Estoy condenando a mi curiosidad, mis pies encadenados al vicio del conocimiento.
Meter mi nariz en asuntos ajenos hizo que me la rompieran, más de una vez tuve que desistir el deseo de saber por mi propio bien, y la imagen de mi familia. Atribuí ese vacío al común por qué de todo ser humano; y nada más. Un llano "por qué" a cotidianas situaciones y uno que otro profundo "por qué" a los apuntes de diferentes pacientes. Pero nunca un "por qué" a Anton Zaslavski, a sus familiares y compañeros de toda la vida.
Mientras más me evitara, menores serían los problemas a lidiar.
Y al principio este no fue un viaje para encontrarme, mucho menos uno espiritual. Sin embargo, he descubierto las tonalidades más miserables de mi inconsciente, he estrechado mi relación con el ello y he aprendido a saciar sus pulsiones.
Me sentí como un homo habilis.
Había descubierto el fuego; mas no en Alemania, los suelos eran muy húmedos y la gente muy fría, la más mínima chispa hubiera sido imposible de conservar. Los Ángeles, a diferencia, ardía. Su gente llena de tanta pasión que al mínimo roce se creaban fuegos artificiales, la ciudad cuya tierra se veía en una inestabilidad tan grande como mi vecino.
Mi vecino era el embotellamiento de todo el desequilibrio que puede haber en una persona, o no, porque equilibraba su inestabilidad de una forma que le permitía soltarla en ciertos momentos. Su alta y delgada figura confundía más mi enclosetado cerebro, lo cual me llevó a diagnosticarlo erróneamente la primera vez. Nada médico, sólo yo intentando racionalizar lo irracional.
Porque no existía la coherencia en el mundo de este chico, ni en sus acciones o decir podías ver algo lógico.
No obstante, el que estaba mal no era él.
Si quería conocerlo, tenía que ver su arte: sus pinturas y fotografías. Aquellas que cuando aparecieron frente a mis ojos recorrieron un escalofrío en toda mi espina y un pequeño destello de vergüenza se asomó a mi entrepierna.
Fue el peor de los voyeurismos; porque no vi cómo se desnudaba o se sumergía en un ritual de caricias y besos. Vi su alma. Primitiva y retorcida, que sólo se atreve a aparecer en la oscuridad, con unas violentas pinceladas y enigmáticos modelos, sus ojos encerraban preguntas fantasmas.
Y esos mismos ojos me estaban mirando mover las cajas. Estático en el umbral del elevador, con un pequeño paquete verde bajo su brazo. Tubos de ensayo.
"Un científico, probablemente biólogo." Apresuró mi mente. La emoción en mi voz apareció y mis arcaicos modales me obligaron a presentarme.
—H-Hola, mi nombre es Anton —extendí mi mano—. Es un gusto conocerte, al parecer seré tu nuevo vecino.
Sonreí. Había hecho todo lo que Sahukar y Bhalla enseñaban en su libro; incluso un poco más al tomarme la libertad de acercarme para poder apreciarlo, poder admirar los oscuros ojos que en un segundo pasaron de dudosos a agresivos, con una mueca curvada e insultos mudos.
Así como fue repentina su llegada, la igualó su salida.
Un fuerte golpe en el botón y lo último que vi fue mi reflejo metálico, burlándose de mi caballerosidad.No supe qué hacer, tal vez había sido muy bruto, tal vez olía mal o mi aliento apestaba.
O tal vez todo lo que estaba mal conmigo era yo, porque todavía no había hecho el más mínimo esfuerzo en aventurarme hacia mí mismo, y él lo vio. Como todo lo ve, todo lo sabe.
—Anton, ¿con quién hablabas? —interrogó Dillon.
—Con mi inquilino.
Agudicé la mirada hacia mi sombra y con la latencia de mi enojado corazón le dije a mi amigo de seguir desempacando. No iba a perder mi tiempo con un maleducado.
[. . .]
3 días, 2 noches.
Sin la posibilidad de dormir y rara vez que lo lograba, era sólo por intervalos de 1 hora entre la realidad y el sueño. Un limbo en donde se proyectaban mis pesadillas y me forzaban a despertarme; sudando como un cerdo. Eso, y los gritos guturales que sobrepasaban la música ochentosa que estaba para cubrirles, detonados a las 3:06 de la mañana.
Pensé que esta desgracia solo podía ocurrirle al menor de los Zaslavski, el tercer heredero. No.
La mañana de mi cuarto día, con ojeras que podrían pasar por hematomas y una mente desorientada, me encontré con el ascensor y una chica, mujer casi; de porte esbelto y facciones delicadas, nigromántica cabellera.
—¿Noche interesante? —comentó al notar mi indecisión para bajar de piso.
—¿Eh?
Sonrío comprensiva, sintiendo toda mi pena e insomnio.
—Yo también lo tuve, pero no duré ni una semana —miró apenada a sus botas—. Quiere que te vayas, y no va a parar hasta...
—¿Por qué no dices su nombre?—relamí mis labios—. ¿Te molesta?
¿Le tenía miedo? ¿acaso algo tan monstruoso podía ser encerrado en tal lánguido cuerpo?. De ser así, ¿qué era tan terrible?
Levantó su cabeza conmocionada.
—No es eso, pero...
—¿Pero qué?
Su miedo despertaba mi intriga, haciendo lo que dos tazas de café no.
—Él es raro.
Perfecto.
—Me hizo lo mismo, lo de la música. Llegó hasta un punto en donde dejaba papelesen mi puerta, con amenazas.
Contemplé su memoria salir por sus labios. Imaginé las expresiones de esa mujer al ver las notas que dejaba, como un alma perturbada que reclamaba su terreno y perseguía a forasteros. Este piso era suyo, y mientras más evidente se hacía, mayores eran mis ganas de profanarlo. Entender a esta alma perturbada y así poder convivir en paz.
—Te digo esto porque pareces buen tipo, y él obviamente tiene algún problema —señaló su frente—. Aquí.
En ese momento dudé de la coincidencia de nuestro encuentro, quizás él la mandó para convencerme de mi estadía.
Porque esto no era una advertencia, sino una invitación.
Había descubierto la rareza más rara, y el decirme qué tan problemático es significa provocar un incendio en mi mente, tirar un fósforo en una gasolinera. No iba a irme, no ahora que sabía el bello misterio de enfrente.
