Capítulo 1.
Ya habían pasado dos semanas. Mucho menos tiempo que el que los médicos tomaban como referencia para que pudiera salir del hospital, y volver a mi vida rutinaria... Rutina. Qué seca y fría sonaba aquella palabra, considerando que la había perdido para siempre.
-Ey, Lea. ¿Me estás escuchando?
Volví a la realidad con la mano que HeMo sacudía frente a mi rostro. Asentí con la cabeza, aunque no estaba oyendo nada de lo que me decía. Pude ver en sus ojos la preocupación que los había empañado todos estos días.
-¿Te encuentras bien?
"Nada de hablar", habían dicho los médicos. "Al menos durante un tiempo". Hacía dos semanas que permanecía en silencio, y ese sufrimiento me estaba matando por dentro. La miré y cerré los ojos, como si eso fuera una respuesta.
Una voz invadió el amplio espacio destinado a la primera clase del avión. Avisaba que ya habíamos llegado a destino, en cuatro idiomas distintos. Presté atención al inglés, pero me mantuve sentada, sin amago de moverme siquiera. HeMo resopló, farfulló algo entre dientes, y se preparó para bajar. Sostuvo mi abrigo entre sus manos y me acomodó el cabello, costumbre que ya llevaba consigo desde el día en que le dijeron que sería mi asistente personal. Un zumbido atuzó mis oídos durante el instante del aterrizaje. Los demás pasajeros comenzaron a bajar, uno tras otro, y esperamos a que el avión quedara vacío para descender.
La intensidad del sol golpeó mi rostro, haciéndome pestañear. Deslicé mi brazo por debajo del de HeMo, postura que me resultaba reconfortante a la hora de caminar. Nuestras maletas nos esperaban a los pies de Cory, quien sonreía y saludaba con la mano en nuestra dirección. Mis labios se curvaron en una sonrisa, y le respondí al saludo agitando con entusiasmo mi mano enguantada.
-Vino a darte la bienvenida.- comentó mi amiga, y pensé que eso era lo único agradable de este lugar desconocido para mí. Necesitaba ese amor, esa sensación de que no estaba sola; una persona que me demostrara que no había perdido todo lo que me importaba. Y ahí tenía a Cory, que había viajado hasta esa isla días antes, para dejar las cosas preparadas para mi llegada. No me preocupé por el reposo que tenía que mantener, y troté a su encuentro. Él se acercó apresuradamente, con el objetivo de evitar que corriera más de lo justo, y me estrechó entre sus brazos. Me abandoné a la rugosidad de su suéter, a la lejanía de su altura. Al menos ahora no me sentía tan mal.
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Bajé las escaleras de madera con pesadez. Pese a que desde un principio me había negado a abandonar Nueva York, el aire de este sitio ya me empezaba a sentar bien. No me sentía renovada, ni curada, y seguía sin poder forzar la garganta, pero prefería olvidarme de eso en la medida de lo posible, y dedicarme a relajar mi espíritu. HeMo y Cory habían salido a recorrer los alrededores, actividad a la que me rehusé a participar. Aprovechando mi soledad, lloré un buen rato consolada por la almohada, y ahora que buscaba algo con lo que olvidar mis penas, golpearon la puerta. No pude evitar sentir un escalofrío al colocar la mano sobre el picaporte, pero esta vez tomé la precaución de mirar por la rendija a la persona que estuviera golpeando. Era una chica de mediana altura, aunque a simple vista mucho más alta que yo, llevaba el cabello rosado a la altura de los hombros, y pude ver una argolla en su nariz. No resultaba amenazadora, ni nada semejante a eso; sin embargo, tardé un buen rato en girar la llave y abrir. Apenas lo hice, la chica sonrió mostrando un rostro bello y amigable, pero no estaba de humor para devolver la brillante expresión. Me limité a levantar las cejas.
-Hola, espero no haberte despertado de la siesta, - dijo ella, y me sorprendió que no me hubiera reconocido. "Así que estoy en el fin del mundo, después de todo" pensé. De forma involuntaria, quise contestar, y el sonido que emitió mi boca fue cualquier cosa menos una palabra. Los ojos se me llenaron de lágrimas, y agradecí que la muchacha estuviera revolviendo en su gastado bolso, a la busca de algo, y que no prestara atención a mi rostro. Finalmente levantó la cabeza y, sin abandonar la sonrisa, me tendió un folleto rectangular, que sostuve intentando desviar la humedad de mi mirada. Por suerte, ella no lo notó, si no que añadió- Paso a dejarte ésto, es una invitación a una fiesta esta noche.. Una fiesta en la playa. Es para recaudar fondos, y eso.
Lo último lo dijo revolviendo los ojos, como si no tuviera importancia. Parecía una persona despreocupada, y me pregunté por qué yo nunca había podido ser así. Hice un ademán con la cabeza, para evidenciar que estaba prestando atención y que lo iba a tener en cuenta. Como no dijo nada más, llevé la mano hacia la puerta y la cerré, pero se detuvo antes de llegar a cerrarse del todo. Miré hacia abajo y vi que la chica acababa de trabarla con el pie, actitud que me alarmó y molestó en igual medida. No obstante, volví a abrir, y le dediqué una expresión de enfado. Otra vez, no se dio cuenta de eso.
-Eres nueva aquí, ¿cierto? Los turistas tienen que pagar la entrada, pero si me buscas, te puedo hacer pasar gratis. Soy Dianna, y...
Asentí y cerré la puerta de un golpe sordo, sin ponerme a pensar en lo desubicado de mi proceder. No me interesaba asistir a una fiesta, ni de ella, ni de nadie. Ignoraba si alguna vez volvería a tener ganas de hacerlo.
