Capítulo 2: Lástima y empatía
Zuko no había dormido bien. En realidad, sentía que no había dormido nada. La plaza del mercado permanecía vacía durante la noche. Largas horas de estar encadenado al arco no le permitían descansar realmente: apenas había logrado dormitar un poco. Aun así, sabía que había dormido más de lo que sentía porque, gracias a la posición de la luna, podía hacerse una idea de cuánto tiempo había pasado.
Más que nunca, deseó estar en su casa, a salvo. Sin embargo, al ser considerado un traidor y un fugitivo, sabía muy bien que eso no era más que sueño fuera de su alcance. Respiró profundamente mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Enojado consigo mismo por ser débil, trató de contenerlas. Para ese momento, su cuerpo estaba entumecido por el frío, pero aun así, tembló al sentir la gélida temperatura cuando el viento acarició su piel.
Se preguntaba si esa mañana lo dejarían bajar o si continuaría colgando de las cadenas hasta que volviera a hacerse de noche. Levantó la mirada y vio que el sol apenas estaba apareciendo en el horizonte; las calles todavía estaban vacías y eso era algo que apreciaba. No podía menos que tener la esperanza, no sin cierto temor, de que lo bajaran, aunque fuera sólo por unos minutos. Todo su cuerpo dolía, especialmente las muñecas, y estaba exhausto de estar colgando de aquellas cadenas durante horas y horas. Quería que lo bajaran, pero también sabía, por experiencia, que mover sus brazos después de mantenerlos arriba por tanto tiempo, sería más doloroso que ser azotado con un látigo.
Además, los pocos minutos que no había estado encadenado al arco le habían dado una idea del débil estado en que se encontraba. Era algo que temía porque se daba cuenta de que para su maltratado cuerpo, cada vez sería más difícil escapar, y el problema era que aún no se le había ocurrido ninguna idea de cómo salir del aprieto en el que estaba. Sabía que no debía de perder la esperanza, ¡y no lo había hecho! Pero era difícil mantenerla, y justo como su vejiga, lo molestaría hasta que simplemente no pudiera aguantar más… Tampoco se atrevía a pensar en la cercanía del Avatar. No se le había ocurrido encontrárselo aquí. En realidad, no esperaba encontrarse a nadie aquí porque no había creído que la situación pudiese ponerse aún peor, a pesar de que al parecer, no dejaba de hacer eso… Ahora era consciente de la posibilidad real de que Azula apareciera y sinceramente, esperaba que el Avatar no la guiara hacia aquí. De verdad, no tenía ningunas ganas de que el Avatar y sus amigos se aparecieran en la Plaza del mercado.
Ser visto así, por la persona que había cazado durante todo un año, por gente que conocía, sería completamente humillante. ¿Por qué no podía ser su tío? Él sería capaz de sacarlo de ahí, Zuko estaba seguro. Su tío siempre tenía un as bajo la manga.
Pero mientras tanto, permanecía ahí, con las cadenas clavándosele en la piel de las muñecas y bajo los inclementes rayos del sol, su fuente de poder, que una vez más, convertiría su día en un infierno. En algún punto, había terminado por gritar todas sus frustraciones, sólo para lamentarlo un segundo después… No estaba pensando con claridad y había olvidado cuán dolorida y seca estaba su garganta. Lo cierto es que estaba sorprendido de que aún tuviera lágrimas, pues sus ojos ardían y estaban irritados por el polvo, el exceso de sol y la deshidratación. Bueno, no lo sabía realmente, porque después de todo, ni siquiera podía alcanzarlos con sus manos para tallarlos un poco. No podía hacer nada. Su única opción era estar ahí y observar, le gustara o no. De esa forma, escuchó el alegre canto de los pájaros mientras el sol subía por el horizonte.
El guardia no llegó hasta después de que los primeros puestos estuvieron ya instalados. Poco a poco, la plaza se iba llenando de actividad. El guardia estaba solo, sin refuerzos, por lo que Zuko dedujo que no lo bajarían. Casi estaba furioso consigo mismo por tener esperanza y aguantar el contenido de su vejiga; había esperado que lo bajaran y lo llevaran al baño para evitar tener que usar sus pantalones para eso. Zuko levantó la cabeza para ver cuál guardia se dirigía hacia él. No era uno de los más amables, pero tampoco el peor. Eso es, pensamiento positivo…
Zuko había esperado el golpe, pero aun así, el impacto lo dejó jadeante. Instintivamente, trató de encogerse sobre sí mismo, cosa que debido a las cadenas, le resultaba imposible. Tampoco logró aguantar más y para cuando pudo volver a apoyarse sobre sus pies, sus pantalones estaban sucios, otra vez. El guardia estaba sosteniendo el cubo de agua cerca de sus labios para que bebiera y parecía divertido ante la notoria incomodidad del prisionero. Zuko bebió, tratando de ignorar al guardia, quien finalmente se fue, no sin antes propinarle un doloroso empujón en el pecho.
Cuando sus pantalones volvieron a estar secos, la plaza del mercado ya se había llenado de vida. Su piernas se habían dormido y cuando trató de levantarse, lo hizo con cuidado, esperando a que la circulación regresara a la normalidad. Intentaba no hacer el ridículo, aunque eso ya no le importaba mucho. Varios niños se habían reunido alrededor de él y estaban hablando entre ellos, lo cual fastidiaba a Zuko. Después de semanas encadenado al arco, ya conocía a algunos de ellos. Cansado, trató de ignorarlos, pero los niños empezaron a lanzarle tierra, como en otras ocasiones. Ningún adulto estaba cerca para prestarles atención, o quizá sí lo hacían, pero simplemente no les importaba. Inútilmente, Zuko intentaba mantener su rostro a salvo.
Los niños se acercaron más. Uno de ellos estaba sosteniendo una pluma en su mano. La intención era clara.
Zuko peleó. Se daba cuenta de que sólo estaba siendo atacado por un grupo de niños con algo tan inofensivo como una pluma, y ni siquiera era capaz de defenderse de eso. Se sentía totalmente indefenso mientras intentaba apartarse del cosquilleo que le producía la pluma y daba patadas con las esperanza de alcanzar a alguno de los chicos. Los niños pueden ser tan crueles, pensó mientras intentaba conservar el aliento. Escuchó que algunos adultos intervenían, por fin. Aunque sólo fuera para alejar a sus hijos del "malvado" maestro fuego, por un momento, Zuko se alegró. Se sentía tan expuesto. Una vez más, dejó que sus memorias lo llevaran a diferentes lugares.
Los chicos del Polo Sur acudieron a su mente. ¿Los habría atacado para llegar al Avatar? Había amenazado a una mujer vieja que, al parecer, era una especie de figura de autoridad entre la tribu. Lo cierto es que nunca le habría hecho daño de verdad, pero al final, su estrategia había tenido éxito. ¿Pero porqué demonios se estaba cuestionando esto ahora? Ugh, esta situación era tan frustrante, sus pensamientos volaban por sí solos de un lado para otro, interrumpidos por episodios de dolor y humillación, que por cierto, no parecían tener un final a la vista. Enfadado, pateó el suelo, lo que provocó que perdiera el equilibrio y que las cadenas se incrustaran más en sus muñecas.
Genial, simplemente genial.
—
Katara se levantó bastante tarde, y aun así, fue la primera en despertar. Después de revisar las heridas de Aang, principalmente su pecho, más delicado que el esguince de su pie, fue a hacer el desayuno. Aang había salido bastante malherido de la pelea con Azula y Katara sólo podía desear se recuperara pronto.
Al final, hacia media mañana, los cuatro todavía cansados adolescentes estaban sentados en la mesa del cuarto de su posada comiendo avena. No les importaba qué hora era, únicamente querían un poco de paz y tranquilidad después de lo estresantes que habían sido los últimos días. Sin embargo, alguien tenía que atender a Appa, así que decidieron que Sokka y Katara lo harían mientras Toph se quedaba con Aang.
Los chicos comenzaron a platicar: Toph le contaba más acerca de los torneos en Estruendo Tierra VI y Aang le hablaba sobre cómo había sido crecer con los Nómadas Aire. Éste último, debido a sus heridas, todavía no tenía energía suficiente para hablar durante largo rato, por lo que terminaron por pasar gran parte del tiempo recostados con la vista fija en el techo del cuarto, en silencio. Momo estaba también se estaba relajando y yacía cómodamente cerca de la cabeza de Aang. Toph estaba jugando con un trozo de cristal, con su tierra control le daba diferentes formas y lo dejaba crecer. Había descubierto que era un desafío muy entretenido y además, se les había ocurrido que si Toph lograba darle una forma artística, podrían venderlo y ganar algo de dinero.
Dos horas después, Sokka y Katara regresaron. Después de almorzar y de otra sesión de curación para Aang, tomaron una siesta. Cuando Toph despertó, tomó un poco de fruta seca y la metió en sus bolsillos. Les avisó que saldría un rato.
La niña había estado adentro todo el día, se sentía inquieta y con mucha energía, así que los demás supusieron tendría ganas de salir y hacer algo interesante. Por lo menos, ese fue el argumento que ella utilizó para no levantar sospechas, pero en realidad, Toph sentía curiosidad. El día anterior no había encontrado un lugar para una buena pelea, pero en lugar de eso, había encontrado otra cosa. Un reto bastante interesante, según ella. De esa manera, no tardó mucho en llegar a la Plaza del mercado, e inmediatamente, se dio cuenta de que, una vez más, lo estaban molestando. El mercado estaba casi vacío y los mercaderes que quedaban estaban terminando de recoger sus cosas para irse.
Sintió cómo el joven jadeaba pesadamente. Varios hombres lo habían rodeado. Cuando se acercó más, pudo oír que lo estaban provocando con insultos y burlas.
—¿…fuego, mocoso? ¿Ya no eres tan arrogante, verdad?
—Mírate, tan débil y completamente a nuestra merced. ¿Dónde está tu nación ahora, eh? ¡Para ellos eres un traidor! — … Más risas. La niña lo escuchó gemir de dolor. Con su tierra control, trató de entender qué era lo que estaba ocurriendo. Sintió que el joven se ahogaba y le costaba trabajo respirar; se dio cuenta de que le habían puesto una especie de collar de roca. Todavía no lo habían apretado mucho, pero era fácil sentir su respiración y ritmo cardíaco a través del artefacto. El pulso se elevó notoriamente: estaba entrando en pánico. Rápidamente, Toph descubrió cuál de los hombres estaba haciendo la tierra control, y sin que nadie se diera cuenta, ella misma comenzó a influenciar el collar para hacerlo más quebradizo. Cuando el hombre dejó de ejercer su poder, el collar de desmoronó frente a sus ojos. El prisionero dio varias bocanas de aire.
—¿Qué has hecho?— se acercó al chico jadeante y lo tomó por el cabello. Se escuchó un gruñido de dolor.
—¡Nada!
—
Zuko escupió la palabra con furia. El hombre que lo tenía agarrado del cabello dio un fuerte tirón que casi le arranca un buen de mechón de pelo.
—¡Mentiroso!—. Uno de los maestros tierra lo abofeteó duramente. Giró la cabeza, rehuyendo a su agresor —. Todos ustedes de la Nación del Fuego son iguales. Y no actúes como si no lo merecieras, mocoso. Por tu culpa, nuestros hijos e hijas mueren. Todo es culpa de ustedes. Y tú nos vas a pagar…
—¡Yo no los maté!— su voz estaba ronca.
—¿Qué dijiste, estúpido? Tú no lo hiciste ¡Claaaro que no! Tú eres absolutamente inocente, ¿no?— su voz destilaba sarcasmo—. Pero ¿sabes qué? Odio a la gente mentirosa—. Un golpe al plexo solar le sacó todo el aire de los pulmones, pero aun así, Zuko continuó hablando:
—Y yo… odio… ser juzgado… por cosas… ¡que otros hicieron!
—¿Ah, sí? Pues deberías saber que tienes suerte de que aún no te hayamos quemado vivo. Eso sería justo, ¿no crees? ¡Así es como ustedes matan a nuestra gente! ¡Deberíamos darte una probada de tu propia medicina!
De pronto, el hombre perdió el equilibrio y tropezó. Dio varios pasos sin lograr estabilizarse, lo cual era muy inusual para un maestro tierra. Zuko era consciente de eso. Cuando el hombre finalmente recuperó el equilibrio, su rostro adquirió una expresión de incredulidad. Los demás también parecían tener dificultades para mantenerse firmes.
—¡La bandida ciega!
—… Está loca— dijo alguien, el miedo evidente en su voz. Corrieron. Zuko sintió una especie de onda explosiva a través del suelo y giró la cabeza para ver por encima de su hombro.
—¡Tú otra vez!— gruñó.
—Sip, soy yo.
—¿Qué quieres?— Había vuelto a mirar al frente y esperó a que ella le diera la vuelta al arco.
—¿Sobre qué?
—¡Argh! ¡Sabes a qué me refiero! —Zuko dejó caer su cabeza, frustrado, y después, le lanzó una mirada furibunda.
—Mmm, tal vez estoy intentando decidir si debería salvarte.
—¡Lárgate!
—No lo creo.
—No necesito que me salves… No busco tu lástima—. Enfadado, tiró de sus muñecas y una dolorosa sacudida que le recordaba al pinchazo de una aguja, recorrió sus manos entumecidas.
—Aún no la tienes… me gusta tu coraje, tu fuego—. Se sentó en el suelo confortablemente.
—¿Ah, sí? Pues si no te vas, puedo hacer que lo sientas más de cerca.
—¡Por favor! Deja de fingir— dijo inexpresivamente.
Los ojos de Zuko se abrieron de par en par y sintió que se le caía el alma a los pies. Había dado en el clavo. Trató de llamar a su fuego interior para demostrarle que aún podía pelear, pero falló en generar la más mínima flama. La desesperación se apoderó de él cuando la verdad lo golpeó—. Yo… yo no…— susurró débilmente y se sintió caer en un abismo de desesperanza.
El miedo recorrió su cuerpo cuando sintió una mano tocar su pecho. Gritó y trató de apartarse, sólo para tropezar y terminar colgando dolorosamente de sus muñecas.
—¡No… me… toques!— dijo mientras respiraba con dificultad.
—¡Cálmate! Tranquilo… Creo que te fuiste por un momento, dejaste de oírme—. Toph no pudo menos que preguntarse por qué un simple y gentil toque lo había perturbado tanto. Eso no era normal y además, el joven le daba la impresión de ser un luchador. Así no es como un guerrero debería reaccionar.
—¿Sabes una cosa? Existe una diferencia entre lástima y empatía.
—¡Déjame sólo!— Zuko intentaba evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos. Se sentía tan débil… no quería lidiar con esta chica ahora.
—No, todavía no—. Después de eso guardó silencio y se sentó tranquilamente en frente de él.
Respiró profundamente. El mercado ahora estaba vacío, estaban solos. Zuko, aprovechando la paz del lugar, cerró los ojos y descansó su cabeza en un brazo. El estallido emocional de hace un momento lo había dejado exhausto. Una única lágrima rodó de su ojo lesionado. El tejido que rodeaba el conducto lagrimal estaba hinchado y no se estaba tragando sus lágrimas, como de costumbre. Irritado, quiso volver a ponerse de pie, pero resbaló con toda la porquería que había debajo de sus doloridos pies. El golpe de energía que el pánico le había dado se había desvanecido y ahora se sentía terrible.
Tomó otra profunda respiración y tosió. ¿Cuándo le traerían agua? Detestaba tener que depender de alguien más para cosas tan sencillas. Observó a la chica enfrente de él. Había anochecido y las lámparas de la calle estaban lejos. La niña estaba de espaldas a la luz, por lo que Zuko sólo podía distinguir su figura entre las sombras.
—¿Porqué sigues aquí?
—¿No te gustaría saberlo, Chispitas?
—Eres muy molesta—. Ella se rio entre dientes y otra vez, el silencio se estableció entre ellos. Zuko nunca lo admitiría, pero su presencia le parecía reconfortante. No tenía idea de dónde sacó la energía para enojarse por eso.
—¡Te odio!
—Está bien. Por cierto, mi nombre es Toph, y creo que tu comida viene en camino—. Zuko miró y ciertamente, dos guardias se estaban acercando. Un ruido cerca de sus pies lo hizo voltear al suelo. La tierra estaba "barriendo" toda la suciedad que se había juntado donde estaba parado. Incluso, en algún momento, tuvo que levantar sus pies para permitirle seguir limpiando. Miró a Toph, que inocentemente, parecía estar jugando con in poco de tierra. Los dos guardias llegaron y se detuvieron frente de la plataforma.
—Niña, ¿qué estás haciendo aquí?
—¿Molestando a Chispitas?
—Mmm, supongo que está bien, sólo no intervengas—. Procedieron a acercarse a Zuko y uno de ellos introdujo una llave en una de las esposas. Zuko casi gritó cuando su brazo cayó, mientras que la otra muñeca, todavía encadenada, tuvo que soportar todo el peso de su cuerpo. Pronto cayó completamente al suelo y se quedó ahí por un momento, jadeando. Se dobló de dolor cuando sus brazos adormecidos recuperaron la sensibilidad. Su rostro estaba bañado en lágrimas.
—¿Ah? ¿El suelo está limpio?—dijo uno de los guardias con aspecto confundido.
—No quería tener que sentarme encima de eso— dijo Toph.
—¡Vamos, chico! ¡Arriba!—. El guardia dio le un empujón en el costado, pero sólo logró que Zuko intentara alejarse de él y se hiciera un ovillo.
—No me hagas tener que levantarte a la fuerza—. Zuko murmuró algo apenas audible. Lentamente, se dio la vuelta para apoyar sus manos debajo de él y así poder levantarse. Los grilletes de sus pies se sacudieron cuando se puso de rodillas. Toph lo escuchó respirar entre dientes para soportar el dolor, y después lo sintió empujar el suelo con las manos para ponerse de pie. No lo logró y cayó con un gemido de dolor. Respiró con dificultad y se quedó quieto un momento. Volvió a intentarlo, pero el resultado no fue diferente—. ¡Oh, vamos! ¡Apestas y no quiero tener que tocarte!
—Denle un poco de tiempo, apenas se puede mover. Sólo un poco— intervino Toph.
—Como digas—. El guardia se recargó en el arco junto a su compañero. Zuko se desplomó y permaneció inmóvil. La niña lo sintió temblar, pero no podría decir si estaba llorando o simplemente, exhausto. Los guardias hablaban entre ellos quedamente, ignorando a los chicos. Finalmente, voltearon cuando Zuko volvió a moverse. Había logrado sentarse.
—Estoy listo— su voz sonaba ronca y entrecortada. Cuando el guardia se acercó, Zuko se puso de pie. Conocía el camino hacia su baño, que simplemente era la coladera donde se tiraba la basura del mercado. No es que le importara.
Cuando estuvo de regreso en el arco, se recargó contra la estructura de piedra y se deslizó hasta quedar sentado. Cerró los ojos. El guardia lanzó dos rebanadas de pan en su regazo. Volvió a abrir los ojos y lentamente, sus manos tomaron una rebanada y la llevaron a su boca. Masticaba increíblemente despacio, ignorando todo lo demás alrededor de él. Tosió, emitiendo un sonido seco y áspero. Cuando la tos se detuvo, se deslizó aún más contra el arco y recargó la cabeza en sus rodillas.
—Hey, guardias, ¿por qué no le dan un poco de agua? Sin ella, no creo que pueda tragar un bocado más.
—No— dijo el segundo guardia.
—¿Por qué no? De todas formas tiene que beber, debemos mantenerlo vivo— replicó el primer guardia mientras iba por el balde para llenarlo. Zuko ni siquiera había prestado atención a esa escena y cuando volvió a sentirse capaz de tragar, continuó comiendo. El guardia regresó y acercó el cuenco al chico, a quien le tomó un momento reaccionar y tomarlo.
—No te la bebas toda, deberías limpiar tus muñecas— murmuró Toph. Él la ignoró y continuó bebiendo—. Se infectarán.
Zuko soltó una risotada amarga—. Ya se infectaron, ahora vete.
—No parece apreciar su amabilidad, señorita— intervino el segundo guardia—. ¿Por qué desperdiciarla en él?
—Lo hace reaccionar. Es divertido. Oye, Chispitas, ¿Acaso te estás rindiendo? — Zuko hizo una mueca de dolor y la miró con furia.
—Cállate.
La niña creó un cuenco de roca y lo llenó con la fruta seca que había traído. Discretamente, lo puso a lado de él.
—¡Eres…!
—No lo soy…— lo interrumpió Toph—. Entonces ¿por qué no estás comiendo? —. Señaló el cuenco. Ella sabía que lo había acorralado y que aunque la fruta procediera de ella, ahora tendría que comérsela porque lo había retado. El chico volvió a dirigirle una mirada iracunda: comprendía lo que la niña había hecho. Toph se encogió de hombros y con un gesto de la cabeza, señaló a los guardias. No se habían dado cuenta de nada.
Finalmente, Zuko se inclinó hacia atrás y pidió otro balde de agua. Se lo dieron, bebió y recargó la cabeza en sus rodillas. Después de algunos minutos, los guardias decidieron que ya había sido demasiado tiempo. Sorprendentemente, el joven no opuso resistencia cuando ataron los grilletes a sus maltratadas muñecas. Es más, inclusive levantó los brazos para facilitarles el trabajo. Cuando terminaron, los guardias se fueron.
—¿Por qué?— preguntó Zuko.
—¿Qué cosa?
—¿Qué estás tratando de lograr? ¿Es una forma cruel de vengarte de mí? ¿O simplemente las cosas están muy aburridas con Avatar? ¿Soy una distracción para ti? Y no juegues conmigo…— La observó cuidadosamente y vio cómo se congeló a la mención del Avatar… Entonces tenía razón cuando reconoció la voz del chico. La había tomado con la guardia baja y eso lo hizo sentirse satisfecho de sí mismo.
—¿Cómo lo supiste?
—Reconocí su voz, cuando te llamó ayer… Toph—. Por primera vez en mucho tiempo, Zuko sintió un poco de control sobre algo. Su voz aún estaba ronca y temblorosa, pero era posible distinguir la diferencia, ahora había seguridad. Aquel pensamiento había estado rondando su mente por todo el día, y finalmente, había visto su tierra control. Claramente, se trataba de otra prodigio de su elemento, una con demasiada confianza en sí misma, igual que Azula—. ¡Te odio!
Ahora fue el turno de Toph de mirarlo. Ésta confesión de odio era diferente a la anterior porque estaba llena de malicia y amargura. El chico se movió y las cadenas de sus tobillos tintinearon.
—Aléjate de mí, Toph— dijo, pronunciando su nombre calmada y peligrosamente, casi como un susurro. Toph estaba sorprendida de su silencio, pero en vez de irse, como él esperaba, se quedó donde estaba. Zuko era consciente de que desde su posición, nada de lo que dijera o hiciera podría ser intimidante, y eso era lo que más lo enfurecía. Él no quería tener nada que ver con los amigos del Avatar, soñando despiertos con una paz que nunca existiría entre todas las naciones. Simplemente no lo entendían.
Toph pensaba. Él la había tomado totalmente desprevenida y no entendía lo que el chico quería decir o porqué actuaba de esa manera. ¿Por qué la odiaba? Y más importante, ¿cómo es que conocía la voz de Sokka? Podía comprender su forma de reaccionar sobre todo lo que tuviera que ver con estar prisionero, pues aunque sus casos fueran totalmente diferentes, Toph se había sentido encarcelada en casa de sus padres. De cualquier manera, eso no explicaba el odio que le tenía. Ese sentimiento tenía una razón de ser mucho más profunda.
—¿De casualidad tienes una cola de caballo?
La pregunta sorprendió a Zuko totalmente.
—No… mi cabello es corto— siseó fuera de sus casillas. Cómo lo veía, ella había ignorado abiertamente lo que él acababa de decir y había decidido continuar la conversación como si nada hubiera pasado—. ¡Todavía no has respondido mi pregunta! ¿Qué es lo que quieres?
—Um, no lo sé realmente. ¿Tal vez sólo hago las cosas porque quiero?
—¿En serio? ¿Y por qué harías todo esto si no fuera por lástima? ¡Ya te dije que no la quiero!— Su voz estaba teñida de desconfianza y acusación.
—Y yo ya te dije que hay una diferencia entre lástima y empatía— insistió Toph.
—¡Como si pudieras saber cómo me siento! ¡Aquí, en esta situación…!
—Sé lo que es estar prisionera, no ser reconocida por quien soy en realidad. La gente ve mis ojos ciegos y creen saber lo que puedo o no puedo hacer. Creen que me conocen y no les interesa ver más allá de eso… Ahora dime, ¿quién eres tú? ¿Eres tú mismo o tu país? ¿Y cómo quieres ser reconocido?— Zuko la miró detenidamente. ¿De verdad no sabía quién era él?
—¡Lo que yo quiera no importa! Está en la naturaleza de las personas juzgar y condenar.
—Sí, lo sé. Pero, ¿quién quieres que sea el que decida sobre tu vida y sobre quién eres?
Zuko guardó silencio por un momento, y después, burlonamente, dijo:— Suenas horriblemente sabia para tu edad.
—¿Estás diciendo que no lo puedo ser? ¿Acaso estás juzgándome? — Toph soltó una carcajada—. Como sea, creo que te haré caso y te dejaré en paz por el resto de la noche. ¿Quieres más agua antes de que me vaya?
