Me estremecí al salir a la calle

Cáp.1: Nada es lo que parece

Me estremecí al salir a la calle. Las sombras se agazapaban. La oscuridad ya reinaba. Las luces de las farolas eran la única luz de las calles, proyectaban sombras, algunas aterradoras, otras minúsculas y graciosas. La gente caminaba apresurada entre las calles, muchas llevaban paquetes, otras bolsas o carpetas aferradas sutilmente a sus manos. Los coches iban y venían con aquel rugido característico que producían los motores. Las luces de los faros apenas se veían y se fusionaban con otras.

No se podía decir que fuera una chica inusualmente valiente. Odiaba la oscuridad, podía soportarla, pero la odiaba con todas mis fuerzas. En ella reinaban los vampiros.

Salía de casa de mi amiga Jennifer. Mi única mejor amiga. Tenía los cabellos rizados negros como el azabache. Sus ojos siempre expresivos y, sobretodo alegres, eran marrones claros, tan claros que casi se podían confundir con el dorado. Su sonrisa, un gesto que me animaba más de una vez, era risueña y alegre, pero tan sincera que me daban las ganas de seguir adelante. Si, ella era mi mejor amiga. ERA, ese era el problema, que hablaba en pasado.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos y las mismas convulsiones que antes habían aflorado salieron a la luz. Me apoyé con la mano en la pared, mientras que con la otra me limpiaba las lágrimas que habían salido de su escondite

Si Ángela era mi amiga, ¿por qué había ido a su casa? Eso mismo me había preguntado mi madre, pero al saber la razón, lo único que supo hacer fue abrazarme y susurrarme palabras tranquilizantes al oído, casi igual que como lo hacía mi amiga, solo que a mi madre no se le daba tan bien.

Jennifer había muerto. Jennifer había muerto. Jenny había muerto. Había muerto. Había muerto. Muerta, ella estaba muerta. Murió en Forks. Había viajado con su padre para acompañarlo, y ahí murió, en la calle, en circunstancias extrañas, muy extrañas. No sabía nada más, no había tenido el valor de preguntar, me veía incapaz de hacerlo.

Sollocé otra vez y otro par de lágrimas volvieron a resbalar, mientras aquellas olas invisibles, cargadas de calor, me golpeaban en la cara, dándome a entender, de que debía reaccionar.

Cogí fuerzas, procedentes de no sé donde, y caminé por las calles, ahora más vacías que antes. Al principio caminé como un autómata, sin ser consciente de por donde iba, sin fijarme la calle por la que iba, sin fijarme en si venían coches, o no.

Escuchaba que algunos pitaban, seguidos de frenadas, y palabras poco aptas. Sonreí maliciosamente al pensar en eso, pero seguí caminando.

Los segundos pasaban, los minutos también, pero las calles por las que pasaba cada vez me eran más desconocidas.

La espesura de la noche me seguía adelantándome con gráciles giros, ¿pero que importaba? No podía correr, era patosa por nacimiento y si corría llegaría a casa con varios moratones.

Mis ojos seguían abiertos, y pese a haber la luz que amablemente ofrecían las lámparas, no podía distinguir las figuras que se formaban a mi alrededor. Solo sabía que estaba cruzando una calle, cuando el ruido de unos fuertes neumáticos, al frenar, me desvelaron. El frenazo no fue brusco, era como si el conductor se lo esperase y hubiera esperado el momento justo para no llamar la atención; había captado la mía.

Los cristales eran opacos, o eso me pareció, tampoco ayudaba mucho que las luces de las lámparas se reflejasen dándole el aspecto de un espejo perfectamente elaborado.

Por alguna razón, no podía moverme pues mis piernas no me respondían, pero si que pude distinguir la marca y el color.

Un flamante volvo plateado estaba frente a mí, esperando a que me apartara de su camino para poder.

Mi mirada seguía insistente como si llevara rayos X y así poder ver los ocupantes que residían en él. La ventanilla se bajo con un suave siseo, pero antes de que el conductor pudiera decir algo, otro coche pitó, llevándome un sobresalto y apartándome rápidamente de calle.

La ventanilla se volvió a subir y yo no pude evitar volver la cabeza, mientras el Volvo desaparecía de mi vista la girar una curva con una perfecta maniobra.

Miré a mi alrededor y me encontré medio perdida en un lugar que no conocía. Mis pies comenzaron a moverse con rapidez adecuada para que no me pudiera caer, mientras mis ojos viajaban por todos lados en busca de alguna señal de como volver a casa.

Seguí caminando, hasta que fui consciente de que nadie caminaba por las calles. Mientras un extraño viento helado soplaba, haciendo temblar hasta la última fibra de mi ser, al solo hallarme en camiseta corta y unos pantalones vaqueros.

-Siempre has sido algo despistada, amiga-susurró una fantasmagórica voz, pero llena de cariño-.

Mis pies se quedaron congelados en su sitio siendo incapaz de moverme como si el cemente de las calles se hubiera fundido por el calor y me hubiera apresado entre sus garras líquidas.

Aquella voz fue la causante de tal consecuencia. Lo que estaba escuchando tenía que ser producto de mi imaginación, no podía ser, pero era su misma voz, la voz de…

-¿Jenny?-susurré desconfiada, pero con un timbre de alegría-.

Me giré y si ahí estaba de pie a escasos metros de mí. Las lágrimas comenzaron a invadir mi rostro nublándome un poco la vista, pero no quería retenerlas, estaba feliz, feliz de verla, de verla viva.

Mis pies se despegaron del asfalto y corrí tambaleándome hacía ella mientras me lanzaba a sus brazos, unos brazos que se antojaron fríos e incorpóreos.

Mis ojos se fijaron en su nívea y blanca piel que le daban el aspecto de un muerto, hasta que me di cuenta: Jenny estaba muerta. Mi cuerpo casi la atravesaba por completo, se había quedado a medio camino, y sus ropas estaban ligeramente húmedas por la intensificación del color en algunas partes.

Me separé de ella, mientras la miraba asombrada.

-¿Estás…?-no fui capaz de terminar la pregunta-.

-Si, pero no quiero asustarte-sonrió-. No he venido a quitarte la vida y llevarte conmigo, que va, solo voy a ser tu… digamos…consejera.

Su rostro se iluminó con una sonrisa al decir la última frase.

Ladeé la cabeza mientras parpadeaba varias veces para poder cerciorarme de que esto que estaba pasando no era un sueño.

-Nada es lo que parecer en este mundo-murmuró-. Venga, vamos, te mostraré el camino.

Comenzó a caminar mientras yo la seguía al lado. La luz de las lámparas al chocar con su cuerpo incorpóreo la hacían prácticamente invisible, mientras el viento frío y el silencio eran nuestros acompañantes de camino.

-¿Me vas a contar que te ha pasado?-pregunté no pudiendo soportar más aquel silencio-.

-Todo a su tiempo, Bella-dijo, pero más bien, cantó Jennifer-. Tenemos mucho tiempo.

No insistí más en el tema, pero estaba claro que mi vida había dado un pequeño y brusco giro que no me esperaba ni por asomo, porque si podía ver a Jenny, ¿querría decir eso que podría ver a otros… fantasmas?

-Isabella Marie Swan-recité-. Estudiante y vidente de fantasmas.

Jennifer soltó una pequeña risita y yo también, porque dicho desde mis propios labios sonaba absurdo y falso, pero lo único que esperaba era poder llevarlo con la madurez precisa y volver a ver aquel flamante volvo que parecía esconder más de un secreto.

Bueno daros las gracias por vuestros fantásticos reviews que tanto me animan, gracias por leer las ocurrencias de esta… aficionada.

Besos y gracias por esperar,

Vampiro dark