en el segundo piso, al aire libre, y le permite tener una vista completa del Callejón Diagon. Pide un café con tostadas y se lo traen antes de que pueda percatarse. Lo revuelve, distraída, y deja que su vista se pierda por la diagonal.

—Con que no me has esperado —dice una voz en falso tono de reproche frente a ella.

Fleur vuelve la vista y se encuentra con un sonriente Bill Weasley. Él no termina de acomodarse en su asiento cuando la camarera se acerca a preguntarle si tomará «lo de siempre», a lo que Bill asiente.

—Estuve pensando en ir a pasar una temporada con mi familia, ¿sabés? Hace tanto que no comparto un tiempo largo con ellos... primero por Egipto y ahora por vivir solo y esas cosas... —Fleur lo mira a los ojos como si no entendiera el punto de todo aquello. Bill nota su mirada confundida y se decide a ser lo suficientemente explícito como para que no queden dudas—. ¿Querrías venir conmigo? Puede ser sólo por una semana si lo deseás. Me gustaría que te conozcan... aunque les hablé tanto de vos que es como si ya lo hicieran.

Fleur sabe qué es lo correcto: levantarse de aquel lugar y decirle que las cosas entre ambos se salieron de control. Que ella no lo quería, que sólo lo veía como su compañero de trabajo y que no entendía cómo habían llegado a ese punto donde todo el mundo asumía que ellos eran pareja.

Pero, dentro suyo, su parte más oscura sabe que si no es por medio de Bill Weasley no va a tener nunca la oportunidad de volver a verla. Más de un año había pasado desde que el Torneo de los Tres Magos finalizó. Más de un maldito año desde la última vez que la vio... y no podía borrarse su imagen de la cabeza.

Segía un placeg paga mí —escucha que dice su propia voz mientras ella desea que fuese verdad.

Bill sonríe y envuelve con una de sus manos las de Fleur, que yacían en la mesa. Se lleva la otra al bolsillo de la túnica y saca una pequeña caja forrada en terciopelo. La apoya en la mesa y mira a Fleur a los ojos.

—No quiero que conozcas a mi familia como si fueras una persona más. Quiero que sepan que es de verdad, quiero que vayas como mi prometida.

Fleur siente cómo sus ojos se empañan y las lágrimas comienzan a descender a través de sus mejillas. Libera una de sus manos y se enjuga la frustración con su dorso.

Segá un placeg ig como tu pgometida —vuelve a decir su voz y ella desea otra vez que fuese verdad.

Bill se pone de pie y la insta a hacerlo. Fleur se incorpora y él la abraza con toda su fuerza antes de sellar su compromiso con un beso.


Llegan a La Madriguera algunas semanas después usando los polvos flú. Los únicos que parecen aceptar a Fleur son Ron y los gemelos. Bill se percata de las miradas de desprecio de Ginny y su madre, mientras su padre permanece totalmente indiferente.

—¿Dónde va a dormir? —escupe la voz de Ginny, luego de un largo silencio incómodo.

—Con vos, es evidente que no hay otro lugar —dice con pesar la Señora Weasley, como si no deseara semejante tortura para su única hija.

Aunque al principio a Fleur le cuesta aceptarla, termina por resignarse a esa indiferencia habitual que rodeaba siempre a Ginny Weasley, que hace un esfuerzo por irse a dormir cada noche más tarde para evitar cruzarse con ella.

Cuando llega Hermione, la chica de cabello enmarañado, ve cómo la actitud de Ginny cambia completamente. Se ríe, hace chistes y está de ánimo para jugar al Quidditch. Fleur la mira desde la ventana de la habitación que comparten las tres y ve a su cabello de fuego constrastar con el intenso color verde del pasto. Su melena vuela junto a ella sobre la escoba y puede notar ese aire silvestre que sólo Ginny posee, ese aire salvaje que a Fleur tanto le gusta.

A sus espaldas, escucha a la puerta abrirse y el ruido de unos pasos que se dirigen hasta ella. Bill la abraza por detrás y le dice que no se preocupe, que más tarde o más temprano toda su familia la aceptaría. Sin dejar de mirar por la ventana, Fleur sonríe.

La admira por última vez. Al día siguiente, primero de septiembre, Ginny y sus compañeros volverían a Hogwarts.


Harry, Ginny y Ron regresarían a La Madriguera por las vacaciones de Navidad de ese mismo curso. Como era habitual, Harry y Ron compartirían habitación. Como esta vez Hermione no vendría, Ginny tendría que compartir su habitación sólo con...

—¿Fleur? ¿Otra vez? ¿No tenés tu propia casa o cuál es tu problema?

Fleur inhala profundamente y se cuida de mantener la compostura. Ginny atraviesa el umbral con ira y deja que la puerta se cierre detrás de sí.

Paga mí tampoco es un placeg, quegida.

Ginny se quita el suéter con cierta violencia y el movimiento deja al descubierto su blanco vientre desnudo. Fleur aparta la vista voluntariamente y la ve acostarse sin decirle una palabra.

A la mañana siguiente, la de Navidad, Ginny se levanta con una sonrisa radiante y saluda a todo el mundo con un beso y un abrazo afectuosos. A todos... salvo a Fleur, que se convierte en la excepción que confirma la existencia de una —tácita— regla.


Al término de la cena de Navidad, Fleur se despide de todos con un ademán de la mano y sube a la habitación. Ginny retrasa todo lo que puede su partida, pero sin Hermione allí le cuesta mucho mantenerse ocupada. Sube con pesar y cierra la puerta detrás de sí.

Ginevga, ¿podemos hablag? —dice la voz de Fleur en la habitación vacía.

—Oh, ¡qué placeg! ¡Su Majestad conoce mi nombge!

Ginevga, hablo en segio.

La rubia, impasible, tiene la vista puesta en el rostro de la pelirroja. Con los brazos cruzados sobre el pecho, Ginny asiente con expresión seria.

—¿Qué es lo que te molesta de mí?

Esa pregunta descoloca completamente a Ginny, que esperaba algo más combativo de parte de Fleur. Haciendo un esfuerzo para que no se note que aquello la afectó, Ginny se deja caer en su cama y se plantea esa pregunta seriamente por primera vez en su vida.

—No lo sé —dice al fin—. Sólo... no me caés bien.

—¿Y no podés decigme pog qué?

Ginny niega suavemente con la cabeza. Dentro suyo comienza a sentir que quizás esté siendo demasiado dura con una persona que se le presenta desarmada.

—Entiendo —dice Fleur comprensivamente—. Cgeo que tu concepto sobge mí puede seg algo... eggóneo.

—¿Erróneo? —repite Ginny con sorna, recuperando algo de su compostura—. ¿No sos capaz de tolerar el no agradarle a alguien? ¿A todos tenés que gustarle para estar conforme?

—No, a todos no —el tono de voz tajante que Fleur emplea desconcierta a Ginny—. Decime, ¿quién cgeés que soy?

Fleur puede notar que Ginny piensa bien qué responderle. La siente titubear y parece no ponerse de acuerdo consigo misma.

—Una... chica que es lo suficientemente linda como para ser una altanera con el resto del mundo —responde la menor de los Weasleys con todo el desprecio que su voz puede cargar.

—¿Cgeés que soy linda?

El tono de voz de Fleur parece mágicamente encantado para deleitar los oídos de Ginny. Suena tan suave, tan bajo y parece esconder emociones tan grandes a sus espaldas que la pelirroja tiene la necesidad de apartar la vista. Sin embargo, su inconsciente la traiciona y en lugar de ello guía sus ojos cafés directamente a los de Fleur. Aunque su cuerpo permanece inmóvil, Ginny puede sentir a un escalofrío recorrerle la piel en toda su extensión.

—¿También estás sorda? —responde a la ofensiva—. ¡Sos una vanidosa! ¡Una estúpida vanidosa!

—¿Te acogdás del Baile de Navidad del Togneo de los Tges Magos? —pregunta Fleur como si no hubiese oído las palabras de Ginny.

—¿Cuando te burlaste de mi amigo por no saber bailar? ¿Cómo podría olvidarlo? —escupe, presa de la furia.

—No. No me diste la opogtunidad de explicagme. Lo que yo iba a pgeguntagte ega si... bailagías... conmigo.

Fleur usa una voz calma y ve cómo la iracundia parece ir abandonando las facciones de la pelirroja, aunque persiste, sin embargo, en su mirada.

—¿Por qué me decís esto?

Pogque quiego sabeg si lo hagías... ¿bailagías conmigo? —dice Fleur poniéndose en pie con toda su elegancia y alargando una de sus delicadas manos hacia Ginny.

Cuando Fleur posa sus intensos ojos azules sobre los ojos de Ginny, éstos parecen perder la ira que los dominaba. La pelirroja es consciente de que se queda momentáneamente sin habla y sin pensamiento. Lo único que percibe dentro de sí misma es la sensación cálida que la mirada de Fleur le está generando. Dejándose llevar, Ginny alarga su mano de blancura fastuosa hasta rozar la de la rubia con las yemas de sus dedos. Fleur los envuelve suavemente entre los suyos, se inclina hacia delante y posa sus labios en el dorso de la mano de la diosa.

—No tenemos música —dice Ginny desviando la vista hacia un costado, mientras siente cómo el rubor asciende por sus mejillas.

—No se necesita música paga bailag un vals... sólo gitmo.

Fleur rodea la cintura de la pelirroja con delicadeza y comienza a marcar el ritmo con sus movimientos. Un, dos, tres. Ginny se deja llevar. Un, dos, tres. Fleur la hace girar con suavidad y Ginny se convence de que es posible bailar sin música. Un, dos, tres. Ginny termina de girar y sus ojos quedan frente a los de Fleur. Ya no puede evitar mirarla, ya no hay lugar hacia el que apartar la vista. Mira sus ojos tan estúpidamente azules, su estúpido cabello plateado, el estúpido lunar en su mejilla y acepta a duras penas que se ven más bonitos desde cerca.

Ginny ya no puede evitar bajar la vista hasta sus labios. Están entreabiertos y su aliento escapa entre ellos. Se ven tan rosados y apetecibles... Fleur ve cómo la pelirroja la mira y acorta la distancia entre ambas sin llegar a rozarle los labios. Ginny respira sobre los labios de la rubia y levanta el mentón hacia ella. Fleur da el último paso y ambas se encuentran. Se besan con lentitud, atrapándose una en la otra y dejándose escapar. Les gusta el ruido que hacen sus labios al separarse, los unen y desunen, una y otra vez para volver a escucharlo. Ginny espera el momento en el que el sueño finalice o el hechizo se rompa... pero no ocurre. Fleur continúa besándola tranquilamente, como si la estuviera saboreando. Empieza a sentir que no le basta y guía una de las manos de la rubia hacia su espalda. Se deja caer hacia atrás y Fleur cubre con sus tiernos besos su cuello desnudo. Ginny sabe que nunca besar a alguien había resultado tan relajante y piensa que lo único que quiere escuchar en ese momento son sus respiraciones entrecortadas.

Fleur recorre la espalda de Ginny con una de sus manos y sabe que aun cubierta con ese pijama raído que usa para dormir es la mujer más hermosa y elegante que haya visto en su vida. Guía una de sus manos hasta el hombro de Ginny y descubre su piel sólo lo necesario para besarla también ahí.

Ginny se está deshaciendo bajo los labios de su amante. Su roce es sutil, casi accidental, pero sabe a necesidad. Lleva una de sus manos hasta los botones de su propia camisa y se desabrocha el primero de ellos. Fleur la ve y le pregunta, con la mirada, si puede hacerlo ella. Ginny asiente casi imperceptiblemente.

Fleur separa uno, dos, tres botones. La ropa interior de la diosa queda expuesta ante sus ojos. Tiene un sostén de color verde pálido, similar al color de la piel de aquel galés. La rubia desliza sus manos con lentitud hasta rodear cada seno con una de ellas. Las copas rellenan sus palmas y comienza a frotarlas con delicadeza contra los pechos de la pelirroja. La redondez exquisita que yace bajo sus manos le deja ver cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que se la cruzó en aquel pasillo perdido. La naturaleza había cumplido su parte: había dejado atrás la plana figura infantil para desarrollar las curvas que la acompañarían durante toda su adultez.

Femme —le susurra al oído mientras siente que Ginny se afloja un poco más al escuchar su acento francés. Bajo sus manos, puede sentir cómo los pezones de la pelirroja se endurecen a su tacto.

Fleur, la mujer, poco tiene que ver en toda aquella escena. Es la fracción veela, la parte divina, la que está sintiendo cómo el deseo por esa pelirroja es a un tiempo saciado y potenciado dentro de su interior. La suavidad, la delicadeza, forman parte del paisaje aparentemente bello y calmo que las veelas les ofrecen a aquellos que luego terminarán convertidos en sus víctimas. Fleur, la mujer, sabe que en algún momento la cara oscura de esa naturaleza tan temperamental buscará manifestarse, así como sabe que es ella el motor de todo aquello. Es el orgullo herido de su parte divina el que necesita alcanzar el cielo de la mano de esa diosa besada por el fuego.

La veela se inclina hacia los senos de la pelirroja y comienza a explorarlos, primero con sus besos y después con la punta de su lengua, por encima del sostén. Escucha cómo Ginny aguanta la respiración y sonríe, insaciable y satisfecha. Siente cómo Ginny arquea su cuerpo ante su roce y se recorre el labio superior con la lengua, inocente y perversa. Se deshace, finalmente, del sostén y ve sus pezones erectos, que la miran como si fueran ojos. Y es entonces cuando ocurre lo inesperado: la veela se asusta y se hace a un lado. Fleur, la mujer, es obligada a tomar conciencia en la situación. No tarda mucho en entender por qué su fracción divina huyó despavorida. Frente a ella se yerguen —otra vez— los ojos del dragón, los ojos de la bestia. Ya no son cafés, ahora son rosados y un fino vello anaranjado los cubre. Pero la intensidad es la misma. Fleur, la mujer, siente que las piernas le flaquean porque sabe que esa es la confirmación definitiva de que se haya frente a alguien que excede lo natural, frente a una divinidad.

Cuando la fracción mortal es consciente de sus debilidades, la divina es capaz de retomar el control de la situación. Fleur, la veela, besa con avidez los pezones de la pelirroja y sabe que ya no es diosa. No puede serlo o no se estaría dejando tocar por alguien que tiene más de finita que de infinita. La cara oscura de la veela sabe que, con el roce de sus labios, la está eximiendo de su inmortalidad. Sabe que están al mismo nivel. Y sonríe.

La veela se relame los labios con un gozo perverso y se predispone a disfrutar de esa noche como no lo había hecho nunca. Lo que ella ignora, lo que ella no puede saber, es que le tocaría perder el control de la situación más de una vez, en la que debería continuar Fleur, la mujer. El orgullo herido de la veela se entera esa misma noche de que aquella pelirroja, que antes era diosa y ahora se acerca a ser mujer, no sólo la había cautivado a ella. Lo que Fleur, la veela, no sabe es que Ginevra Weasley también cautivó a Fleur, la mujer.

Pero ahora eso a nadie le importa. A la mujer y la diosa se les suma la deidad diabólica y ninguna de ellas siente ya que necesite otro amante.

Y las tres sonríen.