Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.

Capítulo 2: Huésped

Ni siquiera el dejar caer las botellas que llevaba causó tanta impresión como la chica que estaba ahora a sus pies. Vestía de forma casual, casi deportiva, y poseía una figura envidiable. De larga cabellera negra, sus ojos estaban medio cubiertos por unas gafas de sol que se equilibraban precariamente sobre su nariz. Tenía un aire japonés, aunque el aspecto occidental que emanaba era mucho más evidente.

-¿Alguien le tomó la matrícula al camión que me atropelló? -dijo con una voz aterciopelada y algo profunda.

-Perdóneme, señorita -contestó él, visiblemente avergonzado-. No me fijé por donde iba. ¿Está usted bien?

-Sí, gracias… -ella pausó un momento y miró hacia arriba; el cambio en su expresión dejó ver que estaba igual de sorprendida.

-Permítame -le tendió la mano en disposición cortés para ayudarla a levantarse, a lo que accedió-. Le reitero mis disculpas.

-No fue nada. A cualquiera le puede pasar.

Sacudió la manga izquierda de su chaqueta y luego recogió las botellas de agua tónica sin agacharse completamente. Volvió a mirarla por unos segundos que se hicieron eternos. ¿Qué más podía decir?

-Eh… Si no le molesta, debo irme -hizo una breve reverencia, considerando que echar hielo sobre todo era la mejor opción-. Ha sido un largo día.

No alcanzó a dar un par de pasos cuando sintió un tirón en los hombros. Se volteó y ahí estaba ella, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Podrías esperarme un momento? -puso su rostro más amable, incluyendo la infalible sonrisa con ojos cerrados- Vuelvo enseguida.

Y antes de que pudiera siquiera pensar en una réplica, la mujer desapareció como un rayo por la puerta más cercana.

"¿Qué fue eso?", fue lo único que atinó a pensar. Ni siquiera la nueva tensión en los brazos producto del peso del agua tónica pudo hacerlo pensar en algo más.

-3/D-

Mientras corría hacia el ascensor, Smith no podía creer su buena suerte.

Le había bastado echar una mirada a ese hombre para saber que podría funcionar. Tal vez los milagros existían, después de todo. Entró rauda una vez que sonó la campanilla y marcó el piso 11. Las cuerdas volvieron a moverse, impulsando el aparato hacia las alturas con un ruido mecánico y suave.

Tal vez diera la apariencia de ser descuidada y hasta negligente en sus labores, pero ella era extraordinaria a la hora de juzgar el carácter de otros. Eso fue lo que le llevó a asignarle seis liminales a Kimihito en las primeras etapas del gran proyecto. Cualquiera se habría vuelto loco con Miia y su complejo de Yandere, pero pasó la prueba casi sin ambages. Después vinieron Papi, Centorea, Mero, Suu… Una amalgama total de personalidades y puntos de vista. Y él ahí, tan sonriente y optimista como siempre.

"Si no se ha ido a su casa y demuestra tener la mitad de paciencia que Cariño, será un acierto brillante".

Emergió al pasillo y, presa del frenesí, casi dejó caer las llaves de su oficina. Abrió a toda prisa y por poco no volteó el escritorio completo en el afán de sacar el primer cajón.

-A ver… ¿Dónde dejé ese dichoso formulario? -revolvió todos los papeles como si hubiera desatado un pequeño huracán-. ¡Ah, aquí está! También necesito un lápiz, mi timbre y lo más importante: el reporte.

Metió todo en un sobre blanco que sacó de a saber dónde, apagó las luces y salió. Marcó el botón de la azotea y contó cada segundo que se demoró en subir. El aire fresco de la tarde volvió a acariciarle el rostro. Le bastó mirar al frente para encontrarla. Corrió hacia ella y la abrazó por detrás, causando una convulsión en la arpía que se fue tan rápido como llegó.

-¿Qué pasa…? -la pelirroja se veía algo disgustada- ¡Smith! ¡Casi me matas de un susto!

-¡Lo encontré! -contestó la agente, ignorando la severa expresión de su contraparte-. ¡Te encontré una familia anfitriona!

-¿Lo dices en serio? -el rostro de Pachylene se iluminó como el de un niño en una juguetería.

-¡Sí! Está esperándome a la entrada del edificio. ¡Ven conmigo!

La arpía, al borde de la emoción, dio un gran salto con sus poderosas piernas y extendió las alas. ¿Parecía un baile en el aire? Tal vez. Tras aterrizar, tomó una gran bocanada de aire y salió corriendo hacia el ascensor. Smith simplemente se limitó a sonreír ante el peso de la escena.

-4/D-

Su conciencia estaba peleando en una guerra sin cuartel contra sí misma, donde la zona neutral podía medirse en nanómetros.

"Lo más fácil es irse de aquí, olvidarse de todo y pensar en las tres reuniones de mañana", decía la parte vestida de pies a cabeza con un traje azul oscuro y expresión severa. "A saber qué debe estar preparando esa mujer. Tal vez quiera seducirte para luego emborracharte y robarte".

"No le hagas caso a este paranoico", replicó la otra parte, ataviada de blanco invierno y con una mirada más compasiva. "¿Realmente crees que la gente anda por ahí buscando choques a lo loco? Esto no fue más que un simple accidente. Además, ella sonaba sincera".

"Tener una sana dosis de recelo no es paranoia. ¿Qué me dices de esa aberración conocida como los Acuerdos de Múnich?"

"¿Realmente estás comparando los Acuerdos de Múnich a un encontrón accidental en mitad de la calle? Y luego dicen que el exagerado soy yo…"

"No tienes remedio, idiota".

"Deberías mirarte al espejo. Estás peor que las viejas de población que ven conspiraciones en todos lados".

"¡Ya! ¡A callar los dos!"

Se golpeó la cabeza con las palmas varias veces para silenciar a sus fantasmas. El dolor intenso era la única puerta de vuelta a la realidad.

-¡Ah, veo que sigues aquí!

La voz de aquella mujer terminó de sacarlo del trance. Volvió a mirarla y vio que traía compañía: otra chica con lo que parecían ser ¿alas y garras en lugar de pies con calzado? Si antes no entendía nada, ahora era como si todo el mapa hubiera sido bañado en una espesa niebla similar a la del Mar del Norte. Sólo faltaban los U-Boats en las aguas hundiendo los barcos ingleses en ese frío invierno de 1940.

-Espero no haberme demorado mucho -continuó la pelinegra-. Pachylene, te presento a tu nuevo compañero.

¿Pachylene? ¿Ese extraño ser tenía nombre? Volvió a darse un par de bofetadas en la frente. Tal vez todo esto no era más que un mal sueño. Ahora esa peculiar chica le hacía una reverencia a modo de saludo.

-Encantada de conocerlo, señor. Le daría un apretón de manos, pero es que son un poco torpes -sonrió, tratando de causarle buena impresión.

-Uh… -fue lo único que él atinó a contestar. Se sentía tentado de pellizcarse su propia mano.

-Estás confundido, ¿verdad? -intervino ella-. No te preocupes; es normal cuando se trata de primerizos.

-¿Primerizos de qué, si puede saberse?

-Permíteme presentarme. Kuroko Smith, agente de MON -sacó una tarjeta de su cartera y se la entregó-. Soy parte de una organización dedicada a la integración entre el mundo humano y las extraespecies.

-Sigo sin entender.

-¿Qué tal si vamos los tres a tomarnos algo y te lo explico mejor?

"Si yo fuera tú, pondría los pies en dirección contraria y me alejaría sin más".

Otra vez el azul oscuro. ¿Cómo se había escapado de la jaula?

"¡Y dale con la desconfianza! Deja que el hombre se relaje un poco, por favor. Bastante ha tenido hoy como para que insistas en que use el desprecio olímpico por la mayoría del género humano como mecanismo de defensa".

Cuando el blanco se lo proponía, podía llevar la pomposidad a límites insospechados. Pero él no estaba para trucos retóricos. Pensó en una moneda grande y plateada, con hojas en un lado y un perfil en el otro. La lanzó y contuvo el aliento por un momento.

-Está bien… pero espero que tengas una explicación creíble para todo.

"Touché", dijo el blanco, cruzando los brazos en pose arrogante. El azul simplemente dio media vuelta y volvió a su recoveco.

-6/D-

-Y eso es, a grandes rasgos, toda la historia.

Los tres estaban sentados en un café ubicado media cuadra más abajo del edificio donde se habían topado. Smith estaba enganchada a una cerveza helada (era que no), Pachylene a un jugo de naranja (con bombilla, por supuesto) y él, siempre fiel a sus usos y costumbres ancestrales, pidió un agua tónica con una rodaja de limón.

-Aún me cuesta creerlo -replicó, tomando un sorbo del amargo líquido-. Para ser sincero, siempre vi a las arpías, las lamias y todas esas criaturas como algo exclusivamente limitado a las novelas fantásticas. Lo raro es que, hasta ahora, no me había dado cuenta de que habitaban entre nosotros.

-Pero yo soy de verdad, ¿eh? -intervino la pelirroja-. Si quiere, puede comprobarlo -extendió su ala derecha hacia él.

-No será necesario, gracias.

-Relájate -dijo Smith-. Pachylene es inofensiva. De hecho, la mayoría de las liminales que viven con humanos están sometidas a reglas estrictas y deben pasar un número de pruebas de admisión.

Sacó un tríptico de su bolso y se lo entregó. Se titulaba Decálogo para la convivencia entre humanos y extraespecies y seguía un tono convencional, con el blanco como color dominante y los puntos más importantes escritos en un carmesí llamativo, muy similar al cabello de la arpía.

-¿Y qué pasa si rompen alguna de estas reglas?

-En la mayoría de los casos, son removidas del hogar donde se alojan -Smith ajustó sus gafas y puso un tono de voz más serio-; las ofensas más graves acarrean una deportación inmediata. Eso sí, los anfitriones también deben cumplir su parte del trato o pueden pagarlo hasta con 20 años de cárcel.

-En ese caso no hay problema. No soy de los que suelen quebrantar la ley, aunque no sé si podría ser un buen anfitrión para Pachylene -pronunció el nombre con cuidado-. ¿Está bien así?

-Casi -replicó la liminal-. La "chy" se pronuncia "ki".

-Ah, ya veo. ¿Es griego?

-No tengo idea. A saber en qué estaba pensando mi madre cuando me bautizó…

Los tres rieron durante un momento.

-Bueno, volviendo al tema, vivo en un departamento que me asignó la compañía para la que trabajo y no puedo calificarlo como una habitación del Ritz, ni en tamaño ni en comodidades. Dudo que pueda proveer lo que ella necesita.

-Estoy segura de que no habrá problemas -contestó la agente-. Ahora sólo necesito que me des tus datos para llenar el formulario. ¿Tu nombre?

-Edward Corbett Maxon.

-¿Apellido compuesto?

-No. Corbett es mi segundo nombre.

-Muy bien -anotó-. Continuemos. ¿Nacionalidad?

-Canadiense. Nacido el 15 de octubre de 1990 en Mississauga, Ontario, por si te sirve. Emigré aquí hace dos años con visa de trabajo y tengo todo en regla; puedes consultarlo con Extranjería.

-Pensé que eras americano.

-No me confundas con esos rednecks nativistas e incivilizados.

Mientras las preguntas y respuestas iban y venían, Pachylene contempló a su futuro anfitrión con detalle. Tenía el cabello castaño y muy corto, aunque no cortado al rape. Su expresión, coronada por ojos igualmente castaños, emanaba seguridad y vivacidad debajo de una capa de cansancio causado por el trabajo del día. Aunque estaba sentado, ella ya lo había visto caminar e infirió que le sacaba, por lo menos, 20 a 25 centímetros de estatura. Manos grandes y firmes estaban al final de los brazos cubiertos por una chaqueta color gris tirando a obsidiana. Debajo de su cuello asomaban una camisa blanca y la parte superior de una corbata roja.

"Parece una persona amable", sentenció. "Espero que podamos llevarnos bien".

-¡Y listo! -sentenció la agente, estampando su sello personal en el documento para luego guardarlo en su bolso-. Está todo arreglado. A partir de ahora Pachylene pasa a vivir contigo.

-¿Y mi copia de los documentos?

-Pasaré a dejártela mañana por la mañana. La que tengo aquí es la oficial y debe ser ingresada en nuestros registros. Ah, antes de que se me olvide…

Volvió a abrir la cartera y esta vez sacó dos tomos bastante más voluminosos y hermosamente encuadernados; Eddie no habría sabido que estaban ahí dentro debido al tamaño del accesorio.

-También es necesario que te lleves esto. Es el reglamento oficial de la ley sobre extraespecies más un poco de historia general.

-Lo tenías todo preparado, ¿verdad?

-Es parte de mi trabajo. Ahora, si me disculpas, debo irme.

-¿Y el pago de tu consumo?

-Te lo devolveré algún día. Pachylene, trata de no darle problemas a nuestro amigo, ¿vale?

La arpía asintió en silencio. Antes de que Maxon pudiera decir nada, Smith ya había salido del local. Miró a su huésped por un momento y suspiró.

"Empezamos bien".

Con un gesto de la mano, llamó a la camarera para pedir la cuenta.

Logro desbloqueado

20G - El principio de algo nuevo

-7/D-

El eco de las llaves repiqueteó en el pasillo del tercer piso y la puerta se abrió con un leve chirrido.

-Bienvenida a tu nueva casa, Pachylene -dijo el canadiense tras prender las luces-. Ponte cómoda mientras ordeno estas botellas.

La susodicha entró con un poco de duda, meditando cada paso que daba. Miró a su alrededor para encontrarse con una decoración muy simple: paredes tan blancas como la camisa de su anfitrión y un simple juego de ganchos en la pared donde se colgaban las llaves. La sala de estar tenía el mismo tono, con sofás en tonos ocres y rojos, una alfombra gris oscuro bajo la mesa de centro y algunas fotografías de paisajes invernales en las paredes. Una en particular le llamó la atención: bajo un cielo mitad azul y mitad blanco por las nubes, formaciones de árboles altos y delgados cubiertos de nieve flanqueaban el lecho de un río plateado que terminaba en una cascada amplia y resonante. El conjunto era sobrecogedor.

-Cataratas Churchill, provincia de Labrador -leyó en voz alta el título ubicado en el borde inferior del cuadro, mientras pensaba en lo mucho que le gustaría visitar aquel sitio-. ¿Señor Maxon?

-¡En la cocina!

Pachylene siguió la voz hasta una habitación aún más blanca (si cabía), con baldosas blancas y negras cubriendo el piso de forma alternada y muebles de formica de diseño tosco, pero resistentes y prácticos. Al rincón había una mesa con dos asientos y, un poco más al fondo, lo que parecía una nevera. El hombre estaba del otro lado, guardando algunas cosas en la alacena mientras leía una página del libro que le había entregado Smith.

-Señor Maxon, quería preguntarle algo.

-Llámame Eddie, por favor. No es necesario que seas tan formal.

-Bueno, se… Eddie. ¿Cuándo estuviste en las Cataratas Churchill? La foto no tiene fecha.

-Ah, las cataratas -ordenó un poco más las cosas y miró a la arpía-. Eso fue parte de mi viaje de estudios, por allá por el 20…

Se detuvo un momento, miró la página que estaba leyendo y volvió a posar su vista en la liminal.

-Aclárame una cosa, Pachylene. Según consta en este libro sobre las extraespecies, las arpías tienen una memoria cortísima y se olvidan de todo tras dar tres pasos. Pero tú no sólo has recordado mi nombre sino que también el sitio de la foto que viste. Y de aquí a la sala de estar hay mucho más que tres pasos.

-Es un... efecto secundario de mi condición -caminó hacia el otro extremo y empujó una de las sillas para acomodarse; ahora tenía toda la atención de Eddie-. Lo de los tres pasos sí es cierto, la causa de que la mayoría de las de mi especie se pase la vida en el aire. El asunto es que, por un problema de anatomía, nunca pude aprender a volar.

-¿Un problema de anatomía?

Pachylene separó sus alas por unos segundos, dejando a la vista del canadiense su busto cubierto por el peto para luego volverlo a tapar.

-Nunca he sido muy aerodinámica -continuó, con un tono asombrosamente franco-. Cuando era pequeña e intentaba elevarme, perdía el balance y siempre me caía de las formas más tontas. Ni te imaginas las burlas de las otras arpías. Claro, como todas ellas tenían el físico de una tabla de surf…

-Bueno, los niños pueden ser muy crueles -Eddie se sentó a su lado, atando cabos lentamente para no emitir un juicio demasiado apresurado-. Pasa en todos lados y, ahora que lo veo, en todas las especies.

-Entonces, al verme obligada a caminar -continuó ella-, decidí hacer la única cosa posible y convertir mi cerebro en una trampa. Mientras mis congéneres ensayaban acrobacias aéreas, yo aprendí a memorizar todo lo que encontraba: párrafos de libros y revistas, folletos, los caminos de los bosques y las montañas e incluso la posición de las estrellas en el cielo. Y cuando cumplí la mayoría de edad, decidí dejar mi hogar y cambiar de aires. Total, ya nada me ataba a ese sitio.

-¿Así fue como llegaste a Tokio?

-Sí. Fueron unos 110 kilómetros de marcha. Poco después conocí a la agente Smith y el resto, como dicen, es historia.

-¿110 kilómetros? -exclamó sorprendido-. Eso es un viaje de ida a Midhurst con buen clima. ¿Dónde vivías?

-Cerca de Okutama. Es un lugar precioso, con un río cristalino y repleto de bosques.

Eddie contempló un momento lo que acababa de escuchar. En cierto modo, la narración de Pachylene, repleta de madurez, resonaba con recuerdos de su propia existencia, cubiertos bajo un manto blanco y azul que se movía a velocidad vertiginosa bajo el impulso irrefrenable de un reloj digital. Sintió que un hilo de afinidad con ella nació en ese momento.

-Fuiste muy valiente -la miró y le dedicó una leve sonrisa-. Muchos otros se habrían echado a morir en tu situación. Y el que hayas llegado hasta aquí dice más de ti que los insultos sin sustento de esas tablas de surf. Si más gente tuviera tu actitud, el mundo sería un lugar mejor -pausó un momento-. Sé que es uno de los clichés más viejos, pero lo digo en serio.

El rostro de Pachylene se iluminó con una sonrisa aún mayor. Se levantó de la silla y, en un movimiento súbito, se arrimó a Eddie para luego darle un beso en la mejilla.

-Gracias -respondió, levantando sus alas para dejar sólo sus ojos a la vista-. Es lo más bonito que me han dicho nunca.

¿Era eso un asomo de timidez? Bueno, no es que él estuviera mucho mejor, mirando hacia la puerta para que no le viera el rostro sonrojado.

-¿Eddie? ¿Te sientes bien?

-Sí, sí, no pasa nada -se forzó a volver la normalidad y pasó a un modo más plácido-. ¿Qué te parece si hacemos algo de cenar? Ya se está haciendo tarde y ha sido un largo día.

-¿Estás de broma? -abrió los ojos como platos- Jamás le digo que no a una buena comida y menos si es en porciones grandes.

Le complació ver que ella también había vuelto a la normalidad. Ahora era el momento de echar mano a la nevera.

Nota del Autor: He aquí una entrega un poco más larga para el deleite de todos ustedes. La primera conexión ya está hecha y lo que pase a partir de ahora quedará al arbitrio de la caprichosa ruleta de mi imaginación. Tal vez se vaya todo al demonio en un par de horas o tal vez no. Eso, señoras y señores, quedará para el nuevo capítulo, así que les recomiendo tener un ojo en esta modesta trama. Dado que todavía tengo un par de minutos, me tomaré la libertad de responder los únicos comentarios que llegaron:

Guest #1: Sobre el desempleo, sólo diré que no se lo deseo a nadie. Tal vez a mi peor enemigo, pero al resto no. Respecto al nuevo tipo de arpía, torcer los límites de un arquetipo puede ser una tarea divertida, siempre que no se te escape de las manos.

Tarmo Flake: Me alegro que te hayas encariñado con Pachylene; creo (humildemente) que tiene potencial para ser un personaje muy especial. Y respecto a la ortografía, soy de la opinión que puedes conocer mucho de una persona a partir de ella. Por eso es que la cuido tanto.

Nada más por hoy, así que ¡hasta el próximo programa! O como se dice en japonés, "si Smith no fuese tan despreocupada para sus cosas, a estas alturas ya tendría pareja".