Los marrones ojos de Carlos se cerraron durante un instante tumbado sobre el viejo colchón situado sobre la plancha metálica que hacía de improvisado techo del patio bajo la ventana de su amiga Mal.

Hacía tiempo que el colchón estaba allí tras una disputa y a menudo lo utilizaban para dormir cuando no podían hacerlo en ningún sitio más.

El patio era húmedo y frío pero era el lugar mas habitual de encuentro para él y sus amigos.

A decir verdad, era lo mas parecido a un "hogar" del que todos podían disponer.

El recinto en el que vivían, fue una vez el más grande almacén de la isla donde los habitantes de Auradon les dotaron de víveres, herramientas y comida antes de abandonarles completamente a su suerte.

Maléfica, la madre de Mal no tardó mucho en organizarlo todo y hacerse con el control del lugar.

Como no, ella y sus otros secuaces como lo era Jafar, el padre de Jay o Cruella, la madre de Carlos habían recibido un buen tributo por la ayuda.

Grimhilde se disputó el trono con ella pero su maldad y poder eran tal que se rindió y se conformó con ser su segunda al mando.

Carlos y Cruella ocuparon la parte baja del almacén junto con Jay y Jafar, y la parte superior la ocuparon Mal y Maléfica junto a Evie y Grimhilde, la reina malvada y como no, su madre.

En Auradon creyeron que el trabajo duro les mantendría lo suficientemente ocupados como para descartar la venganza y el despecho, y al parecer durante un tiempo funcionó.

Cuando llegaron buena parte de la isla era virgen, no existían casas ni apartamentos, naves, pabellones ni almacenes salvo el que ahora utilizaban como morada.

Por lo que les habían contado desde niños, cuando sus padres fueron exiliados en aquel lugar hubo que construir absolutamente todo lo que hoy día era conocido como Destierra.

Mientras Carlos se acomodaba entre las mantas, Mal estaba sentada sobre el marco de la ventana contemplando a lo lejos las luces de la ruidosa ciudad.

Jay estaba abajo en el sombrío patio y no paraba de moverse inquieto de un lugar a otro del marchito jardín.

—Vale relájate, ¿quieres? —insistió Mal desde lo alto—. Su madre ha matado a un crío, ¿y qué?

Jay se detuvo en seco al oírla y se volvió para mirarla.

—¿Cómo qué y qué?

Carlos puso una cara frunciendo el ceño con disgusto.

—Esas cosas pasan supongo. Moriría igual en algunos años con suerte. Al menos así es más rápido —respondió ella con cierta apatía.

—En eso Mal lleva razón —sopesó inseguro Carlos—. De todas formas Jay, tampoco hay mucho que nosotros podamos hacer sobre eso.

—Las cosas son como son, Jay.

Jay que se les quedo viendo a ambos sintió como el gélido aire de la noche erizaba su piel. ¿Tan mal estaban yendo las cosas cómo para que eso no les afectase de modo alguno?

—¡Chicos, estamos hablando de un bebé!.

—No Jay, estamos hablando de Evie —le cortó Mal a las claras descolgando las piernas por la ventana para acomodarse y verle mejor—. Eso es lo único que realmente importa aquí. Ella estará bien, lo superará.

Jay se desesperó ante su intento de restar importancia al asunto.

—¿Pero por qué no te impresiona? Hablamos de un crío. Un crío pequeño, es... Oye, ya se que debemos ser crueles y despiadados, que... que debemos mostrarnos orgullosos de lo que somos ¿pero un bebé? Esa clase de maldad está a otro nivel —razonó Jay atropelladamente.

—Jay, no alucines tanto. Ese tipo de magia es mas habitual de lo que crees. ¿O acaso piensas que mi madre es así de esplendida por gracia divina?

Eso pilló a Carlos y a Jay completamente desprevenido.

—Espera, espera —dijo Jay en tono acusador—. ¿Tú siempre has sabido lo que hacían?

Mal alzo ligeramente una ceja mirándoles desconcertada.

—¿Hola? Tierra llamando a Jay —dijo ella burlona moviendo las manos como si quisiese captar la atención de los dos—. ¿Destierra? ¿Maldad?Brujas malvadas, hechiceros de pacotilla, ¿te suena? Parece mentira que después de tanto tiempo en la isla no conozcáis como funciona todo por aquí. Ese bebé iba a morir de igual forma tarde o temprano, así por lo menos su muerte servirá de algo.

Sus palabras fueron tan duras que Jay apenas la reconoció en ellas.

Carlos enmudeció y bajó la mirada algo afectado.

—¿Sigues sin escucharte, verdad? —la acusó él incrédulo.

—Mira me encantaría que me afectasen esas cosas tanto como al parecer te afectan a ti, pero ese tipo de emociones son un lujo que yo no me puedo permitir. Terminaría muerta si lo hiciese y tú también así que déjalo Jay. Las cosas son como son, y no hay nada que podamos hacer para cambiarlas. Fin del asunto.

Mal se apartó molesta de la ventana sabiendo en el fondo que Jay tenía toda la razón.

Aun así, ella no podía hacer nada.

No podía aceptar eso.

No, mejor dicho, no debía aceptar eso.

Esa clase de sentimientos, esa clase de dudas... replantearse ese tipo de cosas era algo que no iba a volver a hacer nunca más.

La última vez que lo hizo, la lección había sido tan mala y dolorosa que juró que nunca más volvería a cometer el mismo error dos veces.

Jay que vio como rehuía del tema sacudió la cabeza decepcionado por su actitud y se dirigió a la entrada del patio marchándose herido de allí.

Carlos que se encogió un poco por el portazo que prosiguió tragó con fuerza. No estaba acostumbrado a verles discutir.

A los mayores si, no a ellos.

Dirigió su mirada hacia donde se encontraba Mal, pero cuando lo hizo ella no se atrevió a devolvérsela. Él no era el único de sus amigos que conocía el fuerte carácter de Maléfica, pero era el único que había sido alguna vez testigo de las consecuencias que había sufrido Mal por desobedecerla.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y quiso apartar las imágenes de aquellos recuerdos que a su mente acudieron. Entendía bien su reticencia aunque Jay no fuese capaz de comprenderla ahora mismo.

—Mal —murmuró él quedamente queriendo buscar sus ojos a sabiendas de lo que debía estar sintiendo en aquel momento.

Mal evitó su mirada mientras sacudía un poco su pantalón purpura.

Ese tono de voz. Esa clase de compasión era algo con lo que no podía lidiar.

De ningún modo tendrían esa conversación, no.

—Es tarde, te veo mañana.

—Mal —insistió él para que no se fuese así y lo hablase con él.

Mal se giro en ese momento desde la ventana y enfrento sus ojos con dureza.

—¿Qué?

Carlos supo que era mejor no seguir presionando con ello.

—Nada. Solo descansa, ¿vale?

Mal se le quedo mirando largos momentos y desapareció de su vista antes de poder siquiera decir nada.

No había nada que hacer.

No tenía caso pensar en ello.

No, no tenía caso.

Continuara...