Disclaimer: Solo me pertenece la idea y los recursos para llevarla al papel, en este caso, al documento.
Bueno, jejeje. Como estoy recibiendo una "misteriosa" oleada de RR, aprovecho y subo el segundo cap como premio, jejeje. Así que... (redoble de tambores) ¡Aquí está!
Resaca Mañanera
Despertó en su cama, maldiciéndose a sí misma por ser tan inútil. ¿Cómo se había atrevido a beber tanto la noche anterior? Se levantó de un brinco, provocando que le doliera aún más la cabeza. ¿Y si había dicho o hecho algo indebido durante su borrachera? Se tapó la boca en un gesto innecesario. ¿Cómo había llegado hasta su cama? Mejor dicho, ¿qué hora era?
Se acercó al tocador, donde descansaba el viejo reloj de bolsillo de oro de su difunto Albert. Era de oro labrado, con dibujos de ángeles en la tapa. No era muy elegante, pero tampoco una porquería. Aún se preguntaba por qué no lo había vendido, porque, al fin y al cabo, podría venderlo por más de lo que hubiese ganado vendiendo las navajas del Sr. Todd.
Lo cogió temblorosamente y observó que era terriblemente tarde. Las diez de la mañana. Dejó caer el reloj, que hizo un ruido estridente en sus oídos y comenzó a vestirse.
Cerca de media hora después, salió de su habitación y bajó corriendo las escaleras, aunque intentando hacer el menor ruido posible, lo cual era imposible; las maderas eran más viejas que ella y crujían aunque solo te movieses una pulgada.
Tal vez el Sr. Todd ya había despertado y desayunado, lo cual tal vez le costase su muerte por no hacerle el desayuno. Luego pensó que era tonto pensar aquello. Quiso dejar de pensar en eso cuando llegó a la cocina y vio que tenía el desayuno listo en la mesa, con una nota. Por supuesto, pensaba demasiado para una sola mañana.
Entró en la lúgubre estancia y se acercó temerosamente. Aún su mente, a pesar de haber ido a mil por hora sobre qué podría haber pasado la noche anterior –de la cual no recordaba nada más que haber bebido después de hablar con él-, no encajaba el desayuno ni la nota.
El sol impactaría en sus ojos de no ser por la gruesa capa de porquería en la ventana, la cual estaba ahí para días de resaca y que bendijo con toda su alma.
Se acercó lentamente y cogió la nota, sentándose en la silla más cercana.
Sra. Lovett:
No crea que me he olvidado de la charla que tuvimos anoche, pero dado que he tenido que salir y que su inapropiada mentalidad de adolescente le llevó anoche a emborracharse, he decido darle un margen de tiempo hasta esta tarde. Considere el desayuno como parte de mi gratitud hacia usted por prestarme la cama de la habitación superior.
Y si se lo pregunta, sí, yo la he llevado a la cama. Pero no se preocupe, cuando he bajado esta mañana usted seguía en el sillón durmiendo.
Atentamente S.T.
Suspiró frustrada (le daba la impresión de que en dos días había suspirado más que en toda su vida). No se libraría tan fácil de su interrogatorio. Seguramente tendría que contarle toda su vida, al menos hasta que supiese el por qué de que ella supiese acerca de la vida de él. Y eso era lo que más temía. No quería contarle como se había enterado de todo. No podía. Si se lo contaba… bueno, digamos que seguramente ella sería la primera de la lista.
Tomó lentamente su desayuno, que estaba frío, mirando ausente por el cristal empolvado. Ella le amaba más de lo que podía y debía admitir, y aunque su amor fuese correspondido (que no lo era), su padre jamás lo permitiría. Y por supuesto, ella jamás contradeciría a su padre, por mucho que le odiase.
Tomó un sorbo de su té frío y arrugó la nariz, justo cuando una figura oscura emergió de entre la niebla y entró en su tienda. Se levantó asustada, provocando que la silla cayese y tronase en su adolorida cabeza.
-Auch –se quejó, llevándose las manos a la cabeza.
-Se lo tiene bien merecido –dijo en alto una voz que hizo que le doliera aún más-. ¿A quién se le ocurre emborracharse un Lunes por la noche?
-Shhh, ¡baje la voz! –gritó y susurró ella.
-Es una insensata y una temeraria –siguió en el mismo tono de voz, disfrutando con hacerla sufrir. Levantó la silla y la puso derecha con un estruendoso ruido, haciendo que ella casi chillase debido al dolor-. Podría haberle causado un coma etílico.
-Sí, padre –se burló ella. Con resaca era más propicia a ser sacada de sus casillas (y a meterse en problemas).
-Vuélvame a hacer semejante burla y le juro que… -silbó entre dientes, sacando una navaja. Se sentía muy mal por lo de Johanna como para que encima una panadera vestida de prostituta a la que no conocía de nada se lo recordase. Paró al ver la mirada aterrorizada de ella. Suspiró y guardó la navaja. La Sra. Lovett apenas tendría uno o dos años menos que su hija-. Siéntese. Tenemos que hablar –dijo en un tono de voz más bajo, intentando controlarse.
-Iré por la…
-No –cortó inmediatamente-. Hablaremos sin ginebra.
-Sí, señor –contestó la mujer, apenada. Sin ginebra aquello iba a ser duro, muy duro. Se sentó en el banco y él se sentó en la silla que anteriormente ella había ocupado-. ¿Qué desea saber?
-¿Cuántos años tiene? –susurró, guardando la navaja.
-Eso no se le pregunta a una dama… Pero de todos modos contestaré –se corrigió al ver la peligrosa mirada que le lanzaba. Si las miradas matasen…-. Tengo 24 años, dentro de poco tendré 25. ¿Y usted?
-40 años –contestó rápidamente-. Si tiene 24… ¿Cómo es viuda tan joven?
-Mi querido Albert murió hace 3 años. El pobre quedó inútil cuando la gota se cebó de su pierna y… bueno, digamos que… que cierto "Juez" ordenó matarle.
-El Juez Turpin… -masculló, tensándose y cerrando los puños. Ella llevó sus manos sobre las de él.
-Tranquilícese. Solo lo hizo porque… -calló al instante.
-Por qué –exigió-. ¡Por qué, Sra. Lovett! –gritó, haciendo que ella notase un punzante dolor en su cabeza. Se sentó y dijo:- Lo siento.
-Él… mi marido… estaba enamorado de su esposa, Sr. Todd… Así descubrí la historia –sonrió por dentro. Ya estaba, asunto resuelto. ¡Qué buena tapadera! Con aquello no le quedaría más remedio que creerla. De todas formas, ¿cómo iba a sospechar que quién en realidad se lo contó fue…?
-¡Maldito bastardo! –gritó, levantándose de golpe y tirando el desayuno sin comer al suelo.
-Tranquilícese, hombre. Él nunca hizo nada. Siempre me respetó y…
-Malditos bastardos roba esposas… -se fue mascullando a su barbería. Ella resopló y se agachó a recoger lo que quedaba de desayuno. Encima el muy maldito le había roto una taza de las buenas. Bueno, ya se lo pagaría.
