A/N: Aquí dejo el primero capítulo, espero que no os moleste demasiado que me haya tomado ciertas libertades con la historia. Un saludo. Decidme lo que opináis o qué os gustaría ver. :)
1. BLANCO Y NEGRO.
—Clary..., ¡Clary! ¿Sabes? Creo que deberíamos de dejar de ser amigo, teniendo en cuenta que me haces sentir como el hombre invisible cada vez que hablo contigo.
—¿Eh? —la muchacha alzó el rostro, profundas ojeras surcando sus ojos.
—Dios mio…—farfulló Simón—. ¿Has dormido algo si quiera?
Su amigo era todo ojos marrones, enmarcados por unas amplias gafas de pasta. Su rostro inocente y desorientado, le hacían el perfecto Peter Parker. Estaba apoyado sobre su pupitre y la miraba con una ceja alzada. A su alrededor, los alumnos entraban en el aula todavía con las últimas sonrisas veraniegas. Se empujaban unos a otros y graznaban como animales mientras se agrupaban en diferentes partes de la clase.
Clary se frotó los ojos, todavía somnolienta. Lo suyo no eran los primeros días de clase.
—Perdón, apenas he dormido nada. Me pase toda la noche dibujando.
—Tuvo que ser un buen dibujo para que estuvieras toda la noche en vela.
Ella agitó la cabeza.
—En realidad no, en realidad…—se detuvo un momento cuando sus pensamientos divagaron sobre la noche anterior. Con sus intensos ojos verdes fijos en una esquina de su pupitre, se encontró a si misma cayendo en la cuenta de que no recordaba que demonios había estado dibujando.
¿Estoy soñando?
Al parecer dijo ese último pensamiento en voz alta puesto que Simon dejó escapar una carcajada entre el espanto y la diversión.
—Por Dios mujer, tomate un descanso. Vamos, me sentaré delante de ti para taparte mientras duermes sobre tu pupitre. Eso es todo lo que puedo hacer, si el profesor te ve…Bueno, digamos que utilizaré el código pirata.
A decir verdad, la muchacha no había alcanzado a escuchar si quiera la mitad de lo que había dicho su mejor amigo. Ignorando la dureza de su pupitre, se había quedado traspuesta sobre él. Las voces de sus compañeros entraban por sus oídos y rebotaban como ecos fantasmales, irregulares, altos, bajos, graves y lentos. En el fondo de su mente bailaban luces y líneas elegantes que se entrelazaban creando formas familiares, uno de los símbolos se alzó sobre todos los demás. Se trataba de una especie de rombo curvo, alargado por dos florituras.
Clary agitó la cabeza sintiéndose profundamente mareada. Cuando despegó los párpados, encontró su libro de latín abierto por una página aleatoria y garabateado de arriba abajo por el símbolo.
Soltó el lápiz bruscamente.
—¿Vas a moverte o no?
—¿Eh…?
Cuando alzó la vista, Simon la miraba con el ceño fruncido. La diversión había desaparecido de su rostro, daba la sensación de estar más preocupado que entretenido.
La muchacha se percató de que la clase ahora estaba vacía a excepción de ellos dos.
—Clary, el timbre ha sonado hace rato.
—¿Qué?
—Qué el timbre…
—No, ya te he odio. Quiero decir.., ¿se ha acabado ya la clase? —En otro momento el rostro de total confusión de Simón hubiese sido lo más divertido del mundo, pero en aquel instante tan solo agravó más la preocupación por sí misma. Elaboro rápidamente una excusa para que su amigo dejara de mirarla como a una loca—.Lo siento, Simón, creo que estoy enferma, no me siento muy bien. Me encuentro ligeramente mareada.
Él suspiró.
—Vamos a almorzar. Buscare algo de azúcar para que te espabiles, ¿te parece?
Ella asintió tragando una sensación gélida. Era la hora de almorzar, lo que significaba que había estado tres horas seguidas sin percatarse absolutamente de nada de lo que había sucedido a su alrededor. Cuando Simon se dio la vuelta, Clary pasó las páginas de su libro de latín rápidamente.
Todas se encontraban sembradas de garabatos.
Cerró el libro repentinamente molesta y lo guardó en su mochila. El aire de la calle la despejaría.
Llamar selva al patio se quedaba corto. Los adolescentes saltaban de un lado para otro, la mayoría de los chicos abordaban a las muchachas con las imprecisas tácticas de un cervatillo recién nacido. Los de último curso, se habían adueñado del campo de futbol, dejándolo en desuso, utilizándolo tan solo para parlotear y fumar hierba detrás de la portería. Clary reparó en un pequeño grupo de primero, los cuales sujetaban un balón y miraban con inseguridad y fastidio el desaprovechado campo de futbol. Sintió cierta lástima por ellos.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó Simon una vez ella hubo terminado de comer la barrita de chocolate—. ¿O vamos a tener que ir a la enfermería al final?
La muchacha agitó la cabeza con una trémula sonrisa.
—No, no será necesario.
—Uff, menos mal. La enfermera me da escalofríos, esa mujer tiene pinta de tener un compartimento secreto bajo la camilla donde tira los cuerpos de los alumnos que no le agradan.
—No tienes remedio.
Simon le dedicó una amplia sonrisa.
—Al menos te he hecho sonreír.
Tenía razón, sin embargo no era suficiente como para conseguir que dejara de dar vueltas a lo que acababa de suceder durante esas tres horas de clase.
Clary elevó la mirada a punto de ver a un risueño Eric acercándoseles.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la muchacha sin poder contenerse. Su voz sonó más fría de lo deseado—.No vas a este instituto, ni si quiera vas al instituto.
—A mí también me alegra verte Clary—respondió Eric. Luego miró a Simon—. Tu señora cada vez es más agradable.
Simon se recolocó las gafas, un gesto que delataba siempre sus nervios. En este caso, Clary no comprendió el porqué.
—No es mi señora.
Eric agitó la mano como quitándole importancia.
—Lo siento, estáis siempre juntos y creo que no existe una etiqueta en el mundo para colocaros.
—¿Amigos, quizás? —preguntó ella. Tenía una ceja levantada y miraba al muchacho con aburrimiento.
—¿Amigos? —Eric pareció a punto de romper en carcajadas mientras daba palmaditas en la espalda de Clary—. Oh, dulce Clary, dulce, dulce, Clary.., los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. ¿Es que este palurdo no te ha enseñado nada?
Simon carraspeó como ofendido. Ella simplemente apartó la mano de Eric suavemente como quién aleja algo extremadamente desagradable.
—Lo que tu digas, me voy a dar una vuelta. Estaré en las escaleras de la entrada trasera cuando termines de hablar con él, Simon.
Su amigo asintió con una sonrisilla que pedía perdón.
—Así que no hay tema entre vosotros, ¿crees que tengo posibilidades? Es muy mona aunque tiene mal genio—Le escuchó decir a Eric mientras se alejaba. Ni si quiera se molestó en darse la vuelta para discutirle.
—Cállate Eric—respondió Simon.
—¡Oh!, ¡vamos!, ¡no te enfades! Mira, tengo esta idea para el grupo. Va a ser fantástico, y las chicas se nos van a echar encima. La cosa es…
Gracias a Dios, Clary había conseguido alejarse lo suficiente como para no alcanzar a escuchar más de la conversación. Se deslizó entre la muchedumbre del patio hacia las escaleras traseras.
Un muchacho de varios cursos inferiores a ella, se cruzó en su camino y casi se la llevó por delante. Puede que tuvieran respeto a los alumnos de los cursos mayores, pero no a ella cuando iba sola y aparentaba ser una muchacha de primero perdida. Resopló. No era justo.
Las escaleras de la puerta trasera no estaban vacías cuando las alcanzo. Un grupo de chicas góticas contemplaban el infinito con sus pintarrajeadas miradas perdidas. La muchacha musitó un "hola, qué hay" y obtuvo unas cuantas miradas de desaprobación como respuesta.
"Agradables. Qué reconfortante"
No supo cuanto tiempo había pasado hasta que Simon regreso. Ni si quiera sintió su calor junto a ella, sentándose en un tramo de las escaleras. Tampoco escuchó su voz, sino que fu su distintivo olor a… Simon lo que la trajo de vuelta.
—¿Eh?
—¿Otra vez en la luna? —preguntó él, sus ojos marrones mirándola a través de sus gafas. Apuntó con un dedo el suelo arenoso—. Te preguntaba que qué era eso.
Cuando Clary bajó la mirada, se vio a si misma sujetando un palo en la mano y tranzando nuevamente aquel símbolo misterioso una y otra vez sobre la arena. Rápidamente dejó caer el palo y borró los dibujos con el pie.
—No lo sé—espetó frustrada—, simplemente viene y viene una y otra vez.
—¿Es eso lo que te mantiene despierta? —preguntó Simon, con un tono más serio.
Clary vio su rostro confuso reflejado en las gafas de él. Asintió una vez.
—Guau.., Clary, no es por ser insensible, pero es una pasada. Tiene todos los ingredientes de una historia de terror, o de superhéroes. Tú eliges.
La muchacha puso los ojos en blanco.
—Dios mío, no te tendría que haber dicho nada.
—Es broma—dijo entre risas—, no te preocupes, seguro que no es nada.
Su brazo le cubrió los hombros en un raro y cálido medio abrazo. Raro y cálido, dos palabras describían a su amigo perfectamente.
Estaba comenzando a relajarse cuando lo sintió. Una inquietante sensación de ser observada. Despegó los parpados, diciéndose a sí misma que era otra locura producida por su cabeza. Sin embargo cuando sus ojos verdes escanearon el patio, le vio.
Allí estaba de pie.
Un príncipe.
No uno de verdad, pero si le hubiesen dicho que lo era, ella se lo hubiera creído sin dudarlo.
Tenía porte elegante y altiva. Su altura tampoco pasaba desapercibida. Parecía un cuadro en blanco y negro debido al contraste entre su piel y el resto de su cuerpo. Sin embargo no fue eso lo que le puso los pelos de punta, sino la manera con la que la miraba. Le recordó a la forma en la que lo hacían las serpientes minutos antes de atacar. Podían estar quietas como admirables estatuas y al segundo siguiente tener sus colmillos hundidos en tu piel.
Clary fue incapaz de apartar sus ojos de él hasta que el muchacho sonrió de forma casi macabra y le dio la espalda.
Era estúpido pensarlo, pero la sensación que tuvo la joven cuando dejó de mirarla, fue de absoluto y desolador vacío. Como si hubiera perdido algo que llevaba años buscando. Y al mismo tiempo, sentía que necesitaba salir corriendo y no detenerse jamás.
Vio como el muchacho giraba sobre sus talones y se marchaba.
—Creo que le has asustado. Es decir, no sé si intentabas ligar con el mirándole de ese modo, pero más bien parecía que trataras de convertirlo en piedra como lo habría hecho medusas. Eso si estabas ligando. ¿Estabas ligando? No sé. Pero si lo hacías, me parece que has perdido tu oportunidad.
—¿Eh?
—Por el amor de Dios, Clary. ¿Cuántas veces has dicho "¿eh?" hoy?
Simon parecía realmente molesto. Ella no creía que fuera para tanto. Aunque aquel día estaba siendo especialmente raro.
—Perdona, solo que… ¿Quién era ese chico? Es nuevo, ¿verdad?
—¿Me lo preguntas en serio?
Ella asintió perpleja, a lo que Simon respondió con una mueca.
—Estaba en nuestra clase esta mañana, ¿de verdad que no te has dado cuenta?
Clary hubiese respondido con una carcajada puesto que una presencia así en la clase no habría sido capaz de ignorarla, pero recordando el espacio en blanco en su mente de aquellas tres horas, prefirió cerrar la boca. Así que simplemente negó con la cabeza.
—Viene de Francia, aunque tiene un acento sospechoso que no consigo situar. No me fío de él, además, ha repetido curso un par de veces y antes lo he visto meterse tras la portería de los fuma césped. Será mejor que no nos acerquemos a él, ¿verdad Clary?
Ella asintió ausente. Lo vio alejarse con el caminar de una pantera hambrienta.
—¿Cómo se llama?
—Verlac. Sebastian Verlac
