CAPÍTULO II

Condujo a su tía hacia el patio trasero del pub y una vez allí sacó su varita del bolsillo de detrás de sus pantalones vaqueros. Petunia lo miró muy extrañada acercar su varita hacia la pared y tocar con ella algunos de los ladrillos y de pronto por arte de magia, nunca mejor dicho, apareció una puerta en forma de arco detrás del cual se veía una calle llena de tiendas con escaparates de lo más llamativos. Tía Petunia parecía en trance, embrujada por los letreros y las mercancías que se vendían en aquellas tiendas.

— Tía, lo primero que hay que hacer es ir al banco, si no te importa. Necesito realizar algunas diligencias allí.

Harry comenzó a caminar con decisión, no parecía que fuese la primera vez que iba al Callejón Diagón sin ir acompañado de alguien de la comunidad mágica. ¡Su tía no podía notarlo! Enfiló el Callejón Diagón en dirección a un edificio que destacaba por su gran altura y con una fachada de mármol blanco que relucía a los rayos del sol. Petunia no podía creer lo que veía. Nunca quiso acompañar a su hermana y a sus padres. Pero que tonta había sido. Su vida podría haber sido tan diferente a lo que tenía ahora…

Pasaron por la puerta principal del edificio de Gringotts que estaba hecha de bronce. Se encontraban en una especie de recibidor desde el que se podía acceder a otras estancias del banco atravesando unas puertas plateadas. Harry se dirigió hacia un mostrador detrás del cual había un duende de orejas puntiagudas y piel morena que le saludó cortésmente:

— Buenos días tenga usted, señor Harry Potter. No se si se acordará de mi, soy Griphook¿en que puedo ayudarle?

— Necesito depositar un testamento y sacar algo de dinero.

— Comenzaremos por el testamento. Si son tan amables de seguirme…- dijo el duende Griphook bajando del banco sobre el que estaba sentado con un gracioso saltito.

— Un individuo bastante curioso ¿no crees? – susurró tía Petunia.

— Los Duendes son grandes economistas, muy trabajadores e inteligentes – le comentó Harry recordando lo que Hagrid le dijera en su primera visita al banco – no hay que juzgarlos sin conocerlos.

Griphook pareció escuchar el comentario de Harry pues sonrió con agrado.

— Esperen un momento por favor – llamó a una puerta y entró.

En la puerta había un letrero con el nombre de Ragnok. Ese nombre le resultaba conocido a Harry pero no podía recordar de dónde…

— Pueden pasar. Ragnok le solucionará lo del testamento. Les esperaré aquí y yo mismo les acompañaré a sus cámaras.

— Gracias. – a Harry le extrañaba la amabilidad del Duende. Debería recordar su nombre para la próxima ocasión.

— Señor Potter – saludó Ragnok. Un Duende con aspecto distinguido que seguramente tendría mucha más importancia que Griphook.- Un amigo común, Bill Weasley, me ha hablado mucho de usted…

— Pues espero que lo que le haya dicho sea bueno…

— Tan modesto como sus padres. Es un placer conocerlo en persona, ya sabe que es la esperanza del mundo mágico. Griphook me ha informado que necesitaba algo referente a un testamento¿acaso la aceptación definitiva del de su padrino Sirius Black?

— No, señor Ragnok, – Harry supuso que esa era la forma correcta de dirigirse a él – vengo a depositar mi propio testamento.- y le alargó un pergamino enrollado y lacrado.

— Pero si es usted muy joven – miró su ficha y calculó – dieciséis, en unos días diecisiete años. Aun es menor de edad, necesitará que un familiar firme junto a usted…

— Para ello me acompaña mi tía Petunia, hermana de mi madre.

— Perfectamente, y si no es indiscreción ¿no es usted muy joven para hacer testamento?

Petunia no se atrevía a preguntar nada pero no se perdía ni una palabra de la conversación y se giró a mirar a Harry esperando su respuesta.

— Ya sabe, en los tiempos que corren hay que estar prevenido para todo.- comentó haciendo un gesto hacia su tía que ella no pudo verlo - Y le pediría encarecidamente que esto quedara entre nosotros y únicamente en caso de necesidad avise a mi tía Petunia, la familia Weasley, Hermione Granger y Remus Lupin.

— Así se hará – sentenció Ragnok dándole la mano a Harry. – Y recuerde, para cualquier cosa que necesite de nosotros, lo que sea, no dude en pedirlo.

— Muchas gracias a usted Ragnok – había entendido mal o le ofrecía más de lo que parecía.

Fuera de la oficina les esperaba Griphook.

— Síganme, a que cámara nos dirigimos primero ¿a la 711 o la 687? – preguntó y acto seguido al entrar en otra cámara silbó fuertemente.

— A la de mis padres, la 687.

Petunia vio llegar un pequeño carro que rodaba sobre unos raíles al que tuvieron que subir los tres. El carro empezó a aumentar su velocidad al pasar por diferentes pasajes subterráneos.

­­— Esto es peor que la estampida de Port Aventura. – dijo tía Petunia que estaba tan asustada que cerró los ojos fuertemente para intentar no marearse. Harry sonrió ampliamente mirando a Griphook, su tía no podía verlo.

— ¿La primera visita a Gringotts? – preguntó Griphook divertido.

— Sí, lamentablemente mi tía no es bruja.

Después de un trayecto de subidas, bajadas y giros, el carro frenó súbitamente.

— Ya hemos llegado – anunció el Duende.- Su llave por favor.

Harry sacó una diminuta llave dorada del bolsillo derecho de sus vaqueros y se la entregó. Griphook tocó la puerta con su mano izquierda y después introdujo la llave de Harry en una cerradura y otra llave bastante más grande que llevaba él colgada al cuello en otra cerradura y la puerta se abrió.

Tía Petunia no sabía si lo que veía era real o culpa del agitado viaje en el carrito. La cámara contenía además de montones de monedas de diferentes tamaños y colores objetos que debían ser de valor. Sobre un estante del lado izquierdo de la cámara vio un pequeño peluche con forma de conejo que llamó poderosamente su atención.

— No me lo puedo creer, yo le regalé este peluche a tu madre cuando cumplió siete años – dijo Petunia abrazándolo y sin poder evitar que unas lágrimas salieran de sus ojos.

— Debía ser muy importante para mi madre pues lo guardó aquí. Si quieres puedes llevártelo.– Harry cogió una suma considerable de dinero para lo que pudiese necesitar pero difícilmente se notaba que lo hubiese hecho pues aun quedaba mucho más en la bóveda, y lo guardó en sus bolsillos mediante un hechizo.

Una vez en el exterior sólo le faltaba pasar por la tienda de Madame Malkin para adquirir una túnica de gala para la boda de Bill y Fleur. Entraron en la tienda y Petunia se despistó mirando las túnicas que había colgadas en exposición.

— Buenos días Madame Malkin – saludó Harry – necesito una túnica de gala para asistir a una boda.

— Hola Harry¿vienes tú solo? – preguntó la señora Malkin mirando hacia el Callejón pues en otras ocasiones Hagrid esperaba fuera pacientemente.

— Hoy me acompaña la hermana de mi madre – contestó señalando hacia el lugar en el que ella miraba los trajes.

Madame Malkin le hizo pasar al fondo de la tienda donde se podría probar diferentes modelos. Sólo de imaginarse todo lo que le tocaría probarse empezó a ponerse nervioso. Esto de la ropa no era lo suyo. Afortunadamente no tuvo que probarse gran cosa pues comenzó a desestimar algunas prendas que ya a simple vista no le acababan de gustar, o eran muy llamativas o le recordaban la famosa túnica de Ron en el baile de navidad de su cuarto curso.

Se probó una camisa blanca con una túnica azul marino que acompañaba a un pantalón del mismo color. Se miró a un espejo y no se reconocía…

— Harry, como has crecido. ¡Eres igual que tu padre! – comentó Petunia – pero así parece que el que se vaya a casar seas tú.

Su tía se acercó peligrosamente y comenzó a desabrocharle la túnica y le quitó la camisa. Después le puso una camisa de un azul algo más claro sin cuello que se abrochaba por un hombro, le puso la túnica y en vez de abrocharla hasta arriba como debía ser, la dejó sin abrochar para que se viese la parte superior de la camisa.

— Ahora te ves elegante pero informal. – comentó tía Petunia. Y continuó en voz más baja y penosa – Tu primo no podría ponerse esta ropa ni en broma, es igual a su padre…

Cuando salían del Callejón Diagón era tarde para llegar a casa comer y pronto para volver. Había que aprovechar el día.

— ¿Por qué no comemos por aquí en el centro?- propuso Harry.

Entraron en un pequeño restaurante italiano en la misma calle Charing Cross. La verdad es que casi no hablaron hasta que tía Petunia comentó:

— Nunca había imaginado que tu mundo fuera así. Lamento tanto haberle dado la espalda de esa forma cuando tuve la oportunidad de relacionarme con él. Las cosas podrían haber sido tan diferentes… No he sabido ser una buena madre ni con mi propio hijo – suspiró tristemente – pero al menos estoy satisfecha contigo. Ya se que el mérito no es mío en absoluto sino de ese colegio al que vas y de esa familia con la que vas tan a gusto.

Harry no sabía que decir, no podía darle la razón, está claro que las verdades no ofenden pero incomodan.

Volvieron a Privet Drive en el metro y a Harry ya no se le hizo tan molesto.

Aun era temprano para que llegara tío Vernon por lo que pudieron descansar y al llegar él no pudo ni sospechar lo que habían hecho durante ese día, bueno si en vez de dedicarse a mirar la televisión se hubiese fijado en su mujer habría podido percibir un brillo de felicidad en sus ojos que hacía mucho tiempo que no tenían.


Esto sigue siendo la introdución a la historia. Espero que os guste.

Un saludo: Yedra