I. LA HUÉSPED


BELLA
No sabía cuánto tiempo había pasado encerrada en aquella habitación. Llegué a perder la noción del tiempo después que me convencí de que no tenía sentido seguir contando los días.

A menudo, cuando estaba sola, me acurrucaba en un rincón y cerraba los ojos para rescatar de mi mente los recuerdos de aquellos últimos momentos con Edward. Aunque parezca ridículo, me sentía afortunada por haber tenido la oportunidad de verlo una última vez. Repasaba su cara obsesivamente, y aunque nuestro último encuentro había sido triste y desagradable me las arreglaba para hacerle sonreír en mi imaginación. Adoraba su sonrisa.

Otras veces, cuando la desesperación me atrapaba y casi no podía soportar la incertidumbre del destino mientras las horas se colaban entre mi ropa y me rodeaban tan ceñido, que a duras penas podía respirar, revivía el momento en que Aro obligó a Edward y a Alice a dejarme con los Vulturi quedándome abocada a morir.

- Demetri, lleva a nuestra huésped a que descanse.

Me visualicé lanzada de mala manera a una celda oscura y húmeda, sin ventanas ni ventilación, y el miedo me recorrió la columna vertebral como un latigazo.

- Y haz que alguien se encargue de cubrir sus necesidades humanas.

Demetri, que desde que me había apartado del abrazo de Edward no me había soltado, empezó a conducirme con delicadeza hacia una salida situada a nuestra derecha. Mientras nos íbamos pude palpar la confusión en el ambiente, aunque no duró mucho. Era de suponer que mi historia no era suficientemente interesante para entretenerlos durante demasiado tiempo.

Salimos de la sala a un corredor que se adentraba en la dirección opuesta por la que se alejaba mi corazón, y caminamos unos pasos hasta llegar al final del pasillo. Demetri abrió la puerta y vi unas escaleras. En mi enfermiza imaginación las escaleras deberían haber ido hacia abajo para conducirme a una prisión, pero mis pies tuvieron que subir para poder seguir avanzando.
Una vez arriba, y después de tres puertas cerradas, me condujeron a la que iba a ser mi habitación durante un tiempo indeterminado.

El cuarto era un dormitorio amplio que contaba con una gran ventana con barrotes de hierro forjado que daba a un patio interior.

- ¿Tienes hambre? -Demetri habló suavemente.

Negué con la cabeza. No podría comer aunque me fuera la vida en ello. Irónico, pensé.

- Pronto vendrá alguien a atenderte. Sé bienvenida. -Y desapareció dejándome sola.

Sus palabras sonaron sinceras pero yo sabía por experiencia que mi instinto de supervivencia era defectuoso y, donde otros habrían oído una amenaza, yo simplemente me dejaba engañar.

Aquel primer día fue una tortura. Pasaban los minutos y aunque casi no me aguantaba despierta, mi cuerpo no permitía que cayera en un sueño que habría sido mi salvación. Tenía los nervios destrozados, la cabeza en un precario equilibrio entre la cordura y la perdición, y me dolía el corazón con energías renovadas después de haber visto de nuevo a Edward.

Era de esperar que el hueco en mi pecho regresara a devorarme como un monstruo enfurecido, estaba tan vacía que mi cuerpo amenazaba con implosionar hacia el agujero que había dejado mi corazón al morir.

Cuando empezaba a oscurecer, alguien abrió la puerta y encendió las luces.

- Aquí tienes la cena y ropa limpia. -era una voz femenina claramente humana y me pregunté si sería la misma chica que nos había atendido al llegar. No tenía curiosidad suficiente como para abrir los ojos y comprobarlo.- Te recomiendo que la uses, el maestro Aro quiere que sepas que vendrá a verte en un rato.

Todo era tan absurdo pero, ¿qué más daba?. En cuanto se fue, pensé en la posibilidad de tomar una ducha y por necio que fuera en un momento así, me pareció una buena idea.

Lentamente me acerqué a la pila de ropa que me habían dejado, fui hacia el cuarto de baño adjunto a la habitación y dejé correr el agua caliente mientras me desnudaba.
Poco a poco, froté mi piel con esmero centímetro a centímetro y me lavé el pelo tres veces.

A medida que el agua me limpiaba, mi cabeza fue despejándose y tomé una decisión. Ya no quería sentir más miedo. El dolor era otra cosa porque formaba parte de mí misma, pero el miedo era una opción, y ya me había cansado de estar aterrada a cada momento. Estaba harta de ese día y era irracional temer por algo que me importaba tan poco como mi vida.

Una vez seca, me puse el vestido de algodón blanco que me habían traído y fui a curiosear la cena.

El menú me pareció muy apropiado para Italia sin embargo mi noción de comida mediterránea no era ninguna maravilla, así que qué podía saber yo. En el plato había pasta con salsa de tomate y carne. Comí con precaución primero y voracidad después, y cuando hube terminado me senté en la cama a esperar.

Era de noche cuando Aro entró a verme acompañado del chico al que Jane había llamado Alec.

- Mi preciosa Bella, me alegra ver que estás bien atendida. -Se acercó a mi hasta quedar casi tocando a la cama- Si hay algo que necesites sólo tienes que pedírmelo.

Alec se mantenía al lado de la puerta a cierta distancia, pero no me quitaba los ojos de encima. Me pregunté qué era lo que podían temer de mí para enviar a alguien que parecía tan poderoso a proteger a Aro.

- No, gracias. No necesito nada.
- ¿Puedo? -dijo señalando mi cama

Asentí.

- Eres una criatura extraordinaria, Bella. Jamás habíamos conocido la existencia de un humano con alguna habilidad manifiesta, y menos tan poderosa.

¿Poderosa? Pues no me había servido de nada, fuera lo que fuera lo que yo tenía.

- Hubieras sido un vampiro maravilloso, lástima que Edward no albergara siquiera la intención de transformarte.

Esa frase tan corta hizo que el dolor de mi pecho se expandiera y me paralizara como si fuera de hielo.

Yo sabía que Edward no me amaba y sabía que no me quería a su lado para toda la eternidad. Pero mi manera de saber no era la misma que Aro. Su poder consistía en ver cualquier pensamiento que hubiera tenido la persona a la que tocara, y le había tocado a él.

- ¿Vais a matarme?

Una risa de capanillas surgió de la garganta del maestro Vulturi.

- Bueno, no voy a negar que existe un problema con la indiscreción de la familia Cullen. Eres humana y nuestro secreto te ha sido revelado, pero no hablemos de morir todavía. -acercó suavemente su mano a las mías que reposaban en mi regazo- Primero me gustaría intentar entender cómo funcionas.

Me tocó y exclamó - ¡Ah!, nada. Tu mente es como un desierto blanco para mi. -Se levantó grácilmente de mi lado alejándose unos pasos.- Me gustaría tener tu permiso para probar los poderes de Alec contigo.

¡Qué gran farsa! Cómo si pudiera decir que no. Fantaseé con la posibilidad de negarme pero tampoco creía que fuera una opción real. Iba a aceptar, pero antes quería saber una cosa.

- ¿Cuál es tu poder? -pregunté directamente al chico rubio que me miraba con expectación.
- Alec puede anular a cualquiera. Hace que no sientas absolutamente nada, te priva de cualquier sensación. -respondió Aro por él.

No parecía nada doloroso. Asentí y me preparé.

Alec avanzó unos pasos y me miró fijamente. No sabía qué era lo que tenía que esperar, con Jane ni siquiera hubiera sabido que estaba intentando hacerme daño si Edward no hubiera reaccionado.

Me concentré en el vampiro que sólo había sido un chico cuando lo convirtieron, y esperé. Mis ojos captaron un fugaz movimiento y fijé mi vista en el suelo justo entre Alec y yo. Una extraña neblina relumbrante iba cruzando la habitación. Apenas era visible, sólo como un espejismo. Se acercaba deslizándose hacia mí y mi corazón se aceleró. En cuanto me tocó, la bruma empezó a subir por mi cuerpo hasta cubrirme por completo. No dolía, no me anulaba, únicamente sentía unas débiles cosquillas eléctricas en mi piel. Alec, seguramente frustrado, entrecerró los ojos en un intento de enviar una embestida más potente.

Dejé escapar una risita cuando las cosquillas se intensificaron y Aro rió con ganas.

- ¡Maravilloso! -exclamó.- Por favor, mi Bella, cuéntame qué has notado.
- Al principio sólo ha sido un cosquilleo eléctrico, como si tuviera toda la piel de gallina. -esperaba que Alec no se enfadara mucho conmigo- después ha sido como si me hicieran cosquillas agradables.

Aro parecía asombrado y divertido a la vez. Alec, quién esperaba que me mirara con el mismo odio que lo había hecho su hermana cuando, decepcionada, había comprobado también mi inmunidad, me observaba lleno de curiosidad.

- Alec, ¿has usado todo tu poder con ella?
- No maestro, no acostumbro a necesitarlo.
- Puedes volverlo a intentar, ¿por favor?. Esta vez con todo.

Me levanté de la cama para servir de conejillo de indias al nuevo experimento. La neblina volvió a emanar de él hacia mí y se deslizó a más velocidad que antes. Tan pronto me tocó, noté el mismo cosquilleo eléctrico aunque esta vez era más incómodo que antes. Siguió rodeándome y en el momento en que me cubrió por completo empecé a sentirme algo mal. No era nada peligroso, pero me sentía mareada, como si estuviera en un barco con el estómago vacío.

Miré a Alec y vi que él seguía concentrado en mí enviándome todo su ataque. Yo sólo deseaba que parara ya, no me gustaba sentirme mareada y una sensación líquida me llenó la boca desagradablemente.

Cerré los ojos para concentrarme en evadirme de la sensación, y de repente ocurrió.

- Inconcebible. -oí susurrar a Aro.

Abrí los ojos y los dos vampiros me miraban con el gesto sorprendido. Fue justamente su expresión lo que me hizo buscar qué era lo que les tenía en ese estado. Les observé a ellos, a la habitación y cuando miré hacia mis manos pude ver lo que ocurría.

La neblina anuladora de Alec se había despegado unos pocos centímetros de mi cuerpo. Seguía rodeándome pero ya no me tocaba, y por consiguiente, no notaba nada, ni siquiera una leve sensación.

- Gracias Alec, creo que tenemos suficiente.
- Sí maestro. -y recogió su poder sin dejar de observarme.

- Muchas gracias por tu cooperación, Bella, ha sido una velada muy interesante. Ahora nos retiraremos para dejarte descansar. De todos modos, me gustaría seguir probando tu habilidad en otro momento, si no te importa. -Se giró y ya desde la puerta añadió- Buenas noches.

Alec salió detrás de él pero al llegar al pasillo se volvió a hablarme directamente.

- Ha sido grato encontrar una oponente como tú. Hacía mucho que no usaba todo mi poder ni necesitaba esforzarme tanto. Me siento vigorizado. Gracias.

Aquella noche dormí profundamente. Todo el cansancio del mundo cayó sobre mí en el momento en que me quedé sola y no me volví a despertar hasta que el sol estaba casi en su cénit. Alguien había retirado el servicio de mi cena, recogido el baño y apagado las luces en algún momento sin que yo siquiera lo notara. También me habían dejado un desayuno copioso y nueva ropa limpia.

A partir de entonces, todos los días Aro venía a visitarme. A veces sólo, a veces con algún vampiro de habilidad sorprendente que, siempre que se tratara de acceder, confundir o manipular mi mente, se iba derrotado. Otra cosa era con los vampiros que influían en aspectos más físicos, pero Aro nunca les dejó hacerme daño.

También me vino a visitar de vez en cuando Alec. La primera vez fue bastante incómodo pues ninguno de los dos sabíamos qué decir, sólo me pidió poder usar de nuevo todo su poder conmigo porque nunca podía hacerlo y después de haberlo hecho cuando Aro se lo pidió, se sintió maravillosamente desentumecido. Después de aquello, hablamos de temas inofensivos de vez en cuando, además de probar sus poderes y tratar, sin éxito, que yo separara cada vez más la bruma, que él enviaba, de mi cuerpo.

Mis visitas eran los mejores momentos del día, pues cuando estaba sola me acechaban la pena y el miedo a intervalos repartidos.

Un mediodía la puerta de mi habitación se abrió y pensé que sería Aro o Alec, puesto que nadie más había venido a visitarme nunca, pero me quedé sin aliento cuando vi de quién se trataba. La hermosa Jane estaba en mi puerta sonriéndome maliciosamente.

- Tengo que decir que no entiendo qué ven en ti. Es inusitado que una simple humana despierte este interés. La verdad es que no lo entiendo.

Estaba claro que Jane había venido a cobrarse su humillación.

- Pero por lo visto no soy la única inmune a tus poderes -rió de su propio juego de palabras- puesto que Edward no tuvo ningún problema en abandonarte no una, sinó que dos veces.

Su habilidad sobrenatural no podía hacerme experimentar dolor, así que por lo visto había decidido usar el sistema tradicional para herirme.

- ¿Alguna vez llegaste a creer que él te amaba? ¿De verdad? Es increíble como los humanos sois capaces de crear cualquier fantasía.

Como una serpiente venenosa, Jane se acercaba a mi lentamente. Su mirada era profundamente oscura y un mal presentimiento cruzó mi alma.

- Tienes que sentirte tan miserable, pobre Bella. Abandonada por todos, dejada a morir y ni eso te conceden. Sólo eres una distracción para nosotros, lo sabes ¿verdad?. El día que se cansen de tí, porque todos se cansan de tí, te matarán.

Había llegado hasta mí y me había acorralado contra la ventana, un destello de sol iluminó su piel y miles de rayos de descomposición de luz blanca brillaron por toda la habitación.

- ¿Te cuento un secreto? En realidad soy muy buena y no me gusta verte sufrir, así que he venido a salvarte de tu pobre vida.

Tantas veces había estado a punto de morir que me negué a hacerme ilusiones esta vez. Jane se abalanzó hacia mí pero justo cuando debería haberme impactado salió despedida hacia la pared.

- Jane, sal de la habitación.
La voz de Aro, normalmente venerable, sonó amenazadora y Jane desapareció de inmediato.

Me sentí caer pero unos brazos fríos mer recogieron antes de llegar al suelo. Lloraba desconsolada y la familiaridad del abrazo se sumó a mi desgracia. No podía parar de sollozar y no fui consciente de cómo llevaron hasta la cama.

Pacientemente el maestro Vulturi esperó a que me calmara antes de hablar.

- Mi encantadora Bella, no temas por tu vida. Por supuesto que no puedes seguir siendo humana sabiendo lo que sabes, pero me gustaría que te unieras a nosotros como vampiro. Creo que tienes un potencial extraordinario y matarte sería un desperdicio.

Ser vampiro. Tanto tiempo había deseado que llegara este momento y ahora no sabía qué decir.

- Por supuesto, es tu decisión Bella.

La vida estaba siendo muy cruel conmigo negándome siempre lo que más quería. Me imaginé, como tantas veces antes, convertida en vampiro y cualquier deseo en mí se había desvanecido.

- Lo siento, pero no quiero vivir sin Edward y menos una eternidad. He intentado vivir sin él y es demasiado para mí. Me dijo que sería como si él nunca hubiera existido, pero no es verdad. -respiré profundamente y sentencié- No, no quiero convertirme en vampiro.

- ¡Qué triste oírte decir esto, Bella! Pero quizá pueda hacer algo por tí.
- Lo dudo mucho.
- Yo puedo concederte lo que él no pudo cumplir. Te puedo hacer olvidar.

¿Me estaba ofreciendo una existencia de vampiro como si Edward nunca hubiera existido? ¿Tenía a mi alcance una opción real a la muerte y la pérdida?

- La parte menos conocida de mi poder es que, además de ser capaz ver todos los pensamientos y recuerdos de una persona, puedo llevarme cualquiera que yo quiera y borrarlo de la consciencia.

Dudo que mucha gente conociera esta cara de la habilidad de Aro.

- Así pues, ¿Qué eliges? ¿Una muerte triste o una nueva vida, libre de angustia?
- Quiero ser convertida.

Fui mordida una tarde en la que había un eclipse de sol total en Italia. Aro dijo que era un escenario incomparable para mi transformación.

En cuanto la agonía de la pozoña empezó, sentí una mano fría posarse sobre mi frente. Cada nueva punzada, cada nuevo dolor desaparecía al instante como si jamás hubiera existido. Poco a poco todos los recuerdos de mi vida pasada se fueron esfumando.

A los dos días desperté convertida en vampiro.